Mostrando entradas con la etiqueta Manuel J. Smith. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Manuel J. Smith. Mostrar todas las entradas

martes, 25 de octubre de 2016

Las técnicas sociales asertivas: información gratuita y revelación de nosotros mismos




Las técnicas sociales asertivas sirven para que dos personas puedan establecer un diálogo, hablar de cosas personales que incumban a ambos, tener en cuenta lo que el otro le dice, preguntar sobre aquello que desean saber, profundizando en lo que sea de su mayor interés…

Para llegar a ser un comunicador asertivo en un ambiente social, el individuo debe dominar la técnica de captar las claves que los demás le dan acerca de sí mismos: INFORMACIÓN LIBRE O GRATUITA. Así mismo, tendrá que aprender a proporcionar información sobre su propia persona: AUTORREVELACIÓN o REVELACIÓN DE NOSOTROS MISMOS. Sin duda alguna, se trata de las dos técnicas sociales más relevantes.

En ocasiones, hablamos de nosotros mismos, de forma espontánea; o bien, como consecuencia de una pregunta, o un comentario, de nuestro interlocutor. Debemos estar atentos a las señales que van surgiendo en la conversación, las cuales habrán de indicarnos si podemos seguir comentando acerca de nosotros y si es pertinente continuar insistiendo para que la otra persona nos cuente cosas sobre su vida. Es un tema delicado, ya que hay quienes se pueden sentir incómodos con el rumbo que toma la conversación y, sin embargo, no se atreven a decírnoslo.

También, podemos encontrarnos con que, uno de los dos, es más hábil en conseguir que la otra persona hable y comparta aspectos de su vida, mientras que ofrece muy poca información a cambio. Lo deseable, es que exista cierto equilibrio entre lo que ambos comparten. Si no es así, el que comparte más, se sentirá utilizado o manipulado por el otro, como forzado a hablar, por no sentirse adecuadamente correspondido con el mismo nivel de apertura que él ha brindado, desde el primer momento.

La manera cómo se va desarrollando una conversación, nos ha de señalar si  puede ser conveniente la aportación de información personal. Porque, es muy posible que nuestro interlocutor quiera que, su relación con nosotros, no suponga la adquisición de compromiso alguno. Con mayor razón, que no tenga el más mínimo deseo de aumentar su nivel de intimidad con quienes nos hemos erigido en sus interlocutores. En general, será más fácilmente aceptado lo que digamos, cuanto más tiempo haga que conozcamos a esa persona y, también, si la conversación se produce en un lugar y momento apropiados.

Si dos personas no se conocen bien, rara vez darán a conocer detalles de sus sentimientos más profundos. Por tanto, hablar de las emociones de una persona al inicio de una relación puede ser incómodo. A medida que vayan progresando en su mutuo conocimiento, se sentirán más relajadas y es posible que estén dispuestas a proporcionar información de carácter íntimo.  Paradójicamente, si dos personas se dan cuenta de que la posibilidad de volver a verse es remota, como cuando se conocen en un avión, o en la sala de espera de un aeropuerto, es muy posible que, sin apenas darse cuenta, se revelen  pensamientos y sentimientos personales, sin ningún tipo de reserva.

En un ambiente social, todos tendemos a facilitar INFORMACIÓN GRATUITA acerca de nosotros mismos que no se nos ha solicitado específicamente. Gran parte de esa información guarda relación con nuestros intereses, nuestros deseos, nuestros prejuicios, nuestras ocupaciones, lo que nos hace felices y lo que nos preocupa.

Si hablamos a la otra persona empleando algo más que afirmaciones, negaciones o gruñidos, sin duda le facilitaremos gran número de claves e indicaciones acerca de lo que es importante para nosotros, en ese momento determinado de nuestra vida.

La INFORMACIÓN LIBRE O GRATUITA que los demás nos ofrecen acerca de sí mismos, sin habérsela solicitado, nos ayuda a continuar la conversación, sin que haya esos silencios incómodos en los que no sabemos de qué hablar. Además, cuando prestamos atención a lo que nuestro interlocutor nos comunica libremente, le incitamos asertivamente a que continúe hablando de sí mismo; le facilitaremos la tarea al manifestar nuestro sincero interés por aquello que es relevante para él.

Igualmente, es importante que estemos muy pendientes de la información que nosotros aportamos, a lo largo de una conversación. La calidad de la misma, ayudará a que nos conozcan mejor e influirá en el grado de comunicación que podamos tener con nuestro interlocutor.

La otra técnica que debemos dominar para llegar a una comunicación eficaz, es la que denominamos como AUTORREVELACIÓN o REVELACIÓN DE NOSOTROS MISMOS.

Cuando le revelamos al otro lo que pensamos y sentimos acerca de lo que nos ha comentado sobre sí mismo, permitimos que la comunicación fluya en ambas direcciones. Sin las revelaciones acerca de nosotros mismos, nuestra atención e interés por la libre información de nuestro interlocutor, produciría la impresión de que estamos interrogándole o escudriñando en su vida, sin compartir con él  ninguna de nuestras experiencias.

La información que revelamos sobre nosotros mismos constituye una invitación para continuar la conversación. El re­ceptor puede aceptarla, colaborando con la aportación de información personal y animando a su interlocutor a contar más cosas; por el contrario, puede rechazar nuestra invitación y llevar a cabo estrategias para cambiar de tema o para dar por concluida la conversación. Eso dependerá del resultado de las evaluaciones que haga de su interlocutor, de cómo se sienta en el transcurso de la conversación y de su motivación por crear  una relación de mayor compromiso, sin excluir el necesario nivel de intimidad.

Revelar información sobre nosotros mismos y ser cuidadosos con lo que la otra persona nos comenta, puede ayudar a crear una mayor cercanía, fomentar la empatía y generar una mayor confianza. Aunque, en ocasiones, puede acarrear consecuencias desagradables:

Demasiada información puede que sea percibida, por nuestro interlocutor, como una sobrecarga, que le haga sentirse abrumado con la información recibida. Especialmente, cuando se refiere a emociones que no sabe cómo procesar o que, en aquel momento, no está preparado para asimilar.

Aunque la persona que revela elementos de su vida no lo sienta de igual manera, el receptor puede interpretarlo como signo de debilidad. Si nos damos cuenta de que eso sucede, será conveniente reducir el nivel de apertura hasta que se den unas circunstancias más adecuadas. Siempre, teniendo en cuenta que habrá personas con las que será casi imposible relacionarnos a un nivel más profundo.

Hay quienes interpretan la AUTORREVELACIÓN, de otras personas, como un intento de sobresalir, de llamar la atención, de mostrar que sus problemas son más importantes que los suyos. Parece ser una contradicción que la REVELACIÓN DE SÍ MISMO pueda hacernos parecer como si fuéramos débiles y dominantes.

Revelar, a otras personas, información privada acerca de nosotros mismos, es una técnica asertiva muy eficaz, no sólo por lo que a la conversación social se refiere, sino también cuando surge un conflicto entre nosotros y otra persona. Cuando hemos hablado sobre temas personales, quedaría bastante mal que intentaran manipularnos, utilizando, para ello, nuestros sentimientos, nuestras preocupaciones, nuestra falta de conocimiento sobre algo o nuestra indecisión. Intentando negar, desvalorizar o ignorar nuestros sentimientos…

Nadie puede conseguir que hagamos a gusto algo que no es de nuestro agrado. Como, por ejemplo, prestarle el coche, aun sabiendo que nos disgusta prestarlo. Sería conveniente expresárselo, tal cual, a quien nos lo pide: “Lo paso muy mal cuando pienso que otra persona va a conducir mi coche”. Esa ya es la “razón” suficiente para no hacer algo que no deseamos hacer. Incluso, siendo conscientes de que lo pasamos mal porque nos preocupamos, a sabiendas de que no hay razón alguna para preocuparnos, ya que lo más seguro es que no le vaya a pasar nada al coche. Aunque nuestro miedo sea algo ajeno a la lógica, esto no hace que nos deje de dar miedo. A veces, en vez de decirle claramente, a nuestro amigo, que no queremos prestarle el coche, empezamos a inventar toda una serie de excusas o razones por las que no podemos prestarle el coche en esta ocasión.

Aunque lo que sentimos pueda parecer ilógico, sigue siendo importante para nosotros y merece todo el respeto. A veces, ni siquiera nosotros respetamos nuestros sentimientos de preocupación e incertidumbre, porque se nos ha querido enseñar que debemos tener una verdadera “razón” para hacer o decir algo.

Parte de la AUTORREVELACIÓN tendrá que ver con aquello que damos por supuesto que debemos ocultar: lo que no es de nuestro agrado, las preocupaciones, la ignorancia, el miedo, etcétera.

La revelación involuntaria de factores negativos acerca de nosotros mismos y nuestra propia aceptación de los mismos es probablemente la técnica asertiva más potente y eficaz para evitar la manipulación y alcanzar la paz de nuestro espíritu.

Si los demás reaccionan ante nuestra revelación asertiva de lo que sentimos y nos preocupa, tratando de convencernos de que no “debemos” o no tenemos derecho a pensar o a sentir así, nuestra respuesta será simple y directa: “Es posible, pero esto es lo que siento”. Frente a una respuesta sincera y honrada como ésta es imposible emplear la manipulación o, aunque lo intenten, que seguramente será lo que harán, no les servirá de nada, ya que nosotros insistiremos en que eso es lo que sentimos. Si nos mantenemos firmes, terminarán desistiendo.

El uso adecuado de la AUTORREVELACIÓN voluntaria es eficaz en el trato con personas de carácter manipulativo, sean vendedores de coches, dependientes, hombres de negocios, mecánicos, compañeros de trabajo, jefes, amigos, vecinos, parientes, padres o hijos nuestros; así mismo, como medio para mejorar nuestras técnicas de conversación y de comunicación social.




Bibliografía:


SMITH, Manuel J.: “CUANDO DIGO NO ME SIENTO CULPABLE”, Editado por Grijalbo, Barcelona.


Apartado 6.2.6 La autorrevelación, de un curso de la Universidad de Cantabria:



Imagen encontrada en Internet. Desconozco el autor.




lunes, 24 de octubre de 2016

La asertividad nos ayuda a ser más sociables y a comunicarnos mejor

      

Manuel J. Smith afirma que existe cierta relación entre el grado de sociabilidad y el de asertividad, señalando que “las personas son sociables en la medida en que son asertivas”. Así, encontramos que las personas asertivas tienen mayor facilidad para relacionarse, en comparación con quienes son agresivas o no asertivas.

La persona asertiva expresa sus pensamientos, sus sentimientos, sus deseos y sus opiniones con seguridad y confianza en sí misma, encontrando el momento oportuno para ello. Posee una buena capacidad para relacionarse. Tiene en cuenta las necesidades de los demás, aunque no las antepone a las suyas, salvo cuando sea realmente preciso. Actúa de manera que se respeten sus propios derechos asertivos, así como los ajenos. Toma sus propias decisiones; pero, cuando entiende que es necesario, se pone de acuerdo con los demás, para intentar resolver las dificultades, al tiempo que minimiza la probabilidad de tener que hacer frente a futuros problemas o complicaciones.

La persona agresiva dice todo lo que quiere, caiga quien caiga, de malas maneras. Se cree la dueña de la verdad y no le importa lo que piensen los demás. Suele tener un carácter fuerte y dominante. No le importa intimidar a los demás, llegando a hacer uso de una crítica humillante. Tan solo le preocupa conseguir lo que ella desea, y cuando ella quiere. Rara vez tiene en cuenta los sentimientos ajenos. Con frecuencia, se mete en discusiones y en peleas. Tiende a aprovecharse injustamente de aquellos que considera más débiles y, por lo general, tiene muy pocos amigos de verdad.

En la medida en que aprenda a respetar las opiniones y los derechos de quienes entren en contacto con ella, obtendrá beneficios de la asertividad, en particular, cuando escuche atentamente a los que le hablan y aprenda otras formas de decir las cosas, permitiendo el diálogo y el intercambio de ideas. Tengo que reconocer que es difícil que las personas agresivas se den cuenta de que la asertividad puede ayudarles y que es bueno que las otras personas sean asertivas; ya que esto les produciría malestar porque ya no podrían imponer sus verdades y sus puntos de vista. Así mismo, tendrían que reconocer que cada uno tiene el derecho a decidir sobre todo lo que tiene que ver con ellos mismos y con su bienestar.

La persona no asertiva, llamada también pasiva, guarda en su interior las cosas que querría decir, le cuesta comunicarse. Suele sentirse agobiada por tener que hablar con otros y no encuentra las palabras adecuadas. No es capaz de expresar lo que le gusta, lo que desea, lo que le molesta. Puede suceder que ni ella misma lo sepa, debido a su afán de complacer a ciertas personas y por su miedo a tener que afrontar la diferencia de opiniones. Piensa más en los demás que en sí misma. Prefiere no molestar o incomodar a otros, siendo como “muy sufrida”; aunque, de vez en cuando, saltará repentinamente, y de forma brusca, ante algo que le digan o ante cierto suceso. Deja que le manden, que le digan lo que tiene que hacer y, generalmente, no es capaz de defender, con convicción, sus propios derechos, permitiendo que otros se aprovechen de ella.

La asertividad le ayudará a sentir más confianza en sí misma, a darse cuenta que ella tiene los mismos derechos que el resto de las personas; a caer en la cuenta de que no le sirve de nada sacrificarse constantemente en beneficio de otros, que cada vez seguirán exigiendo más de ella, dando muy poco, o nada, a cambio. Aprenderá a decir lo que conviene que diga, buscando el momento y el lugar oportuno…

La comunicación entre dos personas es como el pegamento que las va juntando, mientras la relación se desarrolla y se fortalece; permaneciendo estrechamente unidas, durante todo el tiempo que dure su relación. De hecho, cuando la comunicación empieza a mermar, la relación se resiente. Por eso, es tan importante que aprendamos a mantener un diálogo asertivo.

Para que una relación social se desarrolle, las dos partes deben tener, por lo menos, un grado mínimo de asertividad en su trato mutuo. Si, desde sus primeros encuentros, no se tratan mutuamente de manera asertiva, su relación puede tardar meses en desarrollarse, en el muy hipotético caso de que llegue a producirse. Cuando una relación vacila o fracasa, lo más probable es que alguna de las dos partes, o ninguna de las dos, haya comunicado asertivamente cómo cree ser; cuáles son sus deseos, sus gustos, sus aversiones, sus intereses, lo que hace, lo que le gustaría hacer, etc. Esa comunicación asertiva será necesaria durante todo el desarrollo de la relación, incluso para terminarla, si llegara el caso, y para continuar relacionándose, posteriormente.

El comportamiento asertivo, es mucho más que exigir el respeto de nuestros derechos e impedir que los demás nos manipulen. Comprende un sentido social,  consistente en comunicar a otros quiénes somos, qué hacemos, qué deseamos, qué esperamos de la vida; confiando en la asertividad de nuestro interlocutor y que, por lo tanto, nos corresponda brindándonos información sobre su persona, en justa reciprocidad.

La asertividad social, también nos permitirá descubrir la inexistencia de afinidades y si hay grandes diferencias que nos separan; evitando así, unas relaciones sin salida ni posibilidades para ninguna de las dos partes.

A lo largo de nuestra vida, aprendemos a relacionarnos y a comunicarnos con los demás, con mayor o peor fortuna. Algunas veces, las dificultades aparecerán como consecuencia de una falta de asertividad y de habilidades sociales; generalmente debidas a la escasez de oportunidades que hayamos tenido para relacionarnos, también, por poseer un historial de frustración y fracasos, en nuestros intentos por comunicarnos con otros. Ese historial negativo puede provocar que nos sintamos inseguros ante cualquier situación social nueva; inhibiendo nuestra espontaneidad, impidiendo que podamos hablar de nosotros mismos y que podamos escuchar atentamente lo que nuestro interlocutor nos revela sobre su persona.

En un próximo escrito me referiré a las técnicas sociales asertivas, que pueden ayudarnos a mejorar nuestra asertividad en el ámbito de las relaciones sociales. Encontrarán que, en mayor o menor medida, todos las hemos utilizado, en alguna ocasión. Al profundizar en el conocimiento de las mencionadas técnicas, se nos brindará la posibilidad de hacer un mayor uso de ellas, lo cual redundará en beneficio propio y en el de las personas con las que nos relacionemos.





Bibliografía:

SMITH, Manuel J.: “CUANDO DIGO NO ME SIENTO CULPABLE”, Editado por Grijalbo, Barcelona.








A continuación encontrarán los enlaces a los diferentes escritos sobre asertividad que pueden encontrar en el blog.











martes, 18 de octubre de 2016

Dos técnicas verbales asertivas: el disco rayado y el compromiso viable



En escritos anteriores, nos hemos referido a la asertividad y a los derechos asertivos. Lo visto hasta ahora, nos ayudará a descubrir el camino por el que poder transitar; pero, no es suficiente para mostrarnos asertivos. Para ello, las técnicas verbales asertivas nos serán de gran utilidad.

Para ser asertivos, la primera virtud que debemos adquirir es la persistencia. Repetiremos, cuantas veces sea necesario, lo que queremos; sin enojarnos, sin irritarnos y sin tener que levantar la voz.

Cuando nos encontremos con una situación conflictiva, cabe la posibilidad de que debamos insistir, manteniendo nuestra opinión o posición ante un tema, si queremos comunicarnos de una manera eficaz.

El DISCO RAYADO es una técnica verbal que nos ayudará a mostrarnos persistentes, sin necesidad de dar razones o explicaciones. Haciendo caso omiso de cuanto puedan decirnos quienes tengan como objetivo lograr que desistamos de nuestra idea o de nuestro propósito.

Cuando hacemos uso de la mencionada técnica, es conveniente que tengamos claro qué es lo que queremos conseguir. Mostrándonos firmes, insistiendo en nuestros planteamientos y concentrándonos en la cuestión que se está debatiendo. Nada de lo que diga nuestro interlocutor podrá hacer que cambiemos nuestra decisión. Seguiremos diciendo, con voz tranquila y de forma repetitiva, lo que queremos, hasta que consigamos que  nuestra postura sea respetada.

A pesar del título otorgado a esta técnica, no será necesario que utilicemos, repetitivamente, las mismas palabras; podemos tener muchas formas alternativas de exponer nuestra idea, siempre y cuando seamos fieles a lo que deseamos expresar.

Utilizaremos este recurso, cuando nos insistan en que aceptemos algo con lo que nosotros no estamos de acuerdo. Es una forma de defendernos contra sus intentos de manipulación, al pretender forzarnos a aceptar lo que ellos quieren imponernos. Estos comportamientos son frecuentes en algunas transacciones comerciales en las que desean llevarnos a su terreno, haciéndonos sentir mal, cuando no aceptamos lo que nos ofrecen. Tengamos en cuenta que ellos están acostumbrados a buscar todos los argumentos posibles para salirse con la suya y para hacernos creer que, nosotros, no llevamos la razón en nuestras peticiones. Suelen conseguir su objetivo, en caso de no mantenernos firmes en nuestra postura.

Conviene tener especial cuidado cuando utilizamos esta técnica con personas cercanas, familiares o amigos, ya que pueden pensar que estamos siendo agresivos con ellos y su tendencia será la de atacarnos a nosotros. Si necesitamos insistir en algo, no deberemos utilizar esta técnica de forma aislada, sino en combinación con otras, como son COMPROMISO VIABLE y  BANCO DE NIEBLA.

Quiero precisar algo: el hecho de que ellos quieran hacernos creer que estamos siendo agresivos, cuando solamente estamos intentando exponer lo que nosotros queremos, es una forma de manipulación y un intento de hacernos sentir culpables. Debemos estar con las antenas puestas y no entrar al trapo, si esto ocurriera.

El DISCO RAYADO es una técnica de asertividad que puede ser muy efectiva cuando tratas de hacer valer tus derechos ante una persona que está haciendo oídos sordos a lo que tú le dices.

Por ejemplo: Una amiga nos pide que le acompañemos al aeropuerto, a recoger a un amigo común; pero, nosotros no podemos ni queremos ir, porque tenemos otros planes. La primera vez que respondes puedes dar alguna explicación, si así lo deseas; pero, si te sigue insistiendo, dispuesta a convencerte de cualquier modo, puedes limitarte a repetir la misma contestación, una y otra vez: “Esta tarde no puedo ir”. Utilizando todas cuantas variantes gramaticales se te ocurran.

De este modo, no entras en debates ni discusiones y estás dejando bien claro a tu amiga que no vas a ceder, que dan igual los argumentos que pueda utilizar para convencerte, no hay nada que hacer. Cuando lo único que obtenga de ti sea un tranquilo, pero firme: "No; lamento muchísimo tener que repetirte que, esta tarde, me es imposible acompañarte al aeropuerto", se acabará aburriendo y no tendrá más remedio que desistir.

Aplicando el procedimiento del DISCO RAYADO, iremos modificando el hábito compulsivo de responder a cuantas preguntas u observaciones se nos hagan. Este hábito se basa en nuestra creencia de que, cuando alguien nos habla, “debemos” responder específicamente a lo que nuestro interlocutor nos dice. Nos daremos cuenta de cuán arraigada está en nosotros esta práctica y de cuán incómodos nos sentimos, cuando tratamos de no responder automáticamente a las interpelaciones que se nos hacen.

Algunos, piensan que pueden utilizar los derechos y las técnicas asertivas como un medio para “vengarse” o “desquitarse” de sus manipuladores, consiguiendo lo que ellos quieren que otro haga. Es conveniente precisar que eso no sería ser asertivos, sino manipuladores.

No debemos olvidarnos que nuestro interlocutor tiene derecho a decir NO y a no estar de acuerdo con nuestros planteamientos. En tal caso, es conveniente intentar llegar a una solución de compromiso en la que los dos cedan, sin que ninguno llegue a perjudicarse. Lo cual, equivale a decir que deberemos llegar a un acuerdo que sea beneficioso para ambos: un COMPROMISO VIABLE.

Cuando nuestro interlocutor se muestra asertivo con nosotros, el conflicto se establece en torno a los datos reales del problema en cuestión y no en torno a la fuerza relativa de las personalidades en juego. La solución deja de depender de quién es el mejor o el peor manipulador. Nos sentiremos igualmente bien, aunque nuestro objetivo no se haya alcanzado, en su totalidad. Bajo ningún aspecto, disminuirá la confianza en nosotros mismos; al contrario, nos daremos cuenta de que nuestra capacidad de negociación va en aumento.

En ocasiones, mediante el COMPROMISO VIABLE, nos comprometemos a hacer algo en el futuro, como una llamada para solucionar un problema: "Mañana telefonearé al distribuidor y aclararemos su reclamación". Se trata de comprometernos a algo que podamos cumplir.  Por supuesto, para mantener nuestra credibilidad y la confianza depositada en nosotros,  es importante que lo llevemos a término.

En la práctica, siempre que comprendamos que no está en juego el respeto que sentimos por nosotros mismos, da excelentes resultados ofrecer a nuestro interlocutor un COMPROMISO VIABLE.

Ejemplos:  
Podemos estar dispuestos a esperar un período de tiempo concreto para que nos cambien o nos reparen la mercancía.
Podemos acatar los deseos de nuestra amiga para ir al cine; otro día, haremos lo que nosotros hace tiempo que estábamos deseando: ir a la playa.
No es necesario que impere la voluntad de uno u otro, ¿por qué no tomar la decisión “a cara o cruz”?

Si la consecución del objetivo final pudiera poner en peligro cualquiera que fuera el valor propio que estuviera en juego, no cabría COMPROMISO VIABLE alguno.



Bibliografía:

SMITH, Manuel J.: “CUANDO DIGO NO, ME SIENTO CULPABLE”, Editorial Grijalbo, Barcelona.









Imagen encontrada en Internet. He modificado el color del fondo, para el blog.




sábado, 24 de septiembre de 2016

Los derechos asertivos, contra los intentos de manipulación ajenos




Según el Diccionario de la Real Academia Española, asertivo, es un adjetivo “afirmativo”. Dicho de una persona: “Que expresa su opinión de manera firme”.

Ser asertivo significa confiar en uno mismo y en nuestra capacidad para resolver las dificultades que se nos presenten en nuestro trato con los demás, expresando nuestras opiniones, lo que pensamos y lo que sentimos, de manera firme.

Es fundamental que no renunciemos a nuestra dignidad ni al respeto por nosotros mismos; al patrimonio que supone gobernar nuestra propia existencia y a nuestro intransferible derecho a decidir sobre nuestra forma de actuar.

Debemos tener bien claro que, si nosotros no se lo permitimos, nadie puede manipular nuestras emociones, con la torticera finalidad de conseguir algo que nosotros no queremos.

Algunas personas intentarán conseguir, de nosotros, lo que ellos quieren, esgrimiendo sus propias convicciones acerca de cómo "debemos" comportarnos todos; usándolas como si fueran dogmas que no pueden ser cuestionados ni desobedecidos.

En realidad, no dejan de ser simples normas que se han ido inventando sobre la marcha y que se transmiten a otras personas, sin que nadie cuestione la veracidad y la validez de las mismas. Si alguien se siente inseguro y preocupado por la falta de pautas de comportamiento, llegará a inventarse un buen número de ellas, aunque sean arbitrarias.

Esas creencias y normas contradicen directamente nuestros derechos asertivos, precisamente, la estructura sobre la cual se construyen las conexiones positivas entre las personas, tales como la confianza, la comprensión, el afecto, la intimidad y el amor.

La relación de derechos asertivos está formada por afirmaciones o declaraciones acerca de nosotros mismos. Es un listado de nuestras verdaderas responsabilidades para con nosotros, así como de la imperativa necesidad de señalar unos límites, para que los demás sepan lo que pueden esperar de nosotros. Quedarán claramente señalizados cuáles son aquellos puntos que no permitiremos sean sobrepasados.

Examinemos nuestro derecho asertivo primordial, del que se derivan todos los demás derechos asertivos: nuestro derecho a juzgar, en última instancia, todo lo que somos y todo lo que hacemos.

Cuando vivimos de acuerdo a este derecho asertivo, tomamos sobre nuestros hombros la responsabilidad de nuestra propia existencia y despojamos de esa responsabilidad a los demás.

Parece del más estricto sentido común que, cada uno, decida lo que quiera pensar, decir o hacer. Sin embargo, cuanto más intensa haya sido la influencia manipulativa y no asertiva que hayamos soportado, tanto más probable será que tengamos dificultades para aceptarlo como un derecho de los demás; y aún, de nosotros mismos.

La persona no asertiva se resistirá a reconocer los derechos asertivos de los demás, por considerar que confieren un poder excesivo. Como medida de autoprotección, este sujeto pretenderá manipularnos psicológicamente, esgrimiendo normas y pautas de bondad, de maldad o de justicia; con el exclusivo fin de rechazar todo cuanto pudiera entrar en conflicto con sus deseos, gustos o intereses personales.

Lo dramático es que, el manipulador, no se da cuenta de que, lo único que necesitaría, sería decir claramente lo que quiere; interactuando con la otra persona, para intentar conseguir aquello que desea o, por lo menos, llegando a acuerdos que sean beneficiosos para ambos.

A continuación, expongo un largo listado de derechos asertivos. Evitando la tentación de reducir la lista, no quise excluir algunos o fundirlos en nuevos enunciados. Sugiero que se lean despacio, reflexionando sobre ellos; pensando si tenemos dificultades de aplicación, por haber tenido que sufrir la interferencia de otras personas.

No olvidemos que, si nosotros tenemos todos esos derechos, los otros también los tienen. En ocasiones, será necesario negociar con los demás la forma de implementarlos.

Mi contacto inicial con el tema de la asertividad tuvo lugar cuando me encontré con un listado que contenía los primeros diez derechos de la lista.  Años después, descubrí el tratado de Smith sobre la asertividad, quien se explaya en la explicación de tales derechos. Ha sido mi pretensión, mediante el presente escrito, hacerles llegar una aproximación de los conceptos que constituyen el núcleo de este tema.



DERECHOS ASERTIVOS

Yo tengo derecho a juzgar mis comportamientos, mis pensamientos y mis emociones y a tomar la responsabilidad de su inicio y de sus consecuencias.

Yo tengo derecho a no dar razones, o excusas, para justificar mi comportamiento.

Yo tengo derecho a juzgar si me incumbe, o no, la responsabilidad de encontrar soluciones para los problemas de otras personas.

Yo tengo derecho a cambiar de parecer.

Yo tengo derecho a cometer errores...  y a ser responsable de ellos.

Yo tengo derecho a decir "no lo sé".

Yo tengo derecho a actuar, independientemente de la buena voluntad de los demás. (No podemos vivir en el miedo permanente de herir los sentimientos ajenos).

Yo tengo derecho a tomar decisiones ajenas a la lógica.

Yo tengo derecho a decir "no lo entiendo".

Yo tengo derecho a decir "no me importa".

Yo tengo derecho a determinar cuáles son mis necesidades, a establecer mis prioridades y a tomar mis propias decisiones.

Yo tengo el derecho a tener y a expresar mis sentimientos.

Yo tengo derecho a ser el juez último de mis sentimientos y a aceptarlos como válidos.

Yo tengo derecho a tener y a poder expresar mis opiniones y creencias.

Yo tengo derecho a evolucionar, intelectual y emocionalmente.

Yo tengo derecho a cambiar de idea, de opinión o de forma de actuar.

Yo tengo derecho a intentar cambiar lo que no me satisface.

Yo tengo derecho a ser independiente.

Yo tengo derecho a decidir qué hacer con mis propiedades, con mi cuerpo, con mi tiempo, etcétera, mientras no se violen los derechos de otras personas.

Yo tengo derecho a expresar una crítica y a protestar por lo que considero un trato injusto.

Yo tengo derecho a pedir una aclaración.

Yo tengo derecho a pedir ayuda o apoyo emocional.

Yo tengo derecho a sentir y a expresar el dolor.

Yo tengo derecho a ignorar los consejos de los demás.

Yo tengo derecho a estar solo, aun cuando los demás deseen mi compañía.

Yo tengo derecho a no responsabilizarme de los problemas de los demás.

Yo tengo derecho a no anticiparme a los deseos y necesidades de los demás y a no tener que intuirlos o adivinarlos.

Yo tengo derecho a responder; o no hacerlo.

Yo tengo derecho a ser tratado con respeto.

Yo tengo derecho a ser escuchado y tomado en serio.

Yo tengo derecho a tener mis propias necesidades y a que sean tan importantes como las de los demás.

Yo tengo derecho a ser el primero, algunas veces.

Yo tengo derecho a pedir lo que quiero, dándome cuenta de que también mi interlocutor tiene derecho a decir “NO”.

Yo tengo derecho a decir “NO”, sin sentir culpa alguna.

Yo tengo derecho a tener éxito.

Yo tengo derecho a gozar y a disfrutar.

Yo  derecho a mi descanso y a tener momentos de soledad.

Yo tengo derecho a superarme, aun a expensas de superar a los demás.

Yo tengo derecho a recibir el reconocimiento por un trabajo bien hecho.

Yo tengo derecho a pedir información y a ser informado.

Yo tengo derecho a obtener aquello por lo que pagué.

Yo tengo derecho a decidir no ser asertivo.


Yo tengo derecho a ser feliz. 




Nota:

Según una amiga, faltaba uno que lo resume todo: "Yo tengo derecho a ser feliz".

Para los que se encuentren  interesados en tener el listado de los derechos asertivos, en un archivo independiente, pueden acudir al siguiente enlace:


RELACIÓN DE DERECHOS ASERTIVOS





Referencias bibliográficas:

SMITH, Manuel J.: “CUANDO DIGO NO ME SIENTO CULPABLE”, Editado por Grijalbo, Barcelona.

CASTANYER, Olga: “La Asertividad: Expresión de una sana autoestima”.

Artículo en Internet: Carta de los derechos humanos asertivos.  




lunes, 12 de septiembre de 2016

Ni la lucha ni la huida: la capacidad de diálogo debe ser la herramienta para lograr ser asertivos




Continuando con el tema de la asertividad, quiero retomar las ideas con las que terminaba mi anterior artículo.

Decíamos que era lógico pensar que se nos presentarían infinidad de problemas en nuestras relaciones con los demás y que era fundamental confiar en que seríamos capaces de solucionar eficazmente cuantas dificultades se nos presentaran en nuestro camino.

De acuerdo con la evolución natural, los seres humanos poseemos la capacidad de enfrentarnos a cualquier tipo de adversidad. Como especie, hemos sobrevivido gracias a estar dotados, fisiológica y psicológicamente, para superar toda clase de obstáculos. Los inconvenientes a los que se tuvieron que enfrentar nuestros antepasados primitivos, en entornos muy difíciles, contribuyeron a que fueran desarrollando una extraña potencialidad para resolver sus problemas, con eficacia.

En la mayoría de especies animales, particularmente en los vertebrados,  cuando surge un conflicto entre ellos, suele haber una reacción de lucha o de huida por parte de alguno de los que han establecido la contienda. Estas dos maneras de afrontamiento suelen ser reacciones casi automáticas y son de gran valor para su supervivencia.

De igual forma, también en los seres humanos se produce la lucha y la huida. Forzados por las circunstancias, a veces, luchamos intrépidamente; en otras ocasiones, huimos despavoridos. A veces, actuamos libremente, guiados por nuestra propia decisión. Más a menudo, disimularemos nuestra reacción, utilizando formas disfrazadas de la lucha y la huida, las cuales analizaremos más adelante, en este escrito.

Aun teniendo la posibilidad de responder ante los problemas mediante la lucha o la huida, lo que nos distingue de las demás especies, es el hecho diferencial de poseer un cerebro humano: grande, nuevo, verbal y capaz de resolver problemas.

Nuestro cerebro nos permite comunicarnos y colaborar con otros cuando surge un conflicto o un problema. Esta capacidad de comunicación verbal y de resolución de problemas es lo que ha constituido la diferencia clave, para la supervivencia, de los seres humanos.

Aunque nuestros instintos pretendan conducirnos a la lucha, o a la huida, no estamos obligados a hacer ninguna de estas dos cosas. Muy por el contrario, debemos hacer uso y abuso de esa tercera opción, propia del ser humano, que es la de dialogar con los demás y resolver, de ese modo, lo que nos preocupa. Es el ejemplo más claro de lo que representa la comunicación asertiva.

Cuando tratamos de solucionar algún conflicto en nuestro mundo moderno, supuestamente “civilizado”, mediante la agresión o la huida, casi nunca lo hacemos abiertamente. Reaccionar de cualquiera de estas dos maneras no está muy bien visto.

Existen ciertas formas de actuar que tienen mucho de lucha o de huida. Me vienen a la cabeza, en cuanto a la lucha o la agresión, todo tipo de malos tratos físicos dirigidos hacia otras personas y hacia los animales. El maltrato o acoso psicológico, la discriminación de minorías, la burla, el desprecio, la utilización de motes o etiquetas... En cuanto a la huida, la pasividad de algunas personas, quedarse calladas ante los insultos o desprecios, no enfrentarse a los problemas que otros les plantean, llegar a cambiarse de casa o de lugar de residencia, para evitar a algunas personas.

Dentro de las enseñanzas que los niños reciben, algunas veces encontramos opciones contrapuestas: se les enseña que no deben luchar con otros niños, que no deben darles en las narices, golpearles, hacerles daño, insultarlos; también se les enseña que deben ser valientes y no huir de la gente que pueda darles miedo. Se les dice que deben expresar lo que les sucede, lo que sienten, pero no se les permite que lloren, que estén tristes o que se enfaden.

Si los niños reciben esos mensajes opuestos, se les adiestra a aceptar el conflicto pasivamente, mediante la agresión pasiva o la huida pasiva. Se encontrarán confundidos, no sabrán cómo expresar lo que les sucede y terminarán tragándose todo, sin saber cómo resolver los problemas que surgen en su relación con los demás. La agresión pasiva y la huida pasiva son utilizadas en cantidad de ocasiones. Muchas más de las que nos imaginamos.

La agresión pasiva

Cuando alguien hace o dice algo que desagrada manifiestamente a otra persona, raras veces ésta reaccionará abiertamente. Muchas, se limitarán a rechinar los dientes, en silencio, rumiando para sus adentros sobre las represalias que tomarán algún día. Se sentirán enfadadas y molestas. Algunas veces, podrán estar tan furiosas, que llegarán a echar fuego por la boca. Iniciarán un devastador diálogo interno, que la mayoría de las veces hará que aumente considerablemente su nivel de ansiedad y malestar. Los sentimientos de agresividad, no expresados, les harán mucho daño, tanto a nivel fisiológico como psicológico. Terminarán afectando su autoestima, a su capacidad de afirmarse y de resolver los problemas que se les presenten. Perjudicarán sus relaciones con otras personas, todo lo cual les pasará factura a nivel físico, en forma de una úlcera o cualquier enfermedad psicosomática.

El problema es que, de alguna forma, han aprendido, que no es conveniente responderles a esas personas; que no deben expresarles la agresividad que, su forma de proceder, ha suscitado en ellos. Piensan que, si reaccionan con brusquedad, eso les traerá consecuencias negativas. Posiblemente, porque ellos ya las han experimentado, anteriormente, o porque han visto cómo actuaban con otros.

Cuando alguien utiliza la agresión pasiva, no expresa abiertamente el malestar que le produce algo. Por ejemplo, obedece al jefe, pero de mala gana. Si le dice que prepare café, lo hará, a regañadientes. Estará enfadado, pero no se atreverá a hablar con su jefe de lo que le sucede ni se negará a hacer lo que le manda. Por lo tanto, hará el café muy fuerte o demasiado suave, siendo posible que lo derrame o que se queme al servirlo. Si le piden que se quede haciendo un trabajo urgente, después de su horario, cometerá un montón de errores, tardando el doble de tiempo. Si, en casa, la madre le exige a su hijo que arregle la habitación antes de salir a jugar con los amigos, éste, lo hará de mala gana,  protestando para sus adentros.

Cada vez que alguien utiliza la agresión pasiva, deberá arreglar los daños ocasionados, perder más tiempo del necesario, pasar un mal rato y sufrir el padecimiento de sentir una agresividad interna, sin descargar. Es quien sufre las consecuencias, no la otra persona. Cada vez que eso suceda, se sentirá frustrado. No solamente con los demás, sino consigo mismo, por no ser capaz de afrontar sus dificultades de otra forma más eficiente.

La agresión pasiva no soluciona los problemas. Haciendo uso de ella, no se consigue lo que se desea. Al contrario, las complicaciones van en aumento y el que utiliza la agresión pasiva, se encontrará cada vez peor.

Conviene evitar la utilización de la agresión pasiva. Procurar hablar de lo que les sucede, qué es lo que no les gusta o les parece injusto. Negociar, expresar una alternativa válida que no entre en conflicto con sus propios planes y que permita cumplir con sus responsabilidades. Incluso, en ocasiones, puede ser mejor discutir. No quedarse dentro, con todo el enfado. Luego, ya se podrá ir hablando del tema. Lo más difícil es decidirse a expresar lo que les preocupa o lo que les sucede. A partir de ahí, continuar hablando y solucionando los problemas que puedan surgir.

La huida pasiva

Hay quienes pretenden solucionar los problemas mediante la huida pasiva. Cuando se encuentran ante un problema con alguien, evitan afrontar lo que sucede e incluso rehuyen de aquella persona en lo posible. Imagínense un niño, que ha suspendido varias asignaturas y hace todo lo posible por no entregar, a sus padres, el boletín con las calificaciones. Cuando se ha perdido algo importante y se dilata el momento de informarle a la otra persona lo que ha sucedido. Estar sufriendo en silencio, durante varios días, inventando miles de excusas con tal de no asumir las consecuencias de lo sucedido.

La huida pasiva es utilizada en multitud de situaciones. En lugar de armarse de valor y hablar sobre lo que sucede, lo que se siente, lo que le inquieta, se pospone el enfrentarse a la situación que les preocupa. Esto sucede en las relaciones de pareja. En especial, cuando surgen conflictos importantes que hay que solucionar. A veces, retrasan todo lo posible el momento de llegar a casa. Buscan cualquier excusa para salir o tienen diferentes actividades que les mantengan ocupados, con tal de no compartir tiempo con su pareja. Evitando las discusiones, las malas caras, la falta de afecto y de detalles.

No es conveniente utilizar la huida pasiva, pues los problemas nunca se solucionarán de esta forma; cada día se agravaran más y podrán surgir otros nuevos. Al mismo tiempo, disminuirá su capacidad para solucionar los conflictos que se presenten. Se verán abrumados por todas esas situaciones, no resueltas, que les están demandando superar los miedos, tomar las riendas de su propia vida, con decisiones valientes y con la capacidad de sentarse a hablar de las dificultades que existen.

Conviene analizar cuáles son las situaciones que no se han afrontado, las decisiones que no se han tomado, qué actitud y comportamiento se ha tenido. Ver cómo la huida pasiva y la agresión pasiva no sirven para solucionar sus problemas. Hablar de la situación, exponiendo los sentimientos que la misma les produce, llegando a las decisiones y a los acuerdos que se consideren necesarios.

Aprender a solucionar los problemas de forma asertiva, en lugar de seguir huyendo o de hacer las cosas de mala manera. Hablar de lo que les disgusta. Darse cuenta de cómo la utilización de la agresión pasiva y la huida pasiva pueden ser las causantes de gran parte de sus conflictos. Utilizar eficientemente su capacidad para colaborar con otros cuando surge un conflicto o un problema. Hablar con los demás y resolver de ese modo lo que les preocupa.




Bibliografía:

SMITH, Manuel J.: “CUANDO DIGO NO ME SIENTO CULPABLE”, Editado por Grijalbo, Barcelona.






Imagen encontrada en Internet, publicada en el blog Crio asas de Lucas Alves. http://crioasas.blogspot.com.es. Modificada para el blog "Un día con ilusión".