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jueves, 23 de julio de 2020

“El buscador”, un cuento sobre el tiempo realmente vivido





Hace unos días, un amigo compartió una publicación que me llevó a acordarme de “El buscador”, cuento que leí en un libro de Jorge Bucay, “Cuentos para pensar”. No sé si él es su autor, aunque suele atribuírsele en las diferentes publicaciones que encontramos en internet. Quise incluirlo en mi blog, transcribiéndolo tal como lo encontré. Deseo que les lleve a rememorar esos momentos vividos con especial intensidad, que forman parte de sus recuerdos felices.

 

El buscador

 
Hace dos años, cuando terminaba una charla para un grupo de parejas, conté, como suelo hacer, un cuento a manera de regalo de despedida. Para mi sorpresa, esta vez alguien del grupo pidió la palabra y se ofreció a regalarme una historia. Ese cuento que quiero tanto lo escribo ahora en memoria de mi amigo Jay Rabon.
 

Esta es la historia de un hombre al que yo definiría como un buscador…

Un buscador es alguien que busca; no necesariamente alguien que encuentra.

Tampoco es alguien que, necesariamente, sabe qué es lo que está buscando. Es simplemente alguien para quien su vida es una búsqueda.

Un día, el buscador sintió que debía ir hacia la ciudad de Kammir. Había aprendido a hacer caso riguroso de esas sensaciones que venían de un lugar desconocido de sí mismo.  Así que lo dejó todo y partió.

Después de dos días de marcha por los polvorientos caminos, divisó, a lo lejos, Kammir. Un poco antes de llegar al pueblo, le llamó mucho la atención una colina a la derecha del sendero. Estaba tapizada de un verde maravilloso y había un montón de árboles, pájaros y flores encantadores. La rodeaba por completo una especie de valla pequeña de madera lustrada.

Una portezuela de bronce lo invitaba a entrar.

De pronto, sintió que olvidaba el pueblo y sucumbió ante la tentación de descansar por un momento en aquel lugar.

El buscador traspasó el portal y empezó a caminar lentamente entre las piedras blancas que estaban distribuidas como al azar, entre los árboles.

Dejó que sus ojos se posaran como mariposas en cada detalle de aquel paraíso multicolor.

Sus ojos eran los de un buscador, y quizá por eso descubrió aquella inscripción sobre una de las piedras:

“Abedul Tare, vivió 8 años, 6 meses, 2 semanas y 3 días”

Se sobrecogió un poco al darse cuenta de que esa piedra no era simplemente una piedra: era una lápida.

Sintió pena al pensar que un niño de tan corta edad estaba enterrado en ese lugar.

Mirando a su alrededor, el hombre se dio cuenta de que la piedra de al lado, también tenía una inscripción, se acercó a leerla. Decía:

“Yamir  Kalib, vivió 5 años, 8 meses y 3 semanas”

El buscador se sintió terriblemente conmocionado.

Aquel hermoso lugar era un cementerio, y cada piedra una tumba.

Una por una, empezó a leer las lápidas.

Todas tenían inscripciones similares: un nombre y el tiempo de vida exacto del muerto.

Pero lo que lo conectó con el espanto fue comprobar que el que más tiempo había vivido sobrepasaba apenas los once años…

Embargado por un dolor terrible, se sentó y se puso a llorar.

El cuidador del cementerio pasaba por allí y se acercó.

Lo miró llorar durante un rato en silencio, y luego le preguntó si lloraba por algún familiar.

-No, por ningún familiar -dijo el buscador-. ¿Qué pasa en este pueblo? ¿Qué cosa tan terrible hay en esta ciudad? ¿Por qué hay tantos niños muertos enterrados en este lugar? ¿Cuál es la horrible maldición que pesa sobre esta gente, que les ha obligado a construir un cementerio de niños?

El anciano sonrió y dijo:

-Puede usted serenarse. No hay tal maldición. Lo que pasa es que aquí tenemos una vieja costumbre. Le contaré…:

“Cuando un joven cumple quince años, sus padres le regalan una libreta como esta que tengo aquí, para que se la cuelgue del cuello. Es tradición entre nosotros que, a partir de ese momento, cada vez que uno disfruta intensamente de algo, abre la libreta y anota en ella:

A la izquierda, qué fue lo disfrutado. 

A la derecha, cuánto tiempo duró ese gozo…

Conoció a su novia y se enamoró de ella. ¿Cuánto tiempo duró esa pasión enorme y el placer de conocerla? ¿Una semana? ¿Dos? ¿Tres semanas y media…?

Y después, la emoción del primer beso, el placer maravilloso del primer beso… ¿Cuánto duró? ¿El minuto y medio del beso? ¿Dos días? ¿Una semana?

¿Y el embarazo y el nacimiento del primer hijo…?

¿Y la boda de los amigos?

¿Y el viaje más deseado?

¿Y el encuentro con el hermano que vuelve de un país lejano? 

¿Cuánto duró el disfrutar de estas situaciones? ¿Horas? ¿Días?

Así, vamos anotando en la libreta cada momento que disfrutamos. Cada momento.

 

Cuando alguien se muere,

es nuestra costumbre

abrir su libreta

y sumar el tiempo de lo disfrutado

para escribirlo sobre su tumba.

Porque ese es, para nosotros 

el único y verdadero tiempo vivido.

 

  

 

Bibliografía: “Cuentos para pensar”, de Jorge Bucay.

 

Imagen encontrada en internet: https://miportalespiritual.com.ar/wp-content/uploads/2013/09/al-llegar-la-noche.jpg




 

lunes, 27 de enero de 2020

De la obligación de adaptarnos a otras personas y a las circunstancias que nos rodean





En esta ocasión, deseo escribir sobre el convencimiento generalizado que existe  con respecto a la obligación que tenemos de adaptarnos a otras personas y a ciertas circunstancias que nos rodean.

Es un tema muy complejo, sobre el que es conveniente profundizar. Sé que debemos tener cierta capacidad de aceptar a los demás tal como son y poseer la flexibilidad necesaria para poder relacionarnos con ellos. Lo cual, no implica tener que renunciar a nuestra manera de ser, al comportamiento que mantenemos con nuestros familiares y amigos.

Es un asunto por el que tengo una especial sensibilidad y salto como un resorte, cuando compruebo que muchas personas fueron educadas para ser dóciles y conformistas. Con el objetivo de lograr que no se cuestionasen lo que se les decía, se les ordenaba, o se les exigía.  

Lo triste es que, cuanto más sumisa sea una persona, menos se dará cuenta de la poca autonomía que ha tenido, y es posible que proteste airadamente ante lo que aquí defiendo.

Hay dos formas de adaptación. Una, que es positiva, moderada, tal como hemos visto al inicio. Y, otra, mucho más extrema, que es perjudicial para aquellos que tienen muy interiorizado el imperativo de tener que adaptarse a quienes pueden hacerles daño y permanecer en ambientes francamente restrictivos, “castradores”, hostiles y peligrosos.

¡Cuidado! También pueden herirnos desde el amor, el cariño o la amistad. Con la sobreprotección, con el hecho de impedirnos tomar nuestras propias decisiones, con la exigencia y las presiones para que seamos o actuemos de determinada manera.

En este artículo, quiero centrarme en ese imperativo familiar y social que nos empuja a adaptarnos en exceso a ciertas personas o a los grupos a los que pertenecemos, renunciando a gran parte de nuestra individualidad: nuestra forma de ser, de actuar y de sentir, nuestros gustos y deseos, nuestras propias metas y nuestros sueños. Pretenden que no cambiemos, que no asumamos otros valores, que nos mostremos pasivos ante lo que nos sucede, que nos resignemos a ciertas situaciones adversas. Y, que aceptemos lo inaceptable, que continuemos con relaciones que nos aportan mucho dolor, que permanezcamos cerca de individuos que creen que el amor es posesivo, controlador. Porque, entienden que, nosotros, somos un objeto que ellos pueden manejar a su antojo.

Se aferran a lo que el Diccionario de la Real Academia de la Lengua dice con referencia a la adaptación y consideran que debemos “recibir, haciéndolo propio, un parecer, un método, una doctrina, etc., que han sido creados por otros”.

Sin embargo, quien escribe es firme partidaria de defender que tenemos el gran patrimonio de la libertad para tomar nuestras propias decisiones sobre lo que  queremos rechazar. Obviamente, hay hechos que no podemos cambiar, tales como una ruptura, una muerte, un fracaso, los cuales, debemos aceptar, después de haber pasado por el correspondiente proceso de duelo.  

A muchos les molesta que tengamos voz propia y que mostremos que no estamos de acuerdo con lo que ellos piensan que es lo correcto. Nos quieren calladitas, persiguen nuestra mansedumbre.

Les conviene que nos sintamos como una parte de un todo inamovible, pensando que somos incapaces de modificar aquello “que nos ha tocado vivir”. Y, así, se van colando las faltas de respeto hacia nosotros y las diferentes formas de agresiones. Desde la familia, la escuela, el barrio, el trabajo y la sociedad.

¡Basta ya de adaptarnos a lo que otras personas nos imponen, aunque sea en nombre de un supuesto amor! 

Tengamos el coraje y la determinación para ser como queremos ser. Aunque, para conseguirlo, debamos cuestionar y revisar algunas de las enseñanzas recibidas. Aun sabiendo que encontraremos la crítica y el rechazo de algunos conocidos o personas allegadas.






Imagen encontrada en internet, modificada para el blog:




lunes, 23 de diciembre de 2019

Cuatro líneas pensando en estas fiestas navideñas


  

Como todos los años, Navidad, Año Nuevo y Reyes llaman a las puertas de nuestras casas para recordarnos que debemos prepararnos para celebrar unas fiestas entrañables.

Es entonces, cuando no puedo evitar recordar los tiempos de mi infancia. Y, también, siento la necesidad de enviar a mis familiares, amigos y pacientes mis mejores deseos de felicidad. Así como, dirigir unas palabras de aliento a quienes sé que este largo período navideño revolverá los sentimientos que estaban encerrados, a cal y canto, en lo más profundo de sus corazones.

Hace muy pocos días, he sido conocedora de dos noticias relacionadas con Finlandia, que me han parecido particularmente relevantes, las cuales, he querido dejar reflejadas en el presente escrito: por segunda vez consecutiva, este país nórdico ha sido elegido como el más feliz del mundo y la Suomen Eduskunta -su Parlamento- acaba de investir a Sanna Marin como Primera Ministra. ¡Tiene 34 años de edad y se convierte en la Primera Ministra más joven del mundo!

Nunca, he estado en Finlandia y no tengo la más remota idea de cuáles han sido los requisitos que ha cumplido para ser merecedora del título de “país más feliz del mundo”. Sin embargo, me consta que Sanna Marin es la lideresa del Partido Social Demócrata y que dirige una coalición de partidos políticos liderados por mujeres, cuatro de ellas, de menos de 35 años.

Cuando era una niña, la madre de Sanna se divorció para huir de los graves problemas que el alcoholismo de su marido causaba a diario en el ámbito profesional y familiar. Y, más tarde, sus sentimientos la llevaron a formar pareja con otra mujer. Lo cual, sucedió décadas antes de que la Ley finlandesa reconociera el matrimonio entre personas del mismo sexo.

A pesar de la falta de recursos económicos, Sanna Marin cursó su carrera universitaria con brillantes calificaciones, teniendo que compartir los estudios con el trabajo, poniendo constantemente a prueba su admirable fuerza de voluntad y capacidad de sacrificio.

En una entrevista que le hicieron, la joven política venía a decir que, cuando era una niña, se sentía invisible porque no podía hablar abiertamente sobre su familia. La invisibilidad le creó un sentimiento de incompetencia y el silencio anidó en su interior. “No fuimos reconocidos como una verdadera familia, igual que las demás. Pero, no fui intimidada. De pequeña, yo era sincera y terca. Soy de una familia homoparental y eso, sin duda, me ha influido para que la igualdad, la paridad y el respeto a los derechos humanos sean muy importantes. Para mí, todos son iguales. No es una opinión; es lo fundamental” -terminaba diciendo, Sanna Marin.

No me atrevería a poner en tela de juicio las palabras de la Primera Ministra finlandesa. Pero, al llegar estas fechas navideñas, deseo a todos mis amigos que disfruten de estas fiestas con la misma intensidad y alegría que lo hacían cuando eran niños. Porque, entonces, cualquier detalle, por pequeño que fuera, era motivo de alegría y daba la razón a cuantos creíamos en la magia de la Navidad, o en la del día de Reyes. Al tiempo que les pido que tengan un pensamiento y guarden el más estricto respeto para todas aquellas personas que, por distintos motivos, no estarán en condiciones de celebración alguna.

Aun siendo los humanos diferentes en el color de la piel, la raza, el idioma, el sexo, el pensamiento político o religioso, en la riqueza o en la pobreza, y en tantos otros aspectos, tan sólo otorgaremos el debido respeto a nuestro prójimo, cuando hayamos logrado alcanzar el exigible nivel de cultura. Y, por supuesto, nos hayamos preocupado y esforzado por lograr que nuestros hijos nos superen en semejante tarea.

Estoy segura de que los anteriores baremos son utilizados por los jueces que otorgan el título del país más feliz del mundo.

Para todos los amigos y lectores que tienen la amabilidad de seguir mis publicaciones, les pido reciban mis deseos de paz y felicidad.




 
Imagen encontrada en internet:




miércoles, 18 de septiembre de 2019

Es conveniente tener en cuenta los cambios que ocurren en nuestras relaciones personales





Al igual que en otros artículos, cuando hablo de relaciones, me refiero a los diferentes nexos afectivos que podamos tener con familiares, amistades o parejas. También, al trato que otorgamos a las personas que vamos conociendo. Por lo tanto, quisiera que leyeran mis palabras teniendo en cuenta que son aplicables en contextos diversos.

Los cambios son parte de nuestra vida, aunque parezca que no se hayan producido. Algunos pueden ser casi imperceptibles, ya sea para uno mismo o para los demás. Otros, surgidos tras épocas de crisis, son grandes cambios. Suelen ser bastante evidentes, aunque, siempre habrá personas que no quieran verlos o prefieran ignorarlos.

Es conveniente tener en cuenta esos cambios que ocurren en nosotros y en nuestras relaciones. Para ello, además del autoconocimiento e introspección, debería haber apertura, sinceridad, respeto y la posibilidad de hablar sobre lo que es diferente, o lo que ya no es como era, llegando a acuerdos que sean válidos.

Conocemos a personas que no parecen evolucionar, que se aferran al pasado y a lo que les enseñaron. Pretenden que las cosas se hagan como siempre se hicieron en su familia, en las amistades que eligieron y en el núcleo social en el que quisieron incorporarse. No se dan cuenta que nadan contra corriente. Se empeñan en vivir sobre las bases de principios y modos de actuar inalterables. Pretenden que nadie se salte unas reglas que fueron inventadas en el pasado para solucionar situaciones que los momentos presentes les deparan. Consideran que todos cuantos pertenecen a su ámbito existencial deberían actuar de acuerdo al criterio que ellos tienen de lo que es correcto. Y, por eso, rechazan a quienes siguen pautas de comportamiento diferentes, llegando a cometer el grave error de calificar de impropio, equivocado y desatinado el proceder de los mismos. Y, confieso que me abstengo de reproducir los términos timoratos que ellos utilizan profusamente.

No es acertado decir que esos individuos moderan su actitud con el transcurso del tiempo. Más bien, todo lo contrario. Cada vez, son más rígidos e intolerantes con los demás. Intentan ocultar sus propios miedos: inseguridad, dolor e ira, ante la necesidad de ser tenidos en cuenta. En el fondo, bajo una máscara de perfección y bondad, serán seres asustadizos e inseguros. Cuando no, amargados, rencorosos y llenos de rabia.

Pero, es de justicia señalar que otras personas están en constante desarrollo, a partir del acceso a información que antes desconocían. Así como,  debido a experiencias que las llevan a cambiar algunas de sus viejas creencias por otras que se ajusten más a lo que ellas piensan. Así, poco a poco, vislumbran lo que antes no estaban preparados para comprender. Se van conociendo mejor y descubren qué es lo que contribuye a darles paz y bienestar emocional. Aprenden a confiar en su propio criterio y a cuestionarse si lo que reciben de otros es aceptable y enriquecedor, o si no lo es. Cuidan de ellas mismas y disfrutan con las interacciones sinceras, que les aportan elementos valiosos. Se hacen responsables de aquello que permiten en sus interrelaciones e identifican cuáles son los límites que son infranqueables, que no están dispuestas a permitir que se traspasen. Se valoran de forma más ajustada, teniendo en cuenta sus luces y sus sombras, sus puntos fuertes y aquellos de los que conviene ocuparse. Adquieren una mayor confianza en su capacidad para afrontar las dificultades que se les vayan presentando y para gestionar su vida, mientras van subiendo el listón de lo que valoran en una relación y de lo que no es negociable.

Lo deseable de nuestras relaciones es que sean enriquecedoras. Que podamos sentirnos a gusto, que nos lleven a conocernos mejor, que sean un aliciente para que se cumplan nuestros objetivos personales y los que, de forma conjunta, establezcamos para el futuro.

Quiero terminar con una frase de Lorraine C. Ladish:

La vida es demasiado corta como para desperdiciar tiempo con vínculos que nos vacían o restan energía. Y, demasiado corta, también, como para no estrechar los lazos que merecen la pena.





Bibliografía:

“Más allá del amor”, de Lorraine C. Ladish. Editorial Pirámide.



Imagen encontrada en internet: http://hopesrising.com/?p=2291



miércoles, 26 de junio de 2019

No creo que la educación recibida de nuestros padres fuera mejor que la que procuramos dar a nuestros hijos





Soy de las que consideran que las relaciones familiares de antes no eran mejores que las de hoy en día.

Por consiguiente, no puedo estar de acuerdo con quienes afirman que la educación que reciben nuestros niños y adolescentes, en la actualidad, es peor que la recibida por nosotros, de nuestros padres o abuelos. En mi opinión, se trata de una manera distinta de educar, la cual, pretende cumplir con las exigencias impuestas por la  sociedad y adaptarse a la evolución de los tiempos.  

Es natural que algunos padres tiendan a proyectar en sus hijos los mismos patrones educativos que ellos recibieron cuando eran niños. Otros, en cambio, evitarán aplicarlos por no parecerles los más adecuados. Prefieren actuar de una forma diferente a la de sus progenitores, haciendo uso de los nuevos modelos educativos que, lejos de fundamentarse en la autoridad, persiguen inculcar la responsabilidad que supone la libertad de elección.

Aunque no me gusta generalizar, me atrevo a decir que, en cada una de las familias, encontraríamos aciertos y equivocaciones en la manera de educar. Así como, diferentes formas de expresar la afectividad y de corregir a los hijos. Posiblemente, nos resultaría muy difícil estar de acuerdo con todas ellas. Por ello, recomiendo abstenerse de emitir alguna opinión, a menos que los educandos recaben algún tipo de ayuda para llevar adelante su ingente labor.

Pienso que hoy sería prácticamente imposible reproducir modelos de educación de otros tiempos, pues la vida ha cambiado de forma sorprendente. Lo que sí podemos hacer es revisar cuáles eran algunas de las enseñanzas valiosas de entonces, reflexionar acerca de ellas, y comprobar si pueden ser de aplicación en el ámbito de nuestra familia. Yo creo que encontraríamos más de una. En cuyo caso, recomendaría tratar de transmitirlas mediante nuestro ejemplo. Será la demostración patente de su vigencia en la sociedad actual y que tienen vocación de futuro, aunque provengan del pasado.

Hace unos días, me llamó poderosamente la atención un debate televisivo, a raíz de un vídeo que está circulando por las redes sociales. En el mismo, una madre está hablando por el teléfono móvil, mientras que su hija está haciendo lo posible por llamar su atención. Como es fácil imaginar, la conversación que mantenían los tertulianos giraba en torno a la demonización de los teléfonos móviles y a la utilización que de los mismos hacen los padres; la cual, aún en presencia de los hijos, les impide tener la más mínima comunicación con ellos. Los comentaristas eran ajenos a cualquier tipo de variable o problema. No se planteaban si esa madre había estado horas jugando, hablando y contándole cuentos a su hija. No sabían si tuvo que hacer una llamada urgente, ante la preocupación que tenía por la grave situación que estaba atravesando su mejor amiga. Aunque, hablara por teléfono, no se plantearon que esa madre seguía estando pendiente de su hija.

Tampoco, se plantearon que la madre pudiera juzgar necesario que su hija aprendiera a respetar esos momentos en los que, sus progenitores, estén hablando con alguien. Es muy importante que los niños aprendan que no siempre van a conseguir aquello que quieren, de manera inmediata. A veces, será necesario que esperen un poco, que se ocupen jugando o pintando, mientras la persona que está con ellos puede escucharles y atenderles. Los niños deben aprender a tener cierta tolerancia a la frustración. Deben saber que, a veces, las situaciones se presentan de forma distinta a lo que ellos quisieran.

Quienes grabaron el video en cuestión, y quienes lo difundieron, persiguieron el objetivo de centrarse en lo que sucedió, durante un breve momento; pretendiendo que fuese representativo de lo que ocurría, a lo largo del día.  Por lo que recuerdo del debate, los profesionales de los medios se centraron en lo negativo. No les interesó poner de manifiesto que un vídeo tan corto no refleja la realidad de lo que sucede en el ámbito familiar, durante el resto del tiempo. Tampoco, que pueden causar mucho daño.

Estoy de acuerdo en que debemos prestar atención a la utilización que hacemos de la tecnología y de las diferentes maquinitas o pantallas. Como ocurre con tantas otras cosas, deberemos moderar su uso, regularlo y gestionarlo. Tener en cuenta que si para nosotros lo más importante es la relación que tenemos con nuestra pareja, nuestros hijos y amigos, es preciso que les dediquemos tiempo, atención, apoyo y cuidados. Para ello, deberá haber momentos libres de móviles, ordenadores o televisión.

Lo que me molesta sobremanera es que se generalice, haciéndonos creer que todos los padres y las madres actúan de forma parecida y cometen los mismos errores con sus hijos.

No creo improcedente decir que, en todas las épocas, habrá habido padres y madres que no hayan prestado a sus hijos toda la atención amorosa y los cuidados que ellos hubieran necesitado y deseado. Por su forma de ser, por estar trabajando, debido a problemas personales o de salud, por falta de información, por exceso de ocupaciones o por su concepción sobre lo que son la educación y las relaciones familiares.

Pero, a lo largo de las distintas épocas y lugares, la mayoría de las madres, y cada vez mayor el número de padres, han estado presentes en la vida de sus hijos y les han prestado la atención necesaria. Lo han hecho con amor, procurando mantener el mayor equilibrio, ayudándoles a que se conozcan a sí mismos y a que vayan descubriendo quiénes quieren ser. Han actuado de manera respetuosa, guiándoles y siendo un buen ejemplo para sus retoños. Les han escuchado, al tiempo que han establecido unos límites saludables.





Imagen encontrada por internet: En la playa, madre e hijos. Pintura al óleo de Edward Henry Potthast.




sábado, 26 de enero de 2019

¿Existe la suerte?


 



A veces, acontecimientos totalmente ajenos a nuestra voluntad, se cruzan en nuestro camino y nos afectan de manera muy especial. Algunos de ellos, resultan ser agradables y son bien recibidos. Otros, son tan graves, que nos hacen estremecer y nos resistimos a aceptarlos.

En ocasiones, decimos que hemos sido afortunados, que hemos tenido suerte. Otras veces, que hemos sufrido un revés del destino y, en nuestro desánimo, creemos que estamos gafados.

Es difícil negar que, a lo largo de nuestra vida, puedan ocurrir algunos hechos fortuitos, difícilmente explicables por los acontecimientos que les precedieron.

Sin embargo, no todo lo que nos sucede es tan aleatorio como pareciera a primera vista. Lo que ocurre es que no lo vemos venir, por estar ocupados, distraídos o desprevenidos. Luego, pensando sobre el tema, identificamos diferentes señales que se nos habían presentado con anterioridad, las cuales, nos alertaban sobre la existencia de algún problema, advirtiéndonos, al propio tiempo, que era preciso tomar una decisión importante. Ocurre, cuando no somos capaces de darnos cuenta de que nuestros negocios van por mal camino, o ante las incipientes dificultades de relación que, al no ser detectadas a tiempo, conducirán a la ruptura en la pareja.

Otros acontecimientos sí parecen tener mucho de fortuito. Aparecen ante nosotros, de repente y sorprendentemente. Intentando hallar una explicación, analizamos cada uno de ellos con detenimiento y aventuramos la posibilidad de que, guiados por el destino, hubiésemos dado una serie de pasos que nos condujeran a su encuentro.

En cambio, hay quienes mantienen la teoría de que las personas y las oportunidades aparecen en nuestra vida, tan solo, cuando estamos preparados para apreciarlas y aceptarlas.

A veces, concurren las más rocambolescas circunstancias para que dos personas lleguen a conocerse. Lo que ocurra a partir de ese momento, dependerá de ellos dos. Influirá la forma de ser de cada uno, cómo se relacionan, el tipo de comunicación que hay entre ellos y el respeto al otro, a sus gustos, a sus planes de vida… El presente y el futuro de una relación, dependerá de lo anteriormente expuesto. Igualmente, de la capacidad de diálogo que tengan, de las decisiones que tomen, por la facilidad de adaptación entre ellos y de solucionar los problemas que puedan ir surgiendo. También, por su habilidad para afrontar los inconvenientes y los éxitos.

Una relación de pareja, una amistad, el comportamiento de los hijos, una oportunidad de trabajo o un negocio no son fruto del azar, aunque este intervenga de vez en cuando.

Para terminar, quiero agregar dos comentarios que me encontré, en diferentes publicaciones:

- “¡Qué suerte! ¡Qué hijos tan educados tienes!” -le dicen, a una madre. A lo que ella responde: “¡Pues, no! ¡No es suerte! Es amor, respeto y dedicación.”

“¿Existe la suerte? ¿O, las cosas nos llegan porque nos las trabajamos y merecemos? ¿Alguien está donde está si no quiere de verdad estarlo? ¿Es la buena o la mala suerte la que nos hace estar como estamos? ¿O, siempre hay una puerta de salida? Yo creo que, nos quejemos, o no, de nuestra situación, nunca se debe a la suerte. Con esto, lo que quiero decir es que vuestra relación seguramente no es fruto de la suerte sino de vuestro trabajo, vuestras decisiones, vuestra valentía, que os hace ser especiales y atraeros. Es la actitud ante la vida la que nos lleva donde estamos. Vosotros, os lo habéis currado.”




Imagen encontrada en internet, modificada para el blog: