Mostrando entradas con la etiqueta cambios. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta cambios. Mostrar todas las entradas

jueves, 2 de abril de 2020

Algunas pautas de comportamiento para afrontar la cuarentena por coronavirus



Un artículo publicado por Stephanie Escarria en “DoctorAquí/blog recoge un buen número de propuestas hechas por Daniela Calderón Araújo, psicóloga, terapeuta holística y profesora de yoga terapéutico, quien desarrolla su actividad profesional en Bogotá.

Son interesantes y saludables recomendaciones a tener en cuenta a la hora de tomarnos un respiro durante nuestras rutinas diarias, de forma que optimicemos las pausas activas que hagamos.

ALÉJATE DE LAS PANTALLAS

Durante tu pausa activa procura alejarte de cualquier pantalla que tengas a la mano. Asómate a la ventana, da un paseo por tu casa, prepárate un té o café sin la compañía del celular y llevando tu atención plena al paso a paso de una tarea sencilla. Esto te va a servir para observar tus pensamientos y disminuir su velocidad, logrando despegarte mentalmente del trabajo o la ansiedad por un breve momento.

REVISA TU POSTURA

Aprovecha la pausa para revisar tu estación de trabajo, asegúrate que tus piernas y rodillas estén relajadas y las plantas de los pies bien apoyadas en el suelo. Procura darle soporte a tu espalda con el objetivo de mantener la columna tan larga y recta como te sea posible, no temas usar todos los apoyos que necesites.

TÓMATE UN MINUTO PARA RESPIRAR Y OBSERVAR TU CUERPO

Cierra los ojos y respira profundo por la nariz, lleva la atención por cada punto de tu cuerpo desde los pies a la cabeza, identificando si tienes algún dolor o molestia que te requiera mover esa parte o cambiar de posición. Si identificas alguna emoción relacionada con la ansiedad, tómate tu tiempo para hacer más larga cada exhalación; esto te permitirá activar el sistema nervioso parasimpático, disminuir el ritmo cardíaco y los niveles de ansiedad o exaltación en el cuerpo.

Procura hacer por lo menos entre dos y cinco minutos de actividad cardiovascular en tu pausa activa. Elige lo que más te guste, baila una canción, práctica una corta secuencia de ejercicios o algunos saludos al sol a un buen ritmo para mover la sangre en tu cuerpo y despertar tu sistema cardiorrespiratorio. Esto aliviará la tensión en tu cuerpo y ayudará a poner en movimiento la sangre y otros fluidos, evitando calambres, dolores localizados y estancamiento de emociones. Asegúrate de mover todo el cuerpo, no sólo un grupo muscular.

JUEGA CON TU MASCOTA (SI TIENES)

Jugar unos minutos con tu mascota puede disminuir los niveles de cortisol en el cuerpo, así como estimular la producción de serotonina, dopamina y oxitocina, reduciendo el estrés y aumentando el sentimiento de alegría y tranquilidad. Está comprobado que esta actividad puede ser una práctica meditativa, la cual te permite alejar tu mente de las preocupaciones y los pensamientos relacionados con el trabajo, actuando como un bálsamo para el sistema nervioso.

HIDRÁTATE

Que la pausa activa sea un buen pretexto para tomar agua. El agua ayuda a la sangre a transportar el oxígeno a todos los lugares de tu cuerpo, manteniendo el correcto funcionamiento de todas sus estructuras y funciones, incluso las del cerebro. Mantenerte hidratado te permitirá ser más ágil y eficiente en el trabajo, así como poner a circular la sangre por tu cuerpo.


Daniela Calderón Araújo




Imagen personal, cedida por Daniela Calderón Araújo, para esta publicación.




En plena tempestad, mantengamos el temple. Luego, llegará la calma.



Generalmente, trato de evitar referirme a temas de actualidad, aunque llevo varios días pensando en escribir acerca de lo que estamos viviendo y sintiendo durante este confinamiento obligado por el coronavirus, o la COVID 19, como nos dice la RAE que debemos referirnos cuando hablamos de la enfermedad que puede desarrollarse a partir del contagio de este virus.

Nos encontramos ante una situación nueva, que presenta elementos desconocidos. El panorama es incierto y diferente al que hayamos vivido con anterioridad. El coronavirus empezó a expandirse a lo largo y ancho de nuestro planeta, sin respetar fronteras, nivel socioeconómico, cargos o profesiones. Aunque, quizás existan personas privilegiadas, que reciben un diagnóstico precoz y toda clase de atenciones médicas, cualquiera de nosotros puede contagiarse y hacer que otros enfermen.

A la población de gran número de países se nos ha pedido que nos quedemos en casa en la medida de lo posible, saliendo solo para cosas imprescindibles, con el fin de evitar que la COVID 19 se propague demasiado rápido y que los sistemas sanitarios se colapsen.

Es fácilmente predecible que afrontemos toda clase de emociones. Que tengamos oscilaciones en un mismo día o a lo largo de la semana. Que nos sorprendamos sintiéndonos indiferentes, apáticos, tristes, preocupados o enfadados.

Lo que conviene tener en cuenta es que esas emociones son transitorias y que van y vienen, como nuestros pensamientos. Aunque, creamos que es imposible acallar nuestra mente, lo cierto es que sí es posible gestionar esos pensamientos, viéndolos solo como ocurrencias de una mente que parece actuar en modo automático. Así mismo, conviene tener en cuenta que pasaremos por diferentes y cambiantes estados de ánimo, los cuales durarán un poco más que las emociones o los pensamientos.

Todas las emociones que sintamos, a lo largo de estos días, serán coherentes con la situación que estamos viviendo. Lo importante, aunque difícil, es que tratemos de mantener la calma, en medio de la tormenta. El hecho de sentir ansiedad, miedo, tristeza, y que surjan preocupaciones y dudas, no quiere decir que debamos permitir que todo ello nos desborde.

Tengamos presente que nuestros estados emocionales afectarán también a las personas que conviven con nosotros. Por ello, es necesario mantener el temple y plantearnos pequeñas estrategias que nos ayuden a bajar el nivel de ansiedad y preocupación. Tales como, respirar hondo, estar solos en algún momento, meditación, “mindfulness” o atención plena, hacer algún ejercicio físico o baile, ver una película o serie, utilizar nuestra creatividad…

Seamos valientes frente a la incertidumbre, toleremos las frustraciones que se nos presenten en el día a día y no permitamos que el miedo y el pesimismo se apoderen de nosotros. Hagámoslo para nuestro propio beneficio y para el de las personas que amamos, con las cuales, compartimos la vida.

Entre todos, conseguiremos afrontar lo que en estos meses nos toque vivir. No será fácil, lo sé. Pero, debéis tener la absoluta convicción de que es ilimitada la capacidad que tiene el ser humano para superar las adversidades que se le presenten. En especial, cuando nos unimos para la consecución de un común objetivo.





Imagen encontrada en internet:







lunes, 27 de enero de 2020

De la obligación de adaptarnos a otras personas y a las circunstancias que nos rodean





En esta ocasión, deseo escribir sobre el convencimiento generalizado que existe  con respecto a la obligación que tenemos de adaptarnos a otras personas y a ciertas circunstancias que nos rodean.

Es un tema muy complejo, sobre el que es conveniente profundizar. Sé que debemos tener cierta capacidad de aceptar a los demás tal como son y poseer la flexibilidad necesaria para poder relacionarnos con ellos. Lo cual, no implica tener que renunciar a nuestra manera de ser, al comportamiento que mantenemos con nuestros familiares y amigos.

Es un asunto por el que tengo una especial sensibilidad y salto como un resorte, cuando compruebo que muchas personas fueron educadas para ser dóciles y conformistas. Con el objetivo de lograr que no se cuestionasen lo que se les decía, se les ordenaba, o se les exigía.  

Lo triste es que, cuanto más sumisa sea una persona, menos se dará cuenta de la poca autonomía que ha tenido, y es posible que proteste airadamente ante lo que aquí defiendo.

Hay dos formas de adaptación. Una, que es positiva, moderada, tal como hemos visto al inicio. Y, otra, mucho más extrema, que es perjudicial para aquellos que tienen muy interiorizado el imperativo de tener que adaptarse a quienes pueden hacerles daño y permanecer en ambientes francamente restrictivos, “castradores”, hostiles y peligrosos.

¡Cuidado! También pueden herirnos desde el amor, el cariño o la amistad. Con la sobreprotección, con el hecho de impedirnos tomar nuestras propias decisiones, con la exigencia y las presiones para que seamos o actuemos de determinada manera.

En este artículo, quiero centrarme en ese imperativo familiar y social que nos empuja a adaptarnos en exceso a ciertas personas o a los grupos a los que pertenecemos, renunciando a gran parte de nuestra individualidad: nuestra forma de ser, de actuar y de sentir, nuestros gustos y deseos, nuestras propias metas y nuestros sueños. Pretenden que no cambiemos, que no asumamos otros valores, que nos mostremos pasivos ante lo que nos sucede, que nos resignemos a ciertas situaciones adversas. Y, que aceptemos lo inaceptable, que continuemos con relaciones que nos aportan mucho dolor, que permanezcamos cerca de individuos que creen que el amor es posesivo, controlador. Porque, entienden que, nosotros, somos un objeto que ellos pueden manejar a su antojo.

Se aferran a lo que el Diccionario de la Real Academia de la Lengua dice con referencia a la adaptación y consideran que debemos “recibir, haciéndolo propio, un parecer, un método, una doctrina, etc., que han sido creados por otros”.

Sin embargo, quien escribe es firme partidaria de defender que tenemos el gran patrimonio de la libertad para tomar nuestras propias decisiones sobre lo que  queremos rechazar. Obviamente, hay hechos que no podemos cambiar, tales como una ruptura, una muerte, un fracaso, los cuales, debemos aceptar, después de haber pasado por el correspondiente proceso de duelo.  

A muchos les molesta que tengamos voz propia y que mostremos que no estamos de acuerdo con lo que ellos piensan que es lo correcto. Nos quieren calladitas, persiguen nuestra mansedumbre.

Les conviene que nos sintamos como una parte de un todo inamovible, pensando que somos incapaces de modificar aquello “que nos ha tocado vivir”. Y, así, se van colando las faltas de respeto hacia nosotros y las diferentes formas de agresiones. Desde la familia, la escuela, el barrio, el trabajo y la sociedad.

¡Basta ya de adaptarnos a lo que otras personas nos imponen, aunque sea en nombre de un supuesto amor! 

Tengamos el coraje y la determinación para ser como queremos ser. Aunque, para conseguirlo, debamos cuestionar y revisar algunas de las enseñanzas recibidas. Aun sabiendo que encontraremos la crítica y el rechazo de algunos conocidos o personas allegadas.






Imagen encontrada en internet, modificada para el blog:




miércoles, 18 de septiembre de 2019

Es conveniente tener en cuenta los cambios que ocurren en nuestras relaciones personales





Al igual que en otros artículos, cuando hablo de relaciones, me refiero a los diferentes nexos afectivos que podamos tener con familiares, amistades o parejas. También, al trato que otorgamos a las personas que vamos conociendo. Por lo tanto, quisiera que leyeran mis palabras teniendo en cuenta que son aplicables en contextos diversos.

Los cambios son parte de nuestra vida, aunque parezca que no se hayan producido. Algunos pueden ser casi imperceptibles, ya sea para uno mismo o para los demás. Otros, surgidos tras épocas de crisis, son grandes cambios. Suelen ser bastante evidentes, aunque, siempre habrá personas que no quieran verlos o prefieran ignorarlos.

Es conveniente tener en cuenta esos cambios que ocurren en nosotros y en nuestras relaciones. Para ello, además del autoconocimiento e introspección, debería haber apertura, sinceridad, respeto y la posibilidad de hablar sobre lo que es diferente, o lo que ya no es como era, llegando a acuerdos que sean válidos.

Conocemos a personas que no parecen evolucionar, que se aferran al pasado y a lo que les enseñaron. Pretenden que las cosas se hagan como siempre se hicieron en su familia, en las amistades que eligieron y en el núcleo social en el que quisieron incorporarse. No se dan cuenta que nadan contra corriente. Se empeñan en vivir sobre las bases de principios y modos de actuar inalterables. Pretenden que nadie se salte unas reglas que fueron inventadas en el pasado para solucionar situaciones que los momentos presentes les deparan. Consideran que todos cuantos pertenecen a su ámbito existencial deberían actuar de acuerdo al criterio que ellos tienen de lo que es correcto. Y, por eso, rechazan a quienes siguen pautas de comportamiento diferentes, llegando a cometer el grave error de calificar de impropio, equivocado y desatinado el proceder de los mismos. Y, confieso que me abstengo de reproducir los términos timoratos que ellos utilizan profusamente.

No es acertado decir que esos individuos moderan su actitud con el transcurso del tiempo. Más bien, todo lo contrario. Cada vez, son más rígidos e intolerantes con los demás. Intentan ocultar sus propios miedos: inseguridad, dolor e ira, ante la necesidad de ser tenidos en cuenta. En el fondo, bajo una máscara de perfección y bondad, serán seres asustadizos e inseguros. Cuando no, amargados, rencorosos y llenos de rabia.

Pero, es de justicia señalar que otras personas están en constante desarrollo, a partir del acceso a información que antes desconocían. Así como,  debido a experiencias que las llevan a cambiar algunas de sus viejas creencias por otras que se ajusten más a lo que ellas piensan. Así, poco a poco, vislumbran lo que antes no estaban preparados para comprender. Se van conociendo mejor y descubren qué es lo que contribuye a darles paz y bienestar emocional. Aprenden a confiar en su propio criterio y a cuestionarse si lo que reciben de otros es aceptable y enriquecedor, o si no lo es. Cuidan de ellas mismas y disfrutan con las interacciones sinceras, que les aportan elementos valiosos. Se hacen responsables de aquello que permiten en sus interrelaciones e identifican cuáles son los límites que son infranqueables, que no están dispuestas a permitir que se traspasen. Se valoran de forma más ajustada, teniendo en cuenta sus luces y sus sombras, sus puntos fuertes y aquellos de los que conviene ocuparse. Adquieren una mayor confianza en su capacidad para afrontar las dificultades que se les vayan presentando y para gestionar su vida, mientras van subiendo el listón de lo que valoran en una relación y de lo que no es negociable.

Lo deseable de nuestras relaciones es que sean enriquecedoras. Que podamos sentirnos a gusto, que nos lleven a conocernos mejor, que sean un aliciente para que se cumplan nuestros objetivos personales y los que, de forma conjunta, establezcamos para el futuro.

Quiero terminar con una frase de Lorraine C. Ladish:

La vida es demasiado corta como para desperdiciar tiempo con vínculos que nos vacían o restan energía. Y, demasiado corta, también, como para no estrechar los lazos que merecen la pena.





Bibliografía:

“Más allá del amor”, de Lorraine C. Ladish. Editorial Pirámide.



Imagen encontrada en internet: http://hopesrising.com/?p=2291



lunes, 4 de marzo de 2019

El tiempo, por sí solo, no cura las heridas emocionales

 

En estos días, una muy buena amiga me llamó y, como llevábamos semanas sin conversar, aprovechamos para ponernos al día. Me comentó que la noche anterior se acostó pensando sobre un tema que le rondaba por la cabeza. Hablamos acerca del mismo y después de nuestra conversación telefónica me envió un mensaje en el que me decía: “Yo quería saber si solo el tiempo cura las heridas”. Decidí que era una buena ocasión para hablar sobre ese asunto.

Está muy extendida la idea de que las heridas emocionales sanan con el paso del tiempo; que los problemas y las situaciones dolorosas se curan a medida que pasan los días, las semanas, los meses o los años. Yo no estoy de acuerdo con lo anteriormente expuesto. La experiencia nos muestra que algunas personas, después de muchos años, arrastran una gran pena que no les deja avanzar; mientras que, otras, sí lograron superar el dolor que una vez sintieron, aprendieron de los acontecimientos vividos y salieron fortalecidos.

Estoy convencida de que el paso del tiempo, por sí solo, no mejora nada. Todo dependerá de lo que hagamos durante ese tiempo, de la actitud que tengamos ante la situación que tanto nos afectó, de las medidas que tomemos para afrontar los sentimientos y los pensamientos que nos surgen al respecto, de la interpretación que hagamos de los hechos, de si nos encerrarnos en nosotros mismos o si buscamos personas que nos ayuden en la comprensión de lo sucedido.

Es preciso afrontar aquello que nos perturbó, aceptar lo que sucedió, sin edulcorarlo, sin disfrazarlo o quitarle importancia. Porque, de no ocuparnos en sanar nuestras heridas emocionales, estas perdurarán mucho más tiempo del necesario, afectando otras áreas de nuestra existencia. Incluso, pueden empeorar y terminar enquistándose, haciendo que sea muy difícil pasar página y retomar la vida de forma saludable.

La creencia generalizada de que el tiempo cura las heridas emocionales lleva a algunas personas a presionarnos para que superemos pronto lo que nos sucede. Quizás, porque ellos no se sienten bien con nuestra tristeza o nuestra ira, y, también, porque no tienen ni idea de cómo ayudarnos: “ya pasará”, “con el tiempo dejará de doler”, “ya verás cómo lo olvidas”, “no hay mal que dure cien años”, “conocerás a alguien y te volverás a enamorar”, “te darás cuenta de que fue como un mal sueño”, “debes pasar página”…

Acomodarse a tales consejos puede llevarnos a caer en la tentación de proceder de forma pasiva ante lo que nos sucedió, dejándonos invadir por la pena, la ira o la desilusión, descuidando nuestras actividades habituales y aquellas que nos puedan traer alguna satisfacción. Otras personas, hacen lo contrario: para no pensar en lo que les ha sucedido, se centran en el estudio, en su trabajo o en sus aficiones, procurando estar bastante ocupados, para no pensar en aquello que les afectó de manera notable. Se convencen de que ya están mejor, que las cosas ya no duelen tanto, que todo lo van superando. Creen que han logrado poner distancia de aquello que les hizo sentir una gran tristeza o un gran enfado, aunque, lo único que hacen es posponer la solución de un problema o la sanación de una herida profunda.

Es como si tomáramos los pensamientos y emociones asociados a la situación dolorosa y los guardáramos al fondo de un armario o en el lugar donde solemos colocar aquello que ya no utilizamos. El problema de hacer esto, es que el día que nos los volvamos a encontrar, reviviremos todo lo que creíamos que ya estaba superado. Y, entonces, volverá a dolernos como antes. Asimismo, al no haber aprendido de la experiencia anterior, podrán afectarnos nuevas situaciones que sean parecidas a las ocurridas hace un tiempo, ya que no habremos desarrollado herramientas para afrontarlas con éxito.

Hay quienes no asumen los problemas de forma pasiva sino que pueden hacer algo muy diferente, dándole muchas vueltas a lo sucedido, trayendo constantemente a la memoria cosas del pasado, ya sea reciente o remoto. Pensando que eso que hacen no influirá en la sanación de sus heridas, debido a esa creencia de que “las heridas se curan con el tiempo”. Pero, lo cierto es que hurgar en las heridas solo hará que estas sean cada vez más profundas y más difíciles de sanar.

Imaginémonos que las heridas no son emocionales sino físicas. Es difícil pensar que las mismas vayan a sanar por sí solas, sin que hagamos algo al respecto. Dependerá de si se han producido a partir de un golpe y si hay algún hematoma o fractura. Si ha habido solo una raspadura, una herida leve o una herida de gran entidad. Cada una de esas situaciones llevará a que intervengamos de una u otra forma. Deberemos ver cuáles son los daños sufridos y de qué manera podemos actuar para que éstos puedan ser subsanados de forma adecuada. Dejar que pase el tiempo puede llevar a un hueso mal soldado o a una infección muy grave. Asimismo, una vez limpias, conviene dejar que cicatricen, sin estar hurgando en ellas constantemente. ¿Por qué no hacemos lo mismo con las heridas emocionales? ¿Por qué intentamos quitar importancia a lo que nos sucede y a lo que sentimos por lo ocurrido? ¿Qué nos lleva a querer que las otras personas pasen página cuanto antes de los problemas que les afectan?

Magdalena Araújo




Para leer más sobre el tema:

Algunas propuestas para sanar las heridas emocionales, escrito por Magdalena Araújo en “Un día con ilusión”.






viernes, 1 de febrero de 2019

Una historia escrita por Elizabeth Silance Ballard: “Me enseñaste a ser maestra”






Cada vez que daba inicio el año escolar, la señora Thompson, maestra del pueblecito de Saint Gabriel (Louisiana) a orillas del Mississippi, se presentaba ante sus alumnos de quinto grado para darles la bienvenida. Aprovechaba la oportunidad para hacer un pequeño discurso, en el que tenía por norma repetir que ella trataba a todos por igual, que no tenía preferencias ni, tampoco, maltrataba ni despreciaba a nadie.

Sin embargo, lo anteriormente expuesto no iba a ser posible. Porque, enfrente de ella, en la primera fila, un niño de once años, llamado Teddy Stoddard,  se hallaba sentado displicentemente, con las piernas espatarradas, sus posaderas apoyadas sobre el vértice del asiento, su espalda y su cabeza llamativamente hundidas contra el duro respaldo de madera. Desde el curso anterior, la señora Thomson había estado observando a Teddy y había advertido que no jugaba con sus compañeros, que su ropa estaba muy descuidada y que mantener la higiene corporal no era una de las principales virtudes de su alumno.

Con el paso del tiempo, la relación de la señora Thompson con Teddy fue, cada vez, más desagradable. Hasta tal punto, que no le temblaba el pulso, a la hora de marcar los trabajos del niño con grandes tachones rojos, en forma de X, y de colocar un muy llamativo cero, en la parte superior derecha de la página, de su cuaderno de tareas.

En la escuela donde la señora Thompson enseñaba, cada profesor debía conocer el historial personal y académico de sus alumnos. Pero, ella había dejado el expediente de Teddy para el final, pues, a decir verdad, el comportamiento y la actitud de este niño en la clase, hacían que el trato con él fuera especialmente difícil.

Cuando, finalmente, revisó el expediente del alumno en cuestión, la profesora se llevó una gran sorpresa: su colega del primer curso había escrito: “Teddy es un niño muy brillante, con una sonrisa sin igual. Hace su trabajo de una manera limpia y tiene muy buenos modales… es un placer tenerlo cerca”.

La maestra de segundo, había añadido: “Teddy es un excelente estudiante, se lleva muy bien con sus compañeros, pero se nota preocupado porque su madre tiene una enfermedad incurable y el ambiente en su casa debe ser muy difícil”.

El profesor de tercero había escrito: “Su madre ha muerto, ha sido muy duro para él. El niño trata de hacer esfuerzos, pero no recibe ningún apoyo de su padre. Me temo que el ambiente de su casa le afectará seriamente, si no se toman medidas”.

Mientras que la profesora de cuarto había denunciado: “Teddy se encuentra atrasado con respecto a sus compañeros y no muestra mucho interés en la escuela. No tiene amigos y, en ocasiones, se duerme en clase”.

Ahora, la señora Thompson se había dado cuenta del problema de Teddy y estaba muy avergonzada. Se sintió todavía peor cuando, con motivo de la Navidad, sus alumnos le llevaron regalos envueltos con preciosos lazos y papeles brillantes. Todos, excepto Teddy; su regalo estaba dentro de una bolsa de papel del supermercado.

La señora Thompson fue abriendo lentamente los regalos de los niños, ante la expectación y el aplauso de todos. Llegó el momento de abrir el regalo de Teddy. A la señora Thompson le daba pánico abrir ese regalo delante de los otros niños, allí presentes. Pero, ante la curiosidad de estos últimos, no le quedó más remedio que hacerlo. Al sacarlo de la bolsa, la gran mayoría de los niños se echó a reír, al ver que el regalo estaba muy mal envuelto, en un papel de periódico arrugado. La profesora abrió el paquete y todos vieron que contenía un viejo brazalete al que le faltaban algunas piedras y un frasco de perfume, medio lleno. Ella intentó detener las burlas de los niños y exclamó: “¡Que brazalete tan bonito!”. Al ponérselo, se echó unas gotas de perfume en cada una de las muñecas. 

Acabadas las clases de ese día, Teddy esperó que todos sus compañeros salieran del aula, para decirle a la maestra:

-¡Señora Thompson! ¡Hoy, usted, huele como solía oler mi mamá!

Al quedarse sola, la profesora estuvo llorando un largo rato. A continuación, decidió que enseñaría a sus alumnos bastante más que lectura, escritura y aritmética. En adelante, se tomaría más en serio la educación de Teddy, al igual que la de todos esos niños, que, año tras año, estaban bajo su cuidado.

Cuando se reincorporaron a clase, después de las vacaciones navideñas, la señora Thompson llegó con el brazalete de la mamá de Teddy y con unas gotas de perfume. La sonrisa del niño fue toda una declaración de agradecimiento.

La atención y el afecto que dedicó a Teddy, iba dando sus frutos. A medida que trabajaba con él, la mente del niño parecía volver a la vida; mientras más lo motivaba, mejor respondía. Poco a poco, fue volviendo a ser aquel niño aplicado y trabajador de sus primeros años de escuela.

A pesar de haber dicho que ella no tenía preferencias y que trataba a todos por igual, la señora Thompson mostraba un gran aprecio por Teddy. Un año después, encontró una nota debajo de su puerta. Era de Teddy, diciéndole que ella había sido la mejor maestra que había tenido en toda su vida.

Pasaron años, antes de que recibiera otra nota de Teddy. En ella, le contaba que había terminado High School, siendo el tercero de su clase. Y, que ella, seguía siendo la mejor maestra que había tenido en su vida.

Cuatro años después, la señora Thompson recibió otra carta, donde Teddy le decía que, aunque las cosas habían sido duras, pronto se graduaría de la universidad con los máximos honores. Y le aseguró que ella era aún la mejor maestra que había tenido en su vida.

Bastantes años después, le escribió otra carta en la que le anunciaba que había acabado la carrera de medicina y que seguía siendo su maestra favorita. Ahora, su nombre era más largo: la carta estaba firmada por el doctor James F. Stoddard, M.D.

El tiempo siguió su marcha. En una carta posterior, Teddy le decía a la señora Thompson que estaba a punto de casarse con una chica que había conocido en la universidad. Le explicó que su padre había muerto hacía dos años y se preguntaba si ella accedería a sentarse en el lugar que normalmente está reservado para la mamá del novio. Por supuesto, ella aceptó. Para el día de la boda, usó aquel viejo brazalete con varias piedras faltantes y se aseguró de comprar el mismo perfume que Teddy le había regalado en una Navidad de hacía muchos años, el cual, a Teddy, le recordaba a su mamá. Se dieron un gran abrazo y el doctor Stoddard le susurró al oído:

—Gracias, señora Thompson, por creer en mí. Muchas gracias por hacerme sentir importante y mostrarme que yo podía superar los obstáculos y marcar la diferencia.

La señora Thompson respiró profundamente y, con lágrimas en los ojos, le dijo:

—Teddy, te equivocas, tú fuiste el que me enseñó que yo podía marcar la diferencia. Tú me salvaste y me diste la lección más importante de la vida. La que ningún profesor había sido capaz de darme, a lo largo de mis estudios universitarios. Me enseñaste a ser maestra.





Nota:


Esta historia tiene diferentes versiones, con algunas variaciones entre ellas. Se la puede encontrar como “La señora Thompson”, “El perfume de la maestra” (refiriéndose a ellos como doña Tomasa y Pedrito), “La mejor maestra”… Existen distintos nombres para la maestra y para su alumno, aunque en esencia es la misma historia. Normalmente, en español, aparece como de autor desconocido.

La historia original fue escrita en inglés por Elizabeth Silance Ballard, autora de Three Letters from Teddy and Other Stories. Parece no ser una historia basada en hechos reales, sino, que fue escrita como una forma de inspirar a los maestros y a los educadores, en general. En inglés, también se encuentra con diferentes nombres: 

“A Teacher Makes a Difference: The Teddy Stallard Story”, “The Teacher”, "She Said She Loved Us All the Same", "A Quick Story", "Teddy and His Favorite Teacher", "Making a Difference" and "Three Letters from Teddy".






Imagen encontrada en internet: