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sábado, 24 de junio de 2017

El azar y la necesidad de control: los beneficios de estar abiertos a lo imprevisto



Quisiera referirme a la aparición del azar, como contrapunto al deseo y a la necesidad de comprender y tener bajo control lo que nos ocurre; incluso, aquello que pueda suceder a otras personas.

Mientras revisaba algunos de los escritos que he ido compartiendo a lo largo de los últimos años, era cada vez más consciente de que había publicado textos similares, en repetidas ocasiones, lo cual, me llamaba mucho la atención. Parecía que se tratase de mensajes que conviniera tener siempre presentes y sobre los que fuese necesario profundizar, de vez en cuando.

El denominador común de la mayoría de ellos era que contenían experiencias que se repiten una y otra vez, hasta que somos capaces de extraer las enseñanzas que necesitamos para poder seguir avanzando en la cumplimentación de nuestros objetivos.

Porque, el azar, aparece de la manera más insospechada, sin hacer ningún ruido ni darse la más mínima importancia. Como podría ser el hecho de escoger un libro, para cuya elección se siguen criterios aleatorios, cuando no absolutamente caprichosos. Eso fue lo que me ocurrió, hace poco, cuando estaba buscando uno que fuera liviano, para llevarlo en mi bolso y leerlo, mientras fuera en el autobús. Curiosamente, no escogí el libro por su título, por el autor o por la temática que tratara. La obra de Joaquín Lorente, “Piensa, es gratis” estaba en mi librería y no la había leído; a pesar de que hubiesen transcurrido unos seis años, desde que me la regalaran. Había estado hojeando el libro en un par de ocasiones y lo había dejado en el mismo lugar de la biblioteca. Pareciera que algunas obras se resistiesen a ser leídas. Hasta que les llega el día preciso, aquel en el que recibes con gusto la información que el autor ha querido compartir con sus lectores.

Para mi sorpresa, encontré que Lorente, en uno de los capítulos de su obra, hacía referencia al azar, tema sobre el cual yo he venido escribiendo; intentando poner de relieve las casualidades y las cosas que suceden en un momento, y no en otro.

Es la estrella que se cruza en nuestro camino aunque, en ocasiones, nos pase inadvertida. Puede ocurrir porque hay momentos en los que no estamos en las mejores condiciones de sacar provecho de lo que se nos presenta, de forma accidental. Quizás, porque nos agrade tener una vida bastante ordenada, que deje poca cabida a lo que, gracias al azar, llega a nosotros. Si no logramos relacionar, con nuestro propio quehacer, aquello que ocurre por casualidad, la mayoría de las oportunidades pasarán de largo, sin llegar a suponer una  experiencia enriquecedora.

El autor se pregunta: “¿Qué es el azar?” Y, al propio tiempo, se contesta: “Es la conexión inesperada. Y toda conexión contiene y arrastra hechos y circunstancias que, a su vez, conectadas con las nuestras, abren nuevos espacios, posibilidades, conflictos u oportunidades.”

Con el fin de poder utilizar el potencial que el azar puede ofrecernos, podemos entrenar nuestra mente para descubrir la riqueza que, lo eventual, puede traer a nuestra vida o a nuestra labor profesional: conseguir que podamos estar abiertos hacia lo imprevisto y hacia lo que había pasado inadvertido.

Es una actitud muy diferente a la que mostramos cuando nos aferramos a la necesidad de controlar o de hallar una explicación lógica a lo que ocurre, deseando captar aquello cuya comprensión se escapa de nuestras manos. Nos sorprenderemos haciendo gala de nuestra imaginación para relacionar los hechos, los pensamientos y las emociones desde diferentes puntos de vista, aunque los esfuerzos invertidos no den los frutos esperados.

Hasta que llega un momento en el que decidimos rendirnos y aceptar que algunas cosas son como son y que es mejor no seguir hurgando en ellas. Dejamos a un lado la necesidad de control, la inseguridad que nos produce el no disponer de toda la información que desearíamos tener y dejamos de rebelarnos contra lo que no es de nuestro agrado ni se corresponde con nuestras expectativas.

Cuando nos rendimos a la evidencia de que no podemos seguir intentando comprender lo que acontece, poco a poco, nos encontraremos más tranquilos y relajados. Ese estado mental de mayor apertura y serenidad nos permitirá ver lo que antes permanecía oculto. Encontraremos lo que estaba frente a nosotros pero no deseábamos reconocer. Comenzaremos a descubrir conexiones en aquello que no parecía tener ninguna relación con nosotros.

Así, nos daremos cuenta que estábamos equivocados en algunas de nuestras apreciaciones y en las conclusiones a las que habíamos llegado. Nuestra mente estará abierta a nueva información, la cual, nos llevará a explorar caminos desconocidos para nosotros. El azar tomará parte en todo ello, por lo que sería deseable que nos tuviera a nosotros como aliados y no como seres que rechazan cualquier intromisión en su forma acostumbrada de pensar o de obrar.

No actuemos como esas personas que invierten gran parte de su vida en tener todo bien atado, en saber cómo son y en construirse a sí mismos de acuerdo a como ellos piensan que debe ser su vida, siguiendo las pautas que han recibido de sus familiares y educadores. Les será difícil aceptar los imprevistos y, por ello, en caso de presentarse, procurarán volver rápidamente a su proyecto de vida, aceptando las interrupciones sólo como un paréntesis que debe ser ignorado.

Cuando estamos abiertos al azar, a la casualidad, a los accidentes, procuraremos averiguar hacia dónde pueden conducirnos, qué nos están mostrando, cuáles son esos conceptos que convendría que nos replanteáramos. Estaremos abriéndonos al poder que la creatividad tiene en nuestras vidas. Encontraremos nuevas explicaciones a lo ya acaecido, hallaremos relaciones y conexiones entre elementos dispares o alejados en el tiempo, nos abriremos a lo que nos puedan aportar otras personas, aunque sus posturas sean diferentes a las nuestras.

Transitaremos por caminos desconocidos, que, con anterioridad, ni siquiera sabíamos que existían. No seremos reverentes con el conocimiento que proviene de otros, ya que antes de aceptarlo procuraremos evaluarlo, decidiendo si estamos de acuerdo con lo que de ellos recibimos o si deseamos expresar lo que nosotros pensamos al respecto.

Nos atreveremos a ver qué pasaría si juntásemos las piezas de otra forma o si pospusiéramos la toma de una decisión hasta ver la información con mayor amplitud, teniendo en cuenta los hechos, las opiniones, lo novedoso, lo posible, lo creativo, lo negativo, lo positivo o los interrogantes que ello nos suscita.




Bibliografía:

LORENTE, Joaquín: “Piensa, es gratis”. Editorial Planeta, Barcelona, 2009.




Imagen de 123RF, encontrada en Internet, modificada para el blog: 27173224-Conjunto-de-elementos-dibujados-a-mano-para-el-dise-o-flechas-hablar-y-pensar-burbujas-Ilustraci-n-d-Foto-de-archivo






martes, 18 de octubre de 2016

Dos técnicas verbales asertivas: el disco rayado y el compromiso viable



En escritos anteriores, nos hemos referido a la asertividad y a los derechos asertivos. Lo visto hasta ahora, nos ayudará a descubrir el camino por el que poder transitar; pero, no es suficiente para mostrarnos asertivos. Para ello, las técnicas verbales asertivas nos serán de gran utilidad.

Para ser asertivos, la primera virtud que debemos adquirir es la persistencia. Repetiremos, cuantas veces sea necesario, lo que queremos; sin enojarnos, sin irritarnos y sin tener que levantar la voz.

Cuando nos encontremos con una situación conflictiva, cabe la posibilidad de que debamos insistir, manteniendo nuestra opinión o posición ante un tema, si queremos comunicarnos de una manera eficaz.

El DISCO RAYADO es una técnica verbal que nos ayudará a mostrarnos persistentes, sin necesidad de dar razones o explicaciones. Haciendo caso omiso de cuanto puedan decirnos quienes tengan como objetivo lograr que desistamos de nuestra idea o de nuestro propósito.

Cuando hacemos uso de la mencionada técnica, es conveniente que tengamos claro qué es lo que queremos conseguir. Mostrándonos firmes, insistiendo en nuestros planteamientos y concentrándonos en la cuestión que se está debatiendo. Nada de lo que diga nuestro interlocutor podrá hacer que cambiemos nuestra decisión. Seguiremos diciendo, con voz tranquila y de forma repetitiva, lo que queremos, hasta que consigamos que  nuestra postura sea respetada.

A pesar del título otorgado a esta técnica, no será necesario que utilicemos, repetitivamente, las mismas palabras; podemos tener muchas formas alternativas de exponer nuestra idea, siempre y cuando seamos fieles a lo que deseamos expresar.

Utilizaremos este recurso, cuando nos insistan en que aceptemos algo con lo que nosotros no estamos de acuerdo. Es una forma de defendernos contra sus intentos de manipulación, al pretender forzarnos a aceptar lo que ellos quieren imponernos. Estos comportamientos son frecuentes en algunas transacciones comerciales en las que desean llevarnos a su terreno, haciéndonos sentir mal, cuando no aceptamos lo que nos ofrecen. Tengamos en cuenta que ellos están acostumbrados a buscar todos los argumentos posibles para salirse con la suya y para hacernos creer que, nosotros, no llevamos la razón en nuestras peticiones. Suelen conseguir su objetivo, en caso de no mantenernos firmes en nuestra postura.

Conviene tener especial cuidado cuando utilizamos esta técnica con personas cercanas, familiares o amigos, ya que pueden pensar que estamos siendo agresivos con ellos y su tendencia será la de atacarnos a nosotros. Si necesitamos insistir en algo, no deberemos utilizar esta técnica de forma aislada, sino en combinación con otras, como son COMPROMISO VIABLE y  BANCO DE NIEBLA.

Quiero precisar algo: el hecho de que ellos quieran hacernos creer que estamos siendo agresivos, cuando solamente estamos intentando exponer lo que nosotros queremos, es una forma de manipulación y un intento de hacernos sentir culpables. Debemos estar con las antenas puestas y no entrar al trapo, si esto ocurriera.

El DISCO RAYADO es una técnica de asertividad que puede ser muy efectiva cuando tratas de hacer valer tus derechos ante una persona que está haciendo oídos sordos a lo que tú le dices.

Por ejemplo: Una amiga nos pide que le acompañemos al aeropuerto, a recoger a un amigo común; pero, nosotros no podemos ni queremos ir, porque tenemos otros planes. La primera vez que respondes puedes dar alguna explicación, si así lo deseas; pero, si te sigue insistiendo, dispuesta a convencerte de cualquier modo, puedes limitarte a repetir la misma contestación, una y otra vez: “Esta tarde no puedo ir”. Utilizando todas cuantas variantes gramaticales se te ocurran.

De este modo, no entras en debates ni discusiones y estás dejando bien claro a tu amiga que no vas a ceder, que dan igual los argumentos que pueda utilizar para convencerte, no hay nada que hacer. Cuando lo único que obtenga de ti sea un tranquilo, pero firme: "No; lamento muchísimo tener que repetirte que, esta tarde, me es imposible acompañarte al aeropuerto", se acabará aburriendo y no tendrá más remedio que desistir.

Aplicando el procedimiento del DISCO RAYADO, iremos modificando el hábito compulsivo de responder a cuantas preguntas u observaciones se nos hagan. Este hábito se basa en nuestra creencia de que, cuando alguien nos habla, “debemos” responder específicamente a lo que nuestro interlocutor nos dice. Nos daremos cuenta de cuán arraigada está en nosotros esta práctica y de cuán incómodos nos sentimos, cuando tratamos de no responder automáticamente a las interpelaciones que se nos hacen.

Algunos, piensan que pueden utilizar los derechos y las técnicas asertivas como un medio para “vengarse” o “desquitarse” de sus manipuladores, consiguiendo lo que ellos quieren que otro haga. Es conveniente precisar que eso no sería ser asertivos, sino manipuladores.

No debemos olvidarnos que nuestro interlocutor tiene derecho a decir NO y a no estar de acuerdo con nuestros planteamientos. En tal caso, es conveniente intentar llegar a una solución de compromiso en la que los dos cedan, sin que ninguno llegue a perjudicarse. Lo cual, equivale a decir que deberemos llegar a un acuerdo que sea beneficioso para ambos: un COMPROMISO VIABLE.

Cuando nuestro interlocutor se muestra asertivo con nosotros, el conflicto se establece en torno a los datos reales del problema en cuestión y no en torno a la fuerza relativa de las personalidades en juego. La solución deja de depender de quién es el mejor o el peor manipulador. Nos sentiremos igualmente bien, aunque nuestro objetivo no se haya alcanzado, en su totalidad. Bajo ningún aspecto, disminuirá la confianza en nosotros mismos; al contrario, nos daremos cuenta de que nuestra capacidad de negociación va en aumento.

En ocasiones, mediante el COMPROMISO VIABLE, nos comprometemos a hacer algo en el futuro, como una llamada para solucionar un problema: "Mañana telefonearé al distribuidor y aclararemos su reclamación". Se trata de comprometernos a algo que podamos cumplir.  Por supuesto, para mantener nuestra credibilidad y la confianza depositada en nosotros,  es importante que lo llevemos a término.

En la práctica, siempre que comprendamos que no está en juego el respeto que sentimos por nosotros mismos, da excelentes resultados ofrecer a nuestro interlocutor un COMPROMISO VIABLE.

Ejemplos:  
Podemos estar dispuestos a esperar un período de tiempo concreto para que nos cambien o nos reparen la mercancía.
Podemos acatar los deseos de nuestra amiga para ir al cine; otro día, haremos lo que nosotros hace tiempo que estábamos deseando: ir a la playa.
No es necesario que impere la voluntad de uno u otro, ¿por qué no tomar la decisión “a cara o cruz”?

Si la consecución del objetivo final pudiera poner en peligro cualquiera que fuera el valor propio que estuviera en juego, no cabría COMPROMISO VIABLE alguno.



Bibliografía:

SMITH, Manuel J.: “CUANDO DIGO NO, ME SIENTO CULPABLE”, Editorial Grijalbo, Barcelona.









Imagen encontrada en Internet. He modificado el color del fondo, para el blog.




jueves, 7 de julio de 2016

Un almuerzo con mi amiga Laura




El destino quiso que yo me tropezara con Laura, mientras hacíamos cola frente a la misma ventanilla de atención a los estudiantes, en la sala donde se hallaba ubicada la Administración de la Universidad de Navarra.

Fue ella quien se dirigió a mí para preguntarme si era colombiana. Me llamó mucho la atención que, sin haber abierto yo la boca, adivinara cuál era mi nacionalidad. Apenas me dio tiempo a asentir, cuando ya me había formulado otras dos preguntas consecutivas. A la primera, le dije que iba a preparar un Postgrado en Psicología y, a la segunda, tuve que contestar nuevamente en sentido afirmativo y decirle que, efectivamente, estaba buscando alojamiento.

-Es la razón por la cual estoy aquí -le confesé, con cierta timidez-. Para pedir información sobre las alternativas disponibles.

Fue entonces, cuando se salió de la fila, me agarró del brazo con delicadeza y me rogó que yo hiciera lo mismo. Mi cara de asombro le impulsó a contarme que ella era argentina, que se llamaba Laura, que estaba finalizando un doctorado en Ciencias Económicas y Empresariales y que había venido porque, justamente, estaba buscando cubrir una vacante que se había producido en el piso que ella compartía con otra amiga chilena. Me habló, con todo lujo de detalles, de cómo era el apartamento, de sus comodidades y de su excelente ubicación. Me pareció conveniente el importe que tendría que aportar para cubrir mi parte proporcional, en concepto de mensualidad y consumos. Sin que me diera cuenta, me encontré fuera del edificio de la Universidad, abandonando el campus, con paso decidido, camino de donde yo residiría durante el curso universitario.

En aquel bello y confortable piso, con suelo y vigas de madera, preparado para afrontar los fríos del invierno, pasé un inolvidable año en compañía de María, la compañera chilena que preparaba la Licenciatura en Derecho Canónico, y de Laura. A pesar de trabajar en materias distintas, el largo tiempo de convivencia hizo que estableciésemos una linda amistad. Sin embargo, aun a día de hoy, me pregunto cómo fue posible, teniendo Laura un carácter tan distinto a sus otras dos compañeras de piso.

Aunque en otra oportunidad hablaré de María, quisiera decir que, una vez hubo terminado nuestra estancia en Pamplona, las tres regresamos a nuestros respectivos países. Yo me esforcé por mantenerme en contacto con ambas. Laura era muy remisa a la hora de corresponder a las cartas que yo le escribía. Cuando lo hacía, se trataba de escritos cortos y escuetos en los que me hablaba de su progresión profesional. Aun cuando no contestaba a casi ninguna de las cuestiones que le exponía, yo me daba por satisfecha al confirmar que nuestra amistad  seguía estando latente.

Habrían transcurrido algo más de dos años, cuando recibí una llamada telefónica suya, faltando muy pocas fechas para la Navidad. Fue para decirme que se casaba y que quería que yo fuera uno de los dos testigos que la novia debía aportar, el día de su boda. Me adelantó la fecha prevista para el enlace y me dijo que me daría más detalles. A los pocos días de haber celebrado la entrada del nuevo año, me volvió a llamar y me dijo que se había anulado su casamiento. Me pidió disculpas y se limitó a decirme que había roto el compromiso con su novio, al darse cuenta de que existía una incompatibilidad de caracteres mucho mayor de lo que ella había imaginado, al inicio de su corta relación.

En junio de aquel mismo año, le escribí una carta anunciándole que me trasladaba a Caracas y le daba mis nuevas coordenadas. Antes de que mi familia y yo abandonáramos Bogotá por tiempo indefinido, recibí un correo urgente de Laura, diciéndome que la entidad financiera en la que trabajaba le había pedido que asumiera la dirección adjunta de su filial en Venezuela.

A lo largo de los dos años que duró el tiempo de residencia de mi marido y mío en Caracas, me vi con Laura, en muy pocas ocasiones. La primera de ellas, fue para decirme que había reservado una mesa, en un restaurante de Las Mercedes, para el siguiente viernes por la noche. Me pidió disculpas por formularnos la invitación con tan sólo dos días de antelación pero me dijo que no podíamos fallarle, que quería presentarnos a la persona con la cual iba a casarse. Se trataba de Adolfo, el presidente de una firma italiana vinculada al sector del automóvil. Casualmente, mi marido y él, habían mantenido algún contacto profesional, en el pasado. Transcurridas un par de semanas desde que hubiera tenido lugar la mencionada cena,  Joaquín me dijo que el noviazgo de su amigo con Laura, se había ido al traste. Se lo había comunicado, personalmente, el propio  Adolfo.

Para no hacer interminable esta narración, obviaré contar la historia de la relación que mi marido y yo hemos mantenido con Laura, la cual se ha distinguido por largos períodos de silencio, interrumpidos por muy cortos y escasos encuentros. Aunque, al ser mi amiga una mujer incompatible con el reposo y el descanso, todos ellos, resultaran muy intensos. Diré que, en la actualidad, es una alta ejecutiva de un Banco español con sede principal en la City londinense y es una gran enamorada de España. En alguna de las distintas ocasiones en las que ha visitado nuestro país, ha estado alojada en nuestra casa de la Costa Brava, circunstancia que propició su gran interés por el Festival Internacional de Música del Castillo de Peralada.

De forma totalmente imprevista, la pasada semana viajé a Londres para asistir a un simposio, en sustitución de la persona que debía presentar una ponencia. Cuando telefoneé a mi amiga Laura, me protestó por no haberla avisado y, después de media docena de otras tantas llamadas y no sé cuántos cambios en su agenda, logró fijar la fecha y la hora de nuestro encuentro, las cuales coincidieron con la víspera de mi regreso a Madrid. Decidió hacer reserva de una mesa en un restaurante argentino que se llama “Gaucho”, el cual está situado a cuatro pasos del hotel en donde yo me alojaba, en una calle relativamente corta, perpendicular a Piccadilly, que se llama Swallow Street. El edificio que alberga al restaurante, fue la casa de un antiguo Embajador de España en Gran Bretaña.

Llegó con cinco minutos de retraso. Apenas nos saludamos, lo primero que me preguntó fue si había comprado las entradas para el concierto del viernes, día veintidós de julio, en el Castillo de Peralada. Sonriendo, le hice un gesto afirmativo con la cabeza. Emocionada, como si de una niña se tratase,  se lanzó a hablar.

-¡Actuarán Ana Belén, Miguel Ríos, Víctor Manuel y Joan Manuel Serrat! Rememorarán la exitosa gira que dieron por toda España, hace veinte años ¡Por nada del mundo quisiera perderme este concierto! Mi vuelo llegará a Barcelona, a primera hora de la tarde, con tiempo suficiente para acomodarme y arreglarme en vuestra casa. Está previsto que el espectáculo dé comienzo a las diez de la noche. Supongo que, Joaquín, no tendrá ningún inconveniente para que vayáis a recogerme al aeropuerto.

-No tienes de qué preocuparte -le dije, mirando a sus grandes y azules ojos que brillaban de alegría-. Hemos organizado nuestras vacaciones en función de tu visita. No me has dicho cuántos días piensas quedarte.

-El fin de semana. El domingo por la tarde tengo que estar de regreso -contestó mi amiga.

-¿No piensas tomarte unas vacaciones?

-¡Ni pensarlo, Magdalena! ¡Con el Brexit, me tocará estar de guardia!

Me alargó su bolso para que yo lo custodiara, a mi lado, sobre el asiento corredizo, con respaldo, en el que me había sentado al llegar. Ella se acomodó en su silla y prestó atención al encargado del restaurante que había permanecido respetuosamente de pie, frente a nuestra mesa.

-¿Es usted argentino?

-No, señora. Un servidor es español.

-No le había visto, antes. ¿Qué ha pasado con Arturo?

-¡Nada, señora! Don Arturo está de vacaciones. Servidor, ha venido de otro restaurante, perteneciente al mismo grupo, para sustituirle temporalmente.

-¡Muy bien! ¿Cómo se llama, usted?

-Rogelio; para servirle.

-¡Encantada, Rogelio! Entonces, voy a pedirle el primer favor: denos cinco minutos de tiempo para que, mi amiga y yo, podamos decidir la comanda.

Yo presencié la escena, en completo silencio. Resultaba evidente que Laura era una asidua clienta del restaurante. Tomé la carta en mis manos, ella también lo hizo y, cuando la hubo abierto, su cabeza despareció detrás de las dos enormes cubiertas forradas en cuero negro.

-“Hoy puede ser un gran día”, “España, camisa blanca de mi esperanza”, “Sólo pienso en ti”, “Cantares”, “Mediterráneo”, “La Puerta de Alcalá” -fue recitando, mi amiga, mientras se suponía que exploraba la carta.

-¿Dónde aparecen estos platos? -le pregunté.

Laura cerró la carta y la apartó a un lado. Me miró con expresión de sorpresa y, al verme sonreír, ella hizo lo mismo.

-¡Son canciones entrañables! -exclamó, con entusiasmo- Puedes llamarme carroza, si quieres.

-A mí, también me gustan -le comenté-. Aunque, debes reconocer que es música para  setentones; es la edad a la que han llegado todos cuantos has mencionado.

-¡Bah! ¡No exageres! Tú y yo éramos unas niñas, cuando ellos se dieron a conocer. Por lo menos, nos llevan veinte años, los mismos que han pasado, desde que estuvieron de gira -mintió, mi amiga Laura, dirigiéndome una maliciosa mirada.

Pude observar que, a una prudente distancia, el “maitre” estaba pendiente de nosotras. Ella también se dio cuenta y me propuso prescindir de la carta. Me sugirió pedir el más pequeño de los “Chateaubriand” que anunciaban, una pieza de carne de cuatrocientos cincuenta gramos, a compartir entre dos personas. Correspondiendo la otra opción a la de setecientos gramos, acepté la propuesta de mi amiga, si bien me quedé temerosa de no poder acabar con la porción de carne que me presentarían. En vista de lo cual, Laura llamó a Rogelio y le completó el encargo con dos zumos de fruta, a modo de aperitivo. Le dijo que anotara las dos propuestas del día, consistentes en salmón ahumado, como entrante, y fresas con crema, para los postres. El “maitre” preguntó si deseábamos agua, mi amiga me lanzó una mirada de interrogación y, al yo decir que me apetecía agua mineral con gas, se limitó a entregar la carta al encargado. Rogelio retiró delicadamente la mía, nos dio las gracias por el encargo e hizo una ligera inclinación de cabeza, con la intención de retirase. Fue entonces, cuando fue sorprendido por la observación que lanzó mi amiga argentina.

-¡Falta el encargo más importante, estimado amigo Rogelio!  -exclamó, Laura, en un tono de intriga.

Sorprendido y desorientado, el “maitre” depositó sobre mí su mirada, en busca de una ayuda que yo era incapaz de dar. Antes de que tuviera tiempo de abrir la boca, se volvió a escuchar la voz de Laura.

-Como argentina que soy, amigo Rogelio, no debería usted permitir cerrar una comanda, sin sugerir la conveniencia de regar las viandas con un buen vino ¡La carne y el vino, son algunos de los tesoros más preciados de mi tierra!

Al percatarse de su olvido, el encargado del restaurante hubiera querido desaparecer de la faz de la tierra. Mudó el color de su cara, permaneció paralizado durante unos segundos, tragó saliva y reaccionó diciendo:

-Le ruego sepa disculparme, señora. No sé cómo haya podido incurrir en un error tan grave. Tenga por seguro que no volverá a suceder.

-Tendremos oportunidad de comprobarlo en futuras ocasiones -respondió, Laura-. Mientras tanto, tenga la gentileza de enviar a alguien a la bodega en busca de un buen Cabernet Franc que, como el resto de variedades Bordeaux, encontró su sitio en Argentina.

Pude comprobar que el “maitre” Rogelio había puesto sus cinco sentidos en atender el encargo que estaba a punto de efectuarle la dama argentina. Permanecía de pie, inmóvil y expectante, con sus ojos bien abiertos. Por un momento, lamenté el mal momento que el empleado estaría soportando.

-Es una uva producida por los cultivados viñedos del Valle de Uco -continuó diciendo, Laura-. ¿Sabe de dónde le estoy hablando?

-¡Por supuesto, señora! Se trata de suelos  pedregosos, irrigados por el agua de deshielo de los ríos Tunuyán y Tupungato, al sur de Mendoza -respondió, Rogelio, ante el asombro de Laura y el mío.

-¿Es capaz de saber qué marca de vino le voy a pedir? Es una de las mejores que guarda la bodega de este restaurante. Entre algunas otras, la razón más importante que me inclina a visitarles, con frecuencia.

-No, señora. Ahora mismo, no sería capaz de adivinarlo -contestó, Rogelio.

-Le estoy hablando del “Riglos Gran”, cosecha 2013. Por favor, compruebe si está disponible.

-No hace falta que lo compruebe, señora -dijo, el “maitre”, con rotunda seguridad-. Lo tenemos en bodega.

Cuando Rogelio se hubo retirado con la comanda en las manos, no pude menos que hacer un comentario que fue el detonante de la conversación que mantuvimos durante toda la comida.

-¿Eres, siempre, igual de exigente Laura? -le pregunté- No conocía esta faceta tuya.  ¡Ahora me explico porque has llegado a ser Vicepresidenta de un Banco!

-¡Ya estamos con lo de siempre! -protestó mi amiga argentina- Te habrás dado cuenta por los precios de la carta que este restaurante presume de categoría, lo cual implica que es exigible un alto grado de profesionalidad en su personal. Pagaré más de ochenta Libras Esterlinas por la botella de vino que he pedido. Por este precio, un “somelier” está obligado a saber dónde están ubicadas las cepas de cada viñedo.

-Rogelio es el “maitre” -dije, en tono de disculpa hacia el empleado español-. No está obligado a tener los mismos conocimientos que un “somelier”.

-A mí, eso no me importa. El restaurante puede prescindir de “somelier”, siempre y cuando el encargado conozca todos los detalles de los vinos que tiene en bodega ¡Es lo mínimo exigible! De lo contrario, la competencia les comerá el terreno y se verán en graves apuros. ¡Así es la Ley de la Vida, Magdalena! ¿Acaso tú has tenido una vida regalada? ¿No te lo has ganado todo, a pulso?

-Lo que dices es correcto, Laura. Estoy totalmente de acuerdo contigo. Lo que me ha parecido apreciar en ti, ha sido un cierto grado de competitividad con Rogelio por el simple hecho de que era un hombre.

Mi amiga hizo un gesto de desaprobación. Nuestra conversación quedó un buen tiempo interrumpida por la aparición del camarero que nos sirvió el primer plato y de una señorita que, sin identificarse como “somelier”, pareció ser la encargada de servir el vino a los clientes. Como anfitriona, Laura le pidió que me hiciera los honores. Quedé sorprendida por la extrema calidad de aquel vino argentino.

-No te confundas, Magdalena -dijo, Laura, al retomar la conversación-. Desde mi más tierna infancia, me enseñaron a ser competitiva. La única vez que le presenté, a mi padre, unas deplorables calificaciones, me tomó de la mano y me llevó a la habitación de la casa en donde tenía su despacho y en la que, mis hermanos y yo, teníamos prohibido entrar. Me tuvo más de media hora, sentada frente a su mesa. Las reflexiones que me hizo, nunca las he olvidado. Con lágrimas en los ojos, le pedí que me diera un tiempo para mejorar las notas y le prometí que, nunca más, tendría queja de mí.

-Resulta obvio que cumpliste tu palabra -le dije, a mi amiga-. El esfuerzo, el trabajo, la tenacidad, el espíritu de sacrificio, son principios importantes que todo ser humano debe tener presentes y, sobre todo, tiene que poner en práctica, permanentemente.

-Sin embargo, como psicóloga que eres, me vas a decir que estás en contra de la competitividad. Que, desarrollar un espíritu altamente competitivo, hace infeliz a la gente  -me interrumpió, adelantándose a mis pensamientos.

-Ciertamente, me parece un tema muy delicado -le respondí-. La dificultad reside en encontrar la justa medida, en mantener, siempre, el equilibrio.

-¡Esto es lo que defendéis los teóricos, Magdalena! Pero, cuando te encuentras en medio de la selva de la vida y tienes que afrontar cientos de batallas para sobrevivir, para abrirte paso entre la sociedad inmisericorde, te das cuenta que sólo hay un camino: ¡competir! Es así de cruel y así de cierto. Tan sólo compitiendo, sobreviven los fuertes; tan sólo compitiendo, avanzan los pueblos.

Laura hablaba con el total convencimiento de que fuese cierto lo que decía. Hablaba con pasión. Y, mientras lo hacía, sus ojos no dejaban de buscar los míos. Cuando nuestras miradas se encontraban yo reconocía, en la de mi amiga, una inconfundible expresión de desafío.

-Mi experiencia personal ha hecho que yo sea particularmente precavida con los hombres. De manera muy especial, en las relaciones laborales y en el mundo financiero en el que me muevo -continuó diciendo, mi amiga-. Sin lugar a dudas, vivimos en una sociedad machista. Aún en los países más desarrollados, la afirmación que acabo de hacer es de plena aplicación.

-Quizás, tengamos oportunidad de hablar de todo ello, con ocasión de tu próxima visita, por corta que sea -le sugerí, por considerar que no era ni el lugar ni el momento oportuno para profundizar en semejante asunto.

- ¡Ya sé lo que me vas a decir! -exclamó.

-¿Ah sí? ¿Qué es lo que piensas que te diré?

-Que hubiera tenido que dejar aparcada mi competitividad, en mis relaciones sentimentales con los hombres -contestó, Laura.

-No vas del todo desencaminada.

-Después de pensar mucho en ello, llegué a la conclusión de que sólo sería feliz con un hombre exigente, que tuviera el mismo espíritu de competitividad que yo. Pero, suficientemente inteligente para  distinguir entre el amor y el trabajo.

-¿Lo encontraste? -le pregunté a mi amiga argentina.

-¡Evidentemente, no! -me respondió.

-¿Lo sigues buscando?

-En alguna parte del mundo debe existir un hombre así, pero hacen falta tiempo y paciencia para buscarlo ¡Yo no tengo ninguna de estas dos cosas! ¡Vamos a tomarnos las fresas, Magdalena!





Imagen de 123 RF:

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miércoles, 18 de noviembre de 2015

Solos, o en compañía. Pero, nunca renunciar a nuestro gratificante entretenimiento





La cuestión sobre la cual me gustaría hacer alguna reflexión, en el día de hoy, tiene que ver con el hecho de que, algunas personas, no se encuentran nada bien cuando deciden llevar a término actividades recreacionales, en solitario.

Debo poner de manifiesto que este tema surgió a raíz de los comentarios que, por escrito, me hizo llegar una amiga, hace poco tiempo. Estoy autorizada a transcribir el texto que me envió, aunque me ha parecido oportuno hacerlo, de manera parcial.

“Me considero bastante independiente y estoy bien en soledad. Sólo tengo una manía, o no sé cómo llamarla. Casi no soy capaz de ir sola a ningún sitio, que sea para mi entretenimiento -cine, café, museo; ni pasear sola me gusta-. El fin de semana voy con mi marido, pero si no, casi no salgo, aparte de lo necesario -compras, o cosas obligatorias-. O sea, no me divierto sola”.

A veces, pienso que es una idea que viene de pequeña; que relaciono la diversión o distracción, con el compartir con alguien. Toda la vida se hacían estas actividades en familia, o con amigos. Aquí donde vivo la gente tiene sus trabajos y familias, y poco tiempo para amistades.

…en mi casa estoy muy a gusto sola, y también soy un poco selectiva con las amistades…

No es grave, pero me gustaría cambiar un poco. Con tanto tiempo libre que tengo, es una pena no usarlo mejor.”

Lo que nos preocupa, aquello que de alguna forma nos limita, lo que nos produce malestar, siempre es relevante para nosotros. Es posible que otras personas no le den la misma importancia, y es mejor no dejarnos influir por lo que puedan pensar, o decir, al respecto. Son situaciones que conviene comprender y, si representan algún problema para nosotros, superarlas. Le doy las gracias a mi amiga, por haber compartido conmigo esta inquietud, y así, darme la oportunidad de reflexionar sobre algo que le ocurre a mucha gente.

En mi opinión, existen un buen número de razones por las cuales, a algunas personas, les resulta difícil ir solas a los sitios de ocio, cultura, o mero entretenimiento. Aunque distintas, suelen ser relativamente fáciles de identificar, después del análisis que, sobre su propia conducta, lleve a término la persona interesada. Puede concurrir más de un motivo en cada ejemplo.

Dependencia: Requieren de la ayuda y de la compañía de los demás, para hacer la mayoría de sus actividades. Se encontrarán bastante limitadas en diferentes ámbitos vitales.

Independencia - dependencia en algunas áreas: Pueden ser autónomos en algunas áreas de su vida, y ser algo más dependientes, o muy dependientes, en otras. Necesitan de la compañía de otros para sentirse seguros y motivados. Si existe un alto grado de dependencia, pueden sentirse francamente mal, con sólo pensar en hacer esas actividades de entretenimiento en solitario; como una especie de fobia.

Es posible que personas que son bastante independientes, en varias facetas de su vida, tengan una preferencia, un encontrarse más a gusto, haciendo ciertas actividades en compañía de otros.

Pueden haberse habituado a hacer las cosas de una determinada manera, y les cuesta cambiar. Las personas que, desde pequeñas, se acostumbraron a hacer las actividades de ocio con sus familiares y amigos, al no tenerles cerca, no les gusta realizarlas en solitario. Se sienten mal, raras… Desisten de hacerlas. Renuncian a ellas.

No siempre es fácil encontrar a alguien que pueda ir con nosotros a ciertas actividades. Sus intereses, ocupaciones y costumbres, pueden ser diferentes a los nuestros.

Dificultades para hacer amistades: Ya sea por falta de habilidades sociales, timidez, inseguridad, o por todo lo contrario: por ser muy selectivos y exigentes a la hora de elegir nuestras compañías. Cuando sentimos que no compartimos los mismos intereses y valores, nunca les otorgaremos la categoría de amigos. En este punto, es preciso hacer una clara diferenciación entre quienes son los amigos más íntimos, las amistades, y los conocidos. Para compartir un rato de ocio con alguien, podría no ser necesaria una profunda relación personal. Con tener ciertos intereses comunes y llevarse bien, sería suficiente.

Necesidad de cercanía y confianza: Algunos, necesitan hacer estas actividades con personas cercanas, con las que tengan bastante confianza. Es difícil que decidan hacerlas en compañía de personas con las que no les unen lazos de amistad. Mientras que, otros,  se aíslan, y huyen del contacto con otras personas, salvo la familia y los amigos íntimos. Pueden haber sufrido una perdida afectiva importante, o reveses y problemas de los que aún no se hayan recuperado.

Preocupación por lo que los demás puedan pensar de nosotros, que nos puedan considerar personas tristes, aburridas, incapaces de encontrar a quien nos haga compañía. Esta preocupación puede convertirse en miedo, a fuerza de ir dándole vueltas a la cabeza. O, en pánico, al pensar que podemos encontrarnos solos, en medio de la gente. Esto podría estar causado, en parte, por ciertos estereotipos sociales que consideran que las personas que van solas a los sitios son aburridas, solitarias, raras, introvertidas; por lo que no tienen amigos, ni siquiera, alguien que los acompañe.

Estar demasiado cómodos en casa: Si nos encontramos a gusto en casa, y disfrutamos con lo que hacemos, es muy probable que nos dé pereza salir, y hacer actividades en solitario.

Falta de motivación: No encontrarse suficientemente motivado para salir solo, no encontrar suficientes atractivos para hacer cambios en su estilo de vida, en su forma de entretenimiento, para hacer amistades nuevas, para asistir a actividades. Lo cual está muy cerca de  no querer salir de la zona de confort. Encontrarse cómodo con lo que uno está haciendo, sin esforzarse en introducir cambios.

Síntomas de depresión: Las depresiones, tanto si son leves como graves, aumentarán notablemente nuestra dificultad para hacer planes de entretenimiento de cualquier tipo.

Falta de seguridad en nosotros mismos: Para atrevernos a hacer algo que no habíamos hecho antes por nosotros mismos, para enfrentar nuestros miedos y preocupaciones, para tomar decisiones que luego nos aportarán bienestar, aunque al principio requieran esfuerzo, y superar los inconvenientes que se nos puedan presentar.

Expectativas negativas: Piensan que lo van a pasar mal; por lo tanto, ni lo intentan. Y si alguna vez lo prueban, ya van prevenidos, por lo que no se relajan y disfrutan.

Hay quienes no disfrutan de las actividades porque no tienen con quién compartirlas y comentarlas. Les pueden llegar a gustar, pero les entristece no tener a nadie a su lado, cuando salen.


En cambio, otros, aun cuando desearían hacer alguna actividad acompañados, no encuentran con quien hacerla, por no coincidir en gustos y preferencias. Ante la alternativa de renunciar a salir de casa, prefieren hacer lo que les apetece, en solitario.

Curiosamente, conozco a personas que se han acostumbrado a salir solas. Aunque, en un principio, no les llamaba la atención, con el tiempo, fueron partidarios de esta alternativa, porque le encontraron ventajas. No tenían que ponerse de acuerdo con otros acerca de adónde ir, cuándo, ni cómo. ¿Para qué plantearse la necesidad de ir a sitios donde, a ellos, no les gustaba ir? ¿Para qué, estar con personas que continuamente hacen comentarios, cuando lo que ellos quieren es concentrarse en la película, en el espectáculo, o en sus propios pensamientos?

No hay que tener ninguna prevención a querer desarrollar actividades de entretenimiento, o salir, en solitario,  Me parecería absurdo perder la oportunidad de hacer algo agradable, divertido, o genial, en lugar de arriesgarse a que la vida se vuelva triste, monótona y aburrida. Procede explorar nuestro entorno, conocer cómo nos sentimos actuando de forma diferente, superar pequeños reparos e inconvenientes que nos limitan a actuar. Descubrir nuevas fuentes de satisfacción, gozo, interés y diversión. Superar nuestra resistencia al cambio, viendo como ese miedo a lo desconocido se va sustituyendo por la sorpresa de conocer nuevas facetas de nosotros mismos, que nos eran desconocidas, y descubrir otras fuentes de placer diferentes de las habituales.


Me tomo la libertad de señalar algunas consecuencias positivas que comporta la realización de este tipo de actividades:

Aumenta la confianza en nosotros mismos, al superar los obstáculos, y atrevernos a hacer actividades que, antes, no hacíamos solos.

Mayor autonomía e independencia: Sólo dependemos de nuestra propia disponibilidad de tiempo, para hacer alguna actividad que deseemos hacer. No necesitamos encontrar a otras personas que nos acompañen.

Bienestar emocional: Si podemos dedicar parte de nuestro tiempo a actividades que antes no realizábamos, por no encontrar con quién hacerlas, nos encontraremos mejor. Cuando nos enfrentamos a retos personales y los superamos, nos sentimos fortalecidos.

A estos beneficios, se añadirán todos aquellos que, cada uno de nosotros, a título individual, podremos percibir con legítima satisfacción.