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viernes, 26 de febrero de 2016

Los adolescentes aprenden lo que viven; seamos un buen modelo para ellos



Aunque los adolescentes parezcan fuertes, testarudos y maduros, siguen necesitando de sus padres. Necesitan nuestro tiempo, nuestra atención, nuestros esfuerzos, nuestros cuidados; y nuestros consejos, aunque no quieran reconocerlo.

A continuación, comparto con ustedes un texto muy interesante sobre la influencia de los padres en la vida de sus hijos y cómo nuestros adolescentes aprenden de nosotros, junto con algunas reflexiones en torno a ello. El título del libro es “Cómo convivir con hijos adolescentes. Permaneciendo en sintonía con ellos y proporcionándoles una verdadera ayuda en sus vidas”, fue escrito por Dorothy Law Nolte y Rachel Harris. En los diferentes capítulos, se van explicando cada uno de las líneas del texto. En futuros escritos, compartiré con ustedes las ideas que llamen mi atención.


Los adolescentes aprenden lo que viven

Si los adolescentes viven con tensiones, aprenden a sentirse estresados.
Si los adolescentes viven con fracaso, aprenden a rendirse.
Si los adolescentes viven con el rechazo, aprenden a sentirse perdidos.
Si los adolescentes viven con demasiadas normas, aprenden a saltárselas.
Si los adolescentes viven con pocas normas, aprenden a ignorar las necesidades de los demás.
Si los adolescentes viven con promesas incumplidas, aprenden a sentirse decepcionados.
Si los adolescentes viven con respeto, aprenden a respetar a los demás.
Si los adolescentes viven con confianza, aprenden a decir la verdad.
Si los adolescentes viven con franqueza, aprenden a descubrirse a sí mismos.
Si los adolescentes viven con las consecuencias naturales de sus actos, aprenden a ser responsables.
Si los adolescentes viven con responsabilidad, aprenden a ser autosuficientes.
Si los adolescentes viven con hábitos saludables, aprenden a tratar bien su cuerpo.
Si los adolescentes viven con apoyo, aprenden a sentirse satisfechos de sí mismos.
Si los adolescentes viven con creatividad, aprenden a compartir quiénes son.
Si los adolescentes viven con una atención cariñosa, aprenden a amar.
Si los adolescentes viven con expectativas positivas, aprenden a construir un mundo mejor.


Quiero hacer una aclaración: tanto el comienzo de la adolescencia, como su finalización, son diferentes en cada persona. En ocasiones, encontramos niños que ya empiezan a tener “características de adolescente”, así como jóvenes, y adultos, que todavía se comportan como adolescentes. Lo que aquí se dice, se aplica a todos ellos… Por eso, cuando lean la palabra “adolescente” piensen que se puede referir a un rango muy amplio de edad.

Las autoras, quieren recalcar que los adolescentes aprenden de nuestro ejemplo; de lo que hacemos, no de lo que decimos. La forma en que vivimos nuestra vida, las decisiones que tomamos, nuestras aficiones; en especial, la calidad de nuestras relaciones, constituyen el legado más importante que le dejamos a la siguiente generación.

Los adolescentes aprenden de nuestro ejemplo incluso cuando se rebelan contra nosotros. Son bastante sensibles, y críticos, con respecto a cualquier contradicción entre lo que decimos y lo que hacemos, y casi parecen disfrutar tomando nota de cualquier incoherencia. Así mismo, se muestran prácticamente alérgicos a nuestros sermones educativos, por bien intencionados que sean. Por consiguiente, no podemos transmitirles nuestros valores sólo con palabras, es imprescindible el ejemplo de nuestro comportamiento. El modelo que ofrecemos a nuestros adolescentes somos nosotros mismos.

Aunque los adolescentes parezcan fuertes, testarudos y maduros, siguen necesitando de sus padres. Necesitan nuestro tiempo, nuestra atención, nuestros esfuerzos, nuestros cuidados; y nuestros consejos, aunque no quieran reconocerlo. Es conveniente que sepan, y sientan, que siempre estaremos disponibles para ellos, que tendrán nuestro apoyo, tanto en los pequeños asuntos cotidianos como en los momentos de crisis. Nuestros hijos nunca son demasiado mayores para que les ofrezcamos, y les demostremos, nuestro cariño y apoyo. Es la base de la relación con nuestros hijos.

Es conveniente reconocer que, a pesar de todo el esfuerzo que hagamos por ser un buen padre o una buena madre, probablemente habrá momentos en los que las cosas no saldrán como pretendíamos, o como desearíamos, y que eso pueda hacernos sentir desvalidos e impotentes. Es lógico pensar que los padres de adolescentes algunas veces se sentirán desvalidos e impotentes, por mucho que se esmeren en la educación de sus hijos.

Muchos padres pasan por momentos difíciles durante la adolescencia de sus hijos: una crisis, un año infernal o, en el mejor de los casos, una preocupación constante sobre riesgos y peligros reales. La mayoría de los adolescentes supera los problemas que se les plantean, adquiriendo una mayor madurez y sabiduría. Pero, algunos, no lo lograrán. Es importante que pidamos ayuda profesional, cuanto antes, para que tanto ellos, como nosotros, podamos superar ciertas situaciones difíciles.

“Cómo convivir con hijos adolescentes” se centra en las relaciones entre padres y adolescentes, no en los problemas. Debemos desarrollar una relación cálida, cariñosa y franca con nuestros hijos, si queremos que sean sinceros con nosotros, día a día. La mejor forma de influir en nuestros adolescentes, durante estos años críticos, es a través de nuestra relación con ellos. Cuanto mejor conectemos con ellos, más dispuestos se mostrarán a escucharnos y a tomar en cuenta nuestro punto de vista y nuestros consejos.

La adolescencia es una época de transformaciones, tanto para los padres como para los jóvenes, así como para la relación entre unos y otros. Debemos conceder a los adolescentes libertad y, al mismo tiempo, permanecer en contacto con ellos. Inevitablemente, en algunos momentos nos aferraremos a ellos con demasiada insistencia, y en otros, les concederemos una excesiva y prematura libertad. Deseo enfatizar que nuestra labor como padres, en general, debe cambiarnos. La relación con nuestros niños y adolescentes nos enseñará muchas cosas, y deberemos aprender acerca de nosotros mismos, y cambiar aquello que consideremos necesario.

Nuestros adolescentes necesitan aprender a ser más autónomos, más independientes, y que vayan reforzando su sentido de identidad. Asimismo, necesitan aprender a actuar de forma interdependiente, ya que la realidad es que todos dependemos, hasta cierto punto, unos de otros, en las familias, las escuelas, las comunidades… En la interdependencia, conseguimos unos objetivos más valiosos cuando varias personas interactúan, desde su independencia, para conseguir juntos lo que se proponen.

La relación con nuestros hijos adolescentes evoluciona hacia una relación con hijos adultos. Cuanto más respetemos el derecho de nuestros hijos de tomar sus propias decisiones, en el proceso de convertirse en seres independientes, más nos respetarán en la futura relación con ellos, cuando sean adultos.



Bibliografía:

Cómo convivir con hijos adolescentes. Permaneciendo en sintonía con ellos y proporcionándoles una verdadera ayuda en sus vidas”,  escrito por Dorothy Law Nolte y Rachel Harris.



To read it in English, please go to the this link:

http://letushaveanicedaytoday.blogspot.com.es/2016/02/teenagers-learn-what-they-live-let-us.html





domingo, 14 de febrero de 2016

Objetivo irrenunciable: el amor independiente




En este escrito que tengo el placer de someter a su consideración, quiero compartir con ustedes algunas ideas de Lorraine C. Ladish, extraídas de su libro “Más allá del amor. Amistad, afecto y compromiso”.

Me centraré en un capítulo titulado: Amor codependiente versus amor independiente. No obstante, invertiré el orden que la autora establece, refiriéndome aquí a las Características del amor independiente, lo cual ha de permitirnos navegar a través de los mares en calma, proclives a lo positivo y lo deseable. En un escrito diferente, me referiré a las Características del amor codependiente, que es un término que adopta la escritora, aunque no está registrado por la Real Academia Española de la Lengua.

Como expresé en un artículo que publiqué, hace algún tiempo, sobre el amor dependiente, procuraré no referirme, en exclusiva, al amor de pareja, ya que considero que todos los afectos, de la índole que sean, deben ser independientes, y no estar sometidos a la esclavitud de la dependencia emocional. A continuación, me referiré a algunos de los atributos más relevantes del amor independiente:


Permite el crecimiento individual.

En el amor independiente, cada uno tiene la suficiente confianza en sí mismo, como para permitir que el otro haga lo que sea preciso para crecer como individuo. Tendrán que adquirir compromisos de trabajo, o de estudio, los cuales podrán requerir de viajes y desplazamientos. Afrontarán la lógica separación física que eso comportaría. Deberán relacionarse con otras personas, y fortalecer aquellos vínculos que deseen conservar. Ambos, proyectarán su vida profesional adecuadamente, sintiendo que forman parte de un mismo equipo, y que pueden confiar, el uno en el otro.

Resalta las mejores cualidades de cada uno.

Cuando ambos se sienten con el mutuo y franco aliento, gozan de un mayor estímulo para su personal superación. Si se tratan con respeto y se dan muestras de apoyo y de cariño, es natural que respondan de la misma manera. Y si se valoran y se animan mutuamente, es normal que, ambos, tengan más ganas y más energía para desarrollar sus aptitudes, sus aficiones, su trabajo, etcétera.

Acepta el cambio. Está abierto a lo que decidan y pacten.

Sabiendo que las dos partes se desean lo mejor, aceptan los retos que se les presentan. Son conscientes de que deben afrontar los cambios y, que cualquier situación pactada es válida, cuando se ponen mutuamente de acuerdo.

Fomenta la evolución de la relación y de sus componentes.

Cuando uno se siente seguro de sí mismo, y de la persona a la que ama, es capaz de dejar que el otro evolucione y cambie, si es preciso, sin temor a perderle por ello. La capacidad de adaptación al cambio y a la evolución es importante para evitar que la relación se estanque.

Hay intimidad y acercamiento.

Ambos, sienten la absoluta confianza para mostrarse como son; incluso,  para poder mostrarse vulnerables, entre ellos. Pueden compartir temores, momentos buenos y malos. Pueden confesarse dudas, sin miedo a que alguno se aproveche de la debilidad del otro. Sin que asome el menor sentimiento de envidia, por el éxito alcanzado por el otro.

Permite la libertad de comunicar los deseos individuales.

Sienten la confianza de poder decirse lo que quieren, y cuando quieren, directamente, sin tapujos ni manipulaciones. Y a la vez, sienten la libertad de decir “no” cuando se les pide algo que no les es posible dar en ese momento, o que no es de su agrado. El hecho de poder comunicar lo que desean, no garantiza que lo obtengan, pero fomenta una buena comunicación.

No busca el amor incondicional.

El amor incondicional significaría que, hagamos lo que hagamos, por malo, doloroso o rastrero que sea, el compañero, amante o amigo nos querría de igual manera.

¡Y viceversa!

Muy distinto es saber que queremos a la otra persona tal como es, con lo bueno y con lo no tan bueno. Pero, seguir amando cuando te hacen daño, o cuando esa persona te impide crecer, avanzar y ser feliz, eso ya es otra cosa. En el fondo, es un no querernos y respetarnos lo suficiente. Cuando nos sentimos bien, el único amor incondicional que necesitamos, y que nos es posible obtener, es el que nos concedemos a nosotros mismos.

Acepta un determinado grado de compromiso.

En aquellas relaciones en las que hay dependencia emocional, el hecho de aceptar un compromiso, ya sea de tiempo, de dedicación, o de fidelidad, parece implicar una pérdida de libertad, o de identidad. Uno puede sentir que se ahoga dentro de la relación. En cambio, las relaciones independientes otorgan un significado totalmente distinto al término compromiso, convirtiéndose en un deseo que nos incita a compartir nuestros sentimientos con el otro ser. Le otorgamos un espacio, un valor en nuestra vida y empezamos a sopesar cómo le afecta aquello que hacemos. El compromiso nos vuelve más generosos, y amplía nuestra mente y nuestros horizontes.

Ambas partes tienen una buena autoestima.

Para la autora, esta es quizás una de las características más importantes. Ambos se sienten a gusto consigo mismos, aunque eso no implica que permanecerán siempre igual. No necesitan demostrar nada a nadie, ni que nadie les muestre su valía. Siempre habrá espacio para aprender, y para que cada uno modifique, en sí mismo, lo que crea conveniente y necesario. No podemos, ni debemos intentar cambiar a otra persona. Cada uno va a su propio ritmo, tiene sus prioridades, y su forma de ver lo que sucede.

En el amor dependiente el sentimiento de bienestar de alguien puede variar de acuerdo a la forma de actuar del otro. En el amor independiente la otra persona nos trata bien porque así le nace y porque nosotros no dejaríamos que fuera de otra manera, ya que nos queremos demasiado como para dejar que nos humillen o hagan daño.

Acepta la separación física. Se echan de menos, pero no les desequilibra.

Cuando confías en otra persona, y en ti mismo, puedes  echarla de menos si no está cerca, pero no estás obsesionado con él o ella. Es más, su recuerdo te produce placer y eres capaz de emplear el tiempo de la separación de forma productiva, en lugar de sumirte en un estado de agitación y ansiedad, fruto de la desconfianza.

Hay confianza mutua.

Hasta que no se demuestre lo contrario, depositan su confianza en la pareja, familiar o amigo, y así mismo, aceptan la responsabilidad de contar con la confianza del otro.

Hay intereses comunes. Buena comunicación.

Ambos, tienen deseos parecidos en lo que respecta a su relación.  Y si no es así, están dispuestos a hablar de ello, tomar decisiones y pactar. Tienen algunas metas comunes. La buena comunicación no significa contarse absolutamente todo, pero sí todo lo que pueda afectar a la relación. Y sobre todo hacer lo posible por entender al otro y no obcecarse en una postura, sin ceder y negociar algo que les venga bien a los dos.

Da sin esperar nada a cambio.

Se ayudan y colaboran sin estar esperando nada a cambio. No llevan la cuenta de lo que han hecho por el otro, y no se ayudan por motivos retorcidos. Lo hacen porque se quieren y les satisface verse felices. Cuando tienes la sensación de que tu pareja también hace las cosas porque le produce placer verte contento y complacido, eso te impulsa a dar más aún.

Produce más gozo que dolor.

El amor independiente y saludable contribuye a nuestra felicidad, no a nuestra desdicha. Todas las relaciones pueden atravesar momentos malos y dolorosos, pero si se alimentan exclusivamente de ellos, es mejor abandonarlas.

El amor independiente contribuye a una sensación prolongada de bienestar y de plenitud. Proporciona placer continuado en el tiempo.

Tiene altibajos pero se caracteriza por la estabilidad.

A pesar de los momentos buenos y malos que se presentan en la vida, sienten que, generalmente, la relación se encuentra en un término medio: no produce euforia, seguida inevitablemente de un bajón depresivo. Es una relación pausada, agradable, que te aporta bienestar, confianza, estímulo… La estabilidad puede resultar aburrida, si la vemos desde fuera, pero es gratificante y edificante, cuando la vives y la disfrutas.


Posiblemente, el lector encontrará a faltar algún otro atributo a la larga lista de los que aquí se han mencionado. Sin embargo, pienso que la relación de todo cuanto hemos apuntado es suficiente para darnos una idea de cuál es la verdadera naturaleza de lo que entendemos por amor independiente.



Nota aclaratoria: lo que se entiende por relaciones independientes, en este escrito, tiene mucho que ver con el concepto de "Interdependencia" al que se refiere Stephen S. Covey en "Los siete hábitos de la gente altamente eficaz”. 



Para ver el artículo sobre las Características del amor codependiente, accede al blog, a “Las cadenas de Afrodita”, mediante el siguiente enlace:



sábado, 25 de julio de 2015

Pongamos de moda la interdependencia




La interdependencia es la combinación de los propios esfuerzos con los de otros para lograr un éxito mayor.   

Desde hace un tiempo, encontramos muchas referencias en cuanto a la dependencia emocional, pidiendo un cambio hacia la independencia.

Yo misma, he escrito en este blog  varios escritos en referencia a la dependencia emocional, considerando que es algo que hace mucho daño a todas las personas involucradas.

No estoy de acuerdo en que nos mostremos como personas física, emocional o  intelectualmente dependientes de los demás. Debemos aprender a tomar las riendas de nuestra vida, de nuestras emociones y de nuestros pensamientos. Procuremos ser, hasta cierto punto, independientes. Pero, ¡me niego a que se haga de la independencia el gran paradigma de la felicidad y de la realización personal!

Es recomendable que vayamos más lejos en nuestro desarrollo personal, dando un paso cualitativo hacia la interdependencia.

Cuando nos quedamos en la independencia, podemos poseer habilidades bien desarrolladas, tener muchos conocimientos y un buen dominio de nosotros mismos. No obstante, habrá parcelas personales que no desarrollaremos plenamente y, con mucha probabilidad, nuestros objetivos se quedarán cortos.

Para lograr una mayor evolución personal y para conseguir algunas de nuestras metas, es importante y necesaria nuestra relación con los demás. Por otra parte, muchas actividades no las podemos llevar a cabo en solitario. Necesitamos de la colaboración de otros para lograr un bien común, para realizar muchas de las actividades cotidianas o para profundizar en nuestras relaciones de pareja, familiares, sociales, laborales...

Tenemos una dimensión social que no podemos ni debemos ignorar. Sería triste pensar que el fin de nuestra vida sea aprender a ser personas solitarias, que no tienen en cuenta a los demás, que no les importa lo que puedan sentir o hacer los otros, que sólo luchan por sí mismas, por conseguir sus propios objetivos, a quienes parece que lo único importante es ser independientes y que los otros dejen de ser dependientes. En ese saco parecen incluir a aquellas personas con las cuales se podría llegar a interactuar para obtener ciertos logros, así como cualquier tipo de afectividad y de relación entre personas que se quieren.

La interdependencia es necesaria para poder tener unas buenas relaciones interpersonales y para conseguir unos mejores, mayores y profundos logros en nuestra vida personal, laboral, social y familiar. Actuamos con lo mejor de nosotros mismos, junto a otras personas que también aportan su particular forma de ver la vida, con el propósito de conseguir determinados objetivos y bienestar para todos.

A continuación, me gustaría compartir con ustedes algunas de las ideas que  Stephen R. Covey expone en su libro “Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva”, las cuales, aunque conocidas por muchos, explican claramente los conceptos de dependencia, independencia e interdependencia, dentro de lo que él denomina el “continuum de la madurez”

Los seres humanos nacemos siendo totalmente dependientes de los adultos. Luego, poco a poco, a lo largo de los años, nos volveremos cada vez más independientes, física, mental, emocional y económicamente. Hasta que podemos, en lo esencial, hacernos cargo de nosotros mismos.

Quiero recalcar que el grado de independencia logrado por cada uno de nosotros puede ser muy diferente. Algunas personas se quedarán a medio camino, habiendo adquirido cierto grado de independencia en algunas áreas, aunque no en otras.

A medida que vamos creciendo y madurando, descubrimos que los más altos logros tienen que ver con las relaciones con los otros; que la vida humana también es interdependiente.

En el continuum de la madurez:

La dependencia es el paradigma del : tú cuidas de mí; tú haces o no haces lo que debes hacer por mí; yo te culpo a ti por los resultados…

La independencia es el paradigma del yo: yo puedo hacerlo, yo soy responsable, yo me basto a mí mismo, yo puedo elegir…

La interdependencia es el paradigma del nosotros: nosotros podemos hacerlo, nosotros podemos cooperar, nosotros podemos combinar nuestros talentos y aptitudes para crear juntos algo más importante.

Las personas dependientes necesitan de los otros para conseguir lo que quieren. No son dueñas de sí mismas. Necesitan de la ayuda de otros. Su valía, mérito y seguridad dependen de la idea que los demás tengan de ellas. No tienen confianza en sí mismas. Permiten que otras personas piensen y decidan por ellas. Desean que otros solucionen los problemas que ellas deberían resolver por sí mismas.

Las personas independientes consiguen lo que quieren gracias a su propio esfuerzo. Se desenvuelven por sus propios medios. Piensan por sí mismas. Pueden ser analíticas, creativas y organizadas. Se dirigen a sí mismas. Su valoración personal no está en función de lo que piensen los otros o de si las tratan bien o mal. 

Es fácil ver que la independencia es mucho más madura que la dependencia.  El paradigma social corriente entroniza la independencia. Es la meta confesada de muchos individuos y movimientos sociales. La mayoría del material acerca del autoperfeccionamiento pone la independencia sobre un pedestal, como si la comunicación, las relaciones interpersonales, el trabajo de equipo y la cooperación fueran valores inferiores.

Conviene señalar que gran parte del énfasis actual en la independencia es una reacción contra la dependencia: que otros nos controlen, nos definan, nos usen y nos manipulen.

El tipo de reacción que lleva a «romper las cadenas», «liberarse», «autoafirmarse» y «vivir la propia vida» revela a menudo dependencias más fundamentales de las que no es difícil escapar porque no son externas sino internas: dependencias como la de permitir que los defectos de otras personas arruinen nuestras vidas emocionales, o como la de sentirse víctima de personas y hechos que están fuera de nuestro control.

La independencia de carácter nos da fuerza para actuar, en lugar de que se actúe sobre nosotros. Nos libera de depender de las circunstancias y de otras personas, sin ser la meta final de una vida efectiva.

El pensamiento independiente, por sí solo, no conlleva un buen desempeño frente a la realidad interdependiente. Las personas independientes, sin madurez para pensar y actuar de manera interdependiente, pueden ser buenos productores individuales. No obstante, no serán buenos líderes ni buenos miembros de un equipo. No operan a partir del paradigma de la interdependencia, necesario para tener éxito en el matrimonio, la familia, la realidad empresarial, así como en muchas de las situaciones que se nos presentan día a día.

La vida, por naturaleza, es interdependiente. Tratar de lograr la máxima efectividad por la vía de la independencia es como tratar de jugar al tenis con un palo de golf: la herramienta no se adecua a la realidad.

El concepto de interdependencia es mucho más maduro, más avanzado. 

Si soy físicamente interdependiente, soy capaz y dependo de mí mismo, mientras que también comprendo que tú y yo trabajando juntos podemos lograr mucho más de lo que yo puedo lograr por mí mismo, incluso en el mejor de los casos.

Si soy emocionalmente interdependiente, obtengo dentro de mí mismo una gran sensación de valía, pero también reconozco mi necesidad de dar y de recibir amor, de relacionarme profundamente con otras personas. 

Si soy intelectualmente interdependiente, comprendo que necesito mis propios pensamientos con los mejores pensamientos de las otras personas. 

La interdependencia es una elección que sólo está al alcance de las personas independientes. Por consiguiente, corresponde a las personas dependientes establecer una carrera para adquirir el carácter necesario, siendo dueñas de sí mismas, logrando el mayor grado de confianza posible, así como un desarrollo y dominio personales que les permita tomar las riendas de su propia vida.



Bibliografía:

COVEY, Stephen S., “Los 7 hábitos de las personas altamente efectivas”.


Imagen de: Ordenes del amor, www.ordenesdelamor.org