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miércoles, 29 de noviembre de 2017

El patito feo: Una historia acerca de la búsqueda de la propia identidad



Hace un año compartí en Facebook una publicación de la página “La práctica del amor”, acerca de un cuento infantil: “El patito feo”. Cuando volví a leerla, hace unos días, me di cuenta que no coincidía totalmente con la forma como yo veo esa historia. Es más, pienso que muchas de las personas que han leído o escuchado ese cuento, de alguna forma se han identificado con su protagonista, sintiéndose “el patito feo”, por ser diferentes, por no ser comprendidos por otros, por haber sido discriminados, por no encontrar el apoyo y el amor que hubieran deseado. A continuación, copio esa publicación y, después, agregaré algunos comentarios míos.

EL PATITO FEO

“Un Ser humano es lo que él o ella cree o piensa que es… Y nada mejor para ilustrarlo, que la historia del famoso pato. Sí, no es un error. Nos referimos a la historia del patito feo, que dejó de creerse patito, cuando se encontró con otros cisnes. De repente, vio lo que no era, despertó de una pesadilla, dejó de representar un falso personaje que no tenía nada que ver con su verdadera identidad… Vio que había otra manera de vivir, más acorde con su verdadera naturaleza. Simplemente, reconoció su verdadero Ser. 

Hasta ese momento, era ignorado, despreciado y maltratado por los demás, ya que él mismo se despreciaba y maltrataba… porque él se mantenía inconscientemente en una posición de víctima de la que no sabía cómo salir… porque le faltaba la formación o la educación verdadera sobre su identidad.

Desde el mismo momento en que se reencontró con su verdadero Ser, con su naturaleza, y se mostró sin timidez ni vergüenza, todos los demás le reconocieron y respetaron… Aunque para eso necesitó ver con sus propios ojos que había otros como él y que estaban orgullosos de ser cisnes, porque entre otras cosas, eran realmente bellos, únicos, verdaderos, inigualables e irrepetibles...

Eso es lo que les pasa a los Seres humanos, que no saben respetarse a sí mismos, y si esto es así, ¿cómo esperan que los demás lo hagan? ¿Cómo exigir a alguien, algo que ni siquiera ha conquistado para sí mismo/a?...”

EL PATITO FEO encontrado en la página “La práctica del amor”:

* * * * *

Al leer la anterior publicación, en torno al cuento de “El patito feo” escrito por Hans Christian Andersen, nos encontramos ante la importancia que tiene el tener una buena autoestima, un buen concepto de sí mismo, el aprender a valorarnos, teniendo en cuenta nuestras cualidades, nuestras capacidades y nuestras potencialidades; sin olvidarnos de reconocer nuestros defectos, nuestras carencias y los aspectos sobre los que será conveniente trabajar para mejorar.

Es preciso recordar que cuando un niño es pequeño depende mucho de las personas con las que vive y se relaciona. Ellas son quienes deberían ayudarle a tener una adecuada concepción sobre cómo es, colaborar para que pueda desarrollar una buena imagen personal, que le sirva de referente para su desarrollo y le facilite sus relaciones con otros. Tengo que reconocer con tristeza que, en muchas ocasiones, la familia y las personas cercanas no reconocen las cualidades y potencialidades de sus miembros, sino que se centran en lo negativo, en las carencias; a su vez, suelen hacer comparaciones, señalando lo que ellos consideran negativo de uno con respecto a los demás, magnificando sus defectos y minimizando sus cualidades o puntos fuertes. Esto dificulta notablemente que los niños y los jóvenes desarrollen un buen concepto de ellos mismos, que pueda servirles para afrontar las dificultades que se les vayan presentando.

Refiriéndome al cuento original y al comentario anterior, quiero señalar que, desde que nuestro protagonista salió del cascarón, otros lo veían como un patito feo, lo que influyó notablemente en la formación de su autoimagen, la cual era un reflejo de lo que recibía del exterior. Su madre trataba de mostrar a otros lo positivo que veía en él, aunque la presión del ambiente era abrumadora. Para ella era difícil luchar contra las opiniones de los demás y no supo cómo poder ayudar al “patito feo” para que se encontrara mejor. Como ella reconoce en el cuento original, apenas conocía el reducido territorio en el que se movía y nunca había ido más allá de los límites permitidos. No tenía mayores conocimientos ni había acumulado experiencias que sirvieran para hacer que la vida de su vástago fuera más fácil.

Afortunadamente, él decidió salir de ese ambiente en el que se sentía criticado y no aceptado, comenzando un difícil viaje que le llevaría a encontrarse a sí mismo. Durante esa búsqueda se encontró con otros seres, que tampoco comprendían lo que le sucedía. Un día vio a unos cisnes, que llamaron su atención, de manera positiva, pero ellos solo estaban de paso, antes de que hiciera más frío.

Después de un crudo invierno, el cual, simboliza esas épocas de crisis que de vez en cuando casi todos nos vemos forzados a afrontar, él había crecido interior y exteriormente, se conocía más a sí mismo, había aprendido a sobrevivir y ya estaba preparado para conocer a seres parecidos a él: los cisnes.

Era primavera y aquellos habían regresado. Él los vio de nuevo, en todo su esplendor, y se sorprendió al contemplar en el agua su propio reflejo. Encontró que su aspecto exterior había cambiado notablemente y que tenía un gran parecido con ellos. Se alegró de ver que lo aceptaban y que lo acogían con amabilidad, logrando así encontrarse a gusto consigo mismo y sintiéndose parte de un grupo. Todo lo que había vivido le había servido para llegar a conocerse en profundidad, para confiar en sus capacidades y para descubrir quién era. A partir de entonces, se dio cuenta que otros seres, como los niños a la orilla del lago, también apreciaban y valoraban lo que veían en él. Incluso, todo el dolor de lo que había vivido contribuyó para que se convirtiera en un cisne especial.


 Leyendo otros comentarios acerca de “El patito feo”, me llamó la atención uno que refleja lo que yo pensé en estos días cuando releí el cuento completo. Muestra claramente el rechazo al que es diferente, al que es feo, al que actúa de otra manera. Por lo tanto, es una perfecta descripción del “bullying”, el “matoneo” o lo que suele entenderse como acoso escolar, aunque muchas veces empiece en la familia, con los hermanos, con los padres, y continúe con otras personas fuera del hogar. De alguna forma, el cuento de Andersen habla de discriminación, de cómo se rechaza al que es feo o a quien no se adapta a los cánones de belleza, de educación o de personalidad que la familia y la sociedad exigen. Así mismo, puede recibirse el peligroso mensaje de que sólo va a ser aceptado si es guapo y cumple con ciertos requisitos. No hace suficiente énfasis en el hecho de que cada uno es como es y que así debe ser aceptado y respetado por los demás.




Nota: Agrego a continuación los enlaces a dos páginas que contienen el cuento de “El patito feo” para aquellos que quieran leerlo.

Una versión de El Patito Feo, de Hans Christian Andersen, con dibujos, que recojo en el blog: “Magdalena Araújo – Psicología”:
http://magdalenaaraujopsicologia.blogspot.com.es/2017/11/el-patito-feo-de-hans-christian-andersen.html
 
“El patito feo”, de  Hans Christian Andersen  [Cuento infantil - Texto completo.] http://ciudadseva.com/texto/el-patito-feo/





miércoles, 19 de julio de 2017

Mantenerse alejado de los problemas



Me llamó la atención un mensaje contenido en una de esas películas que ponen en las tardes del fin de semana y a las que, en nuestra casa, nos referimos como “cromos”, por la sencillez de los guiones, la belleza de los paisajes y porque parecen “películas rosa”. En todas ellas, la trama argumental suele ser sencilla y agradable. Las situaciones parecen resolverse como por arte de magia. No hay violencia, ni vulgaridades, ni escenas desagradables. Sirven para pasar un rato ameno y relajante.

Sólo vi los últimos minutos del filme, que trataba de una temática muy difícil de sobrellevar. Una señora joven estaba en cama, con una parálisis casi total. Durante cuatro años se había negado a hacer rehabilitación y, por ello, había perdido la posibilidad de recuperar el movimiento de las manos y de los brazos. En una escena, vemos cómo otra mujer se atrevió a hablarle a la cara y le dijo que su actitud afectaba a toda su familia, tanto a su marido, a su hija como a su propia madre. Que, de persistir en tal comportamiento, podría llegar a quedarse sola. Que reaccionara, que hiciera algo. La escena tiene lugar después de que, en la noche anterior, el matrimonio hubiese acordado que la asistente social no continuara yendo a la casa; decisión que quedó rotundamente confirmada, gracias a las duras palabras que la mencionada colaboradora había dirigido a la esposa.  

Viéndose lamentablemente obligada a dejar de trabajar en aquel hogar, la asistente habló con su jefa y acordaron que se le asignaría otra familia, de manera inmediata. No obstante, se recibe la sorpresiva llamada del marido diciendo que su mujer ha cambiado de opinión y desea que la asistente en cuestión vuelva a prestarle su inestimable ayuda.

Cuando la asistente social regresa a la casa y entra en la habitación de la paciente, recibe la sorprendente confesión de la esposa, quien le dice que ella es la única persona que, a lo largo de los últimos años, se le ha enfrentado y le ha dicho claramente lo que pensaba.

A continuación, hablando de la actitud que su propia madre adoptó, desde el primer momento en el que vio a su hija postrada en la cama, hizo un comentario que me llamó poderosamente la atención y que me ha llevado a escribir este artículo. La explicación fue muy breve y se resume en las dos frases siguientes:

“En mi familia hay una consigna: mantenerse alejado de los problemas.”

Esto es algo que muchas personas hacen y parece ser la norma de conducta en demasiados hogares. Es una forma de proceder, adoptando una actitud pasiva ante las dificultades; ignorándolas, quitándoles importancia o huyendo de ellas. Se va aplazando el momento de afrontar lo que sucede, de tomar medidas que contribuyan a la mejora de la situación.

Piensan que no es necesario actuar, que los problemas se irán solucionando con el tiempo. Otras personas creen que no hay nada que se pueda hacer para que la realidad sea diferente, actitud que me recuerda a la resignación, una de las palabras que yo quitaría del diccionario y que estoy logrando erradicar de mi vida personal.

También, hay quienes piensan que ellos no tienen la capacidad para modificar una serie de cosas, porque creen que sobrepasan el límite de sus posibilidades. Tristemente, han aprendido a subestimar lo que ellos serían capaces de lograr, si fueran dando pequeños pasos para conseguir lo que se propongan. Pudieron haber hecho intentos, que resultarían ser infructuosos, pero no persistieron en ellos; por consiguiente, no desarrollaron las habilidades necesarias para conseguir sus objetivos. No intentaron realizar ciertas actividades porque les dijeron que ellos no tenían las capacidades necesarias para alcanzar el éxito. El problema es que creyeron lo que les decían, en lugar de hacer el esfuerzo de intentarlo, ellos mismos.

En todos los casos mencionados, podemos ver que el hecho de no afrontar las dificultades y esperar que los problemas se solucionen, sólo con el transcurrir del tiempo, nunca da resultado. La mayoría de las veces, las situaciones empeoran y, lo que no era tan grave en un comienzo, se hace irresoluble.

Volviendo a la película a la que me refería antes, la asistente accedió a continuar con la familia con una condición: que la esposa hiciera rehabilitación para ver si podía recuperar algo de la movilidad en las extremidades superiores, a pesar de que los especialistas pensaban que ya era muy difícil. Al final, la fisioterapeuta consigue que ella mueva el dedo anular.

Como se encontraba bastante depresiva y algún día había comentado haber soñado que volaba, la asistente consigue que pueda volar en parapente; por supuesto, acompañada por su marido, según creo recordar. Se le vio muy feliz con la experiencia.

Las escenas finales dan cuenta de la boda de su hija, a la que ella asiste conduciendo una silla de ruedas eléctrica, la cual, dirige con el dedo anular, cuya movilidad recuperó con las sesiones de fisioterapia. Por lo pronto, con algo de torpeza, yendo a más velocidad de lo que sería prudente, lo que le lleva a tener un pequeño tropiezo, sin importancia. Sonriendo con optimismo, se limita a decir que deberá seguir practicando, para poder utilizar semejante artefacto motorizado, sin correr el riesgo de sufrir un grave incidente.

 La película no lo ilustra, pero, a los guionistas les ha interesado transmitir la moraleja de que la protagonista ha tomado la decisión de salirse de las pautas seguidas por su familia, habiéndose dado cuenta de que, mediante el esfuerzo perseverante, tendrá la posibilidad de progresar en su recuperación, adquirir nuevos aprendizajes y afrontar los problemas que se le presenten.



  
La imagen es una composición mía, de tres avestruces independientes encontradas en Internet, que me ha interesado utilizar para este artículo del blog.

  


viernes, 28 de abril de 2017

¡Olvídate de los monstruos del pasado! ¡Es una orden!



No todos pensamos igual, reaccionamos de la misma forma, gestionamos los conflictos y los problemas de manera similar ni a igual velocