Estimada
doctora:
Numerosos
amigos y amigas me han confesado haber sufrido, a lo largo, o en varias etapas
de su vida, penosas dificultades en la relación mantenida con sus padres. Y, no
sólo con ellos, sino, con cualquier otro integrante del grupo familiar al que
pertenecen. En la mayoría de los casos, surgieron en la infancia, se agravaron
durante la difícil etapa de la adolescencia y no dejaron de estar presentes,
incluso después de haber tenido que abandonar el domicilio familiar, por alguna
de las distintas razones que se presentan, en el transcurso de los años:
estudios, trabajo, matrimonio, etc.
Fueron
confesiones, en las que, el estado emocional de los protagonistas rompió el
muro de contención que, durante tiempo, les había mantenido agobiados. Se
produjeron en momentos y lugares muy dispares: en una cafetería, en casa de
alguno de nuestros comunes amigos, durante las muchas horas de viaje en algún
medio de transporte. También, gozando de un fin de semana en la playa o en el
campo. Y, en algunos casos, en la intimidad de una alcoba. En casi todas ellas,
se puso de manifiesto la presencia de graves heridas internas, que estaban
pendientes de cicatrizar.
Por ser
reciente, además de muy ilustrativa, me viene a la memoria la conversación que
mantuve con Laura, una antigua compañera de la Facultad, a la que no había
visto desde hacía años. La casualidad quiso que coincidiéramos en el mismo
vagón del AVE que estaba a punto de salir de la estación sevillana de Santa
Justa. Le pregunté, al joven que estaba sentado en la butaca contigua a la que
ocupaba mi amiga, si tendría inconveniente en intercambiar nuestras respectivas
plazas, contestó amablemente que no, y pudimos hacer, juntas, el viaje hasta
Madrid.
A mi
bien hallada compañera, le conté lo más
relevante que me había ocurrido, desde que perdimos nuestras respectivas
coordenadas. Cuando di por terminada mi intervención, ella pareció verse en la
obligación de hacer lo mismo. Me dijo ser feliz y que se había casado con un
empresario que era diez años mayor que ella, al cual, yo no conocía. Su marido
se llamaba Eduardo, tenían tres hijos y vivían en El Puerto de Santa María. Por
la manera de expresarse, ofreciendo justificaciones que yo no me hubiese
permitido pedirle, noté que se encontraba muy agobiada. Razón por la cual, en
un momento determinado, me tomé la libertad de interrumpirle.
-Por
favor, Laura, no te veas obligada a contarme tus intimidades.
Sorprendida
por mis palabras, giró la cabeza hacia mí y se quedó mirándome, fijamente.
-¡Todo
lo contrario! -reaccionó, ella, al instante- Quiero aprovechar este encuentro
contigo para darte a conocer la crisis que estoy atravesando ¡Pero,
sinceramente, no sé cómo hacerlo!
-Hazlo,
como si estuvieras hablando con tu mejor amiga -le respondí.
Mi
contestación pareció tranquilizarla e infundirle seguridad en sí misma.
Convencida de que me hablaría de sus problemas conyugales, me dijo que iba a
Madrid con la intención de despedirse de su padre, quien estaba a las puertas
de la muerte.
-Tiene
un cáncer terminal, cuya metástasis le ha invadido el hígado y otros órganos
que no sabría decirte. Hace muchos años que dejamos de vernos, no quiso asistir
a nuestra boda y no ha conocido a ninguno de nuestros hijos. Para que te hagas
una idea, el mayor, tiene doce años. ¡En
realidad, no sé si llegaré a tiempo! -exclamó, planteándose, ella misma, la
incógnita- Voy con el permiso que mi madre me ha otorgado, después de que él haya
comenzado con pérdidas del conocimiento, como consecuencia de la sedación a la
que está sometido. Hace un par de semanas, por intermediación de mi hermano, había
pedido la autorización de mi padre. La respuesta que me hizo llegar, por el
mismo conducto, fue que quería que yo supiera que no me guardaba ningún rencor,
que se iba en paz y que deseaba que yo, también, gozara de ella. Pero, me rogaba
que no fuera a verle, pues, las cosas estaban bien, como estaban.
Quedé
tan sorprendida por lo que acababa de escuchar, que no tuve capacidad de
reacción y lo único que salió de mi boca fue:
-¡No
sabes cuánto lo siento!
-Lo
grave, es que mi corazón parece una piedra, a pesar de tan trágica circunstancia
-dijo, mi amiga, con voz temblorosa.
-Tendrás
sentimientos contrapuestos -le comenté, con el fin de que no fuera tan dura
consigo misma.
-De
mis ojos, no ha salido ni una sola lágrima, ¿puedes creerlo, María? Ahora
mismo, mi interior es como un viñedo, poblado de vides secas.
-¡Eso,
ocurre en los duros meses del invierno! Pero, en la primavera, asoman los brotes
de los sarmientos -le dije, con la pretensión de levantar su ánimo.
-Esos
brotes fueron los que yo estuve esperando inútilmente, durante muchas
primaveras y muchos veranos. Pero, no recibí, de mi padre, la más remota señal
de amor. A pesar de las muchas veces en las que no me importó humillarme, en
espera de que, de su boca, saliera una palabra amable. Ahora, ya es demasiado
tarde.
Mi
compañera de viaje hizo una breve pausa, después de la cual, continuó,
diciendo:
-Sin
embargo, me aterra pensar que, a pesar de todo, pueda tener remordimientos,
cuando él haya abandonado este mundo.
-¿Acaso,
deberías plantearte algún tipo de recriminación por tu conducta? -le pregunté.
-Sin duda,
encontraré motivos de recriminación, María. Al igual que el resto de los
mortales, yo no soy perfecta y, con seguridad, habré cometido muchas
equivocaciones. De entrada, debo reconocer que yo era una niña geniuda y
protestona, que estaba en contra de cualquier injusticia. Por esta razón, los
continuos desencuentros entre nosotros dos. ¡Porque, mi padre, amiga mía, era
una persona injusta!
-Estás
formulando una grave acusación, Laura.
-¡Pero,
es muy cierta! Mi padre abusó de la autoridad que, a través de la historia de
los tiempos y de las religiones, se ha venido otorgando ilimitadamente al “pater familias.” Tú sabes, María, que toda autoridad está
revestida de poder y cuán difícil es ejercerlo, con la adecuada mesura.
-Me
atrevería a decir que sí, lo sé - le respondí - ¿Por qué dices que abusó de su
autoridad?
-Porque
suplía la falta de razón con el poder que le daba la correa de su pantalón. En
lugar de argumentar y admitir el diálogo, recurría al castigo. Mi padre, llegó
a confeccionar un código penal propio, que asignaba el castigo a cada una de
las faltas que cometíamos: llegar tarde a la hora del almuerzo o de la
cena, no habernos lavado las manos, ir
despeinados, protestar por la comida, estar viendo la televisión sin haber
terminado los deberes del colegio… Con excesiva frecuencia, mis protestas por
alguna actuación suya, le sacaban de quicio. Entonces, agarrándome de la oreja,
me arrastraba al cuarto oscuro, después de la correspondiente tanda de azotes. Permanecía
algunas horas encerrada, hasta que mi madre le hubiese pedido clemencia,
repetidas veces, en nombre mío. Mi pobre madre ha sido la primera y más importante
víctima de mi padre, mucho más de lo que yo lo he sido. Hasta el día de hoy, no
he atinado a saber qué encantos encontraría, mi madre, en un novio como mi
padre, para que llegase a inclinarse en favor de contraer matrimonio.
-¿Recibías
algún trato discriminatorio de tu padre, por el hecho de ser niña? Es decir,
¿tus hermanos recibían iguales castigos? -se me ocurrió, preguntar.
-Una
tía mía cometió la grave indiscreción de contarme la reacción que tuvo mi
padre, cuando le comunicaron que el parto había ido muy bien y que su esposa
había dado a luz una sonrosada y preciosa niña. Según me dijo la hermana de mi
madre, le entró tal grado de ofuscamiento, que no quiso verme, hasta la mañana
del día siguiente. Mi padre tenía el convencimiento de que su primer hijo sería
un varón y no fue capaz de superar tan gran decepción, a lo largo de toda su vida.
De muy poco sirvió que, más tarde, llegasen otros dos hijos varones. Mi
progenitor entendió que yo había sido la culpable de que sus planes se vieran
truncados.
Esta
vez, fui yo quien fijé la mirada en mi amiga. Con seguridad, mi rostro debía
reflejar gravedad porque, cuando ella advirtió tal circunstancia, no dudó en
interrumpir el silencio que se había producido. Laura, extrañada por mi
actitud, me preguntó:
-¿Qué
ocurre, María? ¿He dicho algún despropósito?
-¡Es
terriblemente penoso! -exclamé, cometiendo el error de no saber contener mis
emociones- ¡No existe mayor don, para unos padres, que la llegada de un hijo!
-Pero,
mi padre quería un primogénito. Un heredero, para el cual, tenía reservado el
mismo nombre que su abuelo, la carrera que tenía que estudiar y el negocio
familiar del que tenía que hacerse cargo. Y, de hecho, eso fue lo que sucedió
con Juan, mi hermano mayor. Hasta tal extremo, que mi padre le introdujo en los
círculos sociales que frecuentaba y en el club de tenis del que nuestro abuelo,
había sido socio fundador. ¡No faltaría a la verdad, si dijese que llegó a elegir la mujer con la que, mi
hermano, se casó!
-Tengo
que creer todo cuanto me dices, Laura. Aunque, pensaba que semejantes atavismos
se habían perdido en la noche de los tiempos.
-El machismo
de mi padre fue de un nivel insoportable. Lo sorprendente, es que él anduviera
tan ufano. ¡Me vas a perdonar, pero, te diré que, a mí, me ha jodido la vida!
-¿Incluso,
a pesar de la presencia de tus dos hermanos?
-Hasta
la adolescencia, todos fuimos objeto de sus correazos y sus castigos, aunque,
yo me llevé la peor parte. Cuando Juan y Andrés fueron al instituto, el
maltrato físico cesó para todos nosotros. Pero, a partir de entonces, mi padre
trató de ignorarme olímpicamente.
-¿Me
quieres decir que renunció a ocuparse de tus estudios y de las obligadas
atenciones que un hijo requiere?
-Te
ratifico lo que te he dicho. Mi madre fue quien estuvo pendiente de mi
formación, de mi mantenimiento y de comprarme la ropa. Mi señor padre se
limitaba a pagar las facturas y, en su favor, he de decir que lo hacía con
satisfacción; la misma que le producía tener una trifulca conmigo, de vez en
cuando, para no perder la costumbre.
-¡Debía
ser un infierno para ti!
-Realmente,
lo fue. Hasta que, un día, al interferirse, mi madre, en una acalorada
discusión en la que estábamos enzarzados, mi padre le levantó la mano y le
hubiese pegado, de no habérselo yo impedido. Ese día me echó de casa, alegando
que yo atentaba contra la estabilidad familiar. No te acordarás, pero, este
episodio tuvo lugar, apenas, iniciado el primer año de nuestra carrera. Te lo
conté, con detalle, al día siguiente, frente a la barra del bar de la Facultad.
-No
me acuerdo. Haría poco tiempo que habría comenzado el curso. Al saber que vivías
en una residencia para universitarios y ser, tú, tan hermética, nunca llegué a
pensar que te habían echado de casa -respondí a Laura, con el absurdo ánimo de
justificarme-. ¿Cómo ha sido la relación que has mantenido con tus hermanos? -pregunté.
-Desde
que me casé, prácticamente inexistente -respondió, mi amiga-. Acudí en ayuda de
ambos, cuando mi padre me prohibió contraer matrimonio con Eduardo. Puesto que
era imposible para mí hablar con mi padre, les rogué que utilizaran los más
nobles argumentos para lograr que mi padre cambiara su decisión. La verdad, es
que no tenía muchas esperanzas en el éxito de la misión que les encomendé. Sin
embargo, lo último que hubiera podido imaginarme, es que ninguno de los dos
asistiese a mi boda. ¡Me llevé un disgusto enorme! ¡No tuvieron narices de
enfrentarse a la voluntad de nuestro padre!
Hasta
que el tren de alta velocidad no hizo su entrada en la estación de Atocha, nos
dio tiempo a hacer muchas consideraciones. Me parece improcedente trasladarlas,
porque la extensión del presente escrito ha resultado del todo exagerada. Sin
embargo, diré que no estuve de acuerdo con Laura, cuando ella me aseguró tener
cicatrizadas las heridas que tan penosa experiencia familiar habían producido
en su corazón. Le dije que las había cerrado, en falso. Intenté explicarle las
razones y, al final, tuve que recurrir a una cruda sentencia, de la que me
arrepiento.
-Viajar
a Madrid con la esperanza de ver a tu padre, antes de que haya sucedido lo
irremediable, es señal inequívoca de que tus heridas se cerraron en falso,
Laura.
Le
ruego acepte, doctora, mis más respetuosos saludos.