Hace unos días, intercambiamos comentarios sobre distintas publicaciones que aludían al tipo de relación que mantenemos con los niños. Sobre su educación, su autonomía y sobre el respeto que debemos infundirles, hacia la familia, hacia los amigos y hacia las personas, en general. También, del que nosotros les debemos, a los niños, en todo momento.Como consecuencia de las conversaciones mantenidas, hubo algunos comentarios que llamaron mi atención. Pero, todos ellos, sin excepción, me llevaban a tener que escribir sobre las decisiones de los niños.Quisiera referirme a un mensaje que escribió Mariángeles: “La educación, y respetar para ser respetado, deberían bastar para que todo avanzara positivamente”. Afirmación con la que estoy de acuerdo, si bien, soy consciente de que puede haber variadas interpretaciones de esa frase. Todo dependerá de cuál sea el concepto que cada uno tenga acerca de la educación y del respeto.Paloma sugirió que “sería interesante aclarar, en una publicación, el verdadero significado de esos dos términos”. Le comenté que no era tan sencillo, ya que coexisten diferentes criterios acerca de cómo debemos proceder al educar. (Si debemos permitir que los niños vayan creciendo en autonomía y responsabilidad, si hay que estarles diciendo qué es lo que deben hacer, si es conveniente repetirles mil veces lo que sucederá si no lo hacen, si deberemos protegerles de cualquier percance; e, incluso, evitar que tomen decisiones erróneas…) En cuanto al respeto, algunos piensan que los hijos deben acatar lo que dicen los padres, como si lo que ellos dijeran fuera infalible. Mientras que otros, creen que el respeto es mutuo. Que si mostramos respeto, en nuestro trato con el niño o el adolescente, éste aprenderá, a su vez, a respetarnos a nosotros, y a los demás.Como podrán imaginarse, aclarar esos dos términos podría ser objeto de varios tratados. Debido a la importancia que tienen, en futuros escritos procuraré referirme a los mismos. Por el momento, me interesa dar unas pinceladas sobre un tema tan importante y extenso, como es la toma de decisiones por parte de los niños.Algunas personas consideran que los niños, desde muy pequeños, merecen ser escuchados, que es conveniente que vayan tomando sus propias decisiones sobre aquellos temas en los que sea pertinente que lo hagan, de acuerdo con su edad. Otros, piensan que si permitimos que los niños tomen sus decisiones éstas no serán las más acertadas. Finalmente, hay quienes están convencidos de que los niños no pueden decidir, que no tienen nada que opinar ante lo que ordenan los adultos, ya que deben limitarse a obedecer. Son distintos puntos de vista.Mi postura al respecto, es que conviene que los niños vayan aprendiendo a decidir y a solucionar los problemas que se les presenten, con cierta guía y con nuestra colaboración, ayudándoles a reflexionar sobre aquellos aspectos que no han tenido en cuenta, recordándoles ciertas normas y costumbres familiares, ayudándoles a que profundicen en los temas que llamen su atención.Cuando escuchamos la opinión de los niños y fomentamos que, poco a poco, vayan adquiriendo más autonomía para tomar algunas de las decisiones que les afectan directamente, estamos mostrándoles que les respetamos y valoramos su opinión, aunque no siempre se pueda hacer lo que ellos proponen, por diferentes motivos plenamente justificados.Hay quienes piensan que el hecho de permitir que los niños y adolescentes tomen sus propias decisiones conduce a la comisión de equivocaciones. Otras personas consideran que las decisiones que adopten puedan ser muy poco convenientes. Ante este planteamiento, se me ocurren diferentes temas a tener en cuenta. Lo primero que viene a mi mente es preguntarnos si las decisiones que toman los adultos por sus hijos, siempre son las más convenientes o acertadas. ¿Nunca se equivocan? ¿Son infalibles? Mi respuesta a esas preguntas es que no; ya que pueden cometer errores, tal como sucede en otros muchos ámbitos de la vida.Tengo otro interrogante: ¿quién decide lo que es acertado, lo que está equivocado o lo que puede ser inconveniente? ¿Es el punto de vista del padre, o el de la madre, el que debe primar? ¿Será en función de los asuntos que se traten? En tal caso, ¿a quién corresponde tomar la decisión? ¿Y, los niños? ¿Tienen algo que decir, al respecto?Habrá un gran campo de actuación para que niños y adolescentes vayan entrenándose en decirnos lo que piensan de algo, lo que ellos harían o les gustaría hacer. Que nos señalen aspectos que ellos ven y en los que nosotros no habíamos reparado. También, hay muchas decisiones que ellos pueden tomar, por sí mismos, o con nuestra colaboración y guía.En ocasiones, querrán decidir sobre asuntos que a ellos no les corresponde resolver. Yo no veo mal que tengan esta inquietud, pero no podemos dejar en sus manos decisiones que son responsabilidad de sus progenitores o educadores. Aprenderán que hay ámbitos en los que pueden tener mayor autonomía para escoger; mientras que, en otros asuntos, tan solo podrán sugerir, opinar, preguntar y protestar. Todo lo cual, tendremos que tener en cuenta, a la hora de tomar una decisión.No puedo estar de acuerdo en que, debido a su corta edad y poca experiencia, los niños tomen decisiones que no son convenientes para ellos. Como la de querer soltarse de nuestra mano, al cruzar una calle o en medio de una multitud, saltar desde una gran altura o montarse en una atracción no apta para menores. Querer ver una película no apta para ellos, sin nuestra supervisión y comentarios pertinentes. Jugar a videojuegos violentos o tener cuentas en las redes sociales, cuando todavía no están preparados para ello. Habrá otras decisiones que pueden hacer daño a otros, por lo que habría que someterlas a nuestro control o impedirlas: Jugar con objetos o en lugares peligrosos, pelearse con alguno de sus hermanos o compañeros, molestar o, peor aún, maltratar a los animales domésticos, así hasta un ilimitado número de acciones indebidas.Contrariamente a lo expuesto en el párrafo anterior, soy partidaria de no limitar indiscriminadamente la toma de decisiones, por parte de los niños, con la excusa de que podrían equivocarse. Todos cometemos errores. Porque, al tomar un camino, no sabemos con absoluta certeza si conseguiremos lo que deseamos o si llegaremos a donde nos habíamos propuesto. Es el riesgo que debemos asumir, ya que es inevitable que salgan mal varias de las decisiones que tomemos. Ello, a pesar de haber tenido en nuestras manos la mayor información posible.Lo que pretendo poner de relieve es la conveniencia de que los niños se vayan entrenando en la toma de decisiones y en la solución de problemas, desde que son pequeños. Donde proceda, con la tutela de sus padres y educadores. De no ser así, ¿cómo aprenderían a tener la suficiente autonomía y ser dueños de sí mismos, cuando sean adultos?Imagen encontrada en internet:
Artículos y mensajes que ayuden a reflexionar sobre la vida, las relaciones interpersonales, familia, pareja, psicología, pensamiento, creatividad...
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sábado, 16 de febrero de 2019
Sobre la toma de decisiones, por parte de los niños
viernes, 28 de julio de 2017
“Carta a mí mismo”: reflexiones sobre la necesidad de tomar las riendas de nuestra propia vida
Me preocupa constatar cómo a mucha gente se le enseña a obedecer, a creer que el pensamiento de otros es más importante que el suyo propio, a no confiar en su criterio y a depender del de los demás. Algunos, siguen esos mandatos familiares y sociales durante toda su vida, sin cuestionarlos ni revisarlos. Otros, afortunadamente, recorren un camino distinto, buscando respuestas en su interior, profundizando en el conocimiento de sí mismos, aunque, no les importe recurrir al diálogo con otras personas. Procuran escuchar y aprender, lo cual, no implica que renuncien a su propio criterio.Hay quienes viven la vida esperando que, sin hacer ellos casi nada, se produzca un cambio en las circunstancias que les envuelven, en las creencias de la gente y, sobre todo, que cambien de criterio las personas que les rodean para que puedan actuar con ellos, de forma diferente. Suelen centrarse, igualmente, en lo que, en su criterio, fueron equivocaciones, protestando de las decisiones tomadas por ellos mismos, o por cualquier otro individuo. Pasan de un extremo al otro, culpándose a sí mismos, o a los demás, eludiendo su propia responsabilidad y renuncian a su capacidad para actuar de manera diferente. Se pasan la vida rememorando el pasado o proyectando un futuro utópico; mientras tanto, se olvidan de vivir el momento presente, que es el único en el que pueden actuar, disfrutar y vivir plenamente.Desde hace unos meses, tenía guardada una carta escrita por Francisco J. Ángel Real, quien más tarde pasó a utilizar el pseudónimo de Anand Dílvar, para publicarla en mi blog, porque me gustó mucho cuando la leí. Se titula “Carta a mí mismo” y es una de las cuatro cartas imaginarias que se incluyen en su libro titulado “El esclavo”, una obra de muy pocas páginas y de fácil lectura; la cual, no obstante, nos deja muchos temas para pensar.El texto de la misiva es suficientemente elocuente, por lo que, sin más comentarios, he pensado que les gustaría compartirlo conmigo. Espero que les guste.Estimado amigo:Me llamo amigo, porque eso es lo que quiero ser conmigo mismo ahora. Por mucho tiempo yo fui mi peor enemigo, de hecho, fui mi único enemigo.Fui yo el que permitió que el miedo dominara mi vida. Fui yo el que se aferró a las penas del pasado para llenar mi presente de sufrimiento. Era mi propia voz la que escuchaba en mi cabeza y que me convencía de no merecer lo bueno y que me hacía sentir menos que los demás.Fui yo mismo el que me llené de inseguridades y dudas, de celos y resentimientos. Fui yo mismo el que me juzgué y me critiqué en todo lo que hacía. Yo mismo afecté mi salud y mi bienestar y fui yo mismo el responsable de los problemas en mi vida. En mí estaba la solución y en mí estaban todas las respuestas.Fui yo mismo el acusado, el juez y el verdugo de mi propia vida. Yo mismo dicte las sentencias y yo mismo me impuse castigos.Y, sin embargo… hoy me perdono todo, porque me doy cuenta que siempre hice lo mejor que pude. Comprendí que fui un ser sensible y vulnerable como lo son todos los seres humanos y que las experiencias de mi vida moldearon mi personalidad. Hoy rechazo la culpa que siento por mis errores ya que en nada ayuda y nada soluciona.Aprendí tarde, que era yo capaz de cambiar mi vida a pesar de mis heridas y de las situaciones que me rodearon. Tarde comprendí que era yo mi propio dueño, que mis pensamientos moldearon mi existencia, que no era un esclavo de las circunstancias y que en mí estaba el poder de mejorar, de cambiar y de vivir en armonía.Puedo ver ahora que mi vida fue maravillosa a pesar de las pérdidas y heridas que todos compartimos. Agradezco la oportunidad que tuve de ver, de oír, de sentir, de saborear, la oportunidad de compartir con otros mi vida y la oportunidad de amar a mis semejantes.Hoy me deshago de viejos resentimientos hacia otros y hacia mí mismo.Hoy rompo las cadenas con las que yo mismo me até.Hoy me libero del miedo y de la culpa.Hoy me perdono por todos mis errores.Hoy admito que nadie tiene control sobre mis pensamientos.Hoy admito que nadie tiene control sobre mis sentimientos.Hoy me libero de todas mis heridas.Hoy es un buen día para morir.Me quiero…Atentamente, la persona más importante de mi vida.Bibliografía:“Carta a mí mismo” está incluida en el libro: "El Esclavo", de Francisco J. Ángel Real, conocido con el seudónimo de Anand Dílvar.
Nota: “EL esclavo” es un libro que narra la experiencia de alguien que estando en coma da a conocer sus pensamientos y reflexiones. La carta la escribe cuando se supone que le quedan seis horas de vida para ser desconectado. Suceden luego una serie de situaciones que le llevan a despertar del coma, con mayor conciencia, sabiduría y amor, tanto hacia sí mismo y hacia los demás.
