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jueves, 23 de julio de 2020

“El buscador”, un cuento sobre el tiempo realmente vivido





Hace unos días, un amigo compartió una publicación que me llevó a acordarme de “El buscador”, cuento que leí en un libro de Jorge Bucay,Cuentos para pensar”. No sé si él es su autor, aunque suele atribuírsele en las diferentes publicaciones que encontramos en internet. Quise incluirlo en mi blog, transcribiéndolo tal como lo encontré. Deseo que les lleve a rememorar esos momentos vividos con especial intensidad, que forman parte de sus recuerdos felices.

 

El buscador

 
Hace dos años, cuando terminaba una charla para un grupo de parejas, conté, como suelo hacer, un cuento a manera de regalo de despedida. Para mi sorpresa, esta vez alguien del grupo pidió la palabra y se ofreció a regalarme una historia. Ese cuento que quiero tanto lo escribo ahora en memoria de mi amigo Jay Rabon.
 

Esta es la historia de un hombre al que yo definiría como un buscador…

Un buscador es alguien que busca; no necesariamente alguien que encuentra.

Tampoco es alguien que, necesariamente, sabe qué es lo que está buscando. Es simplemente alguien para quien su vida es una búsqueda.

Un día, el buscador sintió que debía ir hacia la ciudad de Kammir. Había aprendido a hacer caso riguroso de esas sensaciones que venían de un lugar desconocido de sí mismo.  Así que lo dejó todo y partió.

Después de dos días de marcha por los polvorientos caminos, divisó, a lo lejos, Kammir. Un poco antes de llegar al pueblo, le llamó mucho la atención una colina a la derecha del sendero. Estaba tapizada de un verde maravilloso y había un montón de árboles, pájaros y flores encantadores. La rodeaba por completo una especie de valla pequeña de madera lustrada.

Una portezuela de bronce lo invitaba a entrar.

De pronto, sintió que olvidaba el pueblo y sucumbió ante la tentación de descansar por un momento en aquel lugar.

El buscador traspasó el portal y empezó a caminar lentamente entre las piedras blancas que estaban distribuidas como al azar, entre los árboles.

Dejó que sus ojos se posaran como mariposas en cada detalle de aquel paraíso multicolor.

Sus ojos eran los de un buscador, y quizá por eso descubrió aquella inscripción sobre una de las piedras:

“Abedul Tare, vivió 8 años, 6 meses, 2 semanas y 3 días”

Se sobrecogió un poco al darse cuenta de que esa piedra no era simplemente una piedra: era una lápida.

Sintió pena al pensar que un niño de tan corta edad estaba enterrado en ese lugar.

Mirando a su alrededor, el hombre se dio cuenta de que la piedra de al lado, también tenía una inscripción, se acercó a leerla. Decía:

“Yamir  Kalib, vivió 5 años, 8 meses y 3 semanas”

El buscador se sintió terriblemente conmocionado.

Aquel hermoso lugar era un cementerio, y cada piedra una tumba.

Una por una, empezó a leer las lápidas.

Todas tenían inscripciones similares: un nombre y el tiempo de vida exacto del muerto.

Pero lo que lo conectó con el espanto fue comprobar que el que más tiempo había vivido sobrepasaba apenas los once años…

Embargado por un dolor terrible, se sentó y se puso a llorar.

El cuidador del cementerio pasaba por allí y se acercó.

Lo miró llorar durante un rato en silencio, y luego le preguntó si lloraba por algún familiar.

-No, por ningún familiar -dijo el buscador-. ¿Qué pasa en este pueblo? ¿Qué cosa tan terrible hay en esta ciudad? ¿Por qué hay tantos niños muertos enterrados en este lugar? ¿Cuál es la horrible maldición que pesa sobre esta gente, que les ha obligado a construir un cementerio de niños?

El anciano sonrió y dijo:

-Puede usted serenarse. No hay tal maldición. Lo que pasa es que aquí tenemos una vieja costumbre. Le contaré…:

“Cuando un joven cumple quince años, sus padres le regalan una libreta como esta que tengo aquí, para que se la cuelgue del cuello. Es tradición entre nosotros que, a partir de ese momento, cada vez que uno disfruta intensamente de algo, abre la libreta y anota en ella:

A la izquierda, qué fue lo disfrutado. 

A la derecha, cuánto tiempo duró ese gozo…

Conoció a su novia y se enamoró de ella. ¿Cuánto tiempo duró esa pasión enorme y el placer de conocerla? ¿Una semana? ¿Dos? ¿Tres semanas y media…?

Y después, la emoción del primer beso, el placer maravilloso del primer beso… ¿Cuánto duró? ¿El minuto y medio del beso? ¿Dos días? ¿Una semana?

¿Y el embarazo y el nacimiento del primer hijo…?

¿Y la boda de los amigos?

¿Y el viaje más deseado?

¿Y el encuentro con el hermano que vuelve de un país lejano? 

¿Cuánto duró el disfrutar de estas situaciones? ¿Horas? ¿Días?

Así, vamos anotando en la libreta cada momento que disfrutamos. Cada momento.

 

Cuando alguien se muere,

es nuestra costumbre

abrir su libreta

y sumar el tiempo de lo disfrutado

para escribirlo sobre su tumba.

Porque ese es, para nosotros 

el único y verdadero tiempo vivido.

 

  

 

Bibliografía: “Cuentos para pensar”, de Jorge Bucay.

 

Imagen encontrada en internet: https://miportalespiritual.com.ar/wp-content/uploads/2013/09/al-llegar-la-noche.jpg




 

jueves, 2 de abril de 2020

En plena tempestad, mantengamos el temple. Luego, llegará la calma.



Generalmente, trato de evitar referirme a temas de actualidad, aunque llevo varios días pensando en escribir acerca de lo que estamos viviendo y sintiendo durante este confinamiento obligado por el coronavirus, o la COVID 19, como nos dice la RAE que debemos referirnos cuando hablamos de la enfermedad que puede desarrollarse a partir del contagio de este virus.

Nos encontramos ante una situación nueva, que presenta elementos desconocidos. El panorama es incierto y diferente al que hayamos vivido con anterioridad. El coronavirus empezó a expandirse a lo largo y ancho de nuestro planeta, sin respetar fronteras, nivel socioeconómico, cargos o profesiones. Aunque, quizás existan personas privilegiadas, que reciben un diagnóstico precoz y toda clase de atenciones médicas, cualquiera de nosotros puede contagiarse y hacer que otros enfermen.

A la población de gran número de países se nos ha pedido que nos quedemos en casa en la medida de lo posible, saliendo solo para cosas imprescindibles, con el fin de evitar que la COVID 19 se propague demasiado rápido y que los sistemas sanitarios se colapsen.

Es fácilmente predecible que afrontemos toda clase de emociones. Que tengamos oscilaciones en un mismo día o a lo largo de la semana. Que nos sorprendamos sintiéndonos indiferentes, apáticos, tristes, preocupados o enfadados.

Lo que conviene tener en cuenta es que esas emociones son transitorias y que van y vienen, como nuestros pensamientos. Aunque, creamos que es imposible acallar nuestra mente, lo cierto es que sí es posible gestionar esos pensamientos, viéndolos solo como ocurrencias de una mente que parece actuar en modo automático. Así mismo, conviene tener en cuenta que pasaremos por diferentes y cambiantes estados de ánimo, los cuales durarán un poco más que las emociones o los pensamientos.

Todas las emociones que sintamos, a lo largo de estos días, serán coherentes con la situación que estamos viviendo. Lo importante, aunque difícil, es que tratemos de mantener la calma, en medio de la tormenta. El hecho de sentir ansiedad, miedo, tristeza, y que surjan preocupaciones y dudas, no quiere decir que debamos permitir que todo ello nos desborde.

Tengamos presente que nuestros estados emocionales afectarán también a las personas que conviven con nosotros. Por ello, es necesario mantener el temple y plantearnos pequeñas estrategias que nos ayuden a bajar el nivel de ansiedad y preocupación. Tales como, respirar hondo, estar solos en algún momento, meditación, “mindfulness” o atención plena, hacer algún ejercicio físico o baile, ver una película o serie, utilizar nuestra creatividad…

Seamos valientes frente a la incertidumbre, toleremos las frustraciones que se nos presenten en el día a día y no permitamos que el miedo y el pesimismo se apoderen de nosotros. Hagámoslo para nuestro propio beneficio y para el de las personas que amamos, con las cuales, compartimos la vida.

Entre todos, conseguiremos afrontar lo que en estos meses nos toque vivir. No será fácil, lo sé. Pero, debéis tener la absoluta convicción de que es ilimitada la capacidad que tiene el ser humano para superar las adversidades que se le presenten. En especial, cuando nos unimos para la consecución de un común objetivo.





Imagen encontrada en internet:







lunes, 27 de enero de 2020

De la obligación de adaptarnos a otras personas y a las circunstancias que nos rodean





En esta ocasión, deseo escribir sobre el convencimiento generalizado que existe  con respecto a la obligación que tenemos de adaptarnos a otras personas y a ciertas circunstancias que nos rodean.

Es un tema muy complejo, sobre el que es conveniente profundizar. Sé que debemos tener cierta capacidad de aceptar a los demás tal como son y poseer la flexibilidad necesaria para poder relacionarnos con ellos. Lo cual, no implica tener que renunciar a nuestra manera de ser, al comportamiento que mantenemos con nuestros familiares y amigos.

Es un asunto por el que tengo una especial sensibilidad y salto como un resorte, cuando compruebo que muchas personas fueron educadas para ser dóciles y conformistas. Con el objetivo de lograr que no se cuestionasen lo que se les decía, se les ordenaba, o se les exigía.  

Lo triste es que, cuanto más sumisa sea una persona, menos se dará cuenta de la poca autonomía que ha tenido, y es posible que proteste airadamente ante lo que aquí defiendo.

Hay dos formas de adaptación. Una, que es positiva, moderada, tal como hemos visto al inicio. Y, otra, mucho más extrema, que es perjudicial para aquellos que tienen muy interiorizado el imperativo de tener que adaptarse a quienes pueden hacerles daño y permanecer en ambientes francamente restrictivos, “castradores”, hostiles y peligrosos.

¡Cuidado! También pueden herirnos desde el amor, el cariño o la amistad. Con la sobreprotección, con el hecho de impedirnos tomar nuestras propias decisiones, con la exigencia y las presiones para que seamos o actuemos de determinada manera.

En este artículo, quiero centrarme en ese imperativo familiar y social que nos empuja a adaptarnos en exceso a ciertas personas o a los grupos a los que pertenecemos, renunciando a gran parte de nuestra individualidad: nuestra forma de ser, de actuar y de sentir, nuestros gustos y deseos, nuestras propias metas y nuestros sueños. Pretenden que no cambiemos, que no asumamos otros valores, que nos mostremos pasivos ante lo que nos sucede, que nos resignemos a ciertas situaciones adversas. Y, que aceptemos lo inaceptable, que continuemos con relaciones que nos aportan mucho dolor, que permanezcamos cerca de individuos que creen que el amor es posesivo, controlador. Porque, entienden que, nosotros, somos un objeto que ellos pueden manejar a su antojo.

Se aferran a lo que el Diccionario de la Real Academia de la Lengua dice con referencia a la adaptación y consideran que debemos “recibir, haciéndolo propio, un parecer, un método, una doctrina, etc., que han sido creados por otros”.

Sin embargo, quien escribe es firme partidaria de defender que tenemos el gran patrimonio de la libertad para tomar nuestras propias decisiones sobre lo que  queremos rechazar. Obviamente, hay hechos que no podemos cambiar, tales como una ruptura, una muerte, un fracaso, los cuales, debemos aceptar, después de haber pasado por el correspondiente proceso de duelo.  

A muchos les molesta que tengamos voz propia y que mostremos que no estamos de acuerdo con lo que ellos piensan que es lo correcto. Nos quieren calladitas, persiguen nuestra mansedumbre.

Les conviene que nos sintamos como una parte de un todo inamovible, pensando que somos incapaces de modificar aquello “que nos ha tocado vivir”. Y, así, se van colando las faltas de respeto hacia nosotros y las diferentes formas de agresiones. Desde la familia, la escuela, el barrio, el trabajo y la sociedad.

¡Basta ya de adaptarnos a lo que otras personas nos imponen, aunque sea en nombre de un supuesto amor! 

Tengamos el coraje y la determinación para ser como queremos ser. Aunque, para conseguirlo, debamos cuestionar y revisar algunas de las enseñanzas recibidas. Aun sabiendo que encontraremos la crítica y el rechazo de algunos conocidos o personas allegadas.






Imagen encontrada en internet, modificada para el blog:




domingo, 6 de enero de 2019

¿Cómo ser padres? ¡Que nos lo enseñen en la escuela!





¿Acaso existe un hecho tan trascendental como el momento mágico de dar entrada en nuestras vidas al hijo que acaba de nacer, después de nueve meses de ilusionada espera y un doloroso parto? ¿Y, de aquel que, con igual desvelo e impaciencia, hemos recibido en adopción, una vez culminado un proceso administrativo que llegó a parecernos interminable? Aunque no seamos conscientes de ello, tengamos la seguridad de que no existe un don tan gratificante.

A pesar de que, por mucho que lo hubiésemos sospechado, nos sorprenda que haya llegado la hora de introducir cambios en nuestra forma de vivir, en la distribución del tiempo y en nuestra forma de pensar. Que tengamos que afrontar los días, con la entrega de renovadas fuerzas para sacar adelante a nuestro hijo. Que, como progenitores, debamos aceptar una nueva razón de ser para el resto de nuestras vidas. Y, de manera muy especial, que tengamos que aprender a desempeñar nuestras muchas responsabilidades.

Un hijo, debería llegar con un manual de instrucciones, bajo el brazo. Porque, por mucho que hayamos oído hablar sobre cómo debe ser la educación de un hijo, se nos negó la más mínima formación a lo largo de los años que estudiamos en la escuela. Tampoco la tuvieron, quienes accedieron a la Universidad y cursaron estudios superiores. ¡Sorprendente, la sociedad en la que vivimos¡ ¡Cada vez, nos pide un mayor grado de conocimiento para el ejercicio de los distintos trabajos profesionales! ¡En cambio, no exige requisito alguno para desempeñar la gran responsabilidad inherente al hecho de ser padres!

Será que, por muy seres humanos que seamos, la sabia naturaleza querrá que aprendamos de los animales irracionales que conviven en nuestro planeta. Ellos, no tienen la posibilidad de ir a ninguna escuela. Sin embargo, asumen el papel de padres, con ejemplar dedicación y responsabilidad. No importa la pareja que se tome como ejemplo, veremos cómo el macho protege a la hembra, durante todo el tiempo que dura el embarazo y hasta la llegada de los retoños. Defendiendo las madrigueras instaladas entre sabanas, herbazales y juncales, las cuales, cambian periódicamente de lugar, en evitación de que los olores atraigan a los temidos depredadores. En el caso de las aves, colaborando en la laboriosa tarea de la construcción del nido, empollando pacientemente los huevos y saliendo en defensa de los enemigos que puedan estar al acecho.

Los machos participan en la dura obligación diaria de la provisión de alimentos y, más tarde, en la educación de cachorros y polluelos, respectivamente. Es entonces, cuando se trata de enseñar a los hijos la manera cómo han de aprender a caminar y a volar. Y, sobre todo, de aquello que deben hacer para cuando haya llegado el día  de dejar el hogar familiar y proyectar su propia vida.

En mi opinión, algo muy parecido sucede con los seres humanos. Pero, llegados a este punto, quisiera poner un especial énfasis en la importancia que, el ejemplo de los padres, tendrá en los hijos. Porque, toda cuanta educación reciben los animales irracionales, la obtienen en base al ejemplo de sus progenitores. ¡Pues, estos, no tienen la facultad del raciocinio ni del habla!

Una vez que los cachorros han abandonado la madriguera y el nido los polluelos, el tiempo hará que ningún tipo de reconocimiento tenga lugar entre ellos y sus progenitores. El Creador quiso que no ocurriera lo mismo, en el caso de los hombres.  Antes, al contrario, que los hijos puedan disfrutar del amor de sus padres, mientras estos vivan. Pero, como dice el gran poeta libanés Khalil Gibrán:

“Vuestros hijos no son vuestros hijos.
Son los hijos y las hijas del anhelo de la Vida,
ansiosa por perpetuarse.

Por medio de vosotros se conciben, más no de vosotros.
Y, aunque estén a vuestro lado, no os pertenecen.
Podéis darles vuestro amor, no vuestros pensamientos,
porque ellos tienen sus propios pensamientos.”

En mi opinión, estos versos son una severa advertencia para los padres que quieran interferirse en la vida de sus hijos. Es preciso que entiendan que deben respetar la libertad de quienes fueron sus retoños. De nada deben preocuparse, pues ellos ya hicieron entrega de su ejemplo y de su amor a sus hijos.



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viernes, 16 de noviembre de 2018

El resurgir de los temores e inseguridades de la infancia





Recuerdo que, hace unos cuantos años, me conmovió mucho la lectura del libro “La muerte íntima”, de Marie de Hennezel. Me viene a la memoria en ocasiones y, en especial, cuando alguien se encuentra ante los momentos finales de la vida de un ser querido.

El libro al que me estoy refiriendo, recoge la experiencia profesional de la autora y los testimonios de quienes estaban internados en el que, muy a finales del siglo pasado,  fuera uno de los más exitosos centros pioneros en cuidados paliativos para enfermos terminales de cáncer y de sida, ubicado en París. Su autora, que es psicóloga, recibe de sus pacientes auténticas lecciones de fortaleza, vulnerabilidad y proximidad, las cuales, desea compartir con sus lectores.

Marie de Hennezel, dedicó muchos años de su carrera a acompañar a estas personas durante la última etapa de sus vidas, cuando se encontraban frente al duro e íntimo proceso de afrontar y asumir la muerte. Mientras iban recordando sus miedos, sus angustias, sus deseos no satisfechos y los amores no siempre correspondidos, de sus familiares y seres queridos, la doctora procuraba hacerles entrega de su incondicional apoyo, afecto y comprensión. Intentando atemperar viejos temores e inseguridades  que la inminencia de la muerte hace resurgir; lo cual, es comprensible cuando alguien se siente más desprotegido y vulnerable.

Hace unos días, al hilo de un debate que, mi marido y yo, manteníamos acerca del amor y los desvelos que las madres dedican a la infancia de sus hijos,  me comentó que le había parecido aterrador un ejemplo que Marie de Hannezel plasmaba en “La muerte íntima”. Al ver que yo lo recordaba vagamente, me pidió que releyera el capítulo en cuestión.

La autora se refiere a Christine, una mujer de apenas treinta años, que agonizaba a causa de un cáncer de útero generalizado. Christine se mostraba bastante serena, e, incluso, hacía gala de gran madurez en su modo de afrontar esta última fase de su vida. Una entereza que contrastaba marcadamente con los episodios de pánico, similares a los terrores nocturnos de la infancia. Padecía de ataques incontrolables e imprevisibles, en los que veía la habitación llena de serpientes que reptaban hacia su cama. Cuando ello ocurría, se levantaba de un salto, profiriendo alaridos.

A pesar de habérsele prescrito un tratamiento para este tipo de alucinaciones, los episodios persistían, si bien eran breves y remitían al cabo de unos momentos.

Una mañana, la autora vio a Christine furiosa en medio del vestíbulo, gritando a voz en cuello. El médico y una enfermera intentaban sujetarla para evitar que saliera huyendo. Al ver lo que sucedía, Marie se acercó para echar una mano. Christine gritaba que le perseguían las serpientes y suplicaba que la protegieran. Sin pensar muy bien lo que hacía, la levantó en vilo, cosa que no le costó ningún esfuerzo debido a su escaso peso, y la llevó a la salita contigua, donde se dejó caer en el sofá y, estrechándola, comenzó a mecerla suavemente mientras canturreaba el nombre de ella. La paciente se quedó sentada sobre las rodillas de la terapeuta, posiblemente recordando que, en su infancia, esta posición le inspiraba seguridad. A pesar de sentir los brazos de la psicóloga alrededor de su cuerpo y la protección que le otorgaban, frente al peligro invisible, siguió muy alterada durante un buen rato.

Finalmente, dejó de gritar; aunque, empezó a sollozar ruidosamente. Entonces, con una voz infantil entrecortada por el llanto, Christine le contó acerca de los terrores de su niñez. Su madre coleccionaba serpientes vivas que guardaba dentro de grandes tarros de cristal y que soltaba cuando quería castigar a su hija por no haberse portado bien. La psicóloga confiesa que casi no podía creer semejante crueldad, que le resultaba muy difícil admitir que una madre pudiese hacer algo así.

Marie se esforzaba por conseguir que la joven se diera cuenta de que, en el mundo, hay lugares en los que uno podía sentirse seguro. Por el momento, sus brazos le transmitían confianza y le hacían experimentar un sentimiento de seguridad.




Bibliografía:

“La muerte íntima”, de Marie de Hennezel. Publicado por Plaza & Janés.



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jueves, 25 de octubre de 2018

La necesidad de tener un espacio personal




Las relaciones humanas son complejas. Para lograr que sean suficientemente gratificantes y consigan consolidarse con el transcurrir del tiempo, es preciso tener en cuenta muchos elementos y saber cómo conjugarlos adecuadamente. Uno de los que reviste primordial importancia consiste en el establecimiento y la conservación de un espacio personal.

Parte de los problemas que surgen, tienen su origen en la falta de determinación o de habilidad que nosotros tengamos, a la hora de establecer unos límites adecuados. No sucede tan solo en la relación de pareja, sino, en la existente entre padres e hijos, entre hermanos y con el resto de la familia. También, con los amigos, los vecinos, los compañeros de estudio y con las personas con las que compartimos objetivos en el ámbito del trabajo.

Es recomendable que, mientras mantenemos cualquiera de las anteriores relaciones, tengamos el acierto de reservar para nosotros mismos un tiempo y un espacio que nos permita fortalecer nuestra libertad. Dejando provisionalmente de lado la influencia de los sentimientos que nos embargan. Permitiendo que una brisa de aire fresco acaricie nuestro rostro. Sintiendo, al propio tiempo, cómo se fortalece nuestro equilibrio emocional.

Porque, si nos dedicamos en demasía a nuestros asuntos personales, es muy probable que descuidemos nuestras relaciones u ocupaciones. En cuyo caso, semejante comportamiento dará lugar a una insuficiencia de comunicación y contribuirá al deterioro progresivo de nuestra proximidad con los seres que forman parte de nuestra vida. Por el contrario, si desatendemos nuestra propia intimidad, si no dedicamos parte de nuestro tiempo a lo que debe interesarnos y a cuidar de nosotros mismos, nos veremos arrastrados por otras cuestiones, a las cuales, habremos otorgado prioridad. Y, cuando nos demos cuenta de ello, sentiremos un gran vacío existencial. Estado anímico que terminará repercutiendo negativamente en la intensidad del afecto que haga falta depositar en los demás y en la necesaria atención que debemos prestar a nuestros quehaceres cotidianos.

El tiempo que dedicamos a nosotros mismos, nos proporciona beneficios personales y, asimismo, contribuye a que nuestras relaciones con los demás sean más satisfactorias. Pudiera parecer paradójico exigir, de no importa cual persona sea depositaria de nuestro cariño, que no sea un obstáculo que nos impida tener disponibilidad de tiempo para practicar nuestras aficiones, para poder cumplir con nuestros objetivos.

Confieso que expongo este tema, a raíz de una conversación con Lucía, una buena amiga. Ella me comentó que, por diversos motivos, había decidido discontinuar su relación de pareja con Juan. Posiblemente, lo que más había pesado en la toma de esta decisión, había sido la reiterada y persistente imposibilidad de gozar de su propia intimidad. Toda vez que, día tras otro, las actividades que ellos dos compartían acaparaban hasta el último minuto del tiempo libre del que, mi amiga, podía disponer.

Ambos, estaban divorciados y tenían la necesidad de compaginar el tiempo que dedicaban a sus respectivos hijos con el que disponían para ellos mismos. Por si fuera poco, tenían criterios muy diferentes sobre la intensidad de su dedicación a las cuestiones personales.      

Él quería pasar todo el tiempo posible con su pareja, sin comprender que ella  deseara, también, hacer planes con sus amistades y dedicar una mínima parte del suyo a otros asuntos. Juan terminaba acoplándose a todo lo que Lucía quisiera hacer, ya que no mostraba la necesidad de disponer de tiempo para él. Actuando de esta manera, dificultaba la posibilidad de que, mi amiga, pudiese gozar de un espacio exclusivo para ella, de un mínimo de vida propia. Aunque, Lucía, tampoco supo cómo establecer unos límites adecuados en su relación, que le permitieran ser dueña de su tiempo y decidir cómo distribuirlo.

Ella me comentó que su relación con Juan comenzó a los pocos meses de que él se hubiese separado de su esposa y que no había aprendido a estar solo, a ocupar una parte de su tiempo libre al desarrollo de algún tipo de actividad. Además, apenas tenía amigos, excepción hecha de los compañeros que formaban parte de su entorno laboral.

A medida que iba teniendo lugar su nueva relación sentimental, el apego y la inseguridad iban teniendo un mayor protagonismo en la persona de Juan. Como no había desarrollado una vida propia, procuraba encontrar un hueco en la de Lucía. Aunque era buena gente y le aportaba compañía, ella sentía que Juan adolecía de una identidad definida y que era una de esas personas que se adaptan a la forma de ser de la compañía que comparten. Mi amiga valoraba positivamente la capacidad de adaptación a otra persona, pero, lamentaba no poder otorgar tal reconocimiento a Juan, porque, llegaba al extremo de renunciar a su propia personalidad.

Lucía me dijo que, a raíz de la ruptura de su relación con Juan, sintió un gran vacío; ya que, estando con él, se sentía acompañada. Pero, se dio cuenta de que no le sería posible tener cierta independencia y de que no era una relación con futuro. Suponía que lo pasaría mal durante un tiempo, pero era conveniente que cada uno siguiera su propio camino.

Mi amiga precisa que su relación con otras personas no le impida disponer de tiempo para sus “hobbies” y para cultivar sus amistades. Es muy consciente de que siente la necesidad de poder disfrutar de ese espacio personal que, para ella, es importante; el cual, ha ido aprendiendo a apreciar y a consolidar, a lo largo de los años. 


 

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