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domingo, 12 de febrero de 2017

Hablando del acoso escolar, un amigo me dijo: “Deja, Magdalena, que te cuente la historia de los zapatos de niña”



  
Hay un período de tiempo de mi infancia del que guardo muy mal recuerdo. En los inicios del curso de Ingreso al Bachillerato, cuando ya había cumplido los diez años, tuve que afrontar una serie de dificultades que a punto estuvieron de arruinar mi autoestima.

Al terminar las vacaciones del verano, mis padres me comunicaron su decisión de cambiarme de colegio, alegando que igualmente se verían obligados a hacerlo al año siguiente, pues la escuela a la que iba no estaba autorizada para la enseñanza secundaria. Mis protestas, llantos y pataleos fueron inútiles, tan sólo sirvieron para ganarme un castigo y aumentar mi desazón, al pensar que no volvería a ver a mis compañeros de colegio, con algunos de los cuales había llegado a establecer una gran amistad.

En los primeros días del mes de septiembre, mi madre, que por ser austríaca no dominaba ciertos aspectos de la idiosincrasia de los españoles y era muy severa, me tomó de la mano y me llevó a una tienda en la que vendían ropa de trabajo. Me compró un par de batas, a rayas azules y blancas, que llevaban dos bolsillos en los lados y otro a la altura del corazón, sobre el cual debía ir bordado mi nombre y apellido. Supe que era la prenda obligatoria que el colegio de curas, en el que me habían matriculado, exigía que vistieran diariamente sus alumnos, a modo de uniforme. De nada le sirvió a mi madre que yo opinara que la talla elegida era exageradamente grande para mí y que le hiciera ver que faltaban muy pocos centímetros para que el largo de la bata llegara a mis tobillos y las mangas cubrieran los dedos de mis manos. Ella argumentó que era preciso tener en cuenta la pesada ropa que yo llevaría durante los meses de invierno y que, con toda seguridad, la prenda se encogería después de los primeros lavados. El dependiente le dio la razón y, para hacerle la pelota, le prometió que se encargaría personalmente de que pusieran mi nombre en los bolsillos.

De regreso a casa, nos deteníamos frente al escaparate de cada zapatería que encontrábamos a nuestro paso porque mi madre quería comprarme un par de zapatos. Aburrida por no hallar los que fueran de su gusto y cansada de andar, decidió parar un taxi y llevarme a la tienda de zapatos de la que era clienta acreditada. Después de que la vendedora nos hubiese presentado diversos modelos sin que ninguno de ellos le llamara la atención, a mi madre se le ocurrió echar un vistazo a la sección de calzado femenino que ella conocía sobradamente. Al momento, se enamoró de unos mocasines de piel, de color marrón, con suela de crepé. La dueña de la tienda alabó el gusto de su clienta y pidió a la empleada que fuera al almacén, en busca del par correspondiente a mi talla. Puso especial énfasis en que me los probara y que diera unos pasos sobre la alfombra que en la tienda había para tal propósito, frente a un gran espejo. Ante la pregunta de mi madre, tuve que contestar que no me hacían daño al andar, después de lo cual, ocurrió lo que yo me estaba temiendo, que fue manifestar su satisfacción y proclamar que nos quedábamos con los zapatos. A continuación, se dirigió al lugar donde se encontraba la caja, con la finalidad de pagar el importe de la compra. Presa del pánico, con mis pies descalzos, recorrí la distancia que me separaba de mi madre y me planté delante de ella para decirle que yo no me podía poner los zapatos que había elegido. Sorprendida por lo que acababa de escuchar, me pidió que le diera alguna razón. “¡Son zapatos de niña, mamá! Los flecos de cuero que llevan incorporados sobre el empeine, a modo de adorno, así lo indican claramente” -le manifesté, con voz de alarma- . Sin salir de su asombro, mi madre dirigió su mirada a la dueña de la tienda y a la dependienta, esperando oír su opinión. Pero, ambas, desviaron la vista al suelo y permanecieron en silencio. En lugar de recabar su ayuda, cometí el error de señalar que los flecos que tenían los zapatos sobre el empeine impedían jugar al fútbol, evidencia categórica, en aquellos tiempos, de que eran zapatos para niña. Imperturbable, mi madre mantuvo su decisión de compra y se limitó a decirme que mejor sería que me olvidara de jugar al fútbol.

Días después, cuando llegó la hora de ir a la escuela y comenzar el nuevo curso, mi madre quiso acompañarme, a pesar de que el colegio de los curas estaba ubicado a dos manzanas de nuestra casa. Decidió que debía ponerme la bata, los zapatos nuevos y cargar en mi espalda la cartera que me había comprado para que pudiera guardar en ella los libros que me entregaran. Llegamos al colegio muy temprano y lo primero que hizo mi madre fue dirigirse a secretaría para confirmar que mi inscripción en aquel centro educativo estuviese  correctamente formalizada. A continuación, comprobó personalmente que mi nombre apareciese en el listado de alumnos de Ingreso al Bachillerato; después de lo cual, me indicó por donde debía acceder al patio del colegio, me dio un beso y se despidió de mí.

Subí hasta el cuarto piso por medio de unas amplias escaleras en forma de caracol, con barandilla de hierro forjado y pasamanos de madera. Fui uno de los primeros alumnos en llegar a un recinto al aire libre, de forma rectangular, totalmente enlosado, rodeado de porches a los lados, menos por uno, que era una larga pared sobre la cual habían colocado una red metálica, muy alta. Me di cuenta de que la pared formaba parte de la fachada lateral del edificio y comprendí que la red metálica cumplía con la función de evitar que las pelotas del frontón fueran a parar a la calle. Pregunté a un niño por el campo de fútbol y me contestó que era el mismo que el de balonmano, bastaba alargar unos metros más el campo, desplazando la portería opuesta a la que estaba pegada a la pared. Me dijo que jugaban al fútbol con pelotas de trapo forradas de cuero, en lugar de utilizar el balón oficial de la Liga, cuya presencia en el interior del colegio estaba prohibida. Confieso que no pude evitar sentir nostalgia de mis amigos y de mi colegio anterior. Su campo de fútbol, sin ser de hierba, aunque sí de tierra y tener las porterías reglamentarias, hubiese podido jurar que triplicaba la superficie del patio que tenía delante de mis ojos.

Dicho recinto, se fue llenando de alumnos que iban vestidos de calle y llevaban su bata bajo el brazo, dentro de sus carteras o colgando del hombro. Formaban corros y se saludaban entre ellos, contentos por encontrarse de nuevo. Se daban fuertes apretones de mano, cuando no grandes abrazos. Los que llegábamos al colegio por primera vez éramos fácilmente reconocibles por nuestra cara de despiste y por nuestros movimientos, que revelaban gran inseguridad. Casi todos nos agrupamos espontáneamente, a la espera de que pasaran lista y nos asignaran la clase correspondiente, que era la de Ingreso. Debo reconocer que yo me sentía muy incómodo porque era uno de los pocos que tenía la bata puesta y el único que llevaba la cartera a la espalda. Intentaba protegerme de las risitas y las miradas que los alumnos de mayor edad me lanzaban, intentando pasar desapercibido en medio del grupo. Pero, en un momento dado, se me acercaron dos chicos mayores que debían ser de quinto o sexto de Bachillerato y golpearon, con sus manos, la cartera que cargaba en la espalda. Uno de ellos, me llamó Caperucita y me preguntó si llevaba la merienda para la abuelita. Le contesté diciendo que llevaba un bloc de anillas, una libreta, un plumier, lápiz y goma de borrar. El otro, que era más alto que su compañero, tiró con fuerza de las correas de cuero que sujetaban la cartera a mis espaldas, con la intención de quitármela. Ante su asombro, y el de cuantos me rodeaban, reaccioné con rabia y me puse a la defensiva. Por unos instantes, pensé que tendría lugar una pelea. Pero, en lugar de utilizar la violencia física, se limitaron a insultarme. Se burlaron de mi bata y, después de leer el bordado del bolsillo, se dedicaron a pregonar mi nombre y decir que llevaba zapatos de niña. Ignoro cuántos alumnos se hubiesen reído de mis zapatos, si no hubiesen llegado los curas y, después de exigir silencio, hubiesen sido motivo de toda nuestra atención.

Nos fueron llamando por nuestro nombre y apellidos, para formar cada una de las clases. La primera en quedar constituida fue la mía, que resultó ser la más numerosa de todo el colegio. Bajamos al primer piso, donde estaba ubicada nuestra aula y ocupamos los pupitres por estricto orden alfabético. Al fondo de la clase, a todo lo largo de la pared, había un armario empotrado con colgadores debidamente numerados, los cuales fueron asignados a cada uno de nosotros. El cura nos dijo que era donde podíamos colgar nuestras prendas de calle mientras estuviésemos en el interior del colegio porque, en horario lectivo de clases, debíamos vestir la bata que yo llevaba puesta. Pregunté si nos la podíamos quitar al salir a jugar al patio y me contestaron que no, lo cual no disipó la preocupación que yo tenía.

En honor a la verdad, me gustó mucho la estructura interior del colegio, aunque me intimidara un tanto el ambiente de seriedad que se respiraba, consecuencia de años de estar impartiendo enseñanzas superiores. Todavía, en el día de hoy, recuerdo su olor inconfundible. Nada tenía que ver su austero mobiliario con el de mi añorado colegio, de alegres colorines, rodeado por  campos de deportes y la visión de parques y jardines.

Cuando llegó la hora del recreo, sospeché que tendría que enfrentarme, de nuevo, con los dos alumnos mayores que me habían insultado. Sin embargo, nos explicaron que habían dos horarios distintos de recreo: el primero de ellos, para los alumnos de Ingreso, hasta tercero de Bachillerato, inclusive. El segundo, era compartido por el resto de los cursos, a excepción de quienes estudiaban Preuniversitario, los cuales no tenían clases por la tardes.

De nada sirvió que no estuvieran en el patio los más mayores. A excepción de mis nuevos compañeros de curso, se acercaron a mí un buen número de niños que se metieron con mi bata y con mis zapatos. Descubrieron que el mayor de los insultos era llamarme “niña” porque yo reaccionaba con rabia. Gracias a mi nuevo compañero de pupitre, no llegué a las manos con ninguno de ellos.

Al regresar a casa, estuve muy huraño y me encerré en mi habitación. Cuando llegaron mis padres, nada más sentarnos a la mesa para la cena, me preguntaron si me había gustado el nuevo colegio. Para no mentirles, les respondí que me habían impresionado sus venerables dependencias educativas, no así su limitada área deportiva. Mis padres no pidieron mayores explicaciones y, al verme muy parco en palabras, pensaron que continuaba estando molesto por haberme cambiado de colegio.

En los días siguientes, a escondidas de mi madre, me puse otros zapatos. En contra de lo que esperaba, el cambio de calzado no produjo ningún efecto porque las mofas y los insultos continuaron durante la mayor parte de los recreos, tanto el de la mañana, como el de la tarde. Yo creo que llegué a soportar los insultos y vejaciones de los que fui objeto, gracias al mencionado compañero de pupitre, que se llamaba Juan Gallardo, quien llegó a ser uno de mis mejores amigos.

Sin embargo, la explosión de todas mis emociones contenidas, se produjo, pasadas un par semanas, cuando estábamos en la clase obligatoria de gimnasia, la cual nos daba un profesor de Educación Física. Tenía lugar en uno de los porches laterales del patio, espacio que habían habilitado como gimnasio. Me fastidiaba que se rieran de mí, al saltar el potro o dar la vuelta de cabeza sobre el plinto, por llevar la bata arremangada, Pero, lo que no pude aguantar, fue la crueldad con la que algunos se mofaban de su compañero gordito, incapaz de afrontar los aparatos de gimnasia, por mucho que el profesor le apremiara y le reprendiera por sus desesperados lloros. Llamé imbécil a quien destacaba por ser el más chuleta de la clase y terminamos a puñetazo limpio, ante todo el mundo.

Después de acompañarnos al botiquín de primeros socorros, el cura de nuestra clase nos llevó ante el padre Rector, quien quiso interrogarnos, por separado. Me tocó en segundo lugar y me quedé, de pie, esperando en la antesala del despacho de la máxima autoridad del colegio. Cuando salió el compañero con el que me había peleado pude ver que estaba acongojado, a pesar de lo cual, tuvo el ánimo de mirarme a la cara y exclamar: “¡Estás expulsada, Caperucita!”. Prefiero no recordar el mal trago que me tocó pasar. En cambio, recuerdo perfectamente que el señor Rector me pidió que le explicara lo ocurrido, en lugar de hacerme preguntas. Lo cual, me permitió contarle toda la historia que he narrado, desde que mis padres me comunicaron su decisión de cambiarme de colegio. Cuando terminé mi exposición, la máxima autoridad del colegio se levantó de la silla, detrás de la mesa de su despacho y me miró de arriba abajo. “No llevas puestos los zapatos de niña, ¿dónde están?” -fue su única pregunta-. Al contestarle que los tenía en casa, me dijo que se los trajera, al día siguiente, antes de dirigirme a mi clase. Por no decirles nada a mis padres, pasé una noche horrorosa, mezcla de insomnio y fríos sudores. Por la mañana, salí de casa sin desayunar, a hurtadillas, con la caja conteniendo el par de zapatos que mi madre me había comprado, bajo el brazo. Después de presentárselos, el padre Rector me dijo que hablaría conmigo, cuando lo hubiera hecho con mis padres y me pidió permiso para quedarse con los zapatos, no sin antes prometerme que no saldrían de la caja.

A media mañana, la hora del recreo quedó suspendida. En su lugar, todos los alumnos del colegio fuimos conducidos al salón de actos por los curas responsables de cada una de las clases. Estuvo presente el cuadro docente, al completo, incluido el profesor de Educación Física. No repetiré la ejemplar conferencia del Rector. Jamás supe lo que la máxima autoridad del colegio habló con mis padres, ni con los del niño con el cual me peleé. Tampoco, procede repetir las graves palabras que me dirigió el señor Rector cuando me devolvió la caja que contenía los zapatos de niña.

Puedo asegurar que, a partir de los hechos que he procurado describir, la más remota intención de violencia quedó erradicada, y el respeto entre profesores y alumnos, quedó consagrado como el más fundamental de los principios y valores del colegio. 



Imagen encontrada en Internet, de 123RF: 33949130-un-par-de-mujeres-morenas-con-mocasines-blancos-aislados-sobre-fondo-blanco





miércoles, 10 de agosto de 2016

La perniciosa práctica de hacernos sentir culpables



Quisiera hacer especial mención al tema de la culpabilidad, en relación con la asertividad.

Hay muchas personas que se sienten culpables por una infinidad de razones diferentes. Se trata de un concepto que está asociado a la forma como una gran parte de los padres, las familias y los profesores educan. No es un rasgo naturalmente impreso en el ser humano, desde su nacimiento. Es algo externo, que se transmite cuando no se encuentran otras formas, menos dañinas, de conseguir que las personas bajo su cuidado, hagan lo que ellos desean o que se comporten como ellos les indican. Está relacionado con la idea del bien y del mal y parte de un error garrafal: inculcar a un ser humano, desde su más tierna infancia, que es malo porque se ha equivocado o ha hecho algo “mal” y  que recibirá el calificativo de bueno, tan solo cuando se haya portado bien y haya  cumplido con las subjetivas pautas impuestas por sus educadores.

Sería difícil encontrar a alguien que no se hubiera sentido culpable en más de una ocasión. Lo lamentable, es que se siente culpable porque otros le han inculcado esa culpabilidad. Le han enseñado a sentirse mal, como consecuencia de alguna de sus acciones. Se habrá encontrado con personas que se han atribuido el derecho de erigirse en jueces de su comportamiento, convencidos de que cumplían con su deber.

¿Cuál es la consecuencia? Un niño no tiene la capacidad para ver que esos adultos están abusando de su autoridad, que se están equivocando en la forma de enseñar y transmitirle los conocimientos que debe aprender, al hacerlo desde el estricto punto de vista de los adultos. Piensa que si esas personas, en quienes confía, creen que ha sido malo, o se ha portado mal, deberá ser cierto. En ese momento, cuando ha confiado más en el criterio de los adultos que en el suyo propio, permitirá que se siga utilizando el argumento de la culpa. Así mismo, aprenderá a sentirse culpable cada vez que actúe según su propio criterio, si este difiere del de los adultos. El problema es que, incluso cuando ya sea adulto, seguirá permitiendo que otros le hagan sentirse culpable.

En este punto, ruego me permitan extraer algunas consideraciones contenidas en el libro de Manuel J. Smith, titulado: CUANDO DIGO NO, ME SIENTO CULPABLE.

"Cuando nuestros maridos, nuestras esposas o nuestros amantes se sienten desdichados por algún motivo, saben hacer que nos sintamos culpables aun sin decir una sola palabra acerca de ello. Basta una determinada forma de mirarnos, o una puerta que se cierra con un estruendo”.

Al respecto, añade la confesión de un amigo suyo, en la que se pregunta por qué razón acaba por sentirse culpable, aunque no tenga motivo alguno para ello, cuando se encuentra con este tipo de comportamiento por parte de algunas personas de su entorno.

Los problemas no se limitan a los que nos plantean nuestras parejas. Si nuestros  padres, o nuestra familia política quiere algo, serán igualmente capaces de hacer que sus hijos, sobradamente adultos, se sientan ansiosos como chiquillos; aunque, al igual que ellos, haga tiempo que hayan alcanzado la paternidad.

Como si el hecho de tener que enfrentarnos a esa clase de conflictos, que nos forman un nudo en el estómago, no bastara para inducirnos a dudar de nosotros mismos, también tenemos problemas con personas ajenas a nuestra familia. Nuestros amigos, incluso, llegan a plantearnos problemas. Si un amigo nos sugiere una salida nocturna en plan de diversión, que no nos apetece, nuestra reacción casi automática será inventar una excusa. Nos vemos obligados a mentirle para no herir sus sentimientos y nos sentimos como si fuésemos unos pequeños canallas por obrar así.

Hagamos lo que hagamos, es irremediable que, los demás, nos planteen problema tras problema. Muchas personas creen, de manera completamente irreal, que verse obligadas a enfrentarse con problemas, día tras día, es un estilo de vida nocivo o antinatural. ¡Nada de eso! Es algo completamente natural que, a todos, la vida nos plantee complicaciones. Con frecuencia, como resultado de la errónea creencia de que nuestros amigos no tienen problemas, llegamos a creer que la vida que nos ha tocado vivir en suerte, no merece la pena de ser vivida. Pero, ello no es resultado de tener problemas, sino de sentirse incapaces de enfrentarse con ellos y con las personas que se los plantean.

De acuerdo con su experiencia, Smith llega a la conclusión de que, no sólo es lógico esperar que se nos planteen dificultades por el mero hecho de existir, sino que es igualmente lógico prever que seremos todos perfectamente capaces de enfrentarnos eficazmente a esos problemas.




Bibliografía:

SMITH, Manuel J.: “CUANDO DIGO NO ME SIENTO CULPABLE”, Editado por Grijalbo, Barcelona.





Imagen encontrada en Internet, utilizada en varios blogs. Desconozco quién es su autor. Gracias por compartirla.





martes, 9 de agosto de 2016

Ser asertivos: nuestra mejor norma de conducta






Aprender a ser personas asertivas es clave para nuestro desarrollo psicológico y para poder relacionarnos, eficazmente, con otras personas. La asertividad incide en muchas actividades y áreas:

Ayuda a afrontar los problemas y los conflictos que surgen en las relaciones interpersonales. Confiar en que cada uno es capaz de solucionar los problemas y obstáculos que puedan surgir, tomando sus propias decisiones, exponiendo su punto de vista y no permitiendo que otros sean los jueces de sus actuaciones.

Contribuye al desarrollo de una mayor seguridad en sí mismo. Confiando en su propio criterio, sin tener que justificar sus decisiones o actuaciones, ni dar una explicación para todo aquello que hace o que desea hacer.

Ayuda, a las personas inseguras y que les cuesta afirmarse a sí mismas, a comunicarse mejor con los demás. Expresar lo que desean, establecer unos límites razonables en sus relaciones, aprendiendo a decir “No”, sin sentirse culpables. Especialmente, con aquellas personas que piensan que el mundo les pertenece y que los demás deben hacer lo que ellos quieran. 

Permite comprender mejor lo que ocurre cuando alguien, por miedo e inseguridad, se siente incapaz de enfrentarse con otra persona para intentar remediar esta dificultad. Para ello, le servirá aprender a utilizar algunas técnicas asertivas y entender cuáles son los Derechos Asertivos, que son válidos para todos y le ayudarán a establecer unos criterios claros de lo que no es conveniente dejar que los demás traspasen.

Sirve para aceptar la parte de verdad de algunas críticas negativas. Comprender si son válidas y si las  han expresado de manera adecuada. Saber cómo proceder ante las críticas, sin sentirse amenazado y sin atacar a su interlocutor. Aprender a actuar y de alguna forma, neutralizar, a quienes suelen utilizar la crítica y los comentarios negativos o despectivos, para sentirse superiores, para hacer que la otra persona se sienta insegura y culpable. Creo que este tema de las críticas es importante, por lo que pienso que será interesante tratarlo con mayor extensión y detenimiento, en otra ocasión.

Quitarse el miedo a cometer errores. Ser conscientes que todos se encontrarán con un buen número de fracasos, equivocaciones y errores. Asumir que son una parte importante de la vida, de la lucha por conseguir las metas y de las múltiples decisiones que se toman día a día. Ser capaces de afrontarlos, de cuestionar qué pudo haber hecho y ver cómo rectificar. Distinguir cuál es su responsabilidad y no asumir como errores lo que otros etiqueten así; sin ser una equivocación, si se analiza de acuerdo a los propios criterios, intereses y valores.

Aprender a no sentirse culpable por aquellas cosas que uno piense, diga o haga. Es necesario desterrar esa palabra del vocabulario que nos dedicamos a nosotros mismos. Afortunadamente, la asertividad ayuda a valorar nuestras propias actuaciones y las de los demás, sin necesidad de sentirnos culpables o de hacer que las otras personas se sientan culpables. Para los que estén interesados en este tema de la culpa y la culpabilidad, pueden serles de utilidad algunas reflexiones que recogí en otro escrito, titulado: No me gusta la palabra culpa; prefiero hablar de responsabilidad”.

Descubrir qué es lo que cada uno va a hacer con respecto a los problemas y conflictos que se le vayan planteando. Dejar de tener una actitud pasiva, temerosa y dependiente de otros, para que les resuelvan los problemas o les sugieran lo que deben hacer. Tomar las riendas de su propia existencia, siendo los protagonistas de lo que decidan hacer, o no hacer. Asumiendo la responsabilidad que se derive de la utilización de su libertad.




Bibliografía:

SMITH, Manuel J.: “CUANDO DIGO NO ME SIENTO CULPABLE”, Editado por Grijalbo, Barcelona.




Imagen encontrada en Internet, modificada para el blog. Desconozco quién es su autor. Gracias por compartirla. Esta en una de las que se encuentran en Internet. 

https://www.playea.es/wp-content/uploads/2015/06/asertivo.jpg 





jueves, 5 de noviembre de 2015

No me gusta la palabra culpa; prefiero hablar de responsabilidad


Gran parte de la culpa es impuesta por otros.

Culpa es una de esas palabras que yo retiraría de nuestro vocabulario. Es mucho el daño que nos hace, y pocos los beneficios que nos reporta. A mi entender, ninguno. Al pronunciar el vocablo culpa, hacemos implícita referencia a un tema complejo, que tiene diferentes acepciones, connotaciones jurídicas y morales, al igual que conlleva emociones que pueden llegar a ser muy negativas. Su utilización, no ayuda a solucionar los problemas. En lugar de estimularnos a emprender una acción encaminada a reparar el posible daño, lo más frecuente será que nos produzca una cierta paralización.  

Prefiero hablar de responsabilidad. De la responsabilidad que comportan nuestros actos, pensamientos y emociones; de los cuales, se derivan todo tipo de consecuencias. Muchas, serán positivas. Otras, pueden ser negativas y, algunas, neutras o irrelevantes.

La idea de culpa está relacionada con el proceso de socialización. Nos llegan mensajes desde diferentes fuentes, tales como la familia, el colegio, los amigos, los medios de comunicación social… Se transmiten las costumbres, se enseñan buenos modales y se dice lo que está mal. El problema se presenta cuando se le dice a una persona que es mala, por no hacer lo que se quiere de ella, o que es buena, cuando es complaciente y se comporta como se considera que es adecuado.

Afortunadamente, no toda la educación, ni todas las relaciones personales y sociales, fomentan el desarrollo de los sentimientos de culpa, o tratan de inculcar a otros la idea de culpabilidad, erigiéndose en jueces, y determinando que unos son culpables, y otros no. Pero, basta que tengan lugar este tipo de actuaciones, para que nos encontremos con personas con mayor propensión a sentirse culpables de diferentes cosas; o, por el contrario, a considerar que los culpables son los demás. Porque, desde pequeños, han internalizado que cuando las cosas no son como ellos, u otros, desean o esperan, hay alguien, o algo, que tiene la culpa de ello.

Por desgracia, en ciertos ambientes, el sentimiento de culpa empieza a instalarse en alguien cuando, debido a algunos comportamientos, o a ciertos olvidos, o a no saber cómo hacer algo…, siente que le retiran el afecto, que le hacen sentir mal por lo que ha sucedido, que le critican y no le ayudan a comprender los errores cometidos, y cómo hubiera sido recomendable que actuara.

Gran parte de la culpa es impuesta por otros. Se enseña a sentirse mal: ¡culpable! Cuando no se hace bien algo, cuando no se procede de acuerdo a como el otro espera que actúe, cuando se hace daño, aunque haya sido involuntariamente, o por desconocimiento. Cuando no se cumple con las supuestas obligaciones. Cuando se actúa torpemente, o sin razonar lo suficiente, y no se prevén las posibles consecuencias de nuestro proceder.

Quiero suponer que lo que desean es enseñarles a ser responsables de lo que hacen. Que sus actos y sus decisiones tienen consecuencias. Que es importante tener en cuenta a los demás, tratarles bien, no hacerles daño, a propósito, o por falta de previsión, o de ver las posibles consecuencias. Pero se equivocan en la manera de hacerlo y, por lo tanto, no aprenderán la forma “adecuada” de actuar. El sentimiento de culpa es paralizante, y no ayuda a actuar correctamente. Si te dicen que eres malo, lerdo, incapaz, incompetente, inútil…, y tú te lo crees, con frecuencia harás mal las cosas. No aprenderás de la experiencia y de tus errores, corrigiéndolos y buscando nuevas formas de actuación.

Parece que, a algunos mayores, se les olvida que están relacionándose con niños y que, precisamente por eso, éstos son más impulsivos y viven en el momento presente, sin siquiera poder intuir lo que pasará después. En un principio, no hay maldad en la forma de proceder de un niño.

Son los adultos los llamados a enseñarles muchas de las cosas que van a aprender. En algunos momentos deberán adelantarse, ir dando directivas, enseñanzas, estableciendo unas normas que sean claras para todos, y que, preferiblemente, hayan intervenido en su elaboración y estén de acuerdo en llevarlas a la práctica. Convendría que les enseñen cómo desean que se hagan las cosas, que les señalen los errores y la forma como podrían haber actuado. Que les ayuden a corregir pequeñas faltas. Existiendo coherencia en ellos, en cuanto a sus enseñanzas y su forma de actuar, ya que, muchos de los aprendizajes de los niños, se hacen por medio de la imitación.

En ocasiones, se sustituye ese seguimiento amoroso y educativo de los menores por otro tipo de actuaciones; posiblemente, más rápidas, pero menos efectivas, y con consecuencias secundarias negativas. A veces, es más fácil etiquetar a los niños como buenos o malos, educados o maleducados, obedientes o desobedientes… En lugar de dedicarles la atención, la comprensión y el tiempo necesarios para que entiendan y reflexionen sobre sus actuaciones. Se les imponen unos criterios externos para calificar su forma de actuar, los cuales, posiblemente, serán cambiantes, en función de cómo se encuentre el adulto en cada momento.

Quienes transmiten a sus educandos, o a las personas con las que se relacionan, la idea de CULPA, o de culpar, o de inculparse, pocas veces se toman su tiempo para mostrarles cómo sería la conducta deseable; ni muestran su aprobación cuando las personas actúan bien, cuando cumplen con sus responsabilidades, y cuando han actuado para enmendar o compensar a otros por los errores cometidos. Esto, al menos, aliviaría un poco ese sentimiento de culpa y las consiguientes autocríticas que les darán la sensación de ser malos; de que hay algo negativo dentro de ellos mismos, de que, por su comportamiento, no merecen ser amados por otros… Una trágica espiral negativa que va en aumento.

En este escrito no me refiero a ciertas conductas que tendrán que dirimirse ante los Tribunales de Justicia. Me refiero a las miles de actuaciones diarias que se sobredimensionan, al intervenir el término CULPA.

Les propongo que eduquemos responsable y amorosamente. Que en nuestras relaciones, fomentemos en otros la libertad y la responsabilidad. Que ayudemos a que niños, jóvenes o adultos, aprendan a decidir, a reflexionar, a pensar en los demás cuando actúan. Y a saber que, lo que hacen, o no hacen, tiene consecuencias para ellos mismos, al igual que para los demás, para los animales, o para el medio ambiente. Que son seres libres, pero también son responsables de su forma de actuar, ante la vida y ante los problemas.

Prefiero hablar de RESPONSABILIDAD porque ésta nos permite ser dueños de nosotros mismos, y actuar en consecuencia. Algunas veces nos equivocaremos, se nos olvidará hacer algo, o podremos hacer daño a los demás. Está en nosotros solucionar los problemas que se nos presentan y enderezar el rumbo de nuestras actuaciones, tantas veces como lo creamos conveniente. No necesitamos recurrir permanentemente a la idea de castigo, rechazo o maldad que va implícita en la palabra CULPA. La RESPONSABILIDAD nos permite crecer, aprender de la experiencia, pensando en las posibles consecuencias y repercusiones de nuestro proceder, corrigiendo todo lo que sea preciso.