Imagen encontrada en Internet:http://st.depositphotos.com/1526816/3206/v/950/depositphotos_32060059-stock-illustration-a-blue-monster-writing-a.jpg
martes, 6 de junio de 2017
Sobre la normalidad de nuestros comportamientos
Desde nuestra más tierna infancia, somos objeto preferente de aprendizaje. Tanto por lo que se nos enseña de un modo explícito, como por lo que nos aportan involuntariamente, con su comportamiento, las personas que se van cruzando en nuestro camino, a lo largo de nuestras vidas.Es posible que no reparemos en la influencia que, en mayor o menor grado, pueda tener aquello que asimilamos mediante el ejemplo. Pero, muchas lecciones se van recibiendo de manera informal, sin ser conscientes de ellas y sin reflexionar sobre el beneficio o los inconvenientes que nos aportan.Con demasiada frecuencia las palabras que nos dirigen nuestros familiares, amigos y conocidos, no se corresponden con su posterior comportamiento. Lo cual, nos produce desorientación y, por qué no confesarlo, puede llegar a sembrar dudas sobre el concepto que nos habíamos formado de ellos.En tales casos, se dará la paradoja de que, a pesar de pretender transmitirnos determinados valores, el mensaje que nosotros extraeremos será el que vaya en consonancia con sus acciones; porque, éstas, tienen mucha más fuerza que cualesquiera sean las palabras que nos hayan dirigido. El refrán popular lo dice: “obras son amores y no buenas razones”. Por mucha atención que prestemos a las palabras, son los hechos de los demás los que nos sirven de ejemplo inspirador de nuestra conducta.Podríamos creer que ciertas formas de actuar son adecuadas, porque las percibimos en muchas personas y porque también son transmitidas a través de los cuentos, las canciones, los libros o los medios de comunicación. Nos encontramos expuestos a ellas de forma repetitiva y, si pensamos que otros individuos obtienen beneficios, tendremos una mayor inclinación a asumirlas como propias. Pero, conviene saber que habrá unos “inputs” que nosotros iremos asumiendo, casi sin darnos cuenta, relativos al trabajo, al dinero, a la forma de lograr lo que se desea y cómo relacionarnos con otros seres para conseguirlo. Por todo cuanto antecede, es fundamental que pongamos nuestro propio filtro a cuantas actuaciones puedan resultarnos dañinas.Consideramos que los comportamientos que son habituales en nosotros, en nuestros familiares o en el medio en que vivimos, son los apropiados para relacionarnos con nuestra pareja, con la familia, con los hijos, con los amigos, con los compañeros o con el resto de las personas. Aunque, quisiera lanzar un mensaje de atención porque podría ocurrir que, en ocasiones, llegásemos a considerar apropiado actuar con agresividad. O, creer que lo más indicado es la pasividad y la resignación ante los atropellos y agravios de otros.Llegados a este punto, desearía hacer una aclaración. Que algo sea normal, no significa que sea bueno o malo, adecuado o inadecuado, justo o injusto; sólo nos dice que es aceptado y defendido por un gran número de personas, sin cuestionarlo.Procede tener mucho cuidado con las formas que utilizamos para comunicarnos. Darle importancia a los estilos educativos, al respeto hacia lo que piensa el otro, evitando por todos los medios la imposición de nuestras propias ideas.Resulta fundamental encontrar un equilibrio entre lo que sería un abuso de poder o, en el polo opuesto, el abandono del uso de la autoridad; entre la pretensión de una obediencia ciega o permitir que cada uno haga lo que quiera.Procurar no ser cicateros en llevar a cabo aquellos gestos que demuestran tener en cuenta lo que los demás piensan y sienten, prescindiendo de actuaciones y comentarios que se hacen sin prestar atención a cómo puedan lesionar a sus destinatarios.Habrá que tener bien claro que cada sujeto es quien decide cómo va a comportarse con los demás y qué tipo de persona quiere ser. Sin importar la cantidad de individuos que puedan haber contribuido a que sea como es, la responsabilidad sobre su vida es suya, no de otros. Cada cual, habrá de escoger el perfil de las personas de las que quiera rodearse y deberá establecer unos límites en sus relaciones, definiendo cuáles conductas son aceptables y aquellas que no está dispuesto a permitir.
Imagen encontrada en Internet: La escalera de la violencia por Humánima y Lorenzo.
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martes, 20 de diciembre de 2016
Seamos protagonistas de nuestra propia vida, sin inculpar a otras personas de todo aquello que nos sucede
Los niños empiezan a dar señales de su personalidad, desde su más tierna infancia.Algunos, son bastante independientes. Otros, sienten una gran necesidad de recibir la atención y el afecto de quienes les rodean. Pueden dar señales de rebeldía o mostrase sumisos y obedientes. Desde muy pronto, percibimos la fortaleza de carácter de ciertos niños, a los cuales parecen no afectar, al menos en apariencia, los regaños, los gritos o incluso que les peguen o les castiguen. En contraposición, con los que no pueden soportar que les reprendan, rechazando categóricamente que se les grite o se les pegue, sin importar que sea a sus compañeros, o a ellos mismos, a quienes se dirijan los mayores.Identificamos fácilmente a los que son muy comprometidos con lo que hacen, de la misma manera que lo hacemos con los que son muy descuidados. Los hay que son muy tiernos y amorosos; mientras que, otros, se manifiestan con indiferencia, llegando a ser ariscos, incluso. Sin darnos apenas cuenta, solemos ser condescendientes con quienes son expertos en conseguir de los demás lo que ellos quieren o necesitan, mientras que ignoramos a los que no saben pedir lo que desean o aquello que les hace falta.Esta capacidad de percepción sobre la personalidad de los niños, raramente la aplicamos cuando se trata de analizar nuestros propios comportamientos. En lugar de ello, tendemos a culpar a otras personas, o a las circunstancias, de todo aquello que nos sucede; sobre todo, cuando se trata de experiencias negativas.No es difícil constatar cómo, individuos que, en su discurso, parecen ser muy independientes y seguros de sí mismos, descargan gran parte de su responsabilidad en la actuación de otras personas, al pretender justificar los sucesos negativos que les han acontecido. Se escudan en que seguían “órdenes”, paternas o maternas, o del jefe, o de quien sea, sin cuestionarlas, sin pensar en el daño que podían estar causando a sus semejantes. Hay quienes se amparan en su trabajo y en sus obligaciones, como si todo lo que hicieran no fuera fruto de su propia capacidad de elección y consiguiente toma de decisiones.Buscan justificaciones por el momento histórico que les ha tocado vivir, por la forma de ser de los padres, de los hermanos, de los amigos... Porque no conocieron a su familia, porque fueron hijos únicos; o bien, porque eran muchos en casa. Igualmente alegan que, el orden numérico que se ocupa en la escala de los hermanos, influye para que cada uno sea como es. También, porque parte de la familia vivía cerca; o, por todo lo contrario, porque vivían alejados de ella. Porque los abuelos tuvieron mucha influencia o porque no los conocieron. Porque crecieron en un pueblo, en una ciudad o en un determinado país. Porque nacieron en un parto prematuro, con cierta enfermedad heredada y porque les tuvieron que operar de pequeños. Porque así les educaron o les maleducaron… Porque su familia era pobre o porque sus padres tenían una buena posición económica, aunque raras veces estaban en casa.De niños, se sintieron abandonados e ignorados; o, por el contrario, estaban demasiado pendientes de lo que hacían y no les dejaban ni respirar. Les regañaban y les castigaban. Pero, nunca, les enseñaban cómo era la forma correcta de hacer las cosas. Recibían algunos azotes si habían hecho algo “mal”, siempre de acuerdo con el criterio de quien “perdía los nervios” y no encontraba otra forma más eficaz y amorosa de corregirlos y de hablar con ellos.Ellas recordaban lo mal que lo pasaban en el colegio, cada vez que daba comienzo un nuevo curso y eran ignoradas por sus supuestas “amigas”. A aquellos chicos menos dotados físicamente, sus compañeros les hacían la vida imposible y quedaban relegados, de la misma manera que lo estaban quienes eran bajos, gordos, llevaban gafas y no sabían practicar ningún deporte. Les parecía imposible hacer amigos de verdad porque sus compañeros terminaban traicionándoles… Aparentando una amistad que no existía por estar fundamentada en el interés de recibir invitaciones para asistir a fiestas y guateques.Por lo que al amor se refiere, más excusas…Que nadie se fijaba en ellas o que los chicos atraían a las chicas equivocadas. Que no tenían suerte en el amor o que se enamoraban siempre del que estaba interesado por sus amigas y no por ellas. Que los trataban mal. Que ellas se enamoraban de otro chico y lo dejaban tirado. Que, a pesar de quererse mucho, había una serie de circunstancias que les impedían poder seguir juntos. Que, a los padres, no les gustaba esa persona; por una o mil razones, ciertas o como fruto de sus prejuicios. Y si se casaron, lo hicieron “obligados” o porque parecía ser la decisión más adecuada. Porque pensaron que estaban muy enamorados y, luego, la convivencia resultó difícil, ya que eran muy diferentes, el uno del otro. Porque tuvo que luchar por “hombres horribles” hasta encontrar a quien “fuera lo mejor de la vida”. Como si ella no hubiera tenido ninguna responsabilidad en la escogencia de sus anteriores parejas, ni en la forma como se desarrollaron esas relaciones. Como si hubiera sido la víctima inocente del comportamiento que tuvieron con ella ciertos hombres “superficiales”.Así, podemos seguir buscando excusas o formas de culpar a los demás, a las circunstancias, al mundo, de todas nuestras malas o precipitadas decisiones y de nuestra forma de actuar ante las situaciones y problemas que se nos han ido presentando a lo largo de nuestra vida.Habrá algún hecho del que realmente no seamos responsables. Pero, lo que dependerá de nosotros, será nuestra forma de afrontar esos sucesos, cómo superar las dificultades y si seremos capaces de extraer, de esas experiencias, los aprendizajes pertinentes.Muchas personas dicen que las circunstancias que les tocó vivir fueron determinantes para llegar a ser lo que realmente son. Asumieron todo, como les venía; sin creer que ellas podían actuar de otra manera. Quejándose, pero sin cambiar en forma alguna su respuesta y su actitud ante lo que iba ocurriendo, convencidas de no tener ninguna posibilidad de influir en el devenir de su propia vida. Lamentablemente, hay personas que continúan viviendo de forma pasiva, de acuerdo a lo que otros proponen para su vida futura.Es la particular combinación entre lo que uno “recibe”, con la manera cómo es y cómo actúa, lo que nos llevará, desde muy pequeños, a ir tomando multitud de pequeñas o grandes decisiones, las cuales, irán conformando nuestra forma de ser. Lo deseable es que en algún momento logremos despertar y cambiar de actitud. Que modifiquemos, si fuese necesario, nuestra forma de ver a las personas que han pasado por nuestra vida. También, la manera como interpretamos los acontecimientos que hemos vivido y toda nuestra historia personal. Procurar descubrir qué fue lo que nosotros hicimos, o dejamos de hacer, para que nuestra vida transcurriera de esa forma y no de otra. No es cierto que no hubiésemos podido tomar otras decisiones que nos hubieran conducido a hacer otra cosa diferente a la que hicimos. Simplemente, no supimos reaccionar y actuar de manera distinta a lo que nos iba sucediendo. Quisiera dejar constancia de que, siempre, llega el momento en el que es imperativo que nos hagamos responsables de nuestra existencia. De convertirnos en protagonistas de nuestra propia vida.
Imagen publicada por Pinterest, en Internet, modificada para el blog:https://s-media-cache-ak0.pinimg.com/originals/30/3d/19/303d19c57ff61ba8871b86fe5fbbcc86.jpg
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