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domingo, 22 de octubre de 2017

Si los adolescentes sienten que pueden confiar en nosotros, aprenden a decirnos la verdad





Me refiero, en este escrito, a un tema que es clave en la relación con nuestros hijos y que cobra todavía más relevancia cuando son adolescentes: la confianza mutua.

Es importante tener en cuenta que esa confianza no surge de repente, sino que es preciso ir construyéndola, poco a poco, desde que los niños son pequeños. Que sea una confianza real y no una mera apariencia. Que ellos sientan que se respeta su libertad y su criterio para responder adecuadamente ante los desafíos que se les presenten. Que sepan que estaremos a su lado para apoyarles y para ayudarles a que reflexionen sobre el camino a seguir, aunque, los responsables de la toma de decisiones serán ellos mismos.

Será más fácil afrontar los años de la adolescencia, si se ha logrado crear y mantener una relación de confianza mutua, gracias a la cual, nuestros hijos nos otorguen la consideración de personas cercanas, a las cuales, puedan contar lo que les suceda.

Algunos padres creen que deben fijar férreas directivas a sus hijos, hasta que estos no hayan alcanzado los doce o trece años y que tan sólo podrán empezar a darles más libertad, una vez hayan superado la pubertad. Creo que si actúan así, llegarán tarde. Yo soy partidaria de que vayamos educándoles, desde que son pequeños, de manera que cada vez puedan ser más autónomos y responsables de lo que hacen. De paso, nos servirá de entreno para ese período de la vida humana más complicado, que precede a la juventud.

Nuestros hijos harán las actividades típicas de los chicos de su edad. Es posible que ello nos dé tanto miedo, que deseemos aumentar notablemente la vigilancia, las precauciones, las críticas, las charlas, los monólogos e, incluso, los castigos. Si esa es nuestra forma de proceder, haremos que nuestros hijos se alejen, que no confíen en nosotros, que nos oculten algunas cosas o que encuentren que no tienen más alternativa que mentirnos.

Hemos de aprender a confiar en ellos. Procurar actuar de tal manera, que lleguen a querer contarnos la verdad sobre lo que hacen o sobre aquello que les sucede. Esto nos permitirá, en la medida de lo posible, apoyarles y protegerlos. No perdamos de vista el hecho de que nuestros adolescentes no siempre nos darán detalles sobre su vida y que habrá vivencias que no van a querer compartir con nosotros, pues forman parte de su necesaria intimidad. A esas edades, es normal que sean reservados con su familia y que confíen mucho más en sus amigos.

Parte del proceso de afirmarse a sí mismos y de ir siendo cada vez más independientes, se produce a partir del hecho de no compartir todo con nosotros. Es conveniente que respetemos su derecho a tener una vida privada, procurando, en la medida de lo posible, evitar que les ocurra algo malo. Aunque nos cueste hacerlo, será preciso pensar que los adolescentes son capaces de discernir entre cuándo conviene que nos cuenten algo y cuándo quieren guardar un secreto.

Nuestra actitud y nuestra forma de proceder debe transmitirles el mensaje de que contarán con nosotros para lo que necesiten, que les escucharemos, que les ayudaremos a analizar las situaciones importantes con el fin de que puedan tomar sus propias decisiones. Asimismo, que sepan que pueden llamarnos, si consideran que están en una situación incómoda o peligrosa, ya que acudiremos en su auxilio.

Será necesario que tengamos autocontrol, que seamos capaces de escucharles sin gritarles, sin proferir insultos o emitir juicios anticipados, sin recurrir rápidamente a los castigos y a los sermones. Es importante que nos ganemos su confianza para que puedan recurrir a nosotros cuando lo consideren necesario. Procuremos ser para ellos personas de las que puedan fiarse. ¡Confiemos en ellos! Al igual, que deseamos que ellos puedan confiar en nosotros.

Cuando nuestros hijos se fían de nosotros y nos cuentan lo que hacen, en primer lugar, debemos escucharles sin interrumpirles, y sin expresarles nuestra opinión, antes de que ellos hayan terminado de explicarnos los detalles que consideren oportunos. También, debemos felicitarles por tener la madurez para contárnoslo y será muy conveniente que estemos a la altura de la confianza que ellos han depositado en nosotros.

Aunque, es posible que lo que nos cuenten no sea de nuestro agrado, convendría tener presente que es preferible que sepamos lo que hacen; ya que, no saberlo, sería peor y podría ser peligroso para ellos. Debemos dejar de lado nuestro temor y nuestro disgusto, con el fin de poder ayudar a nuestros adolescentes a reflexionar sobre la situación en que se encuentren y acerca de las alternativas que puedan tener a su alcance para resolverla.

El hecho de que nuestros hijos nos hablen sobre sus problemas, puede ser considerado como una oportunidad para guiarlos sobre los pasos necesarios para que puedan resolver los mismos. Será muy conveniente calcular la magnitud del problema, explorar las diversas opciones que se presentan para abordarlo y, finalmente, elegir una de ellas. Con posterioridad, habrán de reflexionar sobre lo que han aprendido. Si nuestros adolescentes no se sienten lo suficientemente seguros para confiarnos la verdad, no asimilarán los consejos que les podamos ofrecer para ayudarles a solventar los problemas de la vida cotidiana.

Cuanto más se fíen de nosotros, más detalles nos revelarán de su vida y más eficazmente podremos intervenir, en caso necesario. Los jóvenes son expertos a la hora de ocultar hechos, y lo hacen precisamente cuando creen que no tienen más remedio, al no sentir que tengan interlocutores comprensivos que quieran escucharles. Podemos formularles preguntas directas y ellos no tienen el menor reparo en mentirnos, mirándonos a los ojos. A menos que hayamos creado una relación con ellos, en la que sepan que pueden confiarnos la verdad, es imposible que sepamos lo que hacen.

Si queremos que nuestros hijos sean sinceros con nosotros, debemos estar preparados; pues, en ocasiones, nos pueden hablar de asuntos que nos cueste encajar. En tales casos, es conveniente que conservemos la calma y que tengamos en cuenta que su voluntad de hablarnos sobre una situación complicada implica que desean que les ayudemos a resolverla. Si no somos prudentes en cuanto a nuestra forma de responder a lo que nos dicen, ellos sentirán que les estamos defraudando y que no pueden contar con nosotros.

Una de nuestras prioridades debe ser la seguridad de nuestros hijos. Por ello, debemos irles preparando para que aprendan a cuidar de sí mismos en situaciones muy diversas e imprevisibles, teniendo en cuenta que este aprendizaje lleva su tiempo.

Antes de que nuestros adolescentes hayan alcanzado la madurez habrán tomado unas cuantas decisiones, algunas de ellas erróneas, al igual que nos ocurriera a nosotros. Convendría que les ayudásemos a reflexionar sobre esas actuaciones que podrían haber comportado un peligro para ellos y sus amigos; que, en la medida de lo posible, aprendan a anticiparse a las dificultades, confiando en nosotros o pidiendo nuestra colaboración.




 Bibliografía:

“Cómo convivir con hijos adolescentes. Permaneciendo en sintonía con ellos y proporcionándoles una verdadera ayuda en sus vidas”,  escrito por Dorothy Law Nolte y Rachel Harris.

En ingles:

"Teenagers Learn What They Live, Parenting to Inspire Integrity & Independence", written by Dorothy Law Nolte and Rachel Harris.

  


Imagen encontrada en Internet: Madre-con-su-hija-sonriendo. También puede encontrarse en el siguiente escrito, https://mejorconsalud.com/dar-ejemplo-la-mejor-manera-educar/




lunes, 25 de septiembre de 2017

Con respecto al acoso escolar


   
No deberíamos caer en el error de considerar que el acoso escolar es ajeno a aquellos comportamientos, cuyos grados de intimidación y de agresividad hacia las personas, son susceptibles de ser tipificados como delito. Por el contrario, suele tomar como ejemplo este tipo de conductas e inspirarse en ellas.

Igualmente sucede que, cuando salen de la boca de los escolares los primeros insultos y amenazas, se tiende enseguida a quitarles la importancia que las mismas revisten, en lugar de intervenir desde el inicio, con lo que se evitaría que el problema creciera y llegara a ser mucho más difícil de atajar.

El acoso escolar puede ser síntoma de los problemas que existen en ciertos hogares y en la sociedad. De la soledad y la incomprensión que sienten algunos niños, o adolescentes. De la humillación a la que son sometidos los padres y que luego descargan en sus hijos. La falta de apoyo que pueda sentir una madre que debe trabajar y educar a sus niños, haciendo que todo marche en casa, mientras que el padre está ausente. En personas pertenecientes a grupos sociales marginados o en aquellas que parecen tener un alto poder adquisitivo, pero que, al igual que las primeras, disponen de muy poco tiempo para estar cerca de sus retoños.

Con seguridad, el acoso escolar es producto de la violencia que los niños ven por doquier y de las manifestaciones de agresividad, maltrato y odio, a las que tanto jóvenes como adultos, están expuestos. También, a la banalización de lo violento, debido a una sobreexposición a los videojuegos y a la insensibilidad que se alcanza por la persistencia de noticias en la televisión y las redes sociales. Sin apenas darse cuenta, los niños, sus familiares o sus amigos, pueden encontrarse inmersos en ese triste mundo del acoso escolar.

El acoso entre niños o entre adolescentes no surge de repente. Todas las conductas humanas tienen una historia previa y en gran medida son aprendidas. Por lo tanto, las actuaciones de los agresores, de las víctimas y de los testigos tienen origen en la relación con sus familiares y amistades, en el tipo de educación recibida, la cual incluye el manejo de las emociones y las consecuencias recibidas por sus comportamientos.

El carácter y la personalidad de un individuo se va formando y consolidando a través de los años. Tendrá que ver con la manera de ser de las personas que le rodean, de cómo se relacionan entre ellas, de lo que es importante para cada uno y de la concepción que tengan de la vida.

Además de aquello que pueda heredarse, cada uno de nosotros es el resultado de la interacción entre lo biológico y lo ambiental. Así mismo, de la manera que tengamos de actuar ante lo que nos sucede y de la forma cómo reaccionan las personas de nuestro entorno ante la expresión de las emociones. Se van asimilando multitud de datos que provienen de la familia, de las amistades y de la sociedad. Por tanto, al existir muchos factores que contribuyen para que cada uno sea como es, no valen las explicaciones simplistas para afrontar un problema complejo como el que estamos analizando.

El acoso no es un tema exclusivamente imputable al agresor, a su forma de ser, a cómo ha sido educado, a pesar de que se haya restado importancia a algunas de sus conductas. Como algunos quieren hacernos creer, tampoco, es imputable a la víctima por su falta de habilidades sociales o porque necesite aprender a ser más fuerte, menos sensible. Sería injusto decir que los responsables son los padres. Cargar de culpa a los testigos que no intervinieron o tardaron en hacerlo sería buscar un mero subterfugio.

Centrándonos en los acosadores, sería conveniente conocer el mayor número de datos relativos a su historial particular: cómo han sido educados, si mantienen relaciones cercanas con la familia y con sus amigos, o bien, si existen graves problemas en sus hogares. ¿Qué sucede cuando son agresivos? ¿Han sido, sus padres, muy estrictos con ellos? ¿Sobreprotectores, quizás?

¿Qué les lleva a acosar a otros niños? ¿Necesitan sentirse fuertes para que otros les valoren y respeten? ¿Por qué les cuesta aceptar las diferencias? Hay algo en ellos que les hace querer imponerse o rechazar a ciertas personas, burlarse de ellas, herirlas o ignorarlas. Probablemente, ni los padres, ni los profesores o sus cuidadores habrán identificado ciertas conductas como problemáticas y precursoras del abuso. Como he mencionado, habrán quitado importancia a pequeños fallos que, de haberse intervenido a tiempo,  no hubieran terminado en acoso.

Cualquier persona puede convertirse en la víctima escogida por los acosadores para descargar sobre ella su rabia, su malestar, su odio o sus burlas. Puede deberse a alguna característica física, a su carácter o inteligencia. A su forma de actuar o de responder ante los problemas. Asimismo, por algo casual, como quedarse dormido en el autobús, que se le hayan caído los libros o que no les guste la ropa que les han obligado a ponerse.

Algunos serán tímidos, otros tendrán ciertos intereses especiales. Sus familias y la forma como han sido educados puede ser muy diversa. Algunas habrán sido muy exigentes mientras que, otras, fueron exageradamente protectoras. Hay padres que se dan cuenta de que algo está yendo mal con sus hijos; mientras que, otros, tan sólo lo advierten cuando es demasiado tarde y los hijos llevaban años sufriendo en silencio.

Las víctimas se verán más o menos afectadas según sea su capacidad para afrontar las dificultades que surgen, si son capaces de tolerar la frustración y en función de los recursos que tengan, ante las actuaciones de los acosadores.

Los testigos silenciosos son aquellos niños que ven las agresiones pero que no actúan, por miedo a perder la amistad de los cabecillas o convertirse en el blanco de sus burlas. Los profesores, los cuidadores o los padres, prefieren quitar importancia a las conductas abusivas, calificándolas como cosas de niños o creyendo que es algo puntual y que ya pasarán con el transcurso del tiempo.

Lamentablemente, al no actuar para evitar la violencia, se vuelven cómplices de lo que sucede.



jueves, 16 de febrero de 2017

A propósito de la historia de los zapatos de niña: El final del cuento




Cuando mi amigo dio por finalizada su narración, me quedé un tanto sorprendida y le pregunté por qué razón había precipitado el final de la misma, sin explicar los detalles de cada una de las actuaciones del señor Rector.

Me contestó que los tiempos de su niñez eran muy distintos y que no pretendía establecer comparación alguna con una problemática tan actual, como era la del acoso escolar o “bullying”. La experiencia personal que me había contado era ajena a cualquier tipo de intervención por parte de los partidos políticos, asociaciones de padres, psicólogos, profesores y medios de comunicación. Le había interesado dejar bien claro que, lo sucedido, había quedado en el estricto ámbito del colegio. Reconoció que había sido el protagonista principal del cuento. Pero, la historia no hubiera tenido lugar, si no hubiesen participado todos los demás: los alumnos, los profesores, los padres de los niños que se pelearon y el propio señor Rector. Por todo ello, prefería que yo sacara mis propias conclusiones y pensara cómo se hubiera podido resolver el episodio; de la misma forma que lo harían cuantas personas leyeran el cuento de los zapatos de niña. “Me parece importante poner de manifiesto -dijo- la voluntad que todos demostraron en querer atajar tan inaceptable conducta. De no haberlo hecho, hubiese podido convertirse en un grave problema”. 

Insatisfecha por su respuesta, me permití insistir en la conveniencia de saber, por lo menos, los argumentos esgrimidos por la máxima autoridad del colegio, al estar segura de que sería lo que iban a solicitar muchos lectores. Al darse cuenta de mi desasosiego, se comprometió a contar lo que hubiese sabido de la intervención del señor Rector, en el caso de que yo llegase a recibir peticiones en tal sentido; lo cual, fue lo que sucedió, desde el primer momento en el que apareció publicado el cuento.

Antes de cumplir con su compromiso, mi amigo quiso recomendar la adopción de una actitud abierta y predispuesta a la comprensión, por parte de los lectores. A ellos, correspondería decidir si alguno de los argumentos esgrimidos sería de aplicación, en los tiempos actuales.

“Cuando el señor Rector subió al estrado, se hizo un completo silencio en el salón de actos. Quienes pertenecíamos al curso de Ingreso, habíamos ocupado las dos primeras filas de butacas, separadas por un pasillo central. A continuación, lo habían hecho el resto de los cursos, por estricto orden, incluidos los alumnos de Preuniversitario, quienes, por su estatura, imponían un especial respeto. Los profesores, se habían sentado en la última fila.

De pie, situado detrás de un atril que tenía una luz incorporada, las primeras palabras del máximo responsable del colegio sonaron mucho más amables de lo que yo me hubiera podido haber imaginado. Fueron para preguntar si había alguien que no estuviera al corriente de lo que había sucedido el día anterior, consecuencia de una escalada de insultos, mofas y expresiones de menosprecio lanzados por un buen número de alumnos. En vista de que no tenía lugar respuesta alguna, mosén Arturo, preguntó, por su nombre y apellidos, a media docena de niños que pertenecían a cursos distintos. Al levantarse de sus respectivos asientos, todos fueron respondiendo que sí eran conocedores del hecho, lo cual no hizo más que confirmar la trascendencia que el mismo había tenido.

A continuación, siguiendo con igual ritual, lanzó distintas preguntas tomando en consideración las edades de los alumnos a las cuales iban dirigidas, tales como: ¿Le gustaría que le rompieran sus juguetes? ¿Aceptaría que alguien rayara su pupitre? ¿Aprobaría que insultaran a su hermana? ¿Aplaudiría que ofendieran a su madre?... Evidentemente, cada una de las preguntas fue contestada, sin asomo de duda, con un ¡no! rotundo.

El silencio más sepulcral se había adueñado del salón de actos y la expectación parecía haber llegado al límite. No obstante, el señor Rector, quiso elevar el nivel de sus preguntas, para lo cual decidió dirigirse a dos alumnos de sexto de Bachillerato, los cuales habían elegido la rama de Letras. Al primero le preguntó:

-¿Quiere traducirme al castellano el lema de nuestra Institución docente “Sapientia sine moribus vanae”?

-“La sabiduría, sin moral, es inútil” - respondió correctamente el alumno.

-Por favor, tenga la amabilidad de traducirme la frase “Homo sacra res homini est” y decirme a quién se le atribuye - solicitó, al segundo de los alumnos.

-Es del filósofo, político, orador y escritor romano Lucio Anneo Séneca -respondió, con todo lujo de detalles, el alumno-. Su traducción sería: “El hombre, es cosa sagrada para el hombre”.

Tan sólo se oyó el ruido que hizo el estudiante de Letras al sentarse y golpear el asiento de la butaca contra sus topes de madera. Todos pensábamos que el señor Rector iba a señalar a los culpables y hacernos partícipes de los castigos que hubiese decidido imponernos. Sin embargo, llamó al estrado a un alumno de segundo de Bachillerato, lo cual nos sorprendió que hiciera, después de que hubiesen participado los mayores. Reconocí, en él, a uno de los tantos que me habían insultado.

-¡Acérquese al atril por favor! -se escuchó la voz firme, pero amable a la vez, de quien dirigía el colegio- Tenga la gentileza de leer este pasaje del primero de los cuatro evangelios que, como usted sabe, fue escrito por San Mateo -solicitó, dirigiendo el foco de luz sobre el texto que había elegido.

El alumno, con la voz temblorosa, leyó:

-“Un fariseo le preguntó: Maestro, ¿Cuál es el mandamiento mayor de la Ley? Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y primer mandamiento. El segundo es semejante a este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden la Ley y los Profetas.”

En esta ocasión, el padre Rector mandó al niño que regresara a su sitio y nos habló en los términos siguientes:

Junto con el señor Martínez, quien es responsable de Educación Física, todos cuantos sacerdotes les acompañamos, formamos parte del profesorado de este colegio. Pertenecemos a una orden religiosa que ha recibido el encargo de dar una doble formación a todos los educandos, presentes en este salón de actos. Deben saber que ustedes son nuestros amados alumnos y el patrimonio más importante de este colegio. Por una parte, el Ministerio de Educación nos ha delegado para que impartamos a cada uno de ustedes el plan de estudios de Enseñanza Media que habrá de llevarles a las puertas de la Universidad. Es una responsabilidad muy grande, porque debemos ser capaces de darles la mejor formación intelectual. Es la misma delegación recibida de sus padres, aunque en ocasiones, nos la hayan dado de una forma tácita.

Además, como beneficiarios que sus padres son de los dones que Dios les ha otorgado, ejemplo más representativo de los cuales son ustedes mismos, sus hijos, ellos se constituyen en mandatarios explícitos de la voluntad divina. Por consiguiente, recibimos el encargo supremo de proveerles la más exquisita formación moral y ética. A nuestro entender, mucho más importante que la intelectual, por lo que debe ser muy exigente.

Les pido que comprendan que para llevar a término esta segunda tarea, el profesorado habrá de pedirles que sean ustedes extremamente respetuosos con todo el mundo. Confío plenamente que les hayan servido los mensajes que se han leído y que otorguen a todas las personas el mismo respeto que, muy legítimamente, exigen recibir de los demás. Han de saber que es una condición innegociable para formar parte del alumnado de este colegio. Cualquier vulneración futura de la misma, no será motivo de castigo sino de expulsión fulminante de este centro educativo y de formación humana. Quisiera aprovechar esta oportunidad para recordarles la importancia que tiene la asignatura de urbanidad, que no es ajena al buen comportamiento del que deben hacer gala en todo momento. Les doy las gracias por su atención y les deseo que tengan un feliz día.”

De esta manera, finalizó la intervención del señor Rector. No se identificaron culpables, ni se habló de castigos; pero, regresamos a nuestras respectivas aulas en silencio, pensando en todo cuanto habíamos escuchado.

Ignoro lo que ocurrió en la reunión que el señor Rector mantuvo con los padres del niño con el cual me había peleado. Después de que los míos hubiesen mantenido la suya, fui llamado al despacho de la máxima autoridad del colegio. Con una expresión de gravedad en su rostro, me preguntó si había entendido cuanto se había dicho y leído en la sala de actos. Le contesté que sí. En vista de lo cual, me preguntó qué castigo me esperaba si volvía a faltarle el respeto a alguno de mis compañeros o profesores. “¡Ninguno!” -le respondí- “No tendré cabida en este colegio” -añadí, ante su sorpresa. Después de lo cual, me hizo devolución de mi caja conteniendo el par de zapatos de niña, le hice el besamanos y salí de su despacho.

Nunca llegué a saber lo que el señor Rector había hablado con mis padres. Lo único que me dijeron es que estarían muy pendientes de mi nota de urbanidad. Mi madre me hizo entrega de una bata limpia cuyo largo habían acortado mediante un dobladillo, al igual que habían recogido de mangas. Me recomendó que me la pusiera al día siguiente, en sustitución de la que tenía en el colegio. Me pidió que le hiciera entrega de los zapatos de niña porque pensaba regalárselos a la hija de la asistenta y me dijo que iríamos a su tienda preferida para comprarme otro par de mocasines. Pero, que yo eligiese los que me pareciesen más idóneos para jugar al fútbol con una pelota de trapo, forrada de cuero.

  


Es posible que algunos no hayan leído Hablando del acoso escolar, un amigo me dijo: “Deja, Magdalena, que te cuente la historia de los zapatos de niña”. El presente escrito es continuación de aquél, razón por la cual puede interesarles leer la anterior publicación.




Imagen encontrada en Internet, de 123RF, modificada para el blog: 40592150-el-muchacho-dijo-que-el-pastor-con-el-discurso-globo-ilustraci-n-vectorial.





domingo, 22 de enero de 2017

Pendientes del estrés de nuestros hijos



Sabemos, por nuestra propia experiencia, que el estrés es contagioso. Cuando nuestros hijos adolescentes acuden a nosotros para exponernos un problema, es importante que no reaccionemos con desproporción a la dramática manera como nos lo hayan planteado. Los adolescentes pueden ser extremadamente alarmistas cuando hablan de sus problemas, los cuales son absolutamente normales, en función de la edad que tienen. Y, sin embargo, nos los presentan como si  se tratara del fin del mundo. Cuando lo hagan, deberemos controlar nuestra propia ansiedad para no reaccionar de una forma exagerada, lo cual empeoraría la situación.

Es difícil permanecer en calma cuando nuestros hijos están preocupados. Sobre todo, cuando sus problemas guardan relación con algo que fue doloroso para nosotros, durante nuestra adolescencia. El estrés es muy contagioso cuando se trata de algo que nosotros conocemos bien; ya sea porque lo hayamos experimentado o porque alguien cercano haya tenido el mismo problema.

Conviene que seamos capaces de identificar cómo va aumentando nuestra tensión, a medida que escuchamos hablar a nuestros hijos. Será preciso que nos calmemos, por medio de respiraciones profundas, contando hasta diez, o lo que fuere necesario… Procede recordar que es algo transitorio y es conveniente que nos tranquilicemos, antes de poder ayudar a nuestros adolescentes, para que se calmen y puedan encontrar una solución a todo aquello que les está agobiando.

Debemos comprender y aceptar que nuestros hijos están en una época en la que sus emociones parecen una montaña rusa. En ocasiones, se hundirán en un pozo de desesperación y será necesario que les alentemos para que superen ese estado de ánimo y puedan seguir adelante. Conviene que encontremos la forma en la que tienen que proceder para dejar de sentirse atrapados por sus dramas emocionales y para que empiecen a averiguar cómo han de actuar para superar los obstáculos.

Podemos ayudar a nuestros jóvenes a decidir qué es lo primero que podrían hacer para centrarse en la solución del problema. Lograremos, al menos por un momento, que superen su crisis emocional. Juntos, podríamos explorar varias opciones. Así, tendrían más elementos para su decisión.

El estrés durante una crisis

Lidiar con el estrés durante una crisis en toda regla, es cualitativamente diferente a enfrentar las presiones del día a día. Es mucho más intenso, y esto hace que, a veces, sea difícil poder desenvolverse en la vida cotidiana.

Cuando se presenta una importante crisis familiar, los adolescentes suelen recibir menos apoyo de sus padres, justo cuando más lo necesitan. Ocurre de tal forma, porque los padres están ocupados con sus propias reacciones a la situación. Es necesario que, durante una crisis, prestemos una especial atención a la comunicación con nuestros adolescentes, sin abrumarlos con temores y responsabilidades de adultos. En esos momentos difíciles, nuestros hijos necesitan estar informados de lo que sucede, a la vez que deben sentirse protegidos. Es un equilibrio difícil, pero se puede conseguir.

Cuando entendamos que no estamos en situación de proporcionarles la atención que necesitan y que nuestro estado de ánimo no es el idóneo para comunicarnos con ellos, deberemos tratar de encontrar ayuda y apoyo para todos nosotros, sin importar que provenga de amigos o de familiares; y, si fuera necesario, de un verdadero especialista.

Para nuestro propio apoyo emocional, debemos recurrir a aquellos parientes o amigos que puedan ayudarnos a sobrellevar nuestros temores y nuestros problemas, solicitándoles la ayuda que necesitemos para afrontar la crisis que se nos haya presentado. No podemos evitar que nuestros hijos se vean obligados a tener que vivir momentos difíciles, pero podemos protegerlos de nuestra propia reacción al estrés y de una preocupación excesiva por los problemas de los adultos. Nuestros hijos necesitan que seamos fuertes, por lo que procuraremos obtener esa fuerza del apoyo que nos puedan ofrecer otras personas. No es conveniente que pongamos, sobre los hombros de nuestros adolescentes, cargas que puedan sobrepasarles.

Hay momentos en los que toda la familia está demasiado estresada como para poder manejar algún otro problema, aunque sea pequeño. En esos momentos es cuando se hace necesaria la ayuda y el apoyo de toda la familia, de los amigos cercanos, o alguna ayuda externa. Como padres, necesitamos darnos cuenta de cuándo hemos sobrepasado nuestros límites y tener claro que deberemos pedir ayuda, cuando la necesitemos.

Los adolescentes necesitan que haya adultos que se involucren íntimamente en sus vidas. Cuando nos encontremos demasiado estresados para poder ejercer de padres, de la manera como sería deseable, lo mejor que podemos hacer es pedir ayuda para nosotros y para nuestros hijos.

Es muy importante aprender a relajarse

Tenemos distintas formas de reaccionar ante las situaciones estresantes. Podemos dormir mucho o dormir muy poco y mal, comer en exceso o saltarnos las comidas, mostrarnos excesivamente ordenados o tener todo desordenado… Cada adolescente tiene su estilo propio y único de responder al estrés. Como padres, necesitamos saber cómo manifiestan sus miedos y sus inquietudes. Cuando nos parezca que algo anda mal, deberemos hablar con nuestros hijos sobre aquello que les preocupa. Cuanto más sepamos sobre lo que está sucediendo en sus vidas, mejor será nuestra posibilidad de entender qué es lo que puede estar afectándoles.

Nuestros hijos necesitan aprender a lidiar con el estrés que sientan, como parte de su preparación para la vida. Deberán reconocer tempranamente sus propias señales de estrés y aprender a calmarse. Así, podrán responder de manera constructiva ante las situaciones estresantes, en lugar de hacerlo con ansiedad o agresividad.

No olvidemos que la mejor herramienta que tenemos para enseñar a nuestros hijos a manejar el estrés es a través de nuestro propio ejemplo. Nuestros adolescentes saben cuándo estamos estresados ​​y son expertos en interpretar nuestros estados de ánimo. Si nos mostramos irritables, malhumorados y tenemos la tendencia a desanimarnos cuando nos sentimos estresados, éste será el ejemplo que les ofrezcamos.

Al aprender a manejar los primeros signos de estrés, nuestros hijos podrán dirigir su energía de una manera más efectiva, una vez hayan recuperado la concentración y hayan podido establecer sus prioridades.



Bibliografía:

“Cómo convivir con hijos adolescentes. Permaneciendo en sintonía con ellos y proporcionándoles una verdadera ayuda en sus vidas”,  escrito por Dorothy Law Nolte y Rachel Harris.

In English:

"Teenagers Learn What They Live, Parenting to Inspire Integrity & Independence", written by Dorothy Law Nolte and Rachel Harris.



Imagen encontrada en Internet, en 123RF, modificada para el blog. 56727179, de Manoj Kuman, Foto de archivo - Bienestar mental, una muchacha de ciclo en el buen tiempo para reducir el estrés.

http://es.123rf.com/photo_56727179_bienestar-mental-una-muchacha-de-ciclo-en-el-buen-tiempo-para-reducir-el-estr-s.html




To read this text in English, please, go to the following link:


http://letushaveanicedaytoday.blogspot.com.es/2017/01/being-careful-of-stress-of-our-teens.html





viernes, 14 de octubre de 2016

Vivir, mirando hacia el futuro



Mediante el presente escrito, me gustaría profundizar en el importante papel que, la familia y personas allegadas, juegan en la formación y posterior desarrollo del ser humano.

Aunque quisiera referirme a los padres y restantes miembros de la familia, principalmente, no podemos olvidarnos de aquellas personas que no han crecido en el ámbito de una familia, para las cuales, la intervención de personas adultas ajenas al ámbito familiar, habrá tenido relevante importancia. De estas últimas, también desearía hacer especial mención.

Es un hecho irrefutable que los bebés dependen, totalmente, de los adultos. Tanto para su propia supervivencia, como para aprender a VIVIR SU VIDA; para adquirir unos conocimientos, para aprender a pensar y para ir en busca de aquellas cosas que necesitan para su desarrollo.

Para todo, para lo bueno como para lo no tan bueno, los bebés y los niños están en manos ajenas. Deben aprender a dejar de ser unos seres totalmente dependientes, para llegar a convertirse en personas autónomas que sepan valerse por sí mismas, que aprendan a conocerse, que descubran qué es lo que les gusta y lo que no, cuáles son sus principales motivaciones y cuáles son sus propios valores personales. Pero ese camino no termina al alcanzar su independencia, ya que es aconsejable que procuren conocer y comprender a aquellos con quienes se relacionan. Aprendiendo, a su vez, de esos intercambios con quienes tienen historias y vivencias diferentes a las suyas, las cuales,  enriquecerán sus vidas.

Creo que nos equivocamos cuando pensamos que debemos vivir de cara al pasado, en busca de las enseñanzas y de los patrones de actuación de nuestros padres, de nuestros abuelos y demás ascendientes; pretendiendo imitar sus vidas, o la de aquellas personas que, sin haber tenido una relación de familia con nosotros, hubiesen incidido, de forma muy notable, en nuestro desarrollo. Pienso que nosotros debemos erigirnos como una persona nueva, diferente, que debe buscar su propio camino en esta vida, por lo que procede mirar al futuro.

Hay familias, en las que pesa demasiado el ayer; razón por la cual, tratan de preservar ciertas costumbres, formas de ser y de actuar que, con toda seguridad, jamás cuestionaron ni tuvieron la oportunidad de aceptar libremente. Puede que, ese respeto reverencial por el pasado, les dé seguridad y un marco de referencia al que adherirse para desarrollar su propia vida. Es posible que, algunos hijos, asuman como suyos esos valores familiares, mientras que, otros, decidan cuestionarlos y prefieran seguir un camino más personal, actuando de acuerdo con lo que les parezca más valioso; aunque, distinto a lo que han querido transmitirles.

Me sigo planteando cuál debe ser la actuación de quienes ostentan la autoridad familiar con respecto a los niños o adolescentes, de los cuales son máximos responsables. ¿Pretenden que sean conformistas? ¿Les piden que reproduzcan las enseñanzas de sus mayores y se adapten a la visión de las cosas que ellos les transmiten? ¿Les orientan en la búsqueda de su camino y de su propia identidad? ¿Les preparan para disfrutar de la vida? ¿Les enseñan a ser felices?

Los adultos parecen estar bastante ocupados en lograr tener los medios para conseguir satisfacer sus necesidades y las de su familia. También procuran transmitir a sus hijos lo que, para ellos, es valioso. Todo eso que ellos consideran importante, vino dado por lo que les fue transmitido por sus propios padres, por otros adultos y por la sociedad, así como por lo que ellos mismos hicieron con sus propias vidas. Para mí, eso es una secuencia interminable de miradas hacia el pasado. No sé qué tan conscientes son de que están transmitiendo lo que siempre han escuchado, lo que han vivido y lo que han padecido, convencidos de que todo debe seguir siendo igual.

¡El papel de la tradición! ¡Debemos honrar a los padres y a los antepasados! ¡No es bueno cuestionar lo que hemos recibido! ¡Eso es una deslealtad! ¡Traicionar a las personas que nos antecedieron! Aunque, muchos de ellos, no estuvieran de acuerdo con algunas de las enseñanzas recibidas.

Me cuesta pensar que ese pasado, que esa interpretación que algunos hicieron de los hechos, con sus luces y sus sombras, con la idealización de algunas personas y de su forma de proceder, con sus autoengaños convertidos en verdades que debían ser defendidas y transmitidas a las siguientes generaciones, pueda seguir influyendo en sus hijos, en sus nietos y en sus bisnietos. Muchas personas continúan, por inercia, con ciertas enseñanzas, sin haberlas cuestionado y sin haber decidido si las querían hacer suyas. Mientras que, otras, se atreven a romper con algunos de los legados familiares, los cuales parecen un corsé, en lugar de una ayuda.

Nosotros, como padres, deberíamos hacer lo posible para que nuestros hijos encuentren su propio camino. Aceptar su decisión en la elección de sus personales opciones, aunque puedan ser diferentes a ese legado familiar. A pesar, incluso, de que rompan manifiestamente con algunas de las enseñanzas transmitidas.

Desearía que ese respeto que algunos padres “imponen” a sus hijos, sea un respeto mutuo, desde que los niños son pequeños, con sus individualidades y su forma de ver el mundo y las relaciones personales. Creo que cuando esto sucede, cuando cada uno puede ser como es, como quiere ser, todos podrán aprender de los demás y se facilitará el camino que cada uno escoja. Seremos más flexibles, tolerantes y amorosos; será más fácil la comunicación, ya que no habrá que justificar nuestros gustos o esconderlos por miedo a no ser aceptados por los demás. El pasado quedará donde debe estar, en el pasado. Podremos vivir en el presente, teniendo en cuenta los aprendizajes y las conclusiones que saquemos de lo que hemos recibido como “herencia” familiar, mirando hacia nuestro propio futuro, viviendo la vida que cada uno va construyendo de acuerdo a sus conocimientos, sus experiencias, sus sueños y sus proyectos.

El pasado debe tenerse en cuenta como un punto de partida, pero no debemos quedar anclados en lo que sucedió, en lo que nos contaron, en lo que otros vivieron. La vida debe vivirse en el presente, mirando hacia el futuro.

Algunos, habrán sido educados en un ambiente que potencie la personalidad y la toma de decisiones de cada uno, teniendo así una mayor facilidad para su propio desarrollo.

Otros, habrán de nadar contra corriente, en búsqueda de recursos para sobrevivir y para hallar su propio camino; quizás, tardando tiempo en descubrir que algunas cosas de ese pasado que han recibido ya no son aceptables para ellos y que, por lo tanto, deben dejarlas atrás. Probablemente, se quedarán con unas cuantas enseñanzas de lo que para ellos es valioso. En consonancia con sus propios valores, de acuerdo a su concepción del mundo, de la familia, de las personas…





miércoles, 21 de septiembre de 2016

Si quieres perder la confianza de tus hijos, o de otras personas, lo tienes muy fácil: viola su intimidad




En este escrito, me voy a referir a un artículo que me encontré en Facebook, titulado: ¿Hay que violar la intimidad de nuestros hijos? Me llamó tanto la atención, que lo primero que pensé fue que alguien pudiera escribir recomendando violar la intimidad de las personas, algo en lo que estoy en completo desacuerdo.

Afortunadamente, la autora se refería, de manera crítica, a unas declaraciones de un Juez, de una ciudad española, cuyo nombre prefiero no mencionar, el cual se pronunciaba de la manera siguiente: “Creo que hay que violar la intimidad de nuestros hijos. Antes, nuestros padres nos registraban los cajones, ahora hay que mirar lo que hacen con el móvil… El caso es que no nos pillen”.

¡Vaya ejemplo de juez! ¡Qué vergüenza! ¡Qué peligro, lanzar ese tipo de sentencias! Me cuesta creer que, alguien que debería ser un servidor intachable de la Justicia, pueda haberse despachado en semejantes términos. ¡Lo que nos faltaba! Que, un Juez de Menores, otorgue permiso a los padres y les inste a cometer semejante atropello, atentatorio de la libertad y de la privacidad de sus hijos. Me parecerían igualmente horribles sus palabras, si hubieran estado dirigidas hacia la violación de la intimidad de cualquier ser humano.

¿Quieres saber cómo puedes perder la confianza de tus hijos o de otra persona? Hay una forma muy rápida de lograr que no confíen en ti: no respetes su intimidad.

Me recuerda un caso que conocí en el que, ciertos familiares de una joven que acababa de cumplir los veintiún años, cometieron la barbaridad de abrir su correspondencia, de registrar sus pertenencias, revolviendo los cajones de su cómoda y de su armario, llegando a hurgar en la papelera de su habitación. ¿Cómo es posible confiar en alguien que haga esas cosas? Sé que es parte de las prácticas educativas de antes; aunque, no se circunscribe, únicamente, al ámbito de la familia. También hay parejas y amigos que no respetan la privacidad y la intimidad de sus “seres queridos”. Lo pongo entre comillas, porque no me parece el comportamiento adecuado de alguien que dice querer a otra persona.

Recurrir a la violación de la intimidad de un hijo, hermano, alumno, es señal irrefutable de que, quien actúa de tal manera, es un pésimo educador; que ha sido incapaz de ganarse su confianza, que no ha sabido cómo transmitir unos valores y que no respeta la libertad de nadie.

Cuando se hurga en la privacidad de otra persona se da a entender que no se confía en ella; tampoco, en la capacidad de uno mismo, para convertirse en un ser amoroso, comprensivo, cercano y firme.

Ser correctos en el trato y estrictamente honestos en lo que hacemos, será el mejor ejemplo  para nuestros hijos, del cual ellos aprenderán para siempre. Por el contrario, violar su intimidad les enseñaría que no pueden confiar en las personas más cercanas y que no es necesario respetar las pertenencias y la intimidad de otras personas.

La confianza y el respeto son dos pilares básicos para construir unas buenas relaciones con la familia, los amigos y todo tipo de vínculos personales.

La autora señala que “estas declaraciones han creado polémica en toda la comunidad educativa (que recordemos somos todos: padres, educadores, maestros, pedagogos, etc.). Y no es para menos”.

No quiero ni pensar en el legítimo enfado que pueden sentir los jóvenes que se enteren de esas declaraciones; como consecuencia de las cuales, puedan llegar a sospechar que sus padres sean capaces de seguir las indicaciones de ese Juez de Menores. Lo que me impresiona es que, a algunas personas, les pueda parecer estupendo lo manifestado por ese hombre. ¡Pobres los jóvenes que tengan cerca de ellos a personas que piensen así! ¡Vaya educación más horrible estarán recibiendo!

A continuación, la autora, agrega:

“El Artículo 197.1 del Código Penal establece: El que, para descubrir los secretos o vulnerar la intimidad de otro, sin su consentimiento, se apodere de sus papeles, cartas, mensajes de correo electrónico o cualesquiera otros documentos o efectos personales, intercepte sus telecomunicaciones o utilice artificios técnicos de escucha, transmisión, grabación o reproducción del sonido o de la imagen, o de cualquier otra señal de comunicación, será castigado con las penas de prisión de uno a cuatro años y multa de doce a veinticuatro meses

Yo quisiera saber si, a pesar del posicionamiento declarado por el señor juez al que nos hemos referido, el propio señor juez, u otros señores jueces que defiendan el mismo criterio,   enjuiciarían a los padres, familiares y otras personas que violen la intimidad de sus hijos, de sus parejas, de sus amigos, en aplicación del citado Artículo 197.1 del Código Penal, vigente en España.

La autora se pregunta: “¿Debemos violar la intimidad de nuestros hijos?”

“Violar la intimidad de nuestros hijos puede tener nefastas consecuencias en el desarrollo de nuestros hijos.” “¿Qué tipo de relación paterno-materno-filial “demanda” la vulneración de la intimidad de nuestros hijos? Desde luego no la basada en la comunicación, el cariño, la aceptación, el respeto y/o la confianza.” Igualmente, nos dice que “también conocemos el dolor emocional que provoca la falta de confianza de aquellas personas más cercanas a nosotros”.

Me gustaría rogar, a quienes me leen, que reflexionen sobre ese profundo y desgarrador dolor que se siente cuando, las personas cercanas a nosotros, traicionan nuestra confianza; cuando se entrometen a la fuerza en nuestra intimidad, cuando prefieren creer a otras personas, antes que a nosotros, cuando hurgan en nuestras cosas, en lugar de preguntarnos, de frente, sobre aquello que les preocupa o que puedan llegar a sospechar.

¿Hasta cuándo vamos a seguir creyendo que los hijos nos pertenecen y podemos hacer con ellos lo que nos venga en gana? ¿Hasta cuándo vamos a permitir que en nombre del amor familiar, de pareja o del existente en la amistad, se cometan atropellos a la privacidad e intimidad de las personas? El fin no justifica los medios. No podemos utilizar cualquier estrategia, en nombre del amor.

Hoy, a propósito del tema tratado en este escrito, viene a mi mente el viejo y sólido adagio: “El amor no da patente de corso”.

Los niños son dependientes de nosotros y esto hace que nosotros nos hagamos responsables de ellos, que nos convirtamos en sus guardianes y en sus protectores. Pero, no tenemos patente de corso para hacer lo que queramos, ni mucho menos. En ocasiones, los padres tensan tanto la cuerda, que el vínculo emocional que les une a sus hijos se rompe de forma irreparable. Es muy doloroso constatar el daño que causan sus acciones y actitudes, en nombre del amor, sin que, tan siquiera, se den cuenta de ello.

Me declaro firmemente convencida de que el amor hacia nuestros hijos exige estar permanentemente atentos para no vulnerar el respeto que ellos merecen.




Fuente utilizada para el escrito: 

¿Hay que violar la intimidad de nuestros hijos? Por Rebeca Palacios García de la Rosa, septiembre 12 de 2016.

http://www.playourbrain.com/violar-la-intimidad-de-nuestros-hijos/




Imagen encontrada en Internet. Desconozco su autor.