Era el tercer verano consecutivo que Alejandro y
Hassan habían pasado en Londres. Ambos, acababan de superar con brillantez los
exámenes finales, por lo que recibirían el Cambridge Certificate of Proficiency
in English.
A diferencia de su amigo, proveniente de un país del
Oriente Próximo, el español sabía que sus estancias veraniegas en Inglaterra se
habían terminado. Una vez finalizada la carrera de Derecho, le esperaban otras
obligaciones. Hassan, en cambio, era el primogénito de una adinerada familia
numerosa y se había matriculado en la London School of Economics and Political
Science (LSE), para cursar un Master en Dirección de Negocios, de diecisiete
meses de duración.
A veces, Alejandro se preguntaba cómo había sido
posible que hubiesen establecido una amistad tan sólida, a pesar de las
diferencias existentes en su forma de actuar y en la cultura en la que habían sido
educados. Hassan era algo mayor que su compañero, había cumplido los veinticinco
años y, al igual que Alejandro, era soltero. Delgado por naturaleza, aparentaba
ser más bajo de estatura por tener tendencia a ir encorvado; lo que, al
parecer, era debido a una lesión en las vértebras, que había sufrido como
consecuencia de un accidente. Tenía la tez oscura, los ojos negros, la mirada
profunda y la boca grande. Su nariz aguileña ponía de manifiesto sus orígenes. Fumaba
cigarrillos ingleses sin filtro y no tenía ningún reparo en beber lo que fuese
necesario, al terminar el día, una vez hubiese quedado libre de sus
obligaciones. Parecían no importarle las relaciones afectivas con las chicas;
aunque, hacía uso de sus mejores recursos, cuando habían pasado demasiados días
desde la última vez que hubiese gozado de una compañía femenina en la cama.
Apenas había comenzado la noche del viernes. Pero, no
parecía haber dado inicio con muy buen pie, porque, Osmán, un primo de Hassan,
funcionario en la embajada de su país en la capital del Támesis, se había
encerrado en su casa, con una de sus amigas, dejándoles colgados. Razón por la cual, se habían ido
provisionalmente al traste los planes que habían hecho. No obstante, puesto que
estaban cómodamente instalados en casa de Hassan, decidieron esperar a que el
diplomático diera señales de vida.
-No sé qué interés tuvo mi primo en que yo fuera
conocedor de sus frecuentes encuentros sexuales -se preguntó, Hassan-. Cuando
me dijo que había comprometido el apartamento de debajo del suyo, por cuenta
mía, le dije que estaba loco.
-¿Por qué? ¡South Kensington es una de las mejores
zonas residenciales de Londres!
-¡No tengo ninguna duda! Pero, te olvidas de un
pequeño detalle: ¡El precio del alquiler es astronómico!
-¡Eso es verdad! ¿Cómo lo hiciste?
-Le dije a mi primo que se encargara de sacarme del
atolladero en el que, él mismo, me había metido. No sé lo que hizo, pero, mi
padre estuvo de acuerdo en aumentar mi asignación mensual. Creo que Osmán le
argumentó que tendría una residencia a su disposición para cuando quisiera
visitar Londres -explicó, el amigo del español, apurando lo poco que quedaba de
whisky, en su vaso.
-¡Me encanta el estilo, inconfundiblemente londinense,
de esta preciosa vivienda! -exclamó, Alejandro- Imagina lo inmensamente grande
que sería esta casa de cuatro pisos, antes de reconvertirla en apartamentos.
¡Menudo problema para mantenerla limpia!
-¿Problema? -repitió Hassan, sorprendido- Mantener la
casa ordenada y a disposición del marido, es lo primero que aprenden nuestras
mujeres, desde que son niñas.
-En nuestra civilización europea, la cosa no funciona
así -replicó, Alejandro-. Aunque demasiado lentamente, el machismo se está
erradicando.
-No te ofendas, Alejandro; pero, debo decirte que, en
líneas generales, vosotros, los europeos, sois mucho más hipócritas que nosotros, los
árabes. ¡No digo que éste sea tu caso! Tú, para mí, eres como un hermano, te lo
he dicho en más de una ocasión -dijo, Hassan, con emoción-. Como primogénito
que soy, el día que vengas a mi casa, podrás elegir entre cualquiera de mis
tres hermanas y quedarte con la que más te guste.
-¡Por favor, Hassan, no digas barbaridades! ¡Parece
extraño que no me conozcas!
-Precisamente porque te conozco, una de mis hermanas,
recibiría como marido el hombre que se merece. Te puedo garantizar que,
cualquiera de ellas, está preparada para convertirse en el pilar fundamental de
la casa. Será la que te dará hijos, los educará y cuidará de todos los negocios
domésticos. La mujer, en nuestra cultura, es el ancla a la que está sujeta la
nave, no importa lo fuerte que sea la tempestad que se levante.
-¿No te das cuenta que, obviando el amor que es
preceptivo que exista entre un hombre y una mujer, condenarías a cualquiera de
tus hermanas a un matrimonio por conveniencia?
-Nuestras mujeres, aprenden a amar al hombre que está
dispuesto a formar una familia, que cuida de ellas y las protege. Es justo lo
contrario de lo que ocurre en vuestra cultura; que, a medida que pasan los
días, el amor entre los esposos, o entre la pareja -me da igual- desaparece
progresivamente, hasta que se extingue. ¿Me quieres decir a qué obedecen tantas
separaciones, divorcios o infidelidades?
-¿Por qué dices eso, si a vosotros os basta tomar
cuantas esposas estiméis por conveniente?
-Nuestra religión nos lo permite y no hay nada de
indecente, hipócrita o ilegal. Porque, nosotros, seguimos siendo responsables
de nuestras obligaciones familiares.
-Es la segunda vez que pronuncias la palabra hipócrita
-intervino Alejandro-. Me llama mucho la atención.
-¿Acaso no es hipocresía sacrificar el amor de una
mujer por la apetencia incontrolada de sexo?
-¿Qué quieres decir?
-Me entiendes perfectamente, no te hagas el loco -pareció
molestarse Hassan-. No importa la cantidad de amor que se sienta, el sexo en el
ámbito de la pareja no sólo es lícito, sino conveniente. En cambio, no he visto
raza animal sobre la capa de la tierra, que tenga una conducta tan hipócrita
como la del hombre occidental.
-Continúo, sin entenderte, Hassan -insistió,
Alejandro.
-¡Anda, toma, sírvete un trago! -ofreció, el inquilino
de la casa a su amigo, acercándole la cubitera con hielo- ¿Te parece honesto
que los hombres europeos vayan en busca del sexo, a espaldas de su pareja? ¿Qué tengan el cinismo de hacer, del
adulterio, un arte? ¿Qué se haya creado un negocio de miles de millones de
Libras Esterlinas, que gira alrededor del sexo? Basta darse una vuelta por el
Soho y ver que está plagado de revistas, videos pornográficos y salas de cine.
No entiendo el placer que muchos sienten, viendo copular a una pareja, ya sea
encima de un escenario o en una pantalla.
-Por emplear tus mismos términos, tú no entiendes,
amigo mío, el concepto occidental de libertad sexual. La misma libertad, de la
que pueden disfrutar nuestras mujeres, a diferencia de la esclavitud a la que
están sometidas las vuestras.
-¿Sabes lo que te digo, Alejandro? Es mucho mejor que dejemos
aparcada esta conversación porque podríamos terminar lesionándonos, ambos.
-¡Entre nosotros dos, eso que tú dices, jamás podrá
ocurrir! -rechazó, el español.
-Mientras no profundicemos en la pornografía infantil,
los abusos sexuales a menores, la violencia de género… Prácticas que me parecen
imposibles de hallar en el mundo de los animales.
-Si, en cuestión de media hora, no baja tu primo, te
voy a llevar a un club de Oxford Street que no conoces -dijo, Alejandro, con
determinación.