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lunes, 26 de marzo de 2018

La realidad del maltrato infantil, según Alice Miller





Me refiero al maltrato infantil, una práctica en exceso extendida entre quienes la consideran necesaria para la adecuada educación de niños y adolescentes.

Conviene tener en cuenta que la utilización de la violencia puede ocurrir en cualquier sitio: en el hogar, en las guarderías, en los colegios, en los espacios de ocio, en las calles… En ciertos países, la encontramos, incluso, en orfanatos, centros de atención a menores, correccionales y en aquellos lugares de trabajo en los que los niños son cruelmente explotados.

El maltrato infantil ha sido ignorado, intencionalmente, por todos aquellos que lo emplean, con la excusa de que siempre se ha utilizado para lograr una “buena educación” de los niños y de los jóvenes, para refrenarlos, para controlar su rebeldía y para obligarlos a cumplir los mandatos de los adultos, quienes saben qué es lo que les conviene.

No debemos ampararnos en las tradiciones para justificar los malos tratos. Que se haya hecho durante tantos años, que algunos los hayan sufrido en su infancia o que todavía estén sometidos a la violencia de otros, no es excusa para que se sigan perpetuando estas prácticas, que tendrán unas graves consecuencias sobre las vidas de otros seres.

Desde hace un tiempo, estoy dándole vueltas al hecho, difícil de comprender, de que personas que sufrieron unas formas de educación demasiado estrictas, incluso represivas y abusivas, puedan olvidarse del daño recibido, o justificarlo, llegando a reproducirlo en los menores o permitiendo que otras personas les hagan daño.

La violencia contra los menores no es algo privado. Por ello, es necesario que haya más personas que tengan una posición crítica al respecto, logrando ser un apoyo para estos niños, y, asimismo, contribuyendo para que los adultos asuman otras formas no violentas de relación y de educación.

Alice Miller, dejó su carrera como psicoterapeuta para consagrarse por completo a la investigación sobre los efectos del abuso infantil, sus trágicas consecuencias en la vida adulta y la búsqueda de formas de sanar el daño causado. Compartió los resultados en sus libros, artículos y entrevistas. Utilizaré, para este escrito, parte de la información incluida en un artículo de su página web: Retrato de Alice Miller. Sobre la realidad de la infancia.

Las diferentes formas de maltrato infantil, no solo producen niños infelices y confusos, sino también adolescentes desadaptados o destructores y padres abusivos.

Encontré un dato que me llamó mucho la atención. Se afirmaba que, de los ciento noventa y dos países miembros de la ONU, solamente dieciocho habían prohibido los malos tratos físicos a los niños. Ello puede servirnos para ver la dimensión del problema, a nivel planetario.

Alice Miller señala que el hecho de que los niños sean golpeados en todo el mundo, se encuentra en las raíces de la violencia que existe en la mayoría de los países. Los efectos del maltrato, son especialmente graves si éste ocurre durante los primeros años, cuando el cerebro del niño se está estructurando. Aunque los daños causados por esta práctica son devastadores, desafortunadamente, apenas son percibidos y reconocidos por la sociedad.

No obstante, parecería ser algo fácil de comprender: puesto que a los niños se les prohíbe defenderse de la violencia dirigida hacia ellos, deben reprimir las reacciones naturales, como la ira y el miedo. Más tarde, siendo adultos, descargan estas fuertes emociones contra otros; entre ellos, contra sus propios hijos.

La omisión, por parte de la sociedad, de la valoración acerca del daño que el maltrato ocasiona en los niños, puede producir comportamientos extremadamente peligrosos, tales como la brutalidad, el sadismo y otras desviaciones. A los cuales, algunos especialistas decidirán calificar de “trastornos genéticos”, cuando en realidad han sido causados por métodos de educación abusivos. Únicamente, la toma de conciencia de este dinamismo perverso, es lo que nos permitirá romper la cadena de la violencia, para que no siga reproduciéndose, de unas generaciones a otras.

Alice Miller desarrolló un modelo de terapia que propone confrontar el pasado. Con el objetivo de que los pacientes tomen consciencia del miedo que experimentaron cuando, de niños, fueron maltratados. Deben descubrir qué fue lo que sucedió y lo que sintieron cuando eran pequeños y tuvieron que reprimir sus emociones. Conviene que lo sientan nuevamente y que lo comprendan, para luego poder liberarse de sus efectos dañinos. El miedo infantil hacia los padres todopoderosos es el que empuja al adulto a maltratar a otros, o bien, a aceptar vivir con graves problemas mentales, minimizando o evitando, reconocer la crueldad de sus propios padres.

Cuando el niño, el adolescente o el adulto, logran comprender lo que sintieron ante el maltrato, cuando se dan cuenta de que no hay algo innatamente malo en ellos, cuando son capaces de reconocer que fueron objeto de un trato muy dañino por parte de sus padres u otros adultos, pueden aprender a dejar atrás todo ese dolor y construir una nueva vida, sin la necesidad de infligir, a los demás, un daño similar; o, permanecer siendo las eternas víctimas de las personas con las que se relacionen.



Bibliografía:

Retrato de Alice Miller. Sobre la realidad de la infancia. http://www.alice-miller.com/es/sobre-la-realidad-de-la-infancia/

Profile of Alice Miller. Towards the reality of childhood. http://www.alice-miller.com/en/profile-of-alice-miller/



Imagen encontrada en Internet, modificada para el blog:






lunes, 17 de abril de 2017

A vueltas, con el maltrato psicológico



En una de mis publicaciones anteriores, veíamos que el maltrato psicológico tiene efectos demoledores, aunque aparenten ser invisibles. El acoso continuado va desgastando a las víctimas, minando su autoestima, su fortaleza, su capacidad de reaccionar y de defenderse.

Algunas mujeres utilizan el maltrato psicológico en la relación con sus parejas, sus hijos, las personas mayores o sus subalternos. Llegan a ser muy duras y crueles, infligiendo un daño insidioso, calculado, frío, malévolo, a quienes manifiestan ciertas debilidades o a quienes se proponen dominar por constituir una amenaza contra su autoridad. También, a aquellos que pueden suponer un obstáculo para la consecución de sus propósitos.

Como toda agresión continuada, la suya es una conducta permanentemente dañina, incapacitante y real, aunque la sociedad no quiera verla. Es necesario que se haga visible, como la del hombre, para que pueda ser identificada por los que la padecen. De esta manera, se podrá actuar para lograr que sus secuelas no sean tan graves y para sanar las heridas que no hayan podido evitarse.

De todos es conocido que algunos hombres utilizan el maltrato psicológico para sentirse poderosos y para conseguir lo que desean. De sus hijos, de su pareja, de quienes puedan cruzarse en su camino. Por lo que se refiere a la agresión a la mujer, por el simple hecho de serlo, entramos de lleno en la violencia de género. Es un tema monográfico que trataremos en algún otro momento, por su importancia, su extensión y sus tremendas consecuencias.

Cuando hablábamos de los maltratadores psicológicos, encontrábamos que algunos son dependientes. Mientras que otros, muy peligrosos, tienen como objetivo llegar a anular la voluntad de sus víctimas. A continuación, seguiré refiriéndome a los sujetos que forman parte de este último grupo, hablando del maltratador posesivo y del maltratador instrumental.

El maltratador posesivo puede llegar a ser un agresor muy violento, que te hará sufrir con mucha intensidad, de forma continuada en el tiempo. Su motivación básica es la de conseguir el control absoluto sobre otra persona, para someterla por completo. Convertirla en un objeto, ser su dios, hacer con ella lo que quiera. Hará lo posible por humillarla y esclavizarla, pues su máximo propósito es hacerla sufrir. No hay dominio mayor sobre otra persona que obligarla a aguantar el sufrimiento, sin que la misma pueda defenderse.

Este maltratador sólo dejará a su víctima si es detenido por la Justicia, o bien, por una razón poderosa, que puede variar para cada persona; quizás, por la aparición de una nueva presa o por el hecho de que la víctima esté muy protegida por sus familiares y amigos. La aplicación de la Ley, si fuera contundente, sería la mejor arma.

El agresor instrumental pretende que la otra persona le sirva, le haga más fácil la vida, le provea de refugio y de dinero. Para estos agresores, algunas relaciones, como el matrimonio, son como un trampolín, una adecuada vía de acceso para sus propósitos de conseguir un poder social y económico.

El término instrumental, señala que este individuo utiliza a los demás con el objeto de conseguir algún fin, para su propia satisfacción. Ve al otro como mero instrumento para sus fines. Cuando esta persona hace algo, siempre está pensando en obtener algún beneficio. Estará con esa persona mientras no tenga una “opción” mejor.

Los puntos fuertes del maltratador instrumental son la agresión psicológica y la manipulación. Tiene mayor autocontrol que el maltratador posesivo, recurriendo a la violencia sólo cuando considera que no hay más remedio. El agresor instrumental incrementará su acoso en el caso de que su captura se quiera escapar. Sin embargo, renunciará cobardemente cuando repare que su presa le hace frente, con unos recursos inesperadamente sólidos.

La identificación de esta figura se hace obvia cuando llegan los niños. No hay manera de que pueda disimular su falta de sentimientos amorosos para con ellos. Puede fingir cuando van de visita, pero no tiene ninguna necesidad de hacerlo al cobijarse en el anonimato del hogar. No tiene por qué odiarlos; simplemente, no le interesan.

Un agresor instrumental intentará que su víctima quede aislada. No tanto, por una necesidad de controlarla, como por su propia comodidad, ya que no le interesa relacionarse con gente de la que no puede obtener beneficio alguno.

Algunos de estos individuos triunfan en su profesión. Pero, es difícil que lo alcancen sin engaños ni trampas y que tengan un éxito sostenido en el tiempo. Su tendencia natural al placer, a implicarse en actividades incompatibles con el rigor de las obligaciones laborales, se lo impide. Estos personajes viven a costa de engañar; ordenan su mundo de acuerdo a su visión peculiar de las cosas, perspectiva que intentan pasar por “lógica” ante los demás. Su falta absoluta de responsabilidad y su incapacidad para hacerse cargo de sus obligaciones como padre, esposo o trabajador, pasan desapercibidas ante mucha gente.

A veces, detrás de un maltratador, hay una familia que comparte una visión egocéntrica del mundo. No es extraño encontrarnos con alguno de los progenitores de este personaje, compartiendo rasgos similares. No obstante, pudiera haber ocurrido que semejante individuo los hubiese manipulado y engañado; razón por la cual, hubiesen llegado a apoyar a su hijo, desconociendo la naturaleza real de su vástago.

Aunque es improbable que sea tan violento como el maltratador posesivo, el agresor instrumental puede recurrir a medios poco ortodoxos, si lo considera preciso. Si se siente acorralado, puede llegar a actos de violencia física.

El individuo que sea un maltratador instrumental y posesivo, a la vez, será el peor enemigo que alguien pueda llegar a tener. No sólo hará uso de la violencia, sino que intentará utilizar a su víctima como un esclavo. Su nivel de agresión psíquica puede ser ilimitado. Existen grandes probabilidades de que haga uso del maltrato físico para conseguir sus fines. En algunos casos,  llegará a las más brutales palizas; cuando no, al trágico asesinato.  

Su obsesión por subyugar, vejar y torturar a su víctima sufre una fuerte alteración, cuando percibe que su presa ofrece una seria resistencia y que la misma puede suponer una amenaza para la consecución de sus objetivos. O cuando, por alguna razón, ha perdido el interés por ella. Es entonces, cuando afloran los instintos asesinos. Lo cual, se corresponde con el perfil de un verdadero psicópata.



Fuentes bibliográficas utilizadas:

GARRIDO, Vicente: “Amores que matan”.

Apuntes personales sobre el maltrato psicológico.

  

  
Imagen encontrada en Internet, de vectores 123RF: Hombre jaula




viernes, 7 de abril de 2017

Maltratadores psicológicos



Podemos encontrarnos ante una diversidad de maltratadores psicológicos. Las conductas de los agresores pueden pasar desapercibidas para el entorno de quienes las sufren porque suelen manifestarse en la intimidad. Mientras que, en público, el comportamiento de quienes practican el maltrato permanente hacia su pareja, encandila a todo el mundo por su radiante simpatía.

Otros individuos, en cambio, ejercen una violencia tan feroz, hiriente y cruel, que muy poco les importa llevarla a término a la luz del día, menospreciando la presencia de familiares o amigos de sus víctimas.

El agresor dependiente es una persona con baja autoestima, con grandes dificultades para manejar sus emociones de forma adecuada, que no confía en su capacidad para resolver las dificultades que la vida le presenta. Con frecuencia, es alguien acomplejado, que se siente inferior respecto a los demás. No sería de extrañar que pudiera abusar de la bebida y de las drogas.

Tiene una gran dependencia emocional de su pareja y, paradójicamente, sufre tal desconfianza hacia ella, que se manifiesta a través de irracionales y enfermizas escenas de celos, en un excesivo número de ocasiones. Todo ello, le hace sentir una gran impotencia, que puede llevarle a estallar en cualquier momento, incluso por algo que no revista mayor gravedad. El detonante no suele ser proporcional a la dimensión de su respuesta ya que, realmente, la tormenta se encuentra en su interior y no proviene del exterior.

Utiliza el maltrato psicológico como recurso a su alcance para descargar las frustraciones y la agresividad acumulada, para intentar resolver los conflictos cotidianos o como medio para sentirse superior a su pareja. Cuando descubre que su violencia llega a acobardar a su destinatario, queda invadido por un sentimiento de poder que le gratifica y que le proporciona un complejo de superioridad delirante.

Los agresores desarrollan adicción a las experiencias anteriormente señaladas y las persiguen con gran ahínco, a medida que el incremento en la intensidad del maltrato psicológico les reporta una satisfacción, cada vez mayor.

Este tipo de violencia constituye una forma de desahogo frente a los sentimientos de impotencia generados por su contacto con el mundo exterior, ya sea por reveses en el trabajo, humillaciones reales o imaginadas en el trato social, o por la percepción de sus propias carencias.

Son individuos inseguros y poco brillantes en su vida social, que necesitan envalentonarse en casa, haciendo pagar a su mujer y a su familia el sentimiento de inseguridad que sufren en la calle.

El elemento clave es la dependencia emocional. Aunque no la vive como una forma de sumisión, de obediencia, o de sometimiento. Al considerar a la pareja de su propiedad, su  autoestima se articula en torno al vínculo emocional que le une a ella, llegando a construir su propio ser, a través de la misma. Por tal motivo, no dudará en reclamar su autoridad absoluta cuando percibe que ella intenta ganar su propio espacio personal.

Cuando la mujer no se somete a su voluntad, o decide separarse, el individuo ve peligrar su propia autoestima y puede llegar a reaccionar violentamente. Necesitará mantenerla bajo su dominio, porque la necesidad de control es la causa de que cada vez ejerza más violencia para subyugarla.

Existe otro tipo de maltratador, mucho más destructivo, cuyo objetivo es anular la voluntad de su víctima.

Muestra una gran tendencia a dominar y a utilizar a los demás. Dentro de las características de este agresor encontramos que, socialmente, procura mostrarse como un ser educado, atento, amable y encantador. Esa es la imagen que tienen de él los que le conocen, de la cual se valen para captar el interés de las mujeres, fascinadas ante su forma de tratarlas. Esto es sólo una fachada que tiene que ver con su gran tendencia a engañar y a manipular a otros para conseguir sus objetivos. Miente de forma brillante. En ocasiones, por el puro placer de hacerlo, sin que haya nada atractivo que ganar. También suele ser arrogante, mostrándose como una persona narcisista y con ideas de superioridad, que parecen  elevarlo por encima del resto de los mortales.

Como si la falsedad, la arrogancia y su formidable dominio del engaño y de la manipulación no fueran suficientes, este agresor presenta otras características que lo hacen especialmente temible: la falta de empatía, la crueldad y la falta de arrepentimiento.

En cuanto a la falta de empatía, no puede ponerse afectivamente en el lugar de los otros y no es capaz de sentir compasión, lástima, clemencia o amor. Esto es muy preocupante porque, si estableces una relación con alguien así, te encontrarás ante una persona que pareciera comprender el mundo emocional pero que, en realidad, lo ignora olímpicamente.

Este sujeto puede sentir alegría, tristeza, odio y otras emociones, aunque siempre en referencia a sí mismo, vinculándolas con lo que a él le sucede. Las de los demás, sólo le interesan en la medida en la que le afectan a él, despreciando el efecto que producen en quienes le rodean.

Es incapaz de sentir los sentimientos que sirven para vincular a la gente entre sí, los que ayudan a crear unos verdaderos lazos psicológicos: la responsabilidad, la solidaridad y el compromiso. Ante esta situación, debemos comprender que este maltratador no tiene emociones verdaderamente humanas. Las finge, las imita, pero no las siente, no importa lo bien que pueda hablar del amor o de lo estupendo que sea compartir la vida con alguien. No nos engañemos, ¡serán palabras vacías!

Otro terrible rasgo es su crueldad, cambiante y desconcertante. Ésta llega a ser de una finura exquisita, como la que puede darse en un proceso de destrucción psicológica, elaborado durante años, o se manifiesta de repente, de forma devastadora y grotesca.

Finalmente, tenemos su ausencia de remordimiento, de culpa, de conciencia. No busques en él gestos de aflicción por lo que ha hecho, por el modo en que ha arruinado tu vida. No mostrará un arrepentimiento sincero. Puede que lo diga, pero no es algo que realmente sienta, no le creas. No tiene conciencia, porque no pudo establecer la conexión entre las normas morales y la vinculación afectiva con persona alguna. Por consiguiente, sus emociones no lo castigan, haciéndole que se sienta mal, cuando hiere a alguien. No busques que sienta pena. Empieza a preocuparte por ti  ¡Te será mucho más útil!

Este tipo de agresor no puede amar, no siente empatía y no tiene conciencia.





Fuentes bibliográficas utilizadas:


GARRIDO, Vicente: “Amores que matan”.

Artículos publicados en “La cara oculta del maltrato”, un blog dedicado al maltrato y a la violencia de género.

Apuntes personales sobre el maltrato psicológico.




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jueves, 30 de marzo de 2017

El maltrato psicológico tiene efectos demoledores, aunque aparenten ser invisibles



El maltrato psicológico, al que también se le conoce como acoso moral, se manifiesta con una frecuencia mucho mayor de la que algunos admiten reconocer. Suele estar presente en los distintos tipos de relación entre parejas y en el trato que, dentro del ámbito familiar, puede darse a los niños o a los mayores. También podemos encontrarlo en el colegio o en el lugar de trabajo.

Aunque gran parte de la literatura que encontramos se refiere al maltrato psicológico del hombre hacia la mujer, debido a su frecuencia, intensidad y gravedad, no desearía que nos olvidásemos de aquellas mujeres que, igualmente, practican este tipo de maltrato.

En este escrito me voy a centrar en el maltrato psicológico que los hombres dirigen hacia las mujeres; aunque, lo que se diga aquí, puede ayudarnos a identificar otros tipos de comportamientos igualmente dañinos.

Se trata de una repulsiva práctica que comporta la agresión psicológica a sus parejas, que persigue limitar al máximo su libertad de movimientos, practicando un acoso permanente sobre ellas, humillándolas y aislándolas de las personas de las cuales puedan recibir apoyo. Las atacan emocionalmente, buscando erosionar su autoestima y que se sientan indefensas, con el fin de lograr aumentar su grado de control y el poder sobre las mismas.

Algunos hombres se caracterizan por ser crueles agresores psicológicos. No debemos creer que este modo de violencia sea más leve que la agresión física. Una paliza puede curarse en una semana, mientras que un ataque emocional, sistemático, logra desequilibrarte y hacerte sufrir durante muchos años de tu vida. Lo peor, es que el maltrato psicológico suele anteceder y coexistir con el maltrato físico, haciendo que el daño emocional sea de mayor intensidad y complejidad.

El agresor psicológico tiene diferentes medios para lograr su propósito, que no es otro que el de conseguir la dominación de su pareja. Podemos identificar distintos tipos de comportamiento, según pretendan humillar a la víctima, hacerla creer que es ella la que se ha vuelto loca, mantenerla aislada de sus amigos y familiares, o bien, privarla de medios económicos para que no disponga de una mínima autonomía. En algunos casos, el agresor psicológico puede emplear estas estrategias de modo simultáneo, o alternarlas a su antojo.

Por medio de la humillación, el agresor va logrando minar la autoestima de la mujer y, de esta manera, se asegura que ella piense que no posee las fuerzas para salir de esa espiral de violencia psicológica y que no tiene los recursos emocionales necesarios para hacer frente a la situación o para tomar sus propias decisiones.

El maltratador va recorriendo un camino que comienza con algunas quejas, luego llegan las críticas constantes, hasta que aparecen los insultos; todo ello, ante la perplejidad de su pareja, que no comprende cuáles son los motivos que les han llevado hasta esa situación.

También, puede exigir que las cosas se hagan como él dice, sin permitir la más mínima desviación. Algunos, acostumbran a ponerla en evidencia en público, incluyendo comentarios claramente despectivos, o no permitiéndole dar su opinión sobre asuntos en los que, en realidad, ella tiene mucho que decir.

Como resultado de todo ello, la mujer vive en un permanente estado de ansiedad. ¿Qué vendrá luego?, se pregunta, atemorizada.  Deberá evitar hacer o decir cosas que puedan provocar la ira de su agresor.

Casi sin darse cuenta, la mujer puede verse atrapada en el abuso emocional. Algunas actitudes no le parecen tan raras, pues anteriormente las vio en el hogar paterno, en los comentarios de otras mujeres y hombres, en la televisión, en las canciones y en la prensa.  Sin apenas darse cuenta,  va excusando las acciones cada vez más coactivas de su pareja: si él insiste en tomar las decisiones, la mujer puede pensar que es para que ella no se preocupe. Si la espía, es porque está celoso y realmente la quiere, etcétera.

Para influir sobre la mujer, encontrará ilimitadas posibilidades, tales como los desprecios frecuentes, hacer una montaña de pequeños errores sin importancia o echarle en cara, constantemente, viejos fracasos o dificultades. Otro sistema utilizado, es el de atacar su salud física, dificultando que duerma, haciendo que se ocupe de tareas absurdas a ciertas horas, generando ansiedad sobre la seguridad de sus hijos o sobre cualquier otro tema. A su vez, puede impedirle que vea al médico, o que tome las medicinas prescritas.

Pretende disponer a su antojo de la voluntad de su pareja. La mujer, puede llegar a experimentar un estado mental de “desesperanza”, una especie de “niebla” que no le deja ver lo que está sucediendo y que le impide hacer frente a las presiones de su agresor, quien le mantiene cautiva, no con llaves ni muros, sino arrebatándole su energía vital, haciendo que se deprima.

Toda esa presión va haciendo que la mujer dude de la veracidad de lo que piensa y percibe. Que niegue sus sentimientos y deje de confiar en su propio criterio, hasta el punto de no tener una visión objetiva de la realidad. Como consecuencia de todo lo anterior, no es difícil que la mujer pueda empezar a dudar de su propia cordura.

Por medio de múltiples maniobras perversas, el agresor pretende demostrar a la mujer que él se comporta de modo honesto y lógico, de modo que es ella la que “debería ver a un psiquiatra”. Le dice esto para desestabilizarla, aunque luego no le permitirá que acuda a un especialista. Eso no le convendría a él, ya que podría abrir los ojos y darse cuenta de lo que está sucediendo: él exige seguir teniendo un gran control sobre ella.

El hecho de aislar a su “víctima” de su entorno más cercano, es un sistema muy utilizado. Para un agresor, algo casi necesario, ya que de este modo el control es mucho más intenso y eficaz. Paulatinamente, logra que deje de relacionarse con la familia, los amigos y los compañeros de trabajo. Llegando, incluso, a exigir que ella permanezca en casa hasta que él vuelva.

El propósito fundamental del aislamiento es poder aumentar el control de la otra persona. Si un hombre puede mantener a su pareja fuera de contacto con el mundo exterior, ella dependerá sólo de él para todo. Estará obligada a prestar obediencia absoluta, sin recursos del exterior en los que apoyarse, con sólo sus propias y menguadas energías, para hacer frente al agresor. El maltratador puede hacer que la mujer se aparte de sus familiares o amigos, poniéndola en su contra por medio de sus comentarios y su actitud. Es otra forma más de “comerle el coco”, haciéndole ver que él es el único que la cuida, que se ocupa de ella, que como él nadie la quiere, que ella únicamente lo tiene a él, que los demás no la tienen en cuenta y sólo se ocupan de sus propios asuntos r intereses.

Cuando la mujer no trabaja, o cuando sus ingresos son de una cuantía significativamente inferior a los de su marido, el agresor psicológico utilizará el dinero como forma de control y de agresión psicológica hacia la mujer. Si la priva de todo sustento económico, además de castigarla, la humillará y le demostrará “quien manda”. Algunos, racionan el dinero para los gastos personales y del hogar, obligándoles a rendir cuentas, decidiendo en qué se puede utilizar y negándose a que sea ella la que disponga y administre las cuentas.

El maltratador psicológico tiene a su disposición un verdadero manual que contiene las distintas maneras y formas de comportamiento  para torturar psicológicamente a una mujer. Cualquiera de las alternativas contempladas puede ser válida para la consecución de sus objetivos

¡Aterrador, pensar que pueda hacer uso indiscriminado y caprichoso de todas ellas, a la vez!




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lunes, 28 de noviembre de 2016

Una historia que se sigue repitiendo: la violencia contra la mujer



La Historia que llega a nuestras manos, casi nunca es imparcial. Ni en su relato, ni en su construcción. Suele recibir la influencia de los valores predominantes en los tiempos que ocurrieron los hechos, así como la del momento en que se escribe sobre los mismos. Difícilmente, hace abstracción de la forma de pensar de quien los narra, ya sea escritor, periodista, filósofo o historiador.

En su libro, “Mi marido me pega lo normal”, Miguel Lorente Acosta nos va llevando por un recorrido histórico que nos muestra cómo se fueron instaurando, a través del tiempo, las ideas y creencias que llevan a propiciar y a justificar la violencia contra la mujer. El autor, médico forense, nos hace un relato que, si no supiéramos que proviene de un hombre, algunos podrían pensar que ha sido escrito por mujeres, desde el feminismo.

Lorente nos señala que es difícil hablar de una Historia imparcial. Quienes reflejan “lo que ha sucedido”, recogen y destacan determinados hechos, mientras que ignoran, silencian u ocultan otros, interpretando todo ello en un determinado sentido. Las normas, los valores y los elementos socioculturales predominantes en una determinada sociedad actúan sobre el historiador para que fije su atención en ciertos hechos y para que su interpretación se haga sobre unos supuestos y no sobre otros.

El papel de la mujer ha sido ignorado o infravalorado, al tiempo que la autoridad del hombre y la agresión a la mujer han sido aceptadas como si fueran algo normal. Se ha hablado muy poco de esa violencia o, de hacerse, se ha interpretado y justificado desde la perspectiva del hombre.

La agresión a la mujer ha estado presente desde el inicio de la sociedad patriarcal como forma de sumisión de la mujer.

La agresión a la mujer no es un hecho que ha aparecido recientemente, ni se trata de sucesos aislados. Al igual que ahora, a través de los siglos, ha sido justificada, ocultada y considerada como algo que formaba parte de la “normalidad”.

Aunque, es conocido, por la antropología, que muchas de las sociedades de la antigüedad daban un papel muy importante a la mujer, a la maternidad, relacionándolo con las divinidades a las que se adoraba, también es cierto que eso fue perdiendo relevancia con el tiempo.

Lorente se refiere al momento en el que hubo una modificacación en la forma cómo se veían las deidades griegas. Concretamente, se sustituyeron las diosas únicas por varios dioses. Las diosas fueron transformadas, en el sentido de sustituir las cualidades que daban poder a su imagen, por cualidades que las hacían aptas para su sumisión. De ser una diosa guerrera, portadora de justicia y saber, pasa a ser maternal, sumisa y dependiente.

La Edad Media parece estar asociada a una idea romántica y novelesca, en las que las relaciones entre hombres y mujeres parecían venir marcadas por modelos de caballeros y princesas, apuestos y valiosos vasallos, dulces y sumisas doncellas. Esto ya traía consigo la idea de una gran diferencia entre los dos sexos, mostrando a la mujer como desvalida y necesitada de la protección del hombre. Pero, la realidad era mucho más dura para la mujer. En muchas ocasiones se le trataba más como una mercancía, que como una persona. El matrimonio suponía una transacción comercial, en la que había una transmisión de la mujer a otra familia, con una serie de productos que se intercambiaban, como ocurría con las arras y la dote.

El hombre adquiría la condición de amo y señor amparado en el principio de fragilitas sexus, que se refería a lo que consideraban la fragilidad propia de la mujer, que abarcaba tanto a lo físico, como a lo psíquico y lo moral. La autoridad del marido era tal que podía llegar a asesinar a su esposa en determinadas circunstancias; como por ejemplo, si consideraba que había habido adulterio. Esta posibilidad, en lugar de limitarse, se amplió, otorgando al padre o hermanos de la mujer el derecho a matarla, resaltando así la consideración de la mujer más como un bien que como una persona.

Viendo todo esto, no nos rasguemos las vestiduras cuando leamos ciertas noticias de lo que todavía sucede en algunos países, debido al trato tan diferenciado hacia la mujer, perpetrado por el marido, el padre, los hermanos, las madres y la sociedad en general, con el “silencio” cómplice del resto del mundo.

Las religiones también han contribuido a acentuar esas diferencias, a favor del papel del hombre como “dueño” de la mujer y a ésta como subordinada a sus deseos y a sus arbitrariedades.

Se favorecía la agresión hacia la mujer, por la concepción tan desigual entre los dos sexos y porque se justificaba la agresión del hombre como respuesta a la conducta de la misma. El autor nos pone como ejemplo las Leyes de Cuenca, en las que se recogía que una “mujer desvergonzada” podía ser golpeada, violada e incluso asesinada. Preguntémonos quién decidía si una mujer era merecedora de esos castigos. Un grupo de hombres concluía que ella era responsable de su propia agresión.

¿Les suena familiar ese discurso? Desgraciadamente, sigue estando vigente en muchas mentalidades, tanto masculinas como femeninas, lo que a mi parecer es todavía más abominable. No sólo son las ideas que sostiene la gente común sino que, para desgracia de muchas mujeres, están presentes en abogados, fiscales y jueces, dando como resultado algunas sentencias vergonzosas.

Se han conocido documentos de hace siglos, en los que se narraban casos en los que se llegó a juzgar al marido que mataba a su esposa. Se justificaba el crimen y se le quitaba la responsabilidad con fórmulas como “movido por el justo dolor y sentimiento de honra”, “con la vergüenza y el dolor que sentía” y otros similares.

También, había quienes decían que permanecer en las calles, a ciertas horas, era peligroso para una mujer, “sola o con hijo, fuera guapa o fea, vieja o joven, débil o fuerte”. Comparándolo con la situación actual vemos que tiene mucho que ver con comentarios como “éstas no son horas para que una mujer ande sola por ahí” o “éste no es sitio para una mujer”. Vemos que las “limitaciones” siguen existiendo y que si se transgreden la mujer corre un riesgo, que debe asumir y que, por tanto, la hace en parte responsable de lo que pueda sucederle.

La mujer casada tampoco gozaba de una situación mucho más favorable. El marido no consideraba a la mujer en una situación de igualdad. Se consideraba que la mujer estaba destinada sólo para el matrimonio y con una serie de funciones que quedaban limitadas a él, como la de criar a los hijos -probablemente bajo la supervisión del marido en cuanto a la transmisión de valores y de pautas de comportamiento-, encargarse de todo lo referente al hogar y la de buscar la “comodidad del marido”.

Parecía que la sociedad evolucionaba sólo en determinados sentidos, ya que en otros, como la consideración de la mujer y sus consecuencias en forma de agresión, continuaban igual: los sucesos que ocurrían y la respuesta de la sociedad se podían trasladar, en el tiempo, varios cientos de años y no habría forma de distinguir si se estaba en un periodo histórico o en otro.

Al comienzo de la Edad Moderna se encontraban situaciones similares, pero las justificaciones eran nuevas. Parecía que el interés social iba más hacia la búsqueda de explicaciones a los hechos que hacia una auténtica aclaración de lo ocurrido. Así, cuando, “como consecuencia de una violación, la mujer quedaba embarazada, se decía que demostraba el consentimiento de la mujer, puesto que se razonaba que la concepción sólo podía producirse con el orgasmo. De este modo, la mujer embarazada era condenada por la violación que había sufrido”. Explicación, fruto de la ignorancia, pero que podía ser efectiva para seguir mostrando a la mujer como la culpable de lo que le sucedía.

A pesar de esta situación general, en este periodo histórico fue cuando se produjo un cambio significativo en el papel de la mujer. A principios del siglo XVI, comenzaron a producirse una serie de movimientos aislados que permitieron a la mujer recibir una información académica, aunque era “una educación apropiada para mujeres”. Educación que continuó por ese camino, hasta hace pocas décadas.

Todo hacía que la mujer viera, o le hicieran ver, que su función principal era la de casarse, tener hijos, ocuparse de su cuidado y de las tareas de la casa.

Un ejemplo de cómo las ideas dominantes en esa época seguían influyendo en la mentalidad de muchos, lo encontramos en las palabras de Rousseau, en el siglo de la Ilustración, afirmando que “la mujer está hecha para obedecer al hombre, la mujer debe aprender a sufrir injusticias y a aguantar tiranías de un esposo cruel sin protestar… la docilidad por parte de una esposa hará a menudo que el esposo no sea tan bruto y entre en razón”. ¡Es difícil transcribir esas palabras sin que me hierva la sangre!

Continuando este recorrido histórico, llegamos al siglo XIX. En la Edad Contemporánea, la mujer seguía centrándose en la familia, adoptando un papel de clara sumisión al hombre. Estas circunstancias hacían que no se pudiese considerar su vida al margen de la familia; en especial, si no estaba en condiciones de contraer matrimonio. Si no se casaba, se convertía en una mujer solitaria, jurídica y civilmente incapacitada para realizar cualquier actividad pública, y se encontraba socialmente marginada.

En la mayoría de los países se mantenía la tutela permanente de la mujer. La tutela la tenía el padre primero y el marido después. Ella era considerada como si fuera una menor de edad, amparándose en el concepto de la fragilidad del sexo femenino. Cuando la mujer se casaba, según la Common Law inglesa, perdía su individualidad, la cual era absorbida por la del marido. En Francia, el artículo 213 del Código Civil, que fue referencia para la mayoría de las legislaciones europeas, establece: “El marido debe protección a la mujer y la mujer debe obediencia a su marido”, lo cual sirvió de base para que Bonaparte exigiera que en el momento de contraer matrimonio se hiciera una lectura pública de este texto, argumentando que “en un siglo en el que las mujeres olvidan el sentimiento de inferioridad, se les recuerde con franqueza la sumisión que deben al hombre que se convertirá en el árbitro de su destino”.

A la “condición inferior” de la mujer se le agregaba “la protección” y el arbitraje ejercido por el hombre, que se convertía en juez y parte de muchas de las situaciones en las que la mujer sufría una agresión, incluso dentro de la familia. El propio marido tenía la obligación y el “noble deber” de vigilar la conducta de su esposa, por lo que se le permitía “aunar con moderación la fuerza de la autoridad para hacerse respetar”, otorgándole una especie de patente de corso, puesto que se decía que no se pueden condenar “los actos de castigo o vivacidad marital… La autoridad que la naturaleza y la ley le otorgan al marido tienen como finalidad dirigir la conducta de la mujer”. Ella era considerada como incapaz de hacerlo por sí misma, y si lo hacía, era en contra de los intereses del marido.

Bajo estos argumentos, el “deber conyugal” autorizaba al marido a hacer uso de la violencia, de acuerdo a los límites trazados por la naturaleza, por las costumbres y por las leyes, siempre que se tratara de actos realizados por la mujer en contra de los fines del matrimonio. Esta situación dejaba toda la libertad al marido para que interpretara, en un sentido o en otro, lo que él consideraba que afectaba al matrimonio. En estas circunstancias, no podía hablarse de violencia cuando el marido utilizaba la fuerza física contra la mujer, ni siquiera cuando la obligaba a mantener relaciones sexuales utilizando la violencia, aunque en este caso se decía “siempre y cuando que ésta no fuera grave”. Todos sabemos que no existía límite alguno y, como era dentro de las paredes del hogar, el hombre campaba a sus anchas.

La situación no era muy distinta cuando la agresión a la mujer se producía fuera del hogar conyugal, incluso en los casos más graves en los que la agresión era una violación. La agresión, como ocurría en España hasta 1989, no era considerada como un ataque a la mujer, sino que lo era contra las costumbres o el honor, y se pensaba más en las repercusiones que el hecho podía tener sobre la familia que sobre ella. La mujer tenía que enfrentarse al delito y al hecho de ser considerada como responsable del mismo, aunque el agresor fuese condenado, hecho que ocurría en pocas ocasiones.

Lo anterior, tenía como resultado que apenas se pusieran denuncias de agresiones sexuales. Cuando se interponían, solía hacerlo el padre, buscando más una solución a la situación creada que una actuación en justicia. Los tribunales con frecuencia determinaban que agresor y víctima contrajeran matrimonio, o que el agresor compensara a la víctima y a la familia con una cantidad de dinero con el fin de favorecer el matrimonio de la mujer agredida al aportarlo como dote, ya que su situación se hacía difícil en el “mercado” del matrimonio de una sociedad estructurada alrededor de los valores patriarcales.

De este modo, llegamos al siglo XX y a la situación actual, en el siglo XXI. La sociedad ha cambiado más en la forma que en el fondo. No lo ha hecho de manera espontánea, sino obligada por los importantes movimientos sociales que han surgido en defensa de los derechos de la mujer y de la igualdad entre hombres y mujeres. En este sentido, el movimiento histórico más importante ha sido el feminismo, que buscaba una emancipación real de la mujer, pasando a reclamar todos los derechos civiles y políticos, puesto que la mujer posee una personalidad independiente, forma parte de la sociedad y, por tanto, tiene sus deberes y sus derechos que debe hacer valer e incrementar.

La respuesta social, como era de esperar, fue totalmente contraria, y, aunque desde algunos foros intelectuales se defendió y secundó, hubo un rechazo de las teorías y de las personas como causantes de una desestructuración del orden social. Los esfuerzos se fueron concentrando en determinados objetivos concretos; uno de los primeros fue la reclamación del derecho al voto. A partir de ahí, ha sido un arduo camino, en el que se han ganado unas cuantas batallas.

No podemos decir que esos cambios hayan profundizado en la estructura de nuestra sociedad. Están en la superficie y son visibles en las formas, pero en el fondo aún predomina el concepto androcéntrico de sociedad en el que los valores y principios a defender pasan por una superioridad del hombre y por un sometimiento y control de la mujer. Aunque parece que la mujer tiene mayor poder y libertad que antes, en algunos ámbitos sigue existiendo esa idea de la primacía del hombre sobre la mujer y de la subordinación de ésta. Inexplicablemente, estamos viviendo una especie de retroceso, en las juventudes actuales, en las que los chicos desean ejercer un gran control sobre sus parejas y ellas lo permiten.

Sólo en estas circunstancias podemos entender el maltrato, la agresión sexual, el acoso laboral; todo ello por el hecho de ser mujer y porque históricamente se han adjudicado a las mujeres ciertos roles ante los que predominan los del hombre. Es la única forma de poder entender que la respuesta social ante estas agresiones todavía sea la de justificar al agresor, minimizar los hechos o responsabilizar a la mujer, al igual que ocurría siglos atrás.


Después de este recorrido histórico y viendo la situación actual, sólo nos queda decir que no es que la Historia se repita, es que en ocasiones, simplemente, no cambia.



Bibliografía:

LORENTE ACOSTA, Miguel. “Mi marido me pega lo normal”, Ares y Mares, una marca de Editorial Crítica, S.L., Barcelona.



Imagen de 123R, encontrada en Internet. Modificada para el blog.