Uno de esos días en los que hablábamos de diferentes temas, Lucía quiso hacerme partícipe de sus reflexiones en torno a un problema que se le había presentado repetidas veces. Me confesó que, para ella, era difícil relacionarse con quienes son muy vehementes, tratan de imponer a otros su punto de vista y suelen manipular la información, impidiendo que pueda establecerse con ellos una conversación dentro de un plano de igualdad.Mi amiga se había ido encontrando con personas que actuaban de la manera descrita. A pesar de lo cual, seguía sorprendiéndose al constatar la habilidad que los individuos poseían para darle la vuelta a la realidad. Se le mostraban como unos seres indefensos, perseguidos, acosados e incomprendidos.Casi siempre, se veía obligada a callar o a hacer tímidos intentos para expresar lo que ella quería decir, al encontrarse ante la tergiversación de sus palabras o con impedimentos para conseguir un acuerdo válido que pudiera ser satisfactorio para ambos. Era como si se topara con un muro de piedra, imposible de traspasar. Esto la inquietaba, ya que sólo le sucedía con algunas personas, mientras que, con las demás, no tenía problemas para comunicarse de manera eficaz.Me decía que le resultaba más fácil comunicarse con gente asertiva, que escuchaba con atención; con la cual, se podían mantener y defender posturas diferentes, al hacer gala de una gran delicadeza y de un profundo respeto.Me comentaba, igualmente, que se sentía con mayor libertad de expresión al comunicarse con personas que no formaban parte de su núcleo más cercano. Probablemente, porque no existían unos vínculos que ella consideraba que debían preservarse. Lo cual sucedía, cuando se trataba de familiares, amistades o gente de su entorno laboral, por el peligro de que pudieran romperse estos vínculos, ante la imposibilidad de llegar a acuerdos.Les ruego que me permitan poner un énfasis especial en lo diferente que es comunicarnos con algunas personas, cuando todo se puede decir, desde el respeto. Sabiendo que seremos escuchados y que la otra persona no se tomará lo que digamos como una ofensa personal.¡Qué importante es que escuchemos atentamente a quien nos habla! ¡Y, a su vez, sentir que la otra persona está pendiente de lo que le decimos!No tengamos miedo de preguntar aquello que necesitemos saber. Tampoco, de pedir más información, ni que nos aclaren algunos puntos sobre los que tengamos dudas. Finalmente, no estará por demás hacer un resumen de lo que hemos entendido y someterlo a la consideración de nuestro interlocutor. De tal manera, tendremos la seguridad de haber captado perfectamente el mensaje y estaremos en condiciones de tender los puentes que habrán de acercarnos.Imagen encontrada en internet: https://culturainutiloblog.files.wordpress.com/2014/10/animated_cartoon_26.jpg?w=456&h=456
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sábado, 11 de mayo de 2019
Comunicarse con los demás, desde la libertad y el respeto
sábado, 26 de enero de 2019
¿Existe la suerte?
A veces, acontecimientos totalmente ajenos a nuestra voluntad, se cruzan en nuestro camino y nos afectan de manera muy especial. Algunos de ellos, resultan ser agradables y son bien recibidos. Otros, son tan graves, que nos hacen estremecer y nos resistimos a aceptarlos.En ocasiones, decimos que hemos sido afortunados, que hemos tenido suerte. Otras veces, que hemos sufrido un revés del destino y, en nuestro desánimo, creemos que estamos gafados.Es difícil negar que, a lo largo de nuestra vida, puedan ocurrir algunos hechos fortuitos, difícilmente explicables por los acontecimientos que les precedieron.Sin embargo, no todo lo que nos sucede es tan aleatorio como pareciera a primera vista. Lo que ocurre es que no lo vemos venir, por estar ocupados, distraídos o desprevenidos. Luego, pensando sobre el tema, identificamos diferentes señales que se nos habían presentado con anterioridad, las cuales, nos alertaban sobre la existencia de algún problema, advirtiéndonos, al propio tiempo, que era preciso tomar una decisión importante. Ocurre, cuando no somos capaces de darnos cuenta de que nuestros negocios van por mal camino, o ante las incipientes dificultades de relación que, al no ser detectadas a tiempo, conducirán a la ruptura en la pareja.Otros acontecimientos sí parecen tener mucho de fortuito. Aparecen ante nosotros, de repente y sorprendentemente. Intentando hallar una explicación, analizamos cada uno de ellos con detenimiento y aventuramos la posibilidad de que, guiados por el destino, hubiésemos dado una serie de pasos que nos condujeran a su encuentro.En cambio, hay quienes mantienen la teoría de que las personas y las oportunidades aparecen en nuestra vida, tan solo, cuando estamos preparados para apreciarlas y aceptarlas.A veces, concurren las más rocambolescas circunstancias para que dos personas lleguen a conocerse. Lo que ocurra a partir de ese momento, dependerá de ellos dos. Influirá la forma de ser de cada uno, cómo se relacionan, el tipo de comunicación que hay entre ellos y el respeto al otro, a sus gustos, a sus planes de vida… El presente y el futuro de una relación, dependerá de lo anteriormente expuesto. Igualmente, de la capacidad de diálogo que tengan, de las decisiones que tomen, por la facilidad de adaptación entre ellos y de solucionar los problemas que puedan ir surgiendo. También, por su habilidad para afrontar los inconvenientes y los éxitos.Una relación de pareja, una amistad, el comportamiento de los hijos, una oportunidad de trabajo o un negocio no son fruto del azar, aunque este intervenga de vez en cuando.Para terminar, quiero agregar dos comentarios que me encontré, en diferentes publicaciones:- “¡Qué suerte! ¡Qué hijos tan educados tienes!” -le dicen, a una madre. A lo que ella responde: “¡Pues, no! ¡No es suerte! Es amor, respeto y dedicación.”“¿Existe la suerte? ¿O, las cosas nos llegan porque nos las trabajamos y merecemos? ¿Alguien está donde está si no quiere de verdad estarlo? ¿Es la buena o la mala suerte la que nos hace estar como estamos? ¿O, siempre hay una puerta de salida? Yo creo que, nos quejemos, o no, de nuestra situación, nunca se debe a la suerte. Con esto, lo que quiero decir es que vuestra relación seguramente no es fruto de la suerte sino de vuestro trabajo, vuestras decisiones, vuestra valentía, que os hace ser especiales y atraeros. Es la actitud ante la vida la que nos lleva donde estamos. Vosotros, os lo habéis currado.”
Imagen encontrada en internet, modificada para el blog:
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sábado, 15 de diciembre de 2018
“El error que cometí con mi afligida amiga”, por Celeste Headlee
Nos cuesta saber cómo proceder, o qué decir, ante el dolor de otra persona. Por ello, en ocasiones, al tratar de transmitirle nuestro apoyo, nos equivocamos en la forma de hacerlo. A veces, nos ocurre algo parecido cuando alguien tiene miedo, cuando está nervioso, enfermo… Y, también, cuando está contento. Parece que es difícil lidiar con las emociones, tanto las ajenas como las propias.En este blog, suelo escribir acerca de temas que me hacen pensar. En ocasiones, les traigo las palabras de otras personas, cuando creo que pueden ser inspiradoras para nosotros. Lo que aquí encontraremos no es privativo de quien lo narra. Es algo que sucede con frecuencia, pero no nos damos cuenta. Es como un comportamiento automático e irreflexivo. Nosotros mismos hemos sido víctimas de ello, al igual que, en otras ocasiones, hemos sido quienes hemos contado lo ocurrido, sin tener en cuenta los sentimientos y las emociones de nuestro interlocutor. Es posible que comencemos a percibirlo, a partir de hoy, si intentamos ponernos en el lugar de estas dos amigas. Queremos ser simpáticos, empáticos, cariñosos, comprensivos… Pero, el resultado no es el esperado ya que, sin quererlo, podemos mostrarnos verdaderamente antipáticos e insensibles.Comparto con ustedes algunos apartados de un texto de Celeste Headlee, “The Mistake I Made With My Grieving Friend” (El error que cometí con mi afligida amiga). La autora nos hace partícipes de un incidente incómodo que le sucedió cuando una amiga suya estaba triste y ella no estuvo a la altura de lo que le sucedía. No escuchó lo que su amiga quería decirle y, en cambio, empezó a hablar sobre una historia personal suya. Esa experiencia, la llevó a analizar su comportamiento en otras situaciones semejantes. Fue cuando se dio cuenta de que tenía la tendencia de actuar de esta manera. Y, llegó a la convicción de que debía hacer algo para corregir su conducta, pues hacía daño a las personas que estimaba.El último párrafo del texto que les presento nos ayuda a ver que es posible actuar de una forma cercana, acompañando en silencio, siendo respetuosos y escuchando atentamente. Nos sorprenderemos, cuando nos digan que les hemos brindado ayuda y apoyo, aun cuando nos pueda parecer que hemos hecho muy poco. Muchas veces, lo que se necesita es un abrazo, una persona que nos escuche, un brindis por nuestra felicidad, un hombro sobre el que poder llorar…A continuación, les dejo con el mencionado texto:Una buena amiga había perdido a su padre hacía un tiempo. La encontré sentada sola, afuera de nuestro lugar de trabajo, sin moverse, con la mirada perdida en el horizonte. Estaba muy afligida y yo no sabía qué hacer. Es fácil decirle algo equivocado a alguien que está sufriendo por una pérdida y que se siente vulnerable. No se me ocurrió mejor cosa que empezar a hablar de cómo yo había crecido sin un padre. Le dije que se había ahogado en un submarino cuando yo tenía solo nueve meses y que siempre había lamentado su muerte, aunque nunca llegara a conocerlo. Quería que supiera que no estaba sola, que yo había pasado por algo similar y podía entender cómo se sentía ella.Después de haberle relatado esta historia, mi amiga exclamó, con sarcasmo: “Fenomenal, Celeste, tú ganas. Nunca tuviste un padre y yo, al menos, pude pasar treinta años con el mío. Lo tuyo fue peor. Imagino que no debería sentirme tan triste porque mi padre haya muerto recientemente.”Yo estaba sorprendida y avergonzada. No obstante, mi reacción inmediata fue la de defenderme. “¡No! ¡No!” -exclamé-, “¡Eso no es lo que quise decir! Solo me refería a que sé cómo te sientes.”Y ella me respondió: “No, Celeste, no lo sabes. No tienes ni idea de cómo me siento.”Ella se fue. Yo me quedé allí, viendo cómo se alejaba y sintiéndome mal. Le había fallado a mi amiga. Quería consolarla y, en cambio, había hecho que se sintiera peor. Aunque, seguía pensando que ella había interpretado mal mis palabras. Al encontrarse muy triste, me había atacado injustamente, cuando yo, tan solo, trataba de ayudar. Pero, la realidad es que ella no había malinterpretado lo que yo había dicho. Entendió lo que estaba pasando, tal vez, mejor que yo.Puede que hubiese intentado mostrar empatía hacia ella, al menos en un nivel consciente. Aunque, lo que realmente hice fue restar importancia a su dolor y dirigir la atención hacia mí. Mi amiga quería hablar conmigo sobre su padre y contarme cómo era; así, podría hacerme una idea de la magnitud de su pérdida. En cambio, le pedí que se detuviera por un momento y escuchara la historia sobre la trágica muerte de mi padre.A partir de ese día, empecé a notar que, a menudo, respondía a lo que me contaban, con relatos acerca de mis propias experiencias. Mi hijo me contaba sobre un desencuentro con un niño en los Boy Scouts, y yo le hablaba sobre una chica con la que tuve problemas en la universidad. Cuando despidieron a una compañera de trabajo, le hablé sobre lo que a mí me sucedió cuando fui despedida unos años antes.Cuando comencé a prestar más atención a la manera como la gente respondía a mis intentos de mostrar empatía, me di cuenta que el efecto de compartir mis experiencias nunca era el que yo quería. Lo que necesitaban todas esas personas era que los escuchara y me diera cuenta de lo que estaban sintiendo. En su lugar, los obligaba a escucharme y a comprender lo que yo les contaba sobre mí.Ahora, trato de ser más consciente de mi tendencia a compartir historias y a hablar sobre mí misma. Trato de preguntar cosas que animen al otro a continuar hablando. También, he hecho un esfuerzo consciente por escuchar más y hablar menos.Recientemente, tuve una larga conversación con una amiga que estaba pasando por un divorcio. Hablamos por teléfono durante unos cuarenta minutos, y casi no emití palabra. Al final de la llamada ella me dijo: “Gracias por tus consejos. Realmente me ayudaste a resolver algunas cosas.” La verdad es que no le había ofrecido ningún consejo. La mayor parte de las cosas que dije eran versiones de “suena difícil”, “lamento que estés pasando por eso”. Ella no necesitaba consejos o historias sobre mí. Simplemente necesitaba ser escuchada.
Fuente: “The Mistake I Made with My Grieving Friend”Imagen encontrada en internet:
miércoles, 5 de diciembre de 2018
Nuestra participación en las redes sociales
Quisiera que reflexionáramos sobre nuestra participación en el mundo digital. Será diferente en función de la naturaleza de cada internauta y tendrá en cuenta la influencia de un buen número de elementos.Variará de acuerdo a sus motivaciones, al tiempo del que disponga, su estado de ánimo, lo que le preocupe o necesite en un momento dado… Todo lo cual, afectará la frecuencia y las temáticas que publique en su página personal o en los grupos a los que pueda pertenecer. También, influirá en su forma de responder a lo que otros compartan.Algunos internautas pasan casi inadvertidos. No sabemos si ellos siguen o leen lo que otros publican, pues rara vez dejan un comentario o una reacción en las publicaciones que se les ofrecen. Otros, solo reaccionan ante ciertos contenidos, lo que nos lleva a recordar que siguen formando parte de nuestra familia virtual. Hay quienes suelen dar su opinión, o bien, trasladar sus comentarios, facilitando, de tal manera, nuestra recíproca comunicación.Me llama la atención que, a pesar de ser llamadas redes sociales, se ponga escasamente en práctica la interacción con otras personas. Hay quienes pareciera que publicasen para ellos mismos, guardando en su página las imágenes y escritos que les parecen interesantes, prescindiendo de sus amigos virtuales.Otros, están buscando de manera constante la aprobación de los demás y les afecta mucho la falta de respuesta a sus publicaciones. Dentro de este grupo se encuentran quienes son aficionados a compartir fotos personales, suyas o con familiares y amigos.Los hay que juegan al despiste, compartiendo temas de variada procedencia y temática. Algunos, poco trascendentes. Otros, que nos invitarían a comentar y empezar un diálogo. Pero, nos abstenemos de hacerlo ante el temor de que no sean bienvenidas nuestras aportaciones.Sin afán de ser exhaustivos, también encontraremos páginas con temas personales y profesionales, en las que el internauta publica lo que le parece interesante y quiere compartir con otras personas. En las mismas, son bienvenidos los comentarios y se procura establecer un diálogo con quienes quieran dejar plasmada su opinión.Es innegable que las redes sociales nos permiten entrar en contacto, indistintamente, con seres que viven en lugares cercanos, o remotos. A estos últimos, sería casi imposible que llegáramos a conocer, si no existiera internet. Resulta curioso constatar cómo establecemos un cálido diálogo con personas lejanas, de mentalidad distinta a la nuestra, que, en cambio, nos viene negado por individuos mucho más cercanos a nuestro propio entorno. Es preciso tener especial cuidado, ya que la cercanía que experimentamos puede ser ilusoria o pasajera. Por otro lado, como en cualquier otra relación, esta deberá ser alimentada y cuidada por ambas partes, o se corre el peligro de que se vaya diluyendo en el transcurso del tiempo.La intervención en los grupos merece una mención aparte. Como puntos positivos, si la comunicación es respetuosa, iremos conociendo a nuevas personas con las que nos unen temas en común. Tendremos acceso a contenidos diversos, encontrando información que sería difícil descubrir en otros lugares. Pero, es preciso tener en cuenta que somos diferentes en la manera de decir las cosas y de participar en las conversaciones. Y, si no estamos atentos, pudiera ocurrir que demos pie a que surjan fricciones innecesarias.
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