-¡Me
vas a tener que disculpar, Magdalena, pero tengo mucha prisa! -exclamó, mi
amiga, mientras esperaba, con gran impaciencia, a que se abrieran las puertas- ¡Dile
a Pilar que se deje de bobadas y que venga a verme!
Fue la
primera en descender de la plataforma. Delante de mí, lo hicieron otras
personas porque yo me había retrasado, porfiando en rescatar mi maleta, que
había quedado prisionera entre las que habían sido depositadas en el
portaequipajes. Apenas me bajé del tren, la vi avanzar apresuradamente entre la
gente que caminaba por el andén. Arrastraba su maletín a ruedas que, además de
guardar sus efectos personales, disponía de una bolsa acolchada, especialmente
diseñada para su ordenador portátil. Desapareció de mi vista, cuando el último
peldaño de la escalera mecánica la depositó en el piso del vestíbulo superior.
Habíamos
llegado a Madrid, en el tren de alta velocidad. Araceli había viajado desde
Barcelona, y yo lo había hecho, desde Lérida. La casualidad quiso que
coincidiéramos en el mismo vagón, después de llevar algo más de un año, sin
vernos. Le pregunté al revisor si podía sentarme en el asiento que había
quedado libre al lado del de mi amiga. Me dio autorización a hacerlo, aventurando,
por la hora que era, pasadas las once de la mañana, que podría quedar
disponible durante el resto del trayecto.
Mi
amiga, me contó que, la tarde anterior, había ido a la inauguración de una
tienda que un cliente de la agencia de
publicidad en la que trabajaba, había abierto en Barcelona. A primera hora de
la mañana, le había telefoneado su jefe, pidiéndole que se incorporara a un improvisado
encuentro que el representante de un grupo inversor catarí había solicitado, con
carácter de urgencia. La reunión tendría lugar en un reconocido hotel del Paseo
de la Castellana, a la una y media de la tarde.
-Podría
llegar a tiempo -me dijo, sin haberse quitado el agobio de encima- , si no
fuera porque, con la remodelación que han hecho, de la estación de Atocha, se
tarda media hora para llegar a la parada de taxis, desde que te bajas del tren.
Se
relajó, no obstante, tan pronto le pregunté por su vida y por su familia. Yo le
conté, igualmente, lo más relevante que me había ocurrido en el último año y
hablamos de un buen número de cosas. Hasta que, de repente, demostró un
especial interés por preguntarme:
-¿Qué
pasa con Pilar? Me han dicho que está atravesando una crisis de caballo ¡Tú,
como psicóloga, debes saberlo!
-¿A
qué Pilar te refieres? -pregunté, un tanto sorprendida por la pregunta, con la
intención de asegurarme que se trataba de la misma persona con la cual yo había
estado en reciente contacto.
-La
ex de Arturo. Tenía una galería de arte, en Majadahonda.
-No
sabía que os conocierais -contesté-. Yo no soy su psicóloga. Si lo fuera, muy
poco podría contarte.
-Pues,
¡mira tú por dónde! Hace unos días, una amiga de Pilar, me dijo que ella había
contactado contigo. ¡Me quedé tranquila! ¡Pensando que se había puesto en
buenas manos!
-¡Muchas
gracias por la consideración que demuestras tenerme! En realidad, nos cruzamos
algunos mensajes, después de que ella entrara en mi blog. A raíz de los cuales,
he mantenido varias conversaciones telefónicas con ella, de manera informal. Me
he dado cuenta de que lo está pasando muy mal. ¡Me gustaría poder ayudarla!
-¡Tienes
que hacerlo, Magdalena! Es una persona a la que tengo en gran estima
-dijo Araceli.
-¡Lo
intentaré! -prometí, a mi amiga- Siempre y cuando, ella me lo pida, y quiera
que le ayude…
-¡Es
terca como una mula! -interrumpió, mi amiga- ¡Me desespera! ¡Te lo confieso,
Magdalena!
Entonces,
Araceli procedió a retirar el ordenador portátil que había mantenido sobre la
bandeja, y lo guardó en su funda. A continuación, se acomodó en su asiento y,
mirándome a los ojos, con expresión de gravedad en su rostro, me dijo:
-Soy
amiga de Pilar, desde que íbamos al mismo colegio. Aun cuando hemos estado
largos períodos de tiempo, sin saber nada, la una de la otra. No llegó a
terminar sus estudios en la Facultad de Bellas Artes, en la Complutense, porque
se enamoró de un chileno, bastante mayor que ella, y decidió irse a vivir a Chile
¡Te habrá contado esta experiencia!
-No.
Ya te he dicho, Araceli, que he hablado muy pocas veces con ella ¡Pero, me
satisface saber esto!
-Porque
indica que tiene valentía para la toma de decisiones -contesté.
-¡Eso
era antes! -exclamó, mi amiga- Desgraciadamente, ahora está hecha unos zorros.
¡Te sigo contando! Al poco de llegar a Chile, Pilar me escribió una carta,
diciéndome que vivía en Antofagasta y que, cada día, estaba más enamorada de su
pareja, un pintor que empezaba a tener reconocimiento en el país andino. Ella,
había encontrado trabajo en un taller de joyería y era muy feliz.
Araceli
hizo una pausa. Se quitó las gafas que llevaba puestas y las guardó en la funda
que había permanecido presa por la rejilla que había en el respaldo del
asiento, frente al suyo. Por unos instantes, se dedicó a juguetear con ella,
entre sus manos, mientras yo la observaba, en silencio. Continuó diciendo:
-Me
dio mucha alegría saber de ella y la llamé por teléfono. Tuvimos una larga
conversación, durante la cual me habló, con entusiasmo, del pintor, de la
ciudad a la que se había ido a vivir, del país, de sus gentes, y de su trabajo.
¡Todo le parecía una maravilla! Asumimos el compromiso mutuo de llamarnos, sin
dejar transcurrir excesivo tiempo. Lo cual hice, de propia iniciativa, al cabo
de unas semanas, para felicitarle las fiestas de Navidad, que estaban, a la
vuelta de la esquina. Como siempre que pienso que algunos celebran la Navidad
en verano, me produjo una extraña sensación saber que Pilar pasaría unos días de
playa. No sabría explicarte, pero me quedé con mal sabor de boca, y preocupada,
por cómo se había desarrollado la llamada telefónica. Conociendo a Pilar, supe,
por la forma y el tono en los que me había hablado, que algo me había ocultado.
-¿Por
qué no le preguntaste, directamente?
-¡Lo
hice! -contestó, Araceli- Me dijo que no debía preocuparme, que todo iba muy
bien; lo único que le sucedía, era que había tenido una gran carga de trabajo,
y necesitaba unas vacaciones.
-Continúa,
por favor ¡Perdón por la interrupción!
-¡Lo
que son las cosas! -exclamó, Araceli- Uno de nuestros clientes, sabiendo que
nosotros tenemos agencia asociada en Santiago de Chile, nos pidió que le
organizásemos un recorrido por el Desierto de Atacama. Naturalmente, pasamos la
responsabilidad de cumplir con el encargo a nuestra corresponsal en Chile. Si bien,
mi jefe quiso que yo me uniera al grupo de ejecutivos que iba a realizar el
viaje, asumiendo la coordinación del mismo. Era finales de enero, y la
expedición tendría lugar en Semana Santa. ¡Fenomenal! ¡Tendría la oportunidad
de visitar a Pilar, en Antofagasta!
-Y
¿qué ocurrió? -pregunté, a mi compañera de viaje, dándole a entender que
esperaba las peores noticias y que podía abreviar su explicación.
-¡Me
llevé un gran disgusto! Después de hacer repetidas llamadas, me convencí que
ninguno de los dos números de teléfono que tenía, de Pilar, estaban operativos.
Llamé a su casa de Las Rozas, pensando que me podrían dar razón de ella. Me
contestó una de sus hermanas y me dijo que, su madre, estaba internada en un
sanatorio. Lo único que ella sabía de Pilar, era que había dejado a su pareja.
Al insistir, en busca de algún tipo de información, lo único que saqué en claro,
es que se había trasladado a vivir a Santiago, y que ella creía que estaba
trabajando en algo involucrado con el lapislázuli.
-¡Jolín!
¡Menudas pistas!
-¡Pues
resultaron definitivas! -me sorprendió, al exclamar, Araceli- Nada más llegar a
Santiago de Chile, el compañero de la agencia que nos vino a recoger al
aeropuerto, me dio la dirección de un taller de joyería, entre los varios a los
que había llamado; en el cual, le confirmaron que, Pilar, estaba trabajando con
ellos.
-¡A
la vuelta de Antofagasta! Después de recorrer parte del Desierto de Atacama,
cuya experiencia es inefable, tuvimos dos días libres, en Santiago. Cuando me
presenté, sin avisar, en el taller donde trabajaba, se llevó una inmensa
sorpresa. Por unos segundos, pareció no reconocerme. Pero, enseguida, se lanzó
a mis brazos y se puso a llorar de emoción.
Temí que
la voz de Araceli se quebrara, recordando aquel momento. No obstante, se repuso
y continuó, diciendo:
-Fue
un encuentro tan extraño, que nunca he sabido calificarlo, Magdalena. Pasé a
recogerla, a la hora del almuerzo y, por la tarde, cuando terminó su jornada de
trabajo. A la hora del almuerzo, quiso mantener el tipo, quitándole hierro al
desastroso fracaso que había supuesto haber entregado su amor al pintor. Por la
noche, decidimos cenar en el excelente restaurante del hotel en el que yo me
alojaba, en plena Avenida Presidente Kennedy, en Vitacura, muy cerca del lugar
de trabajo de Pilar. Fue una excelente decisión porque, al contarme los
detalles de la relación con su pareja, y lo que había sufrido en los últimos
meses, tuvimos que renunciar al postre y subirnos a mi habitación.
-¡Y,
allí, Pilar, te abrió el corazón! -resultaba fácil de adivinar.
-Me
confesó todo lo que espero que, muy pronto, te cuente. Lo cual indicará que
podrás ponerla en camino de su recuperación. Aunque intentaba disimularlo, yo
me quedé aterrada y compungida, viendo que su alma estaba rota. Además de su
dramática experiencia sentimental, había concurrido el hecho de que, su padre,
había fallecido poco antes de que ella hubiera decidido ir a vivir a Chile. En
contra de los deseos de su madre, quien, a pesar de tener otras dos hijas, entendió
que, Pilar, la abandonaba. Encima, le entró un gran complejo de culpabilidad,
cuando, una de sus hermanas, le informó que, su madre, sufría desequilibrios
emocionales.
Araceli,
abrió el cierre de su bolso y sacó un botellín con agua mineral. Decliné su
ofrecimiento. Después de mojarse, prácticamente, los labios, volvió a guardar
la botella, de donde la había sacado.
-¡Espera!
¡Espera, Magdalena! ¡Aún no he terminado! Cuando, Pilar, pareció reponerse de
su desconsuelo, me pidió que le sirviera un ron, de entre todos los licores que
habían en el mueble bar de mi habitación. Se lo preparé con agrado, pensando
que había acabado de desahogarse, habiéndome contado todo lo que había
guardado, por mucho tiempo, dentro de ella. Después, decidí apuntarme a lo
mismo. Cuando íbamos a chocar nuestros vasos, me dijo:
-¡Vamos
a brindar por una noticia que te quiero dar! ¡El mes que viene, me tendrás en
España! ¡He decidido casarme!
-Me
quedé de piedra. Si me hubiesen pinchado, no hubiese salido una sola gota de
sangre. Arturo, era restaurador de arte y tenía relación con muchos pintores;
entre ellos, con quien había sido la pareja de Pilar, hasta hacía muy poco
tiempo. Efectivamente, se casaron, y regresaron, ambos, a España. Debo decirte
que Arturo es español. Con el dinero de Pilar, montaron la galería de arte. Ya
sabes cómo terminó la historia ¡Menos mal, que no hay ningún hijo, por en medio!
-¿Cuánto
tiempo hace que no hablas con Pilar? -pregunté, a Araceli.
-¡Uf!
¡Demasiado tiempo! ¡Lamentablemente!
-Desde
que se refugió en Barcelona, después de su divorcio, no ha levantado cabeza. A
pesar de que, según la misma Pilar me ha comentado, recibe una incondicional
ayuda por parte de Javier, su actual novio -me consideré en la obligación de
informar, a Araceli-. Vive en un estado de depresión permanente y su autoestima
está por los suelos. Le he pedido que busque un trabajo, pero se ve incapaz de
hacer ninguna gestión, alegando que no sabe hacer absolutamente nada.
-¡Es
mentira! -saltó, Araceli, tomándome del brazo, con fuerza- ¡Es muy buena
talladora de gemas! Hace verdaderas maravillas con el lapislázuli. ¿De qué te
crees que vivió, durante todo el tiempo que estuvo en Chile? Mándamela, por
favor, Magdalena. Dile que yo le he encontrado un trabajo y que le indicaré
adónde tiene que ir.
-¡Magnífico!
Eso será de gran ayuda, para ella; siempre y cuando tenga espíritu de lucha.
-¡Por
eso no debes preocuparte! ¡Es una verdadera jabata! ¡Tú, preocúpate de
recuperarla y ponerla en órbita!
El
tren estaba circulando por Entrevías y había reducido su velocidad. Araceli me
pidió que la ayudara a bajar su maletín y lo deposité sobre mi asiento para que
ella pudiera acomodar el ordenador. Le entraron las prisas.
Uff! Se me han puesto los pelos de punta! Este cuento tiene tanto toque de realidad...
ResponderEliminarUna mujer con el valor y coraje de marchar a un pais extranjero y lanzarse a la aventura. Conseguir por si misma sobrevivir y de repente esa independencia perderla y con ello la confianza en si misma ... Considero que no es un hecho aislado, a veces confundimos amor con dependencia... Espero que un dia este cuento tenga un final feliz, consiguiendo que Pilar vuelva a llevar el timón de su barco protegiendo su embarcación aunque atra viaje a su lado... Una cosa está clara, si pudo antes ... puede volver a recuperar ese valor de antaño. A veces necesitamos, que aquellos que nos quieren nos orienten y nos quiten la venda de los ojos con suavidad pero firmeza. Gracias Magdalena, por este cuento tan interesante y revelador.
Tenemos un gran potencial de valor, y la capacidad de reponernos a las diferentes pruebas a las que nos enfrentamos. Es cierto, a veces estamos tan hundidos que no vemos salidas válidas. En lugar de superar algunas situaciones, las complicamos aún más; no vemos un camino a seguir.En ocasiones, necesitamos apoyarnos en otras personas, para ver la vida desde nuevas perspectivas, y ayudarnos a descubrir nuestros propios recursos.
ResponderEliminarAsí es, recuperar esa confianza en nosotros con nuestros recursos, que los tenemos...
ResponderEliminarAsí es, recuperar esa confianza en nosotros con nuestros recursos, que los tenemos...
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