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lunes, 2 de abril de 2018

Acerca de la propia estima (parábola)

   
     

  
Un día, un sabio maestro recibió la visita de un joven, el cual, se dirigió a él para pedirle consejo.

-Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada -dijo, el muchacho, muy afligido-. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. Vengo en busca de su consejo para saber qué he de hacer para cambiar mi situación ¿Cómo puedo mejorar? ¿Cómo lograr que me valoren adecuadamente?

-¡Cuánto lamento, muchacho, que no pueda ayudarte! -le contestó, sin mirarlo, el insigne preceptor- ¡Primero, debo resolver mis propios asuntos! Quizás, más tarde… -farfulló, sin terminar la frase-. Si tú quisieras ayudarme, podría resolver, con mayor celeridad, el problema que estoy afrontando -agregó, el maestro, después de una breve pausa-. Luego, tal vez, te podría ayudar a solucionar el tuyo…

-Encantado, maestro -aceptó, el mancebo, intentando disimular que, de nuevo, se sentía postergado y que sus deseos no recibían prioridad alguna.

-En tal caso, pongámonos en marcha -reaccionó, el sabio, con decisión-. Toma el caballo que está afuera y ve al mercado.

El venerable anciano se quitó el anillo que llevaba puesto en el dedo meñique de la mano izquierda y se lo entregó al atribulado joven. Este, muy sorprendido, lo recibió entre sus temblorosas manos.

-Debo venderlo con el fin de pagar una deuda -explicó, el maestro-. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible. Pero, bajo ningún concepto, aceptes menos de una moneda de oro. ¡Ve y regresa con esa moneda, lo más pronto que puedas!

Apenas el muchacho llegó al mercado, empezó a ofrecer la preciada joya a cada uno de los buhoneros que allí encontró, los cuales, la miraban con cierto interés, hasta que escuchaban el precio que el joven les pedía: una moneda de oro. Algunos se reían, otros llegaban a mofarse; la mayoría, le daba la espalda. Alguien le ofreció una moneda de plata y un cacharro de cobre. Sin embargo, el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro, por lo que rechazó la oferta. Una persona anciana, que lo estaba observando, tuvo la amabilidad de explicarle que una moneda de oro era demasiado valiosa para entregarla a cambio de un anillo. ¡Cuánto hubiera deseado, el joven muchacho, tener esa moneda de oro! Podría habérsela entregado al maestro para liberarlo de su preocupación y recibir, a continuación, su consejo y ayuda.

Subió a su caballo y volvió adonde el maestro le estaba esperando.

-Lo siento mucho, maestro, no pude cumplir la misión que me confiaste -dijo, triste y cabizbajo, quien había recibido el encargo de vender el anillo-. Quizás, pudiera obtener dos o tres monedas de plata; aunque, no creo que yo pudiera engañar a nadie, con respecto al verdadero valor del anillo.

-¡Qué importante es lo que acabas de decir, joven amigo! -reaccionó, el maestro, con una sonrisa en su rostro-. ¡Debemos conocer, primero, el verdadero valor de la joya! Vuelve a montar en el caballo y haz una visita al joyero. ¿Quién mejor que él para saberlo? Dile que te gustaría venderla y pregúntale cuanto te daría por ella. Sin embargo, no importa lo que te ofrezca, no vayas a vendérsela. Y, regresa, aquí, con mi anillo.

El joyero examinó la bella sortija, a la luz del candil, con su lupa. La pesó y luego le dijo:

-Dile al maestro, muchacho, que si la quiere vender enseguida, no puedo darle más de diez monedas de oro.

-¡Diez monedas de oro! -repitió, el joven, absolutamente desconcertado.

-Sí, -afirmó el joyero-. Aunque, le puedes decir al sabio anciano que yo estimo que podríamos obtener hasta catorce monedas de oro, si esperamos a que aparezca un comprador que esté realmente interesado -añadió, el hombre-. En fin, no sé… Si la venta es urgente...

Sin poder contener la emoción que le embargaba, el joven regresó a la casa del venerable maestro a contarle lo que el joyero le había dicho.

-¡Siéntate!  -le ordenó el viejo sabio, después de escucharlo-. Tú eres como este anillo: una joya única y valiosa. Y, por consiguiente, tan sólo puedes ser evaluado por un honesto experto. ¿Qué haces yendo por la vida, de puerta en puerta, exponiéndote a que cualquiera menosprecie tu valía?


¿Cuánto vales? Parábola de autor desconocido.



Comentario:

Cuando leí por primera vez la parábola que hoy me he permitido transcribir, llamó poderosamente mi atención lo que el joven le dijo al sabio maestro: que se sentía poca cosa y que no tenía fuerzas para hacer nada. Experimenté lo mismo, cuando le confesó que casi todo el mundo le decía: que no servía, que no hacía nada bien, que era torpe y tonto. Luego, al borde de la desesperación, le suplicaba al maestro: ¿cómo puedo mejorar? ¿Qué puedo hacer para que me valoren adecuadamente?

Mi experiencia profesional me dijo que me encontraba frente a un lamentable caso de falta de autoestima. Ante alguien muy necesitado de reconocimiento, por parte del entorno en el que vivía. Una persona que, apenas encuentra una mínima objeción, se viene abajo, se siente nada valorado y piensa que sus problemas, lejos de ser atendidos, son postergados por parte de los demás.

Me parece una parábola muy ilustrativa de la falta de confianza en uno mismo, de alguien que, desde que era un niño, se cansó de escuchar palabras peyorativas sobre su persona. Que no recibió apoyo alguno y que no descubrió lo positivo que había en él. Simplemente, porque nadie se preocupó por revelárselo.

Creo que tendrá que aprender a conocerse, a descubrir sus cualidades y también aquellos aspectos que debe mejorar. No deberá hacerle caso a las personas que no saben cuál es su verdadero valor y conviene que se relacione con quienes le acepten tal como es y que aprecien su compañía.

Cuando adquiera más seguridad en sí mismo, mejorará su capacidad para aprender de la experiencia y podrá ir solucionando los problemas que se le presenten. Al reconocer sus propios valores, dejará de depender del reconocimiento de los demás.




Imagen encontrada en Internet, utilizada para el blog: https://steemit.com/story/@indriagosays/inspirational-story



domingo, 12 de noviembre de 2017

Las relaciones que mantenemos con los demás son un reflejo de la que cada uno tiene consigo mismo


  

Cuando alguien siente un permanente vacío en su interior, puede pasarse parte de su vida esperando de otros la atención y el afecto que necesita, pretendiendo que otras personas llenen sus carencias.

Es necesario cuidarse y quererse, siendo conscientes de que no es conveniente esperar de los demás aquello que solamente uno puede proporcionarse. Aunque al principio cueste admitirlo, nadie, absolutamente nadie, puede aportarle a uno aquello que no es capaz de darse a sí mismo.

La realidad es esa, pero, se distorsiona con frecuencia. Se quiere creer que las demás personas son mucho más felices, que nuestros problemas son mayores que los de los otros, que nadie sufre tanto como uno mismo. A estas personas les parece que “los demás” disfrutan de una vida mejor que la suya, que tienen menos dificultades, o que los problemas que afrontan son mucho menores que los nuestros. Piensan que, normalmente, ellos se llevan la peor parte.

Al comparar la propia familia con la de otras personas conocidas, a veces desearían que la suya fuera como la de ellos. Es una visión reducida, ya que sólo se detienen a contemplar a aquellos grupos familiares que se relacionan como ellos hubiesen querido: siendo cariñosos entre ellos, ocupándose de ayudar a sus hijos cuando es necesario, respetando la libertad de sus miembros, alentándoles en sus aficiones, permitiéndoles discurrir por caminos profesionales escogidos por cada uno… Aunque tengan bastante relación con esas familias, no son uno de ellos, no han vivido lo que ellos han vivido. Verán los hechos desde fuera, desde su particular visión del mundo, con sus cegueras y desde sus propias necesidades no satisfechas. Se les olvida que las demás familias, en mayor o menor medida, también tienen problemas y conflictos.

A menudo, las comparaciones se hacen con algunas personas. Se puede querer tener una existencia parecida a la de alguien, la cual, desde el exterior, es vista como poseedora de unas ventajas o prerrogativas de las que no hemos podido disfrutar. Es como consecuencia de magnificar algunas cosas positivas de los demás y minimizar las negativas; mientras que se hace lo contrario con la propia vida, al agrandar nuestros  problemas o nuestros defectos, infravalorando nuestros logros y los éxitos que hayamos podido alcanzar. Si contempláramos con detenimiento la vida de otras personas, nos encontraríamos con sus luces y sus sombras, puesto que, cada uno de nosotros tiene sus propios retos, dificultades que afrontar y lecciones que aprender.

Si alguien encuentra que sus relaciones con otras personas no se corresponden con lo que era su deseo, es recomendable que averigüe lo que pueda estar fallando en sí mismo y en sus expectativas con respecto a los demás. De alguna forma, está dependiendo de otros, de sus opiniones, de sus cuidados y de su compañía. Conviene que cada uno se ocupe más de sus propios asuntos y que aprenda a resolver los problemas que se le vayan presentando.

La mayoría de las personas se encuentran con ciertas dificultades a la hora de relacionarse con los demás. Es muy probable que se hayan sentido incómodas, poco comprendidas, e incluso, heridas en sus sentimientos. Han creído que no eran merecedoras de la indiferencia, de la agresividad o del dolor que el intercambio con esas personas les ha producido. Lo importante y lo deseable sería aprender a superar todos esos inconvenientes; procurar verlos desde una nueva perspectiva y dejar de sentirse heridos y maltratados.

Cuando un individuo se encuentra bien consigo mismo, se valora y se cuida. Toma decisiones que le hacen llevar las riendas de su existencia, mejorando aquellos aspectos con los que no esté a gusto. Valora a aquellas personas que hacen que su vida sea más agradable, que le aceptan y quieren como es, con las que tiene puntos en común. También, será prudente alejarse de aquellos seres con quienes no es feliz, de quienes le critican constantemente y parecen no ver nada positivo en él, sino un defecto tras otro.




Bibliografía:

LADISH, Lorraine C., “Aprender a querer. Hacia la superación de la codependencia”. Ediciones Pirámide, Madrid.



domingo, 12 de febrero de 2017

Hablando del acoso escolar, un amigo me dijo: “Deja, Magdalena, que te cuente la historia de los zapatos de niña”



  
Hay un período de tiempo de mi infancia del que guardo muy mal recuerdo. En los inicios del curso de Ingreso al Bachillerato, cuando ya había cumplido los diez años, tuve que afrontar una serie de dificultades que a punto estuvieron de arruinar mi autoestima.

Al terminar las vacaciones del verano, mis padres me comunicaron su decisión de cambiarme de colegio, alegando que igualmente se verían obligados a hacerlo al año siguiente, pues la escuela a la que iba no estaba autorizada para la enseñanza secundaria. Mis protestas, llantos y pataleos fueron inútiles, tan sólo sirvieron para ganarme un castigo y aumentar mi desazón, al pensar que no volvería a ver a mis compañeros de colegio, con algunos de los cuales había llegado a establecer una gran amistad.

En los primeros días del mes de septiembre, mi madre, que por ser austríaca no dominaba ciertos aspectos de la idiosincrasia de los españoles y era muy severa, me tomó de la mano y me llevó a una tienda en la que vendían ropa de trabajo. Me compró un par de batas, a rayas azules y blancas, que llevaban dos bolsillos en los lados y otro a la altura del corazón, sobre el cual debía ir bordado mi nombre y apellido. Supe que era la prenda obligatoria que el colegio de curas, en el que me habían matriculado, exigía que vistieran diariamente sus alumnos, a modo de uniforme. De nada le sirvió a mi madre que yo opinara que la talla elegida era exageradamente grande para mí y que le hiciera ver que faltaban muy pocos centímetros para que el largo de la bata llegara a mis tobillos y las mangas cubrieran los dedos de mis manos. Ella argumentó que era preciso tener en cuenta la pesada ropa que yo llevaría durante los meses de invierno y que, con toda seguridad, la prenda se encogería después de los primeros lavados. El dependiente le dio la razón y, para hacerle la pelota, le prometió que se encargaría personalmente de que pusieran mi nombre en los bolsillos.

De regreso a casa, nos deteníamos frente al escaparate de cada zapatería que encontrábamos a nuestro paso porque mi madre quería comprarme un par de zapatos. Aburrida por no hallar los que fueran de su gusto y cansada de andar, decidió parar un taxi y llevarme a la tienda de zapatos de la que era clienta acreditada. Después de que la vendedora nos hubiese presentado diversos modelos sin que ninguno de ellos le llamara la atención, a mi madre se le ocurrió echar un vistazo a la sección de calzado femenino que ella conocía sobradamente. Al momento, se enamoró de unos mocasines de piel, de color marrón, con suela de crepé. La dueña de la tienda alabó el gusto de su clienta y pidió a la empleada que fuera al almacén, en busca del par correspondiente a mi talla. Puso especial énfasis en que me los probara y que diera unos pasos sobre la alfombra que en la tienda había para tal propósito, frente a un gran espejo. Ante la pregunta de mi madre, tuve que contestar que no me hacían daño al andar, después de lo cual, ocurrió lo que yo me estaba temiendo, que fue manifestar su satisfacción y proclamar que nos quedábamos con los zapatos. A continuación, se dirigió al lugar donde se encontraba la caja, con la finalidad de pagar el importe de la compra. Presa del pánico, con mis pies descalzos, recorrí la distancia que me separaba de mi madre y me planté delante de ella para decirle que yo no me podía poner los zapatos que había elegido. Sorprendida por lo que acababa de escuchar, me pidió que le diera alguna razón. “¡Son zapatos de niña, mamá! Los flecos de cuero que llevan incorporados sobre el empeine, a modo de adorno, así lo indican claramente” -le manifesté, con voz de alarma- . Sin salir de su asombro, mi madre dirigió su mirada a la dueña de la tienda y a la dependienta, esperando oír su opinión. Pero, ambas, desviaron la vista al suelo y permanecieron en silencio. En lugar de recabar su ayuda, cometí el error de señalar que los flecos que tenían los zapatos sobre el empeine impedían jugar al fútbol, evidencia categórica, en aquellos tiempos, de que eran zapatos para niña. Imperturbable, mi madre mantuvo su decisión de compra y se limitó a decirme que mejor sería que me olvidara de jugar al fútbol.

Días después, cuando llegó la hora de ir a la escuela y comenzar el nuevo curso, mi madre quiso acompañarme, a pesar de que el colegio de los curas estaba ubicado a dos manzanas de nuestra casa. Decidió que debía ponerme la bata, los zapatos nuevos y cargar en mi espalda la cartera que me había comprado para que pudiera guardar en ella los libros que me entregaran. Llegamos al colegio muy temprano y lo primero que hizo mi madre fue dirigirse a secretaría para confirmar que mi inscripción en aquel centro educativo estuviese  correctamente formalizada. A continuación, comprobó personalmente que mi nombre apareciese en el listado de alumnos de Ingreso al Bachillerato; después de lo cual, me indicó por donde debía acceder al patio del colegio, me dio un beso y se despidió de mí.

Subí hasta el cuarto piso por medio de unas amplias escaleras en forma de caracol, con barandilla de hierro forjado y pasamanos de madera. Fui uno de los primeros alumnos en llegar a un recinto al aire libre, de forma rectangular, totalmente enlosado, rodeado de porches a los lados, menos por uno, que era una larga pared sobre la cual habían colocado una red metálica, muy alta. Me di cuenta de que la pared formaba parte de la fachada lateral del edificio y comprendí que la red metálica cumplía con la función de evitar que las pelotas del frontón fueran a parar a la calle. Pregunté a un niño por el campo de fútbol y me contestó que era el mismo que el de balonmano, bastaba alargar unos metros más el campo, desplazando la portería opuesta a la que estaba pegada a la pared. Me dijo que jugaban al fútbol con pelotas de trapo forradas de cuero, en lugar de utilizar el balón oficial de la Liga, cuya presencia en el interior del colegio estaba prohibida. Confieso que no pude evitar sentir nostalgia de mis amigos y de mi colegio anterior. Su campo de fútbol, sin ser de hierba, aunque sí de tierra y tener las porterías reglamentarias, hubiese podido jurar que triplicaba la superficie del patio que tenía delante de mis ojos.

Dicho recinto, se fue llenando de alumnos que iban vestidos de calle y llevaban su bata bajo el brazo, dentro de sus carteras o colgando del hombro. Formaban corros y se saludaban entre ellos, contentos por encontrarse de nuevo. Se daban fuertes apretones de mano, cuando no grandes abrazos. Los que llegábamos al colegio por primera vez éramos fácilmente reconocibles por nuestra cara de despiste y por nuestros movimientos, que revelaban gran inseguridad. Casi todos nos agrupamos espontáneamente, a la espera de que pasaran lista y nos asignaran la clase correspondiente, que era la de Ingreso. Debo reconocer que yo me sentía muy incómodo porque era uno de los pocos que tenía la bata puesta y el único que llevaba la cartera a la espalda. Intentaba protegerme de las risitas y las miradas que los alumnos de mayor edad me lanzaban, intentando pasar desapercibido en medio del grupo. Pero, en un momento dado, se me acercaron dos chicos mayores que debían ser de quinto o sexto de Bachillerato y golpearon, con sus manos, la cartera que cargaba en la espalda. Uno de ellos, me llamó Caperucita y me preguntó si llevaba la merienda para la abuelita. Le contesté diciendo que llevaba un bloc de anillas, una libreta, un plumier, lápiz y goma de borrar. El otro, que era más alto que su compañero, tiró con fuerza de las correas de cuero que sujetaban la cartera a mis espaldas, con la intención de quitármela. Ante su asombro, y el de cuantos me rodeaban, reaccioné con rabia y me puse a la defensiva. Por unos instantes, pensé que tendría lugar una pelea. Pero, en lugar de utilizar la violencia física, se limitaron a insultarme. Se burlaron de mi bata y, después de leer el bordado del bolsillo, se dedicaron a pregonar mi nombre y decir que llevaba zapatos de niña. Ignoro cuántos alumnos se hubiesen reído de mis zapatos, si no hubiesen llegado los curas y, después de exigir silencio, hubiesen sido motivo de toda nuestra atención.

Nos fueron llamando por nuestro nombre y apellidos, para formar cada una de las clases. La primera en quedar constituida fue la mía, que resultó ser la más numerosa de todo el colegio. Bajamos al primer piso, donde estaba ubicada nuestra aula y ocupamos los pupitres por estricto orden alfabético. Al fondo de la clase, a todo lo largo de la pared, había un armario empotrado con colgadores debidamente numerados, los cuales fueron asignados a cada uno de nosotros. El cura nos dijo que era donde podíamos colgar nuestras prendas de calle mientras estuviésemos en el interior del colegio porque, en horario lectivo de clases, debíamos vestir la bata que yo llevaba puesta. Pregunté si nos la podíamos quitar al salir a jugar al patio y me contestaron que no, lo cual no disipó la preocupación que yo tenía.

En honor a la verdad, me gustó mucho la estructura interior del colegio, aunque me intimidara un tanto el ambiente de seriedad que se respiraba, consecuencia de años de estar impartiendo enseñanzas superiores. Todavía, en el día de hoy, recuerdo su olor inconfundible. Nada tenía que ver su austero mobiliario con el de mi añorado colegio, de alegres colorines, rodeado por  campos de deportes y la visión de parques y jardines.

Cuando llegó la hora del recreo, sospeché que tendría que enfrentarme, de nuevo, con los dos alumnos mayores que me habían insultado. Sin embargo, nos explicaron que habían dos horarios distintos de recreo: el primero de ellos, para los alumnos de Ingreso, hasta tercero de Bachillerato, inclusive. El segundo, era compartido por el resto de los cursos, a excepción de quienes estudiaban Preuniversitario, los cuales no tenían clases por la tardes.

De nada sirvió que no estuvieran en el patio los más mayores. A excepción de mis nuevos compañeros de curso, se acercaron a mí un buen número de niños que se metieron con mi bata y con mis zapatos. Descubrieron que el mayor de los insultos era llamarme “niña” porque yo reaccionaba con rabia. Gracias a mi nuevo compañero de pupitre, no llegué a las manos con ninguno de ellos.

Al regresar a casa, estuve muy huraño y me encerré en mi habitación. Cuando llegaron mis padres, nada más sentarnos a la mesa para la cena, me preguntaron si me había gustado el nuevo colegio. Para no mentirles, les respondí que me habían impresionado sus venerables dependencias educativas, no así su limitada área deportiva. Mis padres no pidieron mayores explicaciones y, al verme muy parco en palabras, pensaron que continuaba estando molesto por haberme cambiado de colegio.

En los días siguientes, a escondidas de mi madre, me puse otros zapatos. En contra de lo que esperaba, el cambio de calzado no produjo ningún efecto porque las mofas y los insultos continuaron durante la mayor parte de los recreos, tanto el de la mañana, como el de la tarde. Yo creo que llegué a soportar los insultos y vejaciones de los que fui objeto, gracias al mencionado compañero de pupitre, que se llamaba Juan Gallardo, quien llegó a ser uno de mis mejores amigos.

Sin embargo, la explosión de todas mis emociones contenidas, se produjo, pasadas un par semanas, cuando estábamos en la clase obligatoria de gimnasia, la cual nos daba un profesor de Educación Física. Tenía lugar en uno de los porches laterales del patio, espacio que habían habilitado como gimnasio. Me fastidiaba que se rieran de mí, al saltar el potro o dar la vuelta de cabeza sobre el plinto, por llevar la bata arremangada, Pero, lo que no pude aguantar, fue la crueldad con la que algunos se mofaban de su compañero gordito, incapaz de afrontar los aparatos de gimnasia, por mucho que el profesor le apremiara y le reprendiera por sus desesperados lloros. Llamé imbécil a quien destacaba por ser el más chuleta de la clase y terminamos a puñetazo limpio, ante todo el mundo.

Después de acompañarnos al botiquín de primeros socorros, el cura de nuestra clase nos llevó ante el padre Rector, quien quiso interrogarnos, por separado. Me tocó en segundo lugar y me quedé, de pie, esperando en la antesala del despacho de la máxima autoridad del colegio. Cuando salió el compañero con el que me había peleado pude ver que estaba acongojado, a pesar de lo cual, tuvo el ánimo de mirarme a la cara y exclamar: “¡Estás expulsada, Caperucita!”. Prefiero no recordar el mal trago que me tocó pasar. En cambio, recuerdo perfectamente que el señor Rector me pidió que le explicara lo ocurrido, en lugar de hacerme preguntas. Lo cual, me permitió contarle toda la historia que he narrado, desde que mis padres me comunicaron su decisión de cambiarme de colegio. Cuando terminé mi exposición, la máxima autoridad del colegio se levantó de la silla, detrás de la mesa de su despacho y me miró de arriba abajo. “No llevas puestos los zapatos de niña, ¿dónde están?” -fue su única pregunta-. Al contestarle que los tenía en casa, me dijo que se los trajera, al día siguiente, antes de dirigirme a mi clase. Por no decirles nada a mis padres, pasé una noche horrorosa, mezcla de insomnio y fríos sudores. Por la mañana, salí de casa sin desayunar, a hurtadillas, con la caja conteniendo el par de zapatos que mi madre me había comprado, bajo el brazo. Después de presentárselos, el padre Rector me dijo que hablaría conmigo, cuando lo hubiera hecho con mis padres y me pidió permiso para quedarse con los zapatos, no sin antes prometerme que no saldrían de la caja.

A media mañana, la hora del recreo quedó suspendida. En su lugar, todos los alumnos del colegio fuimos conducidos al salón de actos por los curas responsables de cada una de las clases. Estuvo presente el cuadro docente, al completo, incluido el profesor de Educación Física. No repetiré la ejemplar conferencia del Rector. Jamás supe lo que la máxima autoridad del colegio habló con mis padres, ni con los del niño con el cual me peleé. Tampoco, procede repetir las graves palabras que me dirigió el señor Rector cuando me devolvió la caja que contenía los zapatos de niña.

Puedo asegurar que, a partir de los hechos que he procurado describir, la más remota intención de violencia quedó erradicada, y el respeto entre profesores y alumnos, quedó consagrado como el más fundamental de los principios y valores del colegio. 



Imagen encontrada en Internet, de 123RF: 33949130-un-par-de-mujeres-morenas-con-mocasines-blancos-aislados-sobre-fondo-blanco





martes, 7 de febrero de 2017

Desde que eran niños, aprendieron a ser pasivos



Algunas personas están convencidas de que es poco, o nada, lo que ellas pueden hacer para solucionar la mayoría de los problemas que se les presentan. Creen que no son responsables de lo que les sucede y que dependen de otras personas para solucionar cualquier inconveniente.

No han aprendido a ser dueñas de sí mismas, buscando en su interior los recursos que sean necesarios para afrontar las dificultades. Piensan que ellas no pueden cambiar lo que les ocurre, que el cambio tendría que venir del exterior.

Consideran que no tienen la capacidad suficiente para llevar a cabo lo que sea necesario para lograr modificar aquello que les desagrada. Tampoco, se atreven a decir, a quien proceda, lo que les disgusta de su forma de actuar.

Creen que, por el hecho de expresar lo que sienten y lo que les está ocurriendo, no van a conseguir que sus problemas mejoren. Llegan a pensar, incluso, que la situación puede agravarse porque ellos no tienen la capacidad para actuar de otra forma, ante los problemas que se les plantean.

No entienden cómo es posible que otras personas no se hayan dado cuenta de que hay algo que les preocupa, de que no se sienten bien, de que están teniendo problemas.

Es indudable que, desde niños, han aprendido a ser así. A ser pasivos, aceptando lo que les ocurre; en lugar de ser activos, actuando para minimizar los riesgos y, en todo caso, solucionar los problemas que se les presenten. Se conforman con lo que reciben de su entorno, aceptando lo que les ocurre, sin presentar ningún tipo de resistencia.

Les han enseñado que deben obedecer a los padres y a otras figuras de autoridad. Los niños creen que esas personas saben por qué dicen lo que exponen y empiezan a desconfiar de su propio razonamiento. Llegan a considerar, erróneamente, que el criterio de los demás es más acertado que el suyo. Empiezan a aceptar lo que les ocurre como si fuera irremediable y como si ellos no pudiesen hacer nada para evitarlo.

Quienes están a su alrededor no se dan cuenta de cómo les afecta a esos niños su forma de actuar o de responder ante sus necesidades. Si no se encuentran adecuadamente atendidos, protegidos y comprendidos por quienes deberían quererlos y cuidarlos, aprenden a no expresar sus dudas, sus miedos, sus dificultades. Piensan que deben aceptar resignadamente lo que les pase, que la vida es así y que ellos no pueden hacer nada para cambiarlo.

Paradójicamente, esto puede suceder con padres muy estrictos, cuyo mensaje es que en casa son ellos los que deciden lo que hay que hacer y que son los que saben lo que es mejor para todos; con padres ausentes, que no se enteran de lo que les sucede a sus hijos, que no se dan cuenta cuando están preocupados o asustados, o con aquellos que sobreprotegen a sus hijos, solucionándoles los problemas, no permitiéndoles correr los riesgos propios de su edad, por lo que no estarán preparados para afrontar sus propias dificultades personales o sociales.

Estos niños no ven lo positivo que hay en ellos y creen que los demás deben estar en lo cierto cuando dicen que no sirven para estudiar, para cantar, bailar, pintar o hacer algún deporte. Que son torpes o que son tontos... No se conocen a sí mismos y aceptan lo que dicen los demás, como si fuera verdadero.

No saben que podrían aprender y desarrollar sus habilidades en aquellas actividades que practiquen con cierta asiduidad. Que nadie nace sabiendo, por lo que todos podemos aprender muchas cosas. Es posible no sobresalir en algunas áreas, pero se puede tener un buen desempeño, si se le dedica suficiente tiempo y voluntad. No saben que los logros dependen de sus propios esfuerzos y que se aprende tanto de los aciertos como de los fracasos.


Considerar que otras personas son las que deben guiar sus vidas, es un pensamiento que queda instaurado de forma tan profunda que, ni los niños, ni algunos adultos, son conscientes de las consecuencias que puedan acarrearles. Supone el mejor caldo de cultivo para el desarrollo de problemas posteriores.

No saben cómo responder ante ciertas conductas de otros niños, ni ante el acoso escolar o bullying, a veces respaldado o disculpado por otros compañeros y por parte, incluso, de algunos adultos.

Tendrán dificultades en sus relaciones de pareja, por no confiar en sí mismos, por tener una gran necesidad de afecto y por no establecer unos límites adecuados; admitiendo, en cambio, ciertos planteamientos y comportamientos inaceptables.

Serán proclives a aceptar contratos laborales injustos o condiciones negativas en sus lugares de trabajo.

Rechazarán algunas actividades por considerar que no están capacitados para realizarlas, cuando ni siquiera lo han intentado.


Sería recomendable que los padres y los educadores ayudaran a los niños a tomar consciencia de su propio potencial para desarrollar su vida, de acuerdo a sus propias necesidades y a lo que, para ellos, sea valioso. De esta forma, les darían un empujón y les demostrarían que confían en su capacidad para resolver sus propios problemas. También, para pedir ayuda cuando la puedan necesitar.

Llegará el día en el que se den cuenta de que deben romper esas cadenas infantiles que les impedían ser los responsables de sus propias vidas. Que nunca es tarde para desprenderse del papel pasivo que adoptaron en tiempos pasados y comenzar a recorrer su propio camino.




Imagen encontrada en Internet, de 123RF: 68277035-el-hombre-en-el-cohete-a-trav-s-de-las-nubes, modificada para este blog.




martes, 13 de septiembre de 2016

Resistir en silencio




Mi colaboradora, Elena, había tenido que salir del gabinete para realizar distintas gestiones que, el viernes anterior, habíamos decidido postergar.

Yo me encontraba sentada a la mesa de mi despacho, examinando las tres carpetas que contenían los expedientes de cada una de las pacientes, cuya consulta constaba en mi agenda, para la mañana de aquel día, lunes, dieciocho de julio. Por cierto, fecha conmemorativa, en otros tiempos, del Alzamiento Nacional; aunque, el inicio de la Guerra Civil española hubiera tenido lugar el día anterior, que fue cuando se sublevaron los oficiales adscritos a la guarnición de Melilla.

Pasaban unos minutos de las diez de la mañana, hora señalada para la primera de las visitas. Se trataba de Pilar, la hermana de Antonio, uno de los profesores que impartían las clases de pádel en el club del cual, mi marido, mi hija y yo éramos socios. Sería la tercera vez que atendería a esta paciente, la cual había superado la primera mitad de los cincuenta y estaba atravesando un período de su vida muy difícil porque, el divorcio que había tenido la valentía de afrontar, le estaba causando verdaderos estragos.

Sonó el timbre y la mujer puso cara de sorpresa, al comprobar que era yo quien le abría  la puerta.

-¡Buenos días, Pilar! -procuré saludar con cordialidad, intentando aliviar la sensación de agobio que se reflejaba en el rostro de la recién llegada.

Era alta y delgada, de tez muy blanca, poblada de pecas. Su cabello rojizo, peinado hacia atrás y recogido en un moño, armonizaba con unas largas cejas del mismo color, aunque de tono más difuminado. Su cara era alargada, la nariz recta, su frente limpia y despejada. De sus bien proporcionadas orejas colgaban unos discretos pendientes de oro. Su boca era más bien pequeña, impresión que a una le causaba, por tener sus labios pintados de un discreto y suave color rosado. Pero, por encima de todo, resaltaban unos grandes ojos de color azul marino, que eran los responsables de que Pilar llamase la atención por su belleza, a pesar de que unas profundas ojeras delataban el agotador estrés al que estaba siendo sometida. No importaba que fuera vestida con unos cómodos zapatos de tenis y un conjunto formado por pantalón y camisa vaqueras, su porte y movimientos eran de una distinción innata.

-¿Qué tal has pasado el fin de semana, Pilar? -le pregunté, después de que ella se hubiera acomodado en uno de los sillones que rodean la amplia mesa rectangular que está en la salita donde celebro las reuniones de trabajo y le hubiese servido el vaso con agua que me pidiera, en respuesta a mi  ofrecimiento de un café.

-Disfrutando de mis dos nietos, en casa de mi nuera -contestó, en voz baja- ¡Soportando un calor asfixiante, a pesar de estar en plena sierra!

-¿En casa de tu nuera? -repetí, en tono de pregunta, dándole a entender mi extrañeza.

-Mi hijo está de viaje -respondió, Pilar, dirigiéndome una amable sonrisa-. No regresará hasta dentro de unos días, lo cual no impidió, a Matilde, pasar por mi casa y secuestrarme. ¡Es una muchacha encantadora! Yo la quiero, como si fuese mi propia hija.

-Entonces, te habrá servido para quitarte de encima algo de la tenaz tensión que llevas acumulada -le dije, para suscitar su asertividad.

-Puede ser -contestó, mi paciente, condescendiente con mi inventada conclusión-. Pero, de muy poco sirvió porque, en cuanto mi nuera me dejó en casa, ayer por la tarde, el mundo entero pareció caer sobre mis hombros.

-¿Y, eso? -pregunté, exagerando mi sorpresa.

-¡Odio los domingos! En mucho, el domingo es, para mí, el peor día de la semana.

No le di respuesta. En su lugar, me quedé mirándola, en espera de que ella se explayara, que fue lo que sucedió, inmediatamente.

Se refirió a los años de su adolescencia. Explicó que, salvo que se encontrara enfermo, o de viaje, su padre aprovechaba todos los domingos y días festivos, para pasarlos en la finca heredada de su abuelo, situada en un pueblo que estaba a dos horas de viaje, en coche, desde la ciudad donde vivían. A su progenitor, le encantaba todo lo que tenía que ver con el campo y se hacía lo que él quisiera, sin importarle los compromisos que su familia pudiera tener, ni que su esposa se la pasara trabajando, desde el primer momento que llegaran a la casa solariega, que solía ser el sábado, a última hora de la tarde. Por ser mujer, además de la menor de sus hermanos, a ella le correspondía ayudar a su madre, en todas las tareas.

Los domingos, era imperativo que todos asistieran a la misa de las once de la mañana, en la iglesia del pueblo. Como fuera que su padre no podía entender que alguno de los miembros de su familia dejase de comulgar, era necesario levantarse muy temprano; de manera, que todos hubiesen desayunado antes de las ocho de la mañana, respetando el ayuno de tres horas establecido por Pío XII, en mil novecientos cincuenta y tres. Fue la norma que él mantuvo vigente hasta el final de sus días, sin importarle que Pablo VI redujera el tiempo de ayuno a una hora antes de que tuviese lugar la celebración de la Sagrada Eucaristía.

Finalizada la Santa Misa, sus hermanos se juntaban con los amigos y su padre disfrutaba del vermú jugando una partida de dominó, en la tasca de la plaza del pueblo. En cambio, su madre y ella, ultimaban la compra de algunos comestibles y regresaban a la casa que distaba del núcleo urbano, más de un cuarto de hora, andando. Tenían que arreglar las habitaciones, hacer las camas y preparar la comida. Muy poca, era la ayuda que Pilar prestaba a su madre en cuestiones culinarias, pero dejaba perfectamente alistada la mesa del comedor para la hora del almuerzo, sin que faltara detalle alguno.

Jamás, su madre y ella, escucharon palabra alguna de agradecimiento, ya fuera de su propio padre, o de sus hermanos. Más bien críticas y protestas que, en ocasiones, terminaban con la paciencia de su madre.

-Cuando se llegaba a este punto -me permití interrumpirla- la autoridad de tu madre debía chocar con la de su marido.

-No recuerdo una sola ocasión, en la que la autoridad de mi madre llegara a imponerse -contestó, Pilar, con tristeza-. El amo de la casa respondía contundentemente, a la hora de permitir lo que él entendía fuese una intromisión.

-Entonces, qué ocurría -no pude evitar preguntar.

-Mi madre, se refugiaba en el silencio -respondió, mi paciente-. Yo, a diferencia de mis hermanos, aprendí a hacer lo mismo.

Se produjo un largo silencio. Cuando me vi obligada a interrumpirlo, Pilar se adelantó. Fijó su mirada en la mía y añadió:

-Le confieso, doctora, que tropecé con la misma piedra, al contraer matrimonio. Por favor, hablemos de mi divorcio. 





Artículos en el blog, sobre el tema de la asertividad:



viernes, 26 de agosto de 2016

Aprendamos de la asertividad natural de los niños

    
   

La incipiente asertividad natural que observamos en el comportamiento de los bebés y de los niños, nos ayudará a comprender mejor algunos elementos importantes que forman parte del concepto que nos viene ocupando, la asertividad.

No pretendo decir que haya que imitar los comportamientos de los niños pequeños. ¡Ni más faltaba! La idea básica es la de que podamos desprendernos de ciertas actitudes y creencias limitantes, las cuales nos impiden encontrarnos a gusto con nosotros mismos y relacionarnos mejor con otras personas. Tendremos muchas más probabilidades de obtener lo que es importante para nosotros, si se lo expresamos a los demás, si les orientamos sobre lo que nos gusta y sobre aquello que nos molesta. Si establecemos unos límites razonables a lo que les permitimos y de lo que no estamos dispuestos a aceptar en nuestras relaciones personales.

En los adultos, a diferencia de lo que sucede en la primera infancia, la utilización de la asertividad será consciente y obedecerá a la intención de comunicarse de forma adecuada. Tendrá mucha más entidad y profundidad que la desplegada por los niños. Se utilizarán la comunicación verbal, los conocimientos y las experiencias previas, para relacionarse de forma asertiva con otras personas; sin callar sus necesidades, preferencias y las cosas que les afectan. Sin ser, tampoco, agresivos o manipuladores, evitando imponer  los propios puntos de vista.

Cuando se observa la forma de comportarse de los bebés y de los niños de muy corta edad, uno puede percatarse de que, a su manera, ellos expresan con toda claridad lo que quieren, lo que necesitan y lo que no les gusta. Además, poseen una característica muy importante, de la que adolecen, con frecuencia, los adultos: la persistencia. Son constantes en sus demandas e incluso pueden manifestar diferentes conductas, algunas de ellas muy creativas, llamativas o sofisticadas, para conseguir lo que consideran importante.

El niño pequeño protesta abiertamente cuando se le hace daño y cuando tiene algún problema, dolor o necesidad. Si le sucede algo que no le gusta, se lo hace saber inmediatamente a los demás, mediante gemidos, lloros y otras actuaciones más llamativas; a cualquier hora del día o de la noche, siendo muy persistente. Raramente deja de comunicar al mundo su disgusto, hasta que alguien hace algo por remediarlo.

Luego, cuando empiezan a gatear y a caminar, los niños hacen todo lo que se les pasa por la mente, de manera asertiva y persistente, en el momento en el que les apetece hacerlo. Como se dice en España, de forma elocuente y clara, ¡hacen todo lo que les da la gana y cuando les da la gana! Lo tocan todo, lo muerden, lo rompen, lo tiran… Exploran hasta el último rincón de la casa. Se meten en cualquier sitio, se suben a lugares peligrosos o se introducen en los sitios más insospechados. Saltan, se tiran desde cualquier mueble, van detrás de no importa qué animal o persona…

Estas conductas irán modificándose con los años, con la actuación y la colaboración de los padres y otros adultos. Se reducirán notablemente o podrán volverse más problemáticas o dañinas. Los resultados, en los niños, serán diferentes, dependiendo de la forma de ser del mismo, del tipo de educación que reciba y de las medidas utilizadas, por los adultos, para que aprendan a modificar o eliminar aquellos comportamientos que puedan resultar molestos o que sean potencialmente peligrosos.

El niño continuará siendo asertivo, adquiriendo cada día una mayor confianza en sí mismo y en la capacidad de solucionar los problemas que se le presenten o, como ocurre con demasiada frecuencia, irá perdiendo esa espontaneidad que le caracterizaba, adoptando aquellos comportamientos que son bien vistos socialmente y que no son problemáticos para los adultos que están encargados de cuidarle. Algunos, los que no se adapten, terminarán desarrollando lo que algunos consideran como problemas de conducta. También, podrán ser agresivos o manipuladores.

Algunos padres o cuidadores son personas amables y cercanas, que respetan la curiosidad infantil y su necesidad de explorar el mundo. Permiten que los niños vayan descubriéndose a sí mismos y a su mundo circundante, mientras adquieren conocimientos y destrezas, que les habrán de ayudar a desarrollar su inteligencia, así como lograr un mayor conocimiento y una mejor regulación de  sus emociones. Estos adultos comprenden cuáles son las necesidades de los infantes e incluso les acompañan durante el descubrimiento de todo lo que les asombra y llama su atención, repetitivamente. Quiero agregar algo a lo dicho, haciendo especial énfasis en ello: estos padres también ponen límites a algunas conductas de sus hijos, por medio del ejemplo, el diálogo y diciéndoles lo que ellos quieren que sus hijos no hagan. Por ejemplo, gritar, pegar, insultar a otros, tratar mal a las personas, animales o cosas; el desorden, ensuciar, realizar conductas peligrosas... Serán límites a las conductas no a la persona. Se harán desde el amor y el respeto. No harán que el niño crea que es "malo" o que se sienta rechazado, humillado, atemorizado, minusvalorado... No se le enseñará a sentirse culpable por lo que hace, de acuerdo a los criterios de los adultos sobre lo que es "bueno" o "malo", "el qué dirán"...

Se trata de guías atentos y cariñosos que se anticipan a los posibles riesgos y peligros. Toman precauciones para que, los niños a su cuidado, no sufran percances, no destrocen cosas, no puedan hacer daño a otros. Como resultado de esta forma de entender su papel en relación con el niño, éste seguirá desarrollando esa asertividad natural. Adquirirá una buena autoestima, seguridad en sí mismo, fortaleza para superar las dificultades que se le vayan presentando y tendrá la capacidad para establecer unas buenas relaciones con el resto del universo.

Otros adultos, por diversas razones, entre ellas el peso de las costumbres y la educación que recibieron, pondrán excesivos límites a las actuaciones de los niños, controlando todo lo que hacen. Asfixiando en ellos cualquier atisbo de espontaneidad. Impedirán que los críos hagan lo que, a ellos, les desagrada, lo que no está bien visto, lo que les molesta. El mundo se ve desde el punto de vista de los adultos, de sus necesidades, sus obligaciones y el tiempo que tienen disponible. Es como si desearan que el niño dejara de ser niño lo antes posible. Que no grite, que no llore, que no moleste, que no pida constantemente lo que desea; que el niño es el que debe entender que los adultos están cansados, molestos o enfadados y por eso debe portarse bien. A mi parecer, ¡es el mundo al revés! Somos los adultos quienes debemos rectificar nuestra forma de pensar y modificar nuestros horarios  para poder dedicar tiempo a los hijos, de forma que se conviertan en la prioridad más importante de nuestras vidas.

En lugar de escuchar a los niños y acompañarlos en su desarrollo, les imponen normas, les obligan a seguir "las buenas costumbres". Una cosa es guiarlos y enseñarles lo que es conveniente que aprendan; otra, muy diferente, es forzarles a hacer determinadas cosas porque ¡así es como hay que hacerlas! ¡Impongo y mando! ¡Así debe ser y punto! ¡Porque lo digo yo! En la mayoría de los casos, sin ningún tipo de reflexión previa por su parte, repiten en los hijos lo que a ellos les hicieron y les dijeron. Obran de esta forma, a pesar de que en muchos momentos de su vida, protestaron y criticaron la forma como fueron tratados y sometidos a disciplina, en su infancia. Normalmente, los padres que actúan así, no lo hacen con mala intención. Seamos benévolos, pensando que, muchos de ellos, desean lo mejor para sus hijos y creen que lo que hacen está bien o que no hay otra forma de educar a las criaturas. Pero, todo lo anteriormente dicho, contribuirá a que crezcan como niños inseguros, temerosos, dependientes y con poca confianza en sí mismos. Hará que procuren complacer a los adultos, adoptando el comportamiento que se espera de ellos, con tal de tener su atención y su afecto.

Algunos de ellos, se convertirán en niños pasivos, que no saben responder asertivamente. Otros, se rebelarán muy a menudo. Es posible que los que son rebeldes, sin llegar a ser agresivos, puedan conservar parte de su asertividad natural. Los que son agresivos, tampoco sabrán resolver sus problemas de forma asertiva.

Lamentablemente, todos esos niños se habrán olvidado de lo que es ser asertivos. Posiblemente, se habrán olvidado, incluso, de ser ellos mismos. Pero, en algún momento de su vida, será deseable que intenten rescatar la seguridad y espontaneidad que tuvieron cuando eran pequeños, por mucho esfuerzo que ello suponga.



Nota: Por algunos comentarios, veo que éste es un tema que no deja indiferentes a algunas personas. Quiero que piensen cómo puede influir en ustedes lo que digo sobre la incipiente asertividad infantil. Cómo podría ayudarles, a ustedes, tratar de actuar con la espontaneidad y la inocencia con la que van por el mundo esos seres pequeñitos. Que piensen cómo fueron educados y si, esa educación, les ha facilitado o dificultado la relación con otras personas. Si, en ocasiones, se sienten tristes, frustrados o enfadados porque no logran explicar las cosas como quisieran y conseguir lo que, para cada uno, es importante.

No es un escrito dedicado a la educación de los hijos, aunque hable de dos tipos diferentes de crianza o de relación y de sus posibles consecuencias en los niños... Tampoco es un tratado sobre asertividad; sólo pretende transmitir unas ideas, para que ustedes reflexionen al respecto... Por favor, no duden en transmitirme sus opiniones, sus dudas, las cosas que encuentran positivas o aquellas con las que no están de acuerdo. Procuraremos aclararlas.

Quiero agradecerles a todos y, muy especialmente a los impacientes, el que me vengan siguiendo en este camino que me he trazado para que sea más claro lo que es ser asertivo. Podía haber llegado rápidamente a las definiciones y a los consejos, pero siento que todo eso hubiera estado vacío, sin haber aclarado antes algunas cosas.


En este escrito, también quería explicar cuáles son las formas de control, utilizadas por algunas personas,  de esa incipiente y algo burda asertividad infantil y cómo se “instalan” en los niños algunas emociones negativas, como resultado de esas pautas educativas.  Todo sería más fácil si se les pidiera a los niños “quiero que recojas los juguetes”, por ejemplo, en lugar de decirles “los niños buenos tienen la habitación arreglada. Para no complicar este escrito ni alargarlo demasiado, esto quedará aplazado, hasta incluirlo en el siguiente artículo.



Bibliografía:

SMITH, Manuel J.: “CUANDO DIGO NO ME SIENTO CULPABLE”, Editado por Grijalbo, Barcelona.


Imagen encontrada en Internet, de 123R y en http://www.funli.org.il/wp-content/uploads/2013/04/



A continuación encontrarán los enlaces a los diferentes escritos sobre asertividad que pueden encontrar en el blog.