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miércoles, 18 de septiembre de 2019

Es conveniente tener en cuenta los cambios que ocurren en nuestras relaciones personales





Al igual que en otros artículos, cuando hablo de relaciones, me refiero a los diferentes nexos afectivos que podamos tener con familiares, amistades o parejas. También, al trato que otorgamos a las personas que vamos conociendo. Por lo tanto, quisiera que leyeran mis palabras teniendo en cuenta que son aplicables en contextos diversos.

Los cambios son parte de nuestra vida, aunque parezca que no se hayan producido. Algunos pueden ser casi imperceptibles, ya sea para uno mismo o para los demás. Otros, surgidos tras épocas de crisis, son grandes cambios. Suelen ser bastante evidentes, aunque, siempre habrá personas que no quieran verlos o prefieran ignorarlos.

Es conveniente tener en cuenta esos cambios que ocurren en nosotros y en nuestras relaciones. Para ello, además del autoconocimiento e introspección, debería haber apertura, sinceridad, respeto y la posibilidad de hablar sobre lo que es diferente, o lo que ya no es como era, llegando a acuerdos que sean válidos.

Conocemos a personas que no parecen evolucionar, que se aferran al pasado y a lo que les enseñaron. Pretenden que las cosas se hagan como siempre se hicieron en su familia, en las amistades que eligieron y en el núcleo social en el que quisieron incorporarse. No se dan cuenta que nadan contra corriente. Se empeñan en vivir sobre las bases de principios y modos de actuar inalterables. Pretenden que nadie se salte unas reglas que fueron inventadas en el pasado para solucionar situaciones que los momentos presentes les deparan. Consideran que todos cuantos pertenecen a su ámbito existencial deberían actuar de acuerdo al criterio que ellos tienen de lo que es correcto. Y, por eso, rechazan a quienes siguen pautas de comportamiento diferentes, llegando a cometer el grave error de calificar de impropio, equivocado y desatinado el proceder de los mismos. Y, confieso que me abstengo de reproducir los términos timoratos que ellos utilizan profusamente.

No es acertado decir que esos individuos moderan su actitud con el transcurso del tiempo. Más bien, todo lo contrario. Cada vez, son más rígidos e intolerantes con los demás. Intentan ocultar sus propios miedos: inseguridad, dolor e ira, ante la necesidad de ser tenidos en cuenta. En el fondo, bajo una máscara de perfección y bondad, serán seres asustadizos e inseguros. Cuando no, amargados, rencorosos y llenos de rabia.

Pero, es de justicia señalar que otras personas están en constante desarrollo, a partir del acceso a información que antes desconocían. Así como,  debido a experiencias que las llevan a cambiar algunas de sus viejas creencias por otras que se ajusten más a lo que ellas piensan. Así, poco a poco, vislumbran lo que antes no estaban preparados para comprender. Se van conociendo mejor y descubren qué es lo que contribuye a darles paz y bienestar emocional. Aprenden a confiar en su propio criterio y a cuestionarse si lo que reciben de otros es aceptable y enriquecedor, o si no lo es. Cuidan de ellas mismas y disfrutan con las interacciones sinceras, que les aportan elementos valiosos. Se hacen responsables de aquello que permiten en sus interrelaciones e identifican cuáles son los límites que son infranqueables, que no están dispuestas a permitir que se traspasen. Se valoran de forma más ajustada, teniendo en cuenta sus luces y sus sombras, sus puntos fuertes y aquellos de los que conviene ocuparse. Adquieren una mayor confianza en su capacidad para afrontar las dificultades que se les vayan presentando y para gestionar su vida, mientras van subiendo el listón de lo que valoran en una relación y de lo que no es negociable.

Lo deseable de nuestras relaciones es que sean enriquecedoras. Que podamos sentirnos a gusto, que nos lleven a conocernos mejor, que sean un aliciente para que se cumplan nuestros objetivos personales y los que, de forma conjunta, establezcamos para el futuro.

Quiero terminar con una frase de Lorraine C. Ladish:

La vida es demasiado corta como para desperdiciar tiempo con vínculos que nos vacían o restan energía. Y, demasiado corta, también, como para no estrechar los lazos que merecen la pena.





Bibliografía:

“Más allá del amor”, de Lorraine C. Ladish. Editorial Pirámide.



Imagen encontrada en internet: http://hopesrising.com/?p=2291



domingo, 14 de febrero de 2016

Objetivo irrenunciable: el amor independiente




En este escrito que tengo el placer de someter a su consideración, quiero compartir con ustedes algunas ideas de Lorraine C. Ladish, extraídas de su libro “Más allá del amor. Amistad, afecto y compromiso”.

Me centraré en un capítulo titulado: Amor codependiente versus amor independiente. No obstante, invertiré el orden que la autora establece, refiriéndome aquí a las Características del amor independiente, lo cual ha de permitirnos navegar a través de los mares en calma, proclives a lo positivo y lo deseable. En un escrito diferente, me referiré a las Características del amor codependiente, que es un término que adopta la escritora, aunque no está registrado por la Real Academia Española de la Lengua.

Como expresé en un artículo que publiqué, hace algún tiempo, sobre el amor dependiente, procuraré no referirme, en exclusiva, al amor de pareja, ya que considero que todos los afectos, de la índole que sean, deben ser independientes, y no estar sometidos a la esclavitud de la dependencia emocional. A continuación, me referiré a algunos de los atributos más relevantes del amor independiente:


Permite el crecimiento individual.

En el amor independiente, cada uno tiene la suficiente confianza en sí mismo, como para permitir que el otro haga lo que sea preciso para crecer como individuo. Tendrán que adquirir compromisos de trabajo, o de estudio, los cuales podrán requerir de viajes y desplazamientos. Afrontarán la lógica separación física que eso comportaría. Deberán relacionarse con otras personas, y fortalecer aquellos vínculos que deseen conservar. Ambos, proyectarán su vida profesional adecuadamente, sintiendo que forman parte de un mismo equipo, y que pueden confiar, el uno en el otro.

Resalta las mejores cualidades de cada uno.

Cuando ambos se sienten con el mutuo y franco aliento, gozan de un mayor estímulo para su personal superación. Si se tratan con respeto y se dan muestras de apoyo y de cariño, es natural que respondan de la misma manera. Y si se valoran y se animan mutuamente, es normal que, ambos, tengan más ganas y más energía para desarrollar sus aptitudes, sus aficiones, su trabajo, etcétera.

Acepta el cambio. Está abierto a lo que decidan y pacten.

Sabiendo que las dos partes se desean lo mejor, aceptan los retos que se les presentan. Son conscientes de que deben afrontar los cambios y, que cualquier situación pactada es válida, cuando se ponen mutuamente de acuerdo.

Fomenta la evolución de la relación y de sus componentes.

Cuando uno se siente seguro de sí mismo, y de la persona a la que ama, es capaz de dejar que el otro evolucione y cambie, si es preciso, sin temor a perderle por ello. La capacidad de adaptación al cambio y a la evolución es importante para evitar que la relación se estanque.

Hay intimidad y acercamiento.

Ambos, sienten la absoluta confianza para mostrarse como son; incluso,  para poder mostrarse vulnerables, entre ellos. Pueden compartir temores, momentos buenos y malos. Pueden confesarse dudas, sin miedo a que alguno se aproveche de la debilidad del otro. Sin que asome el menor sentimiento de envidia, por el éxito alcanzado por el otro.

Permite la libertad de comunicar los deseos individuales.

Sienten la confianza de poder decirse lo que quieren, y cuando quieren, directamente, sin tapujos ni manipulaciones. Y a la vez, sienten la libertad de decir “no” cuando se les pide algo que no les es posible dar en ese momento, o que no es de su agrado. El hecho de poder comunicar lo que desean, no garantiza que lo obtengan, pero fomenta una buena comunicación.

No busca el amor incondicional.

El amor incondicional significaría que, hagamos lo que hagamos, por malo, doloroso o rastrero que sea, el compañero, amante o amigo nos querría de igual manera.

¡Y viceversa!

Muy distinto es saber que queremos a la otra persona tal como es, con lo bueno y con lo no tan bueno. Pero, seguir amando cuando te hacen daño, o cuando esa persona te impide crecer, avanzar y ser feliz, eso ya es otra cosa. En el fondo, es un no querernos y respetarnos lo suficiente. Cuando nos sentimos bien, el único amor incondicional que necesitamos, y que nos es posible obtener, es el que nos concedemos a nosotros mismos.

Acepta un determinado grado de compromiso.

En aquellas relaciones en las que hay dependencia emocional, el hecho de aceptar un compromiso, ya sea de tiempo, de dedicación, o de fidelidad, parece implicar una pérdida de libertad, o de identidad. Uno puede sentir que se ahoga dentro de la relación. En cambio, las relaciones independientes otorgan un significado totalmente distinto al término compromiso, convirtiéndose en un deseo que nos incita a compartir nuestros sentimientos con el otro ser. Le otorgamos un espacio, un valor en nuestra vida y empezamos a sopesar cómo le afecta aquello que hacemos. El compromiso nos vuelve más generosos, y amplía nuestra mente y nuestros horizontes.

Ambas partes tienen una buena autoestima.

Para la autora, esta es quizás una de las características más importantes. Ambos se sienten a gusto consigo mismos, aunque eso no implica que permanecerán siempre igual. No necesitan demostrar nada a nadie, ni que nadie les muestre su valía. Siempre habrá espacio para aprender, y para que cada uno modifique, en sí mismo, lo que crea conveniente y necesario. No podemos, ni debemos intentar cambiar a otra persona. Cada uno va a su propio ritmo, tiene sus prioridades, y su forma de ver lo que sucede.

En el amor dependiente el sentimiento de bienestar de alguien puede variar de acuerdo a la forma de actuar del otro. En el amor independiente la otra persona nos trata bien porque así le nace y porque nosotros no dejaríamos que fuera de otra manera, ya que nos queremos demasiado como para dejar que nos humillen o hagan daño.

Acepta la separación física. Se echan de menos, pero no les desequilibra.

Cuando confías en otra persona, y en ti mismo, puedes  echarla de menos si no está cerca, pero no estás obsesionado con él o ella. Es más, su recuerdo te produce placer y eres capaz de emplear el tiempo de la separación de forma productiva, en lugar de sumirte en un estado de agitación y ansiedad, fruto de la desconfianza.

Hay confianza mutua.

Hasta que no se demuestre lo contrario, depositan su confianza en la pareja, familiar o amigo, y así mismo, aceptan la responsabilidad de contar con la confianza del otro.

Hay intereses comunes. Buena comunicación.

Ambos, tienen deseos parecidos en lo que respecta a su relación.  Y si no es así, están dispuestos a hablar de ello, tomar decisiones y pactar. Tienen algunas metas comunes. La buena comunicación no significa contarse absolutamente todo, pero sí todo lo que pueda afectar a la relación. Y sobre todo hacer lo posible por entender al otro y no obcecarse en una postura, sin ceder y negociar algo que les venga bien a los dos.

Da sin esperar nada a cambio.

Se ayudan y colaboran sin estar esperando nada a cambio. No llevan la cuenta de lo que han hecho por el otro, y no se ayudan por motivos retorcidos. Lo hacen porque se quieren y les satisface verse felices. Cuando tienes la sensación de que tu pareja también hace las cosas porque le produce placer verte contento y complacido, eso te impulsa a dar más aún.

Produce más gozo que dolor.

El amor independiente y saludable contribuye a nuestra felicidad, no a nuestra desdicha. Todas las relaciones pueden atravesar momentos malos y dolorosos, pero si se alimentan exclusivamente de ellos, es mejor abandonarlas.

El amor independiente contribuye a una sensación prolongada de bienestar y de plenitud. Proporciona placer continuado en el tiempo.

Tiene altibajos pero se caracteriza por la estabilidad.

A pesar de los momentos buenos y malos que se presentan en la vida, sienten que, generalmente, la relación se encuentra en un término medio: no produce euforia, seguida inevitablemente de un bajón depresivo. Es una relación pausada, agradable, que te aporta bienestar, confianza, estímulo… La estabilidad puede resultar aburrida, si la vemos desde fuera, pero es gratificante y edificante, cuando la vives y la disfrutas.


Posiblemente, el lector encontrará a faltar algún otro atributo a la larga lista de los que aquí se han mencionado. Sin embargo, pienso que la relación de todo cuanto hemos apuntado es suficiente para darnos una idea de cuál es la verdadera naturaleza de lo que entendemos por amor independiente.



Nota aclaratoria: lo que se entiende por relaciones independientes, en este escrito, tiene mucho que ver con el concepto de "Interdependencia" al que se refiere Stephen S. Covey en "Los siete hábitos de la gente altamente eficaz”. 



Para ver el artículo sobre las Características del amor codependiente, accede al blog, a “Las cadenas de Afrodita”, mediante el siguiente enlace:



Las cadenas de Afrodita




Lorraine C. Ladish, en su libro “Más allá del amor. Amistad, afecto y compromiso”, habla, en ocasiones, de dependencia emocional, y en otras, utiliza el término “codependencia”, que no es un vocablo recogido por la Real Academia Española de la Lengua, en su Diccionario. En nuestro estricto deseo de respetar al máximo a la escritora, el lector nos habrá de permitir la utilización de este término.

Su autora entiende por codependencia la relación obsesiva con otra(s) persona(s). Es una pasión que nos desborda y se torna incontrolable. Nos afecta de dos formas principales: en una de ellas, nos obsesionamos por controlar, ayudar o dirigir a una persona o situación que se escapa de nuestro control; en la otra, nos dejamos controlar, ayudar o dirigir por un individuo o situación. En ambos casos, es nuestra autoestima la que está en juego. La codependencia implica que uno se quiere poco. También se encuentra ligada a la inseguridad y al miedo.

Mientras que, en otro artículo, “Objetivo irrenunciable: el amor independiente”he pretendido exponer las Características del amor independiente, en éste, me referiré a las Características del amor codependiente, que señala la autora en su libro.  

Deseo que no sólo piensen en las relaciones de pareja ya que todas las relaciones afectivas deberían ser independientes, y no codependientes, o con  dependencia emocional. El amor codependiente:


Te consume.

Te pasas el día pensando en la otra persona. Eso absorbe tú energía. En lugar de hacerte sentir mejor, esa forma de relacionarte te está impidiendo dedicarte a otras actividades y personas. Incluso dejas de dedicar tiempo para ti mismo. Si ella tiene algún tipo de problema, como no trabajar, no estudiar, ser infiel, estar deprimida o enferma, sufrir una adicción…, tú empleas mucho tiempo, y esfuerzo, intentando que la situación cambie.

Produce más dolor que satisfacción.

La relación te hace daño. Los momentos buenos son pocos. Percibes que te miente, que tiene un/a amante, te falta al respeto, no atiende tus necesidades… Todo ello te produce dolor; a pesar de lo cual, empiezas a tomarlo como algo normal.

Es masoquista.

No tiene por qué ser en el sentido físico, aunque lamentablemente los casos de violencia en parejas, y a veces en la familia, son demasiados. Puede ocurrir que, sin ser consciente de ello, obtengas algún tipo de placer en el dolor emocional que te provoca el comportamiento de alguien. O bien, soportas situaciones dolorosas, y difíciles, porque te proporcionan algún tipo de “seguridad”.

Provoca temor al cambio, a lo desconocido.

A pesar de sentirse atrapados en una relación conflictiva, se han acostumbrado. Los dos tienen miedo a que cambie la situación. Aquello de que más vale lo malo conocido…, es válido en este tipo de relaciones. Temen terminar la relación, o intentar hacer algo para que mejore.

Dificulta el crecimiento personal.

En una relación dependiente, te centras tanto en la misma, dando vueltas sin encontrar salidas, que dejas de hacer aquello que te ayuda a crecer interiormente. Te hace aislarte socialmente, rendir menos en el trabajo, dejar de practicar aficiones... Tu vida se reduce cada vez más, al centrarte en una obsesión por una relación cada vez más enfermiza y deteriorada.

Carece de comunicación. No es sincero.

Al haber desconfianza e inseguridad en la relación, ninguno se atreve a decir la verdad. Por miedo a perder al otro, o a los otros, se abstienen de ser sinceros. Sonríen, aun cuando están sufriendo. Evitan pedir atención, cariño o apoyo. Prefieren mantener las apariencias, padeciendo en silencio. La falta de confianza, de sinceridad y comunicación es el peor enemigo de cualquier lazo afectivo. Afortunadamente, tiene solución.

Utiliza juegos psicológicos y manipulación.

Una, o ambas partes, manipulan y/o juegan con el otro. Por ejemplo, se hace la víctima para atraer el cariño y la atención de otro. Aprende a detectar tus momentos bajos o vulnerables y los aprovecha para conseguir que hagas lo que quiere, cuando quiere. Deja de llamarte varios días seguidos para tenerte en vilo y luego no te cuenta lo que ha hecho. Tú intentas darle celos coqueteando delante de él o de ella…

Da a cambio de algo.

Cuando te hace un favor, o se lo haces tú, es porque ya estás pensando qué le vas a sacar a cambio. Si no lo obtienes, te sientes enfadado. El mero hecho de dar o hacer cosas por tu pareja no te produce satisfacción: es, siempre, un medio para obtener un fin.

Desea cambiar al otro.

Siempre le encuentras defectos, y piensas que si dejara de hacer esto, o lo otro, sería mejor. Que dejara de ser mujeriego, o dejara de coquetear, o ligar, o deje de beber o de fumar, o que no se pase la vida viajando, que sea detallista… Pero no puedes cambiar a otra persona, si ella no cambia por sí misma. Si no soportas algo de una persona es más fácil relacionarte con alguien diferente, que intentar que modifique sus hábitos o costumbres. Si no aceptamos a la otra persona como es, si queremos que cambie en cosas importantes, se puede decir que no la amamos lo suficiente. Deseamos que sea la respuesta a nuestros problemas, y a nuestros vacíos y necesidades. Pretendemos que prevalezca nuestra forma de ver la relación. Aquí no hay libertad, no hay independencia. De alguna forma, los dos imponen su forma de ser. No desean modificar ciertas conductas por el bien de los dos.

Busca solucionar los problemas internos mediante la otra persona.

Crees que algunos de tus problemas o dificultades, o todos, se van a solucionar si estás con esa persona. “Intentas refugiarte en ella”. La utilizas para olvidar que no tienes trabajo y que no haces nada para conseguirlo. Si eres tímido, procuras que ella sea la que se ocupe de las relaciones sociales. Si eres un manirroto, le entregas todo el dinero para que lo controle ella, y luego le echas en cara que no sepa manejarlo. Crees que te sacará de la depresión, de los problemas económicos, de un desengaño amoroso, etcétera. Pero, el amor nunca soluciona los problemas que no resolvemos nosotros mismos.

Provoca miedo al abandono durante la separación física.

En el amor emocionalmente dependiente sólo la presencia física parece satisfacernos. El hecho de que el otro no esté presente, físicamente, nos produce ansiedad. No sabemos lo que está haciendo. Tememos que nos traicione, que no vuelva, que se olvide de nosotros… Lo mismo puede suceder cuando no hay comunicación por teléfono o por las redes sociale. Nos inquieta. Es incómodo y desagradable. Tememos perderle...

Celos, desconfianza.

Cuando los celos son fundados, la relación tiene poco futuro, puesto que no hay compromiso por una de las partes. Cuando no son fundados, indica un desequilibrio e inseguridad por parte de quien los sufre. Cuando no se tiene confianza, en una relación, se vive en un estado constante de ansiedad. No puedes contarle lo que realmente sientes o piensas.

Es desagradable sentir celos, fundados o no, y también saber que alguien los siente hacia nosotros. Los celos y la desconfianza no se dan únicamente en las relaciones amorosas, se pueden dar entre amigos y con los familiares. Pero, todos son dañinos para las relaciones.

Intenta controlar al otro, incluso cuidarlo.

El miedo a que se aleje, o te abandone, esa persona que para ti es importante, te impulsa a querer saber, en todo momento, qué hace, a dónde va, con quién está… Esto te consume y, además, asfixia al otro. Una forma de disimular este control es dedicarte a cuidarlo como si estuviera desvalido. Cuando te vuelcas en cuidar de alguien como si se tratara de un chiquillo, lo único que consigues es que se comporte como tal, y te agobie, o bien que se harte y se vaya, física o emocionalmente.

Casi siempre hay conflictos de intereses.

Cada uno desea algo diferente de la relación. Rara vez coinciden los relojes biológicos, mentales o sexuales. Es decir, ella quiere una relación monógama y tú no quieres ningún compromiso. Él quiere que viváis juntos, pero tú no quieres que se mude a tu apartamento. Ella quiere salir todos los días con sus amigas, pero tú preferirías que pasara alguna tarde en casa. Ocurre en todos los tipos de relaciones. Normalmente, estas diferencias denotan distintos grados de compromiso, si lo hay, en la relación.

Produce la sensación de estar en una montaña rusa.

Tan pronto estás eufórico como hundido en la miseria. Tu pareja te hace una promesa y luego la rompe. Estás en la cresta de la ola o en el fondo del mar. Rara vez hay una sensación de paz y equilibrio. Y si alguna vez la sientes, piensas que es temporal, que se puede romper en cualquier momento. Cuando las relaciones presentan esta variación en los estados de ánimo, y en la forma de actuar de sus componentes, es agotador, produce inseguridad e inestabilidad.



Después de leer todo esto sobre las relaciones con dependencia emocional, o codependientes, les invito a que se aproximen a la otra cara de la moneda. Pueden ver el escrito: “Objetivo irrenunciable: el amor independiente”, accediendo a él mediante el siguiente enlace:











viernes, 15 de enero de 2016

Convertirnos en salvadores de otra persona es un mal negocio


¿Qué estás haciendo?, le pregunté al mono cuando le vi sacar un pez del agua y colocarlo en la rama de un árbol.
"Estoy salvándolo de perecer ahogado", me respondió.

Desearía compartir con ustedes un texto que a mí me ha parecido, siempre, muy interesante. Se trata de un pequeño apartado titulado “Salvadores”, del libro Aprender a querer. Hacia la superación de la codependencia”, de Lorraine C. Ladish, cuya lectura les recomiendo.

Se lo leo a muchas personas, cuando me doy cuenta de que están empeñadas en hacer lo posible para que otras superen sus problemas. Cuando llegamos a obsesionarnos con nuestro papel, autoimpuesto, de “salvadores”, entramos en una dinámica dañina, la cual produce un gran desgaste en todos los implicados.

Resulta paradójico que, con nuestra insistencia en “curar” a otra persona, impidamos que ella se esfuerce por desarrollar sus propios recursos. Lo cual es imprescindible para que intente solucionar las dificultades y los problemas que se le presenten.

El texto es tan claro que, en lugar de tomarlo como base de mis comentarios sobre el tema, me ha parecido oportuno reproducir las palabras  de la autora.


Salvadores

“Asumir el papel de salvador(a) de otra persona no es fácil. Sobre todo, no es aconsejable. Si tenemos algún amigo, familiar, o cónyuge que sufre algún trastorno psíquico y/o emocional, nuestro amor puede llevarnos a intentar curar a esa persona, cueste lo que cueste.

Llevados por el amor, alimentamos el deseo fatuo de cuidar y curar a la otra persona. Gastamos todas nuestras energías en arrastrar a la persona al médico, al psiquiatra, a los grupos de autoayuda. Intentamos animarla si está deprimida, sacarla de la cama por las mañanas, llevarla hasta el trabajo o a la escuela. Y si se niega a estudiar o trabajar, cuidamos de ella como si se tratara de una persona desvalida, que no tiene recursos propios. Y así se acostumbra a no tenerlos.

Si a pesar de nuestros esfuerzos continuados no levanta cabeza, nos preguntamos qué hemos hecho mal, dónde nos estamos equivocando, e incluso peor, ¿por qué no somos capaces de hacerla feliz? ¿Por qué no podemos curarla? Acabamos agotados, exhaustos, corriendo el peligro de perder nuestro propio horizonte en la vida y quemarnos antes de tiempo, porque estamos tirando de nuestro carro y del de la otra persona. Esto puede desembocar en ira hacia la otra persona, que no se ha dejado ayudar, cuando verdaderamente hemos sido nosotros los que elegimos el papel de salvadores, pasando por alto nuestro propio papel en la vida, que seguramente es bien distinto.

La realidad es que cada uno somos responsables de nosotros mismos. Naturalmente que es posible ofrecer amor, apoyo, comprensión, un hombro, una mano. Pero nunca podremos hacer feliz a otra persona si ésta no sabe ser feliz por sí misma. No podemos ayudarla a recuperarse si no está preparada para ello. Y además, corremos el riesgo de acelerar el deterioro de la relación, porque estamos desencantados de no ser capaces de salvar a la otra persona. Y ella, lejos de ser capaz o de estar preparada para sentirse agradecida, se sentirá culpable porque es consciente de que queremos ayudarla, pero no sabe dejarse ayudar. Y a medida que la salvadora incrementa sus esfuerzos para sacarla adelante, se sentirá más infeliz, más presionada, más fracasada. Se recrimina el haber gastado la energía de la otra persona.

En este juego de roles autoimpuesto, al final, ni el “salvador” ni la “víctima” son felices.

Por tanto, lo mejor que podemos hacer cuando alguien cercano a nosotros sufre una depresión, una adicción, un trastorno alimentario, afectivo, o similar, es cuidar de nosotros mismos lo mejor posible. Sólo así tendremos fuerzas para apoyar a esta persona.

Recordemos que la caridad, el amor, la ayuda, empiezan por uno mismo”.






Libro: LADISH, Lorraine C., Aprender a querer. Hacia la superación de la codependencia.” Ediciones Pirámide, Madrid.