domingo, 12 de febrero de 2017

Hablando del acoso escolar, un amigo me dijo: “Deja, Magdalena, que te cuente la historia de los zapatos de niña”



  
Hay un período de tiempo de mi infancia del que guardo muy mal recuerdo. En los inicios del curso de Ingreso al Bachillerato, cuando ya había cumplido los diez años, tuve que afrontar una serie de dificultades que a punto estuvieron de arruinar mi autoestima.

Al terminar las vacaciones del verano, mis padres me comunicaron su decisión de cambiarme de colegio, alegando que igualmente se verían obligados a hacerlo al año siguiente, pues la escuela a la que iba no estaba autorizada para la enseñanza secundaria. Mis protestas, llantos y pataleos fueron inútiles, tan sólo sirvieron para ganarme un castigo y aumentar mi desazón, al pensar que no volvería a ver a mis compañeros de colegio, con algunos de los cuales había llegado a establecer una gran amistad.

En los primeros días del mes de septiembre, mi madre, que por ser austríaca no dominaba ciertos aspectos de la idiosincrasia de los españoles y era muy severa, me tomó de la mano y me llevó a una tienda en la que vendían ropa de trabajo. Me compró un par de batas, a rayas azules y blancas, que llevaban dos bolsillos en los lados y otro a la altura del corazón, sobre el cual debía ir bordado mi nombre y apellido. Supe que era la prenda obligatoria que el colegio de curas, en el que me habían matriculado, exigía que vistieran diariamente sus alumnos, a modo de uniforme. De nada le sirvió a mi madre que yo opinara que la talla elegida era exageradamente grande para mí y que le hiciera ver que faltaban muy pocos centímetros para que el largo de la bata llegara a mis tobillos y las mangas cubrieran los dedos de mis manos. Ella argumentó que era preciso tener en cuenta la pesada ropa que yo llevaría durante los meses de invierno y que, con toda seguridad, la prenda se encogería después de los primeros lavados. El dependiente le dio la razón y, para hacerle la pelota, le prometió que se encargaría personalmente de que pusieran mi nombre en los bolsillos.

De regreso a casa, nos deteníamos frente al escaparate de cada zapatería que encontrábamos a nuestro paso porque mi madre quería comprarme un par de zapatos. Aburrida por no hallar los que fueran de su gusto y cansada de andar, decidió parar un taxi y llevarme a la tienda de zapatos de la que era clienta acreditada. Después de que la vendedora nos hubiese presentado diversos modelos sin que ninguno de ellos le llamara la atención, a mi madre se le ocurrió echar un vistazo a la sección de calzado femenino que ella conocía sobradamente. Al momento, se enamoró de unos mocasines de piel, de color marrón, con suela de crepé. La dueña de la tienda alabó el gusto de su clienta y pidió a la empleada que fuera al almacén, en busca del par correspondiente a mi talla. Puso especial énfasis en que me los probara y que diera unos pasos sobre la alfombra que en la tienda había para tal propósito, frente a un gran espejo. Ante la pregunta de mi madre, tuve que contestar que no me hacían daño al andar, después de lo cual, ocurrió lo que yo me estaba temiendo, que fue manifestar su satisfacción y proclamar que nos quedábamos con los zapatos. A continuación, se dirigió al lugar donde se encontraba la caja, con la finalidad de pagar el importe de la compra. Presa del pánico, con mis pies descalzos, recorrí la distancia que me separaba de mi madre y me planté delante de ella para decirle que yo no me podía poner los zapatos que había elegido. Sorprendida por lo que acababa de escuchar, me pidió que le diera alguna razón. “¡Son zapatos de niña, mamá! Los flecos de cuero que llevan incorporados sobre el empeine, a modo de adorno, así lo indican claramente” -le manifesté, con voz de alarma- . Sin salir de su asombro, mi madre dirigió su mirada a la dueña de la tienda y a la dependienta, esperando oír su opinión. Pero, ambas, desviaron la vista al suelo y permanecieron en silencio. En lugar de recabar su ayuda, cometí el error de señalar que los flecos que tenían los zapatos sobre el empeine impedían jugar al fútbol, evidencia categórica, en aquellos tiempos, de que eran zapatos para niña. Imperturbable, mi madre mantuvo su decisión de compra y se limitó a decirme que mejor sería que me olvidara de jugar al fútbol.

Días después, cuando llegó la hora de ir a la escuela y comenzar el nuevo curso, mi madre quiso acompañarme, a pesar de que el colegio de los curas estaba ubicado a dos manzanas de nuestra casa. Decidió que debía ponerme la bata, los zapatos nuevos y cargar en mi espalda la cartera que me había comprado para que pudiera guardar en ella los libros que me entregaran. Llegamos al colegio muy temprano y lo primero que hizo mi madre fue dirigirse a secretaría para confirmar que mi inscripción en aquel centro educativo estuviese  correctamente formalizada. A continuación, comprobó personalmente que mi nombre apareciese en el listado de alumnos de Ingreso al Bachillerato; después de lo cual, me indicó por donde debía acceder al patio del colegio, me dio un beso y se despidió de mí.

Subí hasta el cuarto piso por medio de unas amplias escaleras en forma de caracol, con barandilla de hierro forjado y pasamanos de madera. Fui uno de los primeros alumnos en llegar a un recinto al aire libre, de forma rectangular, totalmente enlosado, rodeado de porches a los lados, menos por uno, que era una larga pared sobre la cual habían colocado una red metálica, muy alta. Me di cuenta de que la pared formaba parte de la fachada lateral del edificio y comprendí que la red metálica cumplía con la función de evitar que las pelotas del frontón fueran a parar a la calle. Pregunté a un niño por el campo de fútbol y me contestó que era el mismo que el de balonmano, bastaba alargar unos metros más el campo, desplazando la portería opuesta a la que estaba pegada a la pared. Me dijo que jugaban al fútbol con pelotas de trapo forradas de cuero, en lugar de utilizar el balón oficial de la Liga, cuya presencia en el interior del colegio estaba prohibida. Confieso que no pude evitar sentir nostalgia de mis amigos y de mi colegio anterior. Su campo de fútbol, sin ser de hierba, aunque sí de tierra y tener las porterías reglamentarias, hubiese podido jurar que triplicaba la superficie del patio que tenía delante de mis ojos.

Dicho recinto, se fue llenando de alumnos que iban vestidos de calle y llevaban su bata bajo el brazo, dentro de sus carteras o colgando del hombro. Formaban corros y se saludaban entre ellos, contentos por encontrarse de nuevo. Se daban fuertes apretones de mano, cuando no grandes abrazos. Los que llegábamos al colegio por primera vez éramos fácilmente reconocibles por nuestra cara de despiste y por nuestros movimientos, que revelaban gran inseguridad. Casi todos nos agrupamos espontáneamente, a la espera de que pasaran lista y nos asignaran la clase correspondiente, que era la de Ingreso. Debo reconocer que yo me sentía muy incómodo porque era uno de los pocos que tenía la bata puesta y el único que llevaba la cartera a la espalda. Intentaba protegerme de las risitas y las miradas que los alumnos de mayor edad me lanzaban, intentando pasar desapercibido en medio del grupo. Pero, en un momento dado, se me acercaron dos chicos mayores que debían ser de quinto o sexto de Bachillerato y golpearon, con sus manos, la cartera que cargaba en la espalda. Uno de ellos, me llamó Caperucita y me preguntó si llevaba la merienda para la abuelita. Le contesté diciendo que llevaba un bloc de anillas, una libreta, un plumier, lápiz y goma de borrar. El otro, que era más alto que su compañero, tiró con fuerza de las correas de cuero que sujetaban la cartera a mis espaldas, con la intención de quitármela. Ante su asombro, y el de cuantos me rodeaban, reaccioné con rabia y me puse a la defensiva. Por unos instantes, pensé que tendría lugar una pelea. Pero, en lugar de utilizar la violencia física, se limitaron a insultarme. Se burlaron de mi bata y, después de leer el bordado del bolsillo, se dedicaron a pregonar mi nombre y decir que llevaba zapatos de niña. Ignoro cuántos alumnos se hubiesen reído de mis zapatos, si no hubiesen llegado los curas y, después de exigir silencio, hubiesen sido motivo de toda nuestra atención.

Nos fueron llamando por nuestro nombre y apellidos, para formar cada una de las clases. La primera en quedar constituida fue la mía, que resultó ser la más numerosa de todo el colegio. Bajamos al primer piso, donde estaba ubicada nuestra aula y ocupamos los pupitres por estricto orden alfabético. Al fondo de la clase, a todo lo largo de la pared, había un armario empotrado con colgadores debidamente numerados, los cuales fueron asignados a cada uno de nosotros. El cura nos dijo que era donde podíamos colgar nuestras prendas de calle mientras estuviésemos en el interior del colegio porque, en horario lectivo de clases, debíamos vestir la bata que yo llevaba puesta. Pregunté si nos la podíamos quitar al salir a jugar al patio y me contestaron que no, lo cual no disipó la preocupación que yo tenía.

En honor a la verdad, me gustó mucho la estructura interior del colegio, aunque me intimidara un tanto el ambiente de seriedad que se respiraba, consecuencia de años de estar impartiendo enseñanzas superiores. Todavía, en el día de hoy, recuerdo su olor inconfundible. Nada tenía que ver su austero mobiliario con el de mi añorado colegio, de alegres colorines, rodeado por  campos de deportes y la visión de parques y jardines.

Cuando llegó la hora del recreo, sospeché que tendría que enfrentarme, de nuevo, con los dos alumnos mayores que me habían insultado. Sin embargo, nos explicaron que habían dos horarios distintos de recreo: el primero de ellos, para los alumnos de Ingreso, hasta tercero de Bachillerato, inclusive. El segundo, era compartido por el resto de los cursos, a excepción de quienes estudiaban Preuniversitario, los cuales no tenían clases por la tardes.

De nada sirvió que no estuvieran en el patio los más mayores. A excepción de mis nuevos compañeros de curso, se acercaron a mí un buen número de niños que se metieron con mi bata y con mis zapatos. Descubrieron que el mayor de los insultos era llamarme “niña” porque yo reaccionaba con rabia. Gracias a mi nuevo compañero de pupitre, no llegué a las manos con ninguno de ellos.

Al regresar a casa, estuve muy huraño y me encerré en mi habitación. Cuando llegaron mis padres, nada más sentarnos a la mesa para la cena, me preguntaron si me había gustado el nuevo colegio. Para no mentirles, les respondí que me habían impresionado sus venerables dependencias educativas, no así su limitada área deportiva. Mis padres no pidieron mayores explicaciones y, al verme muy parco en palabras, pensaron que continuaba estando molesto por haberme cambiado de colegio.

En los días siguientes, a escondidas de mi madre, me puse otros zapatos. En contra de lo que esperaba, el cambio de calzado no produjo ningún efecto porque las mofas y los insultos continuaron durante la mayor parte de los recreos, tanto el de la mañana, como el de la tarde. Yo creo que llegué a soportar los insultos y vejaciones de los que fui objeto, gracias al mencionado compañero de pupitre, que se llamaba Juan Gallardo, quien llegó a ser uno de mis mejores amigos.

Sin embargo, la explosión de todas mis emociones contenidas, se produjo, pasadas un par semanas, cuando estábamos en la clase obligatoria de gimnasia, la cual nos daba un profesor de Educación Física. Tenía lugar en uno de los porches laterales del patio, espacio que habían habilitado como gimnasio. Me fastidiaba que se rieran de mí, al saltar el potro o dar la vuelta de cabeza sobre el plinto, por llevar la bata arremangada, Pero, lo que no pude aguantar, fue la crueldad con la que algunos se mofaban de su compañero gordito, incapaz de afrontar los aparatos de gimnasia, por mucho que el profesor le apremiara y le reprendiera por sus desesperados lloros. Llamé imbécil a quien destacaba por ser el más chuleta de la clase y terminamos a puñetazo limpio, ante todo el mundo.

Después de acompañarnos al botiquín de primeros socorros, el cura de nuestra clase nos llevó ante el padre Rector, quien quiso interrogarnos, por separado. Me tocó en segundo lugar y me quedé, de pie, esperando en la antesala del despacho de la máxima autoridad del colegio. Cuando salió el compañero con el que me había peleado pude ver que estaba acongojado, a pesar de lo cual, tuvo el ánimo de mirarme a la cara y exclamar: “¡Estás expulsada, Caperucita!”. Prefiero no recordar el mal trago que me tocó pasar. En cambio, recuerdo perfectamente que el señor Rector me pidió que le explicara lo ocurrido, en lugar de hacerme preguntas. Lo cual, me permitió contarle toda la historia que he narrado, desde que mis padres me comunicaron su decisión de cambiarme de colegio. Cuando terminé mi exposición, la máxima autoridad del colegio se levantó de la silla, detrás de la mesa de su despacho y me miró de arriba abajo. “No llevas puestos los zapatos de niña, ¿dónde están?” -fue su única pregunta-. Al contestarle que los tenía en casa, me dijo que se los trajera, al día siguiente, antes de dirigirme a mi clase. Por no decirles nada a mis padres, pasé una noche horrorosa, mezcla de insomnio y fríos sudores. Por la mañana, salí de casa sin desayunar, a hurtadillas, con la caja conteniendo el par de zapatos que mi madre me había comprado, bajo el brazo. Después de presentárselos, el padre Rector me dijo que hablaría conmigo, cuando lo hubiera hecho con mis padres y me pidió permiso para quedarse con los zapatos, no sin antes prometerme que no saldrían de la caja.

A media mañana, la hora del recreo quedó suspendida. En su lugar, todos los alumnos del colegio fuimos conducidos al salón de actos por los curas responsables de cada una de las clases. Estuvo presente el cuadro docente, al completo, incluido el profesor de Educación Física. No repetiré la ejemplar conferencia del Rector. Jamás supe lo que la máxima autoridad del colegio habló con mis padres, ni con los del niño con el cual me peleé. Tampoco, procede repetir las graves palabras que me dirigió el señor Rector cuando me devolvió la caja que contenía los zapatos de niña.

Puedo asegurar que, a partir de los hechos que he procurado describir, la más remota intención de violencia quedó erradicada, y el respeto entre profesores y alumnos, quedó consagrado como el más fundamental de los principios y valores del colegio. 



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martes, 7 de febrero de 2017

Desde que eran niños, aprendieron a ser pasivos



Algunas personas están convencidas de que es poco, o nada, lo que ellas pueden hacer para solucionar la mayoría de los problemas que se les presentan. Creen que no son responsables de lo que les sucede y que dependen de otras personas para solucionar cualquier inconveniente.

No han aprendido a ser dueñas de sí mismas, buscando en su interior los recursos que sean necesarios para afrontar las dificultades. Piensan que ellas no pueden cambiar lo que les ocurre, que el cambio tendría que venir del exterior.

Consideran que no tienen la capacidad suficiente para llevar a cabo lo que sea necesario para lograr modificar aquello que les desagrada. Tampoco, se atreven a decir, a quien proceda, lo que les disgusta de su forma de actuar.

Creen que, por el hecho de expresar lo que sienten y lo que les está ocurriendo, no van a conseguir que sus problemas mejoren. Llegan a pensar, incluso, que la situación puede agravarse porque ellos no tienen la capacidad para actuar de otra forma, ante los problemas que se les plantean.

No entienden cómo es posible que otras personas no se hayan dado cuenta de que hay algo que les preocupa, de que no se sienten bien, de que están teniendo problemas.

Es indudable que, desde niños, han aprendido a ser así. A ser pasivos, aceptando lo que les ocurre; en lugar de ser activos, actuando para minimizar los riesgos y, en todo caso, solucionar los problemas que se les presenten. Se conforman con lo que reciben de su entorno, aceptando lo que les ocurre, sin presentar ningún tipo de resistencia.

Les han enseñado que deben obedecer a los padres y a otras figuras de autoridad. Los niños creen que esas personas saben por qué dicen lo que exponen y empiezan a desconfiar de su propio razonamiento. Llegan a considerar, erróneamente, que el criterio de los demás es más acertado que el suyo. Empiezan a aceptar lo que les ocurre como si fuera irremediable y como si ellos no pudiesen hacer nada para evitarlo.

Quienes están a su alrededor no se dan cuenta de cómo les afecta a esos niños su forma de actuar o de responder ante sus necesidades. Si no se encuentran adecuadamente atendidos, protegidos y comprendidos por quienes deberían quererlos y cuidarlos, aprenden a no expresar sus dudas, sus miedos, sus dificultades. Piensan que deben aceptar resignadamente lo que les pase, que la vida es así y que ellos no pueden hacer nada para cambiarlo.

Paradójicamente, esto puede suceder con padres muy estrictos, cuyo mensaje es que en casa son ellos los que deciden lo que hay que hacer y que son los que saben lo que es mejor para todos; con padres ausentes, que no se enteran de lo que les sucede a sus hijos, que no se dan cuenta cuando están preocupados o asustados, o con aquellos que sobreprotegen a sus hijos, solucionándoles los problemas, no permitiéndoles correr los riesgos propios de su edad, por lo que no estarán preparados para afrontar sus propias dificultades personales o sociales.

Estos niños no ven lo positivo que hay en ellos y creen que los demás deben estar en lo cierto cuando dicen que no sirven para estudiar, para cantar, bailar, pintar o hacer algún deporte. Que son torpes o que son tontos... No se conocen a sí mismos y aceptan lo que dicen los demás, como si fuera verdadero.

No saben que podrían aprender y desarrollar sus habilidades en aquellas actividades que practiquen con cierta asiduidad. Que nadie nace sabiendo, por lo que todos podemos aprender muchas cosas. Es posible no sobresalir en algunas áreas, pero se puede tener un buen desempeño, si se le dedica suficiente tiempo y voluntad. No saben que los logros dependen de sus propios esfuerzos y que se aprende tanto de los aciertos como de los fracasos.


Considerar que otras personas son las que deben guiar sus vidas, es un pensamiento que queda instaurado de forma tan profunda que, ni los niños, ni algunos adultos, son conscientes de las consecuencias que puedan acarrearles. Supone el mejor caldo de cultivo para el desarrollo de problemas posteriores.

No saben cómo responder ante ciertas conductas de otros niños, ni ante el acoso escolar o bullying, a veces respaldado o disculpado por otros compañeros y por parte, incluso, de algunos adultos.

Tendrán dificultades en sus relaciones de pareja, por no confiar en sí mismos, por tener una gran necesidad de afecto y por no establecer unos límites adecuados; admitiendo, en cambio, ciertos planteamientos y comportamientos inaceptables.

Serán proclives a aceptar contratos laborales injustos o condiciones negativas en sus lugares de trabajo.

Rechazarán algunas actividades por considerar que no están capacitados para realizarlas, cuando ni siquiera lo han intentado.


Sería recomendable que los padres y los educadores ayudaran a los niños a tomar consciencia de su propio potencial para desarrollar su vida, de acuerdo a sus propias necesidades y a lo que, para ellos, sea valioso. De esta forma, les darían un empujón y les demostrarían que confían en su capacidad para resolver sus propios problemas. También, para pedir ayuda cuando la puedan necesitar.

Llegará el día en el que se den cuenta de que deben romper esas cadenas infantiles que les impedían ser los responsables de sus propias vidas. Que nunca es tarde para desprenderse del papel pasivo que adoptaron en tiempos pasados y comenzar a recorrer su propio camino.




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martes, 31 de enero de 2017

Los niños aprenden lo que viven, de Dorothy Law Nolte


 

Hace más de veinte años, me llamó la atención lo que leí en un afiche titulado: “Los niños aprenden lo que viven”. Contenía unas sentencias sobre la educación de los hijos, traducidas del original, en inglés, escrito por Dorothy Law Nolte, Ph.D. (1924-2005).

La autora escribió estos enunciados en 1954 para un periódico, The Torrance Herald, del condado de Los Ángeles, California. Más tarde, sin ella saberlo, este escrito fue publicado y distribuido masivamente por una compañía que fabricaba productos de alimentación para niños. Cuando ella descubrió que se habían distribuido millones de copias, se decidió a registrar la propiedad intelectual de la obra, teniendo así los derechos de autor desde 1972. Sin embargo, dejó a la compañía seguir utilizando su texto, de forma gratuita.

En 1998 escribió, junto con Rachel Harris,  "Children learn what they live: Parenting to inspire values", traducido a 18 idiomas, entre ellos el español, versión que recibió el título de: “Cómo inculcar valores a sus hijos: Los niños aprenden lo que viven”, dedicando un capítulo a cada línea del poema.

Tanto los enunciados como el libro, quieren dar a conocer la importancia que tiene el comportamiento de los adultos en la educación y formación de los niños; el cual, se convierte en el mejor ejemplo para el aprendizaje de los niños.



Los niños aprenden lo que viven


Si los niños viven inmersos en la crítica, aprenden a condenar.

Si los niños viven rodeados de hostilidad, aprenden a pelear.

Si los niños viven con miedo, aprenden a ser temerosos.

Si los niños viven en constante aflicción, aprenden a compadecerse de ellos mismos.

Si los niños son ridiculizados, aprenden a vivir en constante timidez.

Si los niños son objeto de los celos, aprenden a sentir envidia.

Si los niños viven avergonzados, aprenden a sentirse culpables.


Si los niños son permanentemente alentados, aprenden a tener confianza en sí mismos.

Si los niños viven en la tolerancia, aprenden a ser respetuosos.

Si los niños reciben elogios, aprenden a valorar sus acciones.

Si los niños son recibidos con los brazos abiertos, aprenden a amar.

Si los niños sienten que son aceptados por los demás, aprenden a tener autoestima.

Si a los niños se les reconoce lo que hacen, aprenden que es bueno fijarse un objetivo.

Si los niños viven en un ambiente en el que todo se comparte, aprenderán a ser generosos.

Si los niños viven en la honestidad, aprenden a ser íntegros.

Si los niños viven en la honradez, aprenden a ser justos.

Si los niños son tratados con amabilidad y consideración, aprenderán a respetar a las personas.

Si los niños viven en un entorno seguro, aprenden a tener fe en sí mismos y en los demás.

Si los niños viven rodeados de afecto, aprenden que el mundo es un bonito lugar donde vivir.


Dorothy Law Nolte, Ph. D.



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http://letushaveanicedaytoday.blogspot.com.es/2017/02/children-learn-what-they-live-by_3.html

miércoles, 25 de enero de 2017

El equilibrio que deben mantener los padres




No es fácil ser padres.

A mi modo de ver, ser padres es una de las labores más importantes de todas cuantas podamos llegar a realizar en nuestras vidas. No obstante, la mayoría de las personas que se enfrentan al reto de la paternidad y la maternidad no han recibido una formación que les pueda servir de base para saber cómo actuar cuando les llega una responsabilidad de tal calibre. Sólo cuentan con su experiencia adquirida en el seno de una familia, la observación del comportamiento de otros padres e hijos, sus reflexiones personales al respecto y lo que puedan haber leído o escuchado sobre un rol tan fundamental.

Lamentablemente, algunos progenitores no son conscientes de la gran trascendencia que tendrá, en la vida de sus hijos, el ejemplo que ellos les den. Tampoco lo son, de las consecuencias que se derivarán de su forma de conducir las diferentes situaciones que aparezcan durante el largo proceso de desarrollo y crecimiento de los vástagos, período en el cual se hace necesaria y exigible darles la mejor educación posible. Actúan de manera despreocupada y reaccionan impulsivamente frente a las dificultades que se les presentan. Son unos padres que no preparan a sus hijos para la vida y que no se enteran de muchas de sus necesidades afectivas.

Otros progenitores se excederán en sus competencias, pensando que en todo momento deben proteger a sus hijos. Hacen lo que los niños deben aprender a hacer por sí mismos y piensan que, como padres, tienen el deber de solucionarles cuantos problemas o dificultades se les puedan ir presentando. Así, les harán dependientes, inseguros, con poca confianza en sus propias capacidades o estarán criando unos pequeños tiranos, exigentes y con poca habilidad para comprender a los demás.

Quiero hacer énfasis en el hecho de que, en muchos casos, se llega a la maternidad, o a la paternidad, sin saber casi nada del oficio. Cuando lo cierto es que, ser padres, es uno de esos trabajos en los que es muy necesaria la formación continua y una dedicación que exigirá mucho de cada uno de los miembros de la pareja. Será preciso descubrir y atender las diferentes necesidades de nuestros hijos. Procurando que ellos adquieran confianza en sí mismos, desarrollen los recursos propios para ser protagonistas de su propia vida y sepan solucionar las dificultades que les surjan. Sin olvidar que deberán tener muy presente colaborar con el resto de los miembros de la familia.

Deberemos ocuparnos del cuidado diario y proporcionarles aquello que nuestros hijos puedan precisar. Seremos sus guías, les apoyaremos y les orientaremos en su desarrollo personal. Teniendo muy en cuenta que ellos aprenden más, de nuestro ejemplo, de lo que ven en nuestro comportamiento, que de todo aquello que les decimos.

Para poder llevar a cabo la tarea de ser padres, es necesario trabajar en uno mismo. Procurar ser una buena persona, conocerse y aprender a afrontar las situaciones que la vida nos vaya presentando. Ejercitarse en la solución de los problemas, no permitiendo que estos nos desborden. Y, si esto pudiese ocurrir, deberemos dedicarnos tiempo, cuidarnos y pedir las ayudas que requiramos, para poder estar en capacidad de seguir cuidando de nosotros y de nuestros hijos. En paralelo, debemos contribuir a que nuestros hijos también se conozcan a sí mismos y a los demás, que respeten a las otras personas,  que aprendan a superar los obstáculos que surjan, con mesura y responsabilidad. Es conveniente que ellos entiendan que deberán solicitar la ayuda, el consejo y el apoyo de otros cuando no sepan cómo actuar. Desde pequeños, deben aprender a ser responsables de sus objetos personales, de sus ocupaciones y, también, de gestionar sus emociones ante lo que les sucede. Es imperativo que adquieran fortaleza emocional, un buen conocimiento de cómo son y una sana autoestima que les ayude a afrontar las adversidades.

Nuestros hijos necesitan de nuestro cariño, de nuestra atención y de nuestro soporte, mientras van creciendo, madurando y aprendiendo a ser responsables de su propia vida. Pero, siempre, en su justa medida. En mi opinión, aquí radica una de las mayores dificultades para que los padres puedan cumplir con su rol, de una manera exitosa: lograr un buen equilibrio.

En la mayoría de las ocasiones, acertaremos en nuestra forma de actuar. Sin embargo, en otras, nos daremos cuenta de que nos estamos equivocando. Cuando esto suceda, lo realmente importante es que sepamos rectificar.
  

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domingo, 22 de enero de 2017

Pendientes del estrés de nuestros hijos



Sabemos, por nuestra propia experiencia, que el estrés es contagioso. Cuando nuestros hijos adolescentes acuden a nosotros para exponernos un problema, es importante que no reaccionemos con desproporción a la dramática manera como nos lo hayan planteado. Los adolescentes pueden ser extremadamente alarmistas cuando hablan de sus problemas, los cuales son absolutamente normales, en función de la edad que tienen. Y, sin embargo, nos los presentan como si  se tratara del fin del mundo. Cuando lo hagan, deberemos controlar nuestra propia ansiedad para no reaccionar de una forma exagerada, lo cual empeoraría la situación.

Es difícil permanecer en calma cuando nuestros hijos están preocupados. Sobre todo, cuando sus problemas guardan relación con algo que fue doloroso para nosotros, durante nuestra adolescencia. El estrés es muy contagioso cuando se trata de algo que nosotros conocemos bien; ya sea porque lo hayamos experimentado o porque alguien cercano haya tenido el mismo problema.

Conviene que seamos capaces de identificar cómo va aumentando nuestra tensión, a medida que escuchamos hablar a nuestros hijos. Será preciso que nos calmemos, por medio de respiraciones profundas, contando hasta diez, o lo que fuere necesario… Procede recordar que es algo transitorio y es conveniente que nos tranquilicemos, antes de poder ayudar a nuestros adolescentes, para que se calmen y puedan encontrar una solución a todo aquello que les está agobiando.

Debemos comprender y aceptar que nuestros hijos están en una época en la que sus emociones parecen una montaña rusa. En ocasiones, se hundirán en un pozo de desesperación y será necesario que les alentemos para que superen ese estado de ánimo y puedan seguir adelante. Conviene que encontremos la forma en la que tienen que proceder para dejar de sentirse atrapados por sus dramas emocionales y para que empiecen a averiguar cómo han de actuar para superar los obstáculos.

Podemos ayudar a nuestros jóvenes a decidir qué es lo primero que podrían hacer para centrarse en la solución del problema. Lograremos, al menos por un momento, que superen su crisis emocional. Juntos, podríamos explorar varias opciones. Así, tendrían más elementos para su decisión.

El estrés durante una crisis

Lidiar con el estrés durante una crisis en toda regla, es cualitativamente diferente a enfrentar las presiones del día a día. Es mucho más intenso, y esto hace que, a veces, sea difícil poder desenvolverse en la vida cotidiana.

Cuando se presenta una importante crisis familiar, los adolescentes suelen recibir menos apoyo de sus padres, justo cuando más lo necesitan. Ocurre de tal forma, porque los padres están ocupados con sus propias reacciones a la situación. Es necesario que, durante una crisis, prestemos una especial atención a la comunicación con nuestros adolescentes, sin abrumarlos con temores y responsabilidades de adultos. En esos momentos difíciles, nuestros hijos necesitan estar informados de lo que sucede, a la vez que deben sentirse protegidos. Es un equilibrio difícil, pero se puede conseguir.

Cuando entendamos que no estamos en situación de proporcionarles la atención que necesitan y que nuestro estado de ánimo no es el idóneo para comunicarnos con ellos, deberemos tratar de encontrar ayuda y apoyo para todos nosotros, sin importar que provenga de amigos o de familiares; y, si fuera necesario, de un verdadero especialista.

Para nuestro propio apoyo emocional, debemos recurrir a aquellos parientes o amigos que puedan ayudarnos a sobrellevar nuestros temores y nuestros problemas, solicitándoles la ayuda que necesitemos para afrontar la crisis que se nos haya presentado. No podemos evitar que nuestros hijos se vean obligados a tener que vivir momentos difíciles, pero podemos protegerlos de nuestra propia reacción al estrés y de una preocupación excesiva por los problemas de los adultos. Nuestros hijos necesitan que seamos fuertes, por lo que procuraremos obtener esa fuerza del apoyo que nos puedan ofrecer otras personas. No es conveniente que pongamos, sobre los hombros de nuestros adolescentes, cargas que puedan sobrepasarles.

Hay momentos en los que toda la familia está demasiado estresada como para poder manejar algún otro problema, aunque sea pequeño. En esos momentos es cuando se hace necesaria la ayuda y el apoyo de toda la familia, de los amigos cercanos, o alguna ayuda externa. Como padres, necesitamos darnos cuenta de cuándo hemos sobrepasado nuestros límites y tener claro que deberemos pedir ayuda, cuando la necesitemos.

Los adolescentes necesitan que haya adultos que se involucren íntimamente en sus vidas. Cuando nos encontremos demasiado estresados para poder ejercer de padres, de la manera como sería deseable, lo mejor que podemos hacer es pedir ayuda para nosotros y para nuestros hijos.

Es muy importante aprender a relajarse

Tenemos distintas formas de reaccionar ante las situaciones estresantes. Podemos dormir mucho o dormir muy poco y mal, comer en exceso o saltarnos las comidas, mostrarnos excesivamente ordenados o tener todo desordenado… Cada adolescente tiene su estilo propio y único de responder al estrés. Como padres, necesitamos saber cómo manifiestan sus miedos y sus inquietudes. Cuando nos parezca que algo anda mal, deberemos hablar con nuestros hijos sobre aquello que les preocupa. Cuanto más sepamos sobre lo que está sucediendo en sus vidas, mejor será nuestra posibilidad de entender qué es lo que puede estar afectándoles.

Nuestros hijos necesitan aprender a lidiar con el estrés que sientan, como parte de su preparación para la vida. Deberán reconocer tempranamente sus propias señales de estrés y aprender a calmarse. Así, podrán responder de manera constructiva ante las situaciones estresantes, en lugar de hacerlo con ansiedad o agresividad.

No olvidemos que la mejor herramienta que tenemos para enseñar a nuestros hijos a manejar el estrés es a través de nuestro propio ejemplo. Nuestros adolescentes saben cuándo estamos estresados ​​y son expertos en interpretar nuestros estados de ánimo. Si nos mostramos irritables, malhumorados y tenemos la tendencia a desanimarnos cuando nos sentimos estresados, éste será el ejemplo que les ofrezcamos.

Al aprender a manejar los primeros signos de estrés, nuestros hijos podrán dirigir su energía de una manera más efectiva, una vez hayan recuperado la concentración y hayan podido establecer sus prioridades.



Bibliografía:

“Cómo convivir con hijos adolescentes. Permaneciendo en sintonía con ellos y proporcionándoles una verdadera ayuda en sus vidas”,  escrito por Dorothy Law Nolte y Rachel Harris.

In English:

"Teenagers Learn What They Live, Parenting to Inspire Integrity & Independence", written by Dorothy Law Nolte and Rachel Harris.



Imagen encontrada en Internet, en 123RF, modificada para el blog. 56727179, de Manoj Kuman, Foto de archivo - Bienestar mental, una muchacha de ciclo en el buen tiempo para reducir el estrés.

http://es.123rf.com/photo_56727179_bienestar-mental-una-muchacha-de-ciclo-en-el-buen-tiempo-para-reducir-el-estr-s.html




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http://letushaveanicedaytoday.blogspot.com.es/2017/01/being-careful-of-stress-of-our-teens.html





jueves, 12 de enero de 2017

Pretender que otro cambie



Sabemos que no todo es perfecto en la relación que mantenemos con otra persona y que, con toda probabilidad, nunca llegará a alcanzarse el grado de perfección que desearíamos. Porque, sin duda alguna, nos encontraremos con dificultades y comportamientos que lleguen a disgustarnos, ciertos elementos de su carácter o de su forma de enfrentar los problemas que tendremos que asumir, aun cuando no sean de nuestro agrado. Lo cual, incidirá en nuestra propia forma de pensar y de experimentar lo que sucede en nuestra relación.

Además, cabe preguntarse si aquello que nosotros vemos como negativo, realmente lo es.

Es posible que lo califiquemos de tal manera porque no se corresponda con lo que estábamos esperando encontrar. Puede ser que, a lo largo de la relación, nuestras formas de pensar, de sentir y de actuar hayan ido cambiando, haciendo que la comunicación y la comprensión hayan adquirido un mayor grado de dificultad. También, puede ser debido a que nosotros hayamos dado una interpretación muy distinta a lo que la otra persona haya querido expresarnos.

Lo que proviene de los demás despierta en nosotros pensamientos, emociones, sentimientos, temores, los cuales influirán en la forma cómo respondamos en nuestras interacciones con ellos.

Cuando nos encontramos con algo que no acabamos de comprender, pareciera que lo más lógico fuera pretender que el otro cambie, que actúe de otra forma. Llegamos a desear que sea diferente de como realmente es.

Inconscientemente, tendemos a inculpar a la otra persona señalando que, a causa de su comportamiento, la relación ya no fluye como antes. Que son determinadas características suyas las que despiertan ciertas reacciones, en nosotros, que no son del todo positivas. Como consecuencia de todo lo cual, desearíamos que ella cambiase su forma de pensar o de actuar, sin tener en cuenta que nosotros no podemos pretender modificar la naturaleza ajena. Porque, lo único cierto es que, tan sólo podemos actuar sobre nosotros mismos, nunca sobre los demás.  

Por lo general, las dificultades que afrontamos en una relación son como consecuencia del comportamiento de cada una de las personas. No es válido imputar la responsabilidad a una sola. Tampoco, sirve de mucho establecer el porcentaje correspondiente a cada una de ellas.

Cuando vemos que una relación no funciona con fluidez, sería conveniente preguntarse qué es lo que podríamos hacer para mejorarla. Deberíamos actuar, centrándonos en fortalecer aquellos aspectos positivos, quitándole importancia a aquella interpretación estrictamente personal, la cual hayamos calificado de negativa.

La responsabilidad sobre tu vida es estrictamente tuya. De la misma manera que yo asumo la responsabilidad sobre la mía. Por lo tanto, si hay algo que no nos gusta, es responsabilidad de cada uno de nosotros, hacer los cambios que sean necesarios. Tú debes modificar aquellos comportamientos negativos que la relación te comporta y yo debo procurar cambiar aquellas cosas que voy viendo, sobre mi forma de pensar, de sentir o de actuar, que me hacen daño.  

A menudo, caemos en la tentación de aconsejar e indicar al otro lo que debería hacer. ¡Craso error! La experiencia nos demuestra que eso puede traernos consecuencias desagradables. No es recomendable pretender que otra persona actúe de forma diferente porque así lo deseemos nosotros. Suscribo plenamente la sentencia del gran escritor José Saramago:

“He aprendido a no intentar convencer a nadie. El trabajo de convencer es una falta de respeto, es un intento de colonización del otro”.




Imagen encontrada en internet, modificada para el blog.  http://blogs.monografias.com/caminos-de-conocimiento/files/2009/07/amistad.jpg





sábado, 7 de enero de 2017

El bambú japonés



Algunas plantas, como la hiedra o el helecho, pueden crecer y extenderse rápidamente. Ciertos árboles, como el pino o el roble, van creciendo con mayor lentitud, hasta conseguir ser altos y robustos. En cambio, el cultivo del bambú japonés, es muy diferente al de cualquier otra planta o árbol, no siendo recomendable para las personas que son impacientes y tienen prisa en obtener lo que desean.

Entre los seres humanos, nos encontramos con personas que anhelan un desarrollo fácil y rápido. Otras, que son conscientes de que deben esforzarse, día a día, y que deben vencer las dificultades para poder convertirse en individuos fuertes y resistentes. También, nos encontraremos con quienes irán creciendo de forma casi imperceptible para los demás e incluso para sí mismos; hasta que, un día, explosiona ante nuestros ojos toda su sorprendente capacidad. A partir de ese momento, su evolución se acelera enormemente.


EL BAMBÚ JAPONÉS

El agricultor siembra la semilla, la abona y se ocupa de regarla constantemente, aunque no sucede nada visible, a lo largo de los meses siguientes. De hecho, pareciera que no ocurriese nada con la semilla durante los primeros seis años, hasta el punto que un cultivador inexperto pudiera pensar que ha comprado semillas estériles.

De repente, durante el séptimo año, en sólo seis semanas, la planta de bambú crece... ¡más de 30 metros!

¿Tarda sólo seis semanas en crecer? ¡No! La verdad es que se ha tomado siete años para crecer y seis semanas para desarrollarse. Durante los seis primeros años, el bambú japonés crece hacia abajo, haciendo expandir sus raíces hasta lo más profundo de la tierra para sostener el crecimiento que vendrá después, durante el séptimo año.

Se está preparando para después ser capaz de alcanzar el mayor de los éxitos y ser la planta con el crecimiento más rápido que existe en todo el reino vegetal.

Dicen que, si te quedas quieto mirándolo, puedes verlo crecer. No es de extrañar, pues puede llegar a alcanzar los treinta y dos metros de altura, en un  mes. Eso significa que crece al ritmo de un metro, cada día; o, lo que es lo mismo, unos cinco centímetros por hora. ¡Es algo realmente impresionante!

Aun cuando lo cortes repetidas veces, volverá a crecer hasta los treinta y dos metros en un solo mes. Sus siete años de estar fortaleciendo sus raíces le dan la fuerza para ello; su vida reside en su raíz, y aunque cortes el tallo, este seguirá creciendo.


No todo depende de lo que nosotros hagamos

Si sembramos una semilla de bambú en nuestro jardín, podemos regarla durante meses o años pero no conseguiremos que brote ni el más pequeño tallo, hasta que sea el momento indicado. No sirve de nada pensar que es problema de la semilla, de la tierra, del clima, o de la forma como lo cuidamos…

Nosotros, también necesitaremos nuestro propio tiempo para desarrollarnos. Iremos haciendo lo posible por conseguir lo que deseamos; aunque, poco influiremos para que suceda todo como nosotros hubiésemos deseado. No podremos controlarlo. Haremos lo que esté en nuestras manos, pero no es posible acelerar algunos resultados.


Paciencia y perseverancia

El cultivo del bambú japonés requiere de grandes dosis de paciencia y perseverancia, por parte de quien lo siembra. Su lentísima maduración inicial nos enseña que el éxito, a largo plazo, surge como resultado del desarrollo interno, el cual requiere de tiempo, trabajo y esfuerzo. Es necesario perseverar, aprender, ir “echando raíces”, sabiendo de antemano que nos encontraremos, en muchas ocasiones, con periodos en los que pueda parecer que nada está sucediendo.


Aprender, poco a poco

El mundo en el que nos movemos nos llama constantemente a tener resultados rápidos y espectaculares. Muchos se olvidan que también es necesario ese tipo de crecimiento lento, en el que se va aprendiendo, poco a poco. En el que se van adquiriendo conocimientos y experiencia, aunque, todo es tan lento, que pareciera que nada estuviera sucediendo.

Seguro que muchos podremos reconocer periodos en nuestra vida en los que, aun esforzándonos denodadamente por conseguir algo, nos da la impresión de que no avanzamos. Luego, de repente, descubrimos que hemos hecho un nuevo progreso, que vamos consolidando aquello que hemos ido aprendiendo y viviendo. Que hemos adquirido nuevas habilidades y que hemos logrado dominar aquello que antes se nos resistía.
   
Quienes persistan en la consecución de sus metas y no se den por vencidos, de forma gradual e imperceptible, irán consolidando los hábitos y el temple necesario que habrá de permitirles sostener el éxito, cuando, éste, se materialice, finalmente.


Flexibilidad

Una característica importante del bambú japonés es que posee una gran flexibilidad para adaptarse a las adversidades que se le presenten. Soporta  la variación de las condiciones atmosféricas, las diferencias de temperatura, las inclemencias del tiempo y es resistente a los más fuertes vendavales. Siempre, ayudado por las sólidas raíces que le sostienen y por la naturaleza de su tallo.


Las prisas y el éxito fácil

En la vida cotidiana, muchas personas tratan de encontrar soluciones fáciles, triunfos inmediatos. Quieren el éxito rápido, hacerse ricos velozmente y sin mayor esfuerzo. Esperan triunfar de una forma rápida y fácil; no quieren dedicar tiempo a prepararse. Algunos, de hecho, consiguen tener triunfos. Parece que todo marcha bien en sus vidas y que todo seguirá siempre así.

El problema surge cuando vienen las adversidades. Ante la menor dificultad fracasan, ya sea en su vida profesional, social o emocional. No estaban preparados para los tiempos difíciles. Aunque parecían fuertes y capaces, les faltaba una mejor preparación, flexibilidad y la fortaleza de carácter para ser capaces de permanecer en pie o para volver a levantarse tras los fracasos. Es muy posible que culpen a otros de lo que les sucede, en lugar de examinarse a sí mismos y ver cuáles fueron los errores cometidos.





Agradecimientos:

La idea de hacer este escrito surgió a partir de una publicación en Facebook, compartida por Alberto López. En otras ocasiones, ya habían llamado mi atención otros artículos sobre el bambú japonés.

He estado revisando algunas publicaciones sobre el bambú japonés, las cuales contienen diferentes e interesantes enfoques, así como mensajes inspiradores. Desearía dar las gracias a todos aquellos que escribieron sobre este sugestivo tema.




Imagen encontrada en Internet, modificada para este escrito.
Forma parte del siguiente escrito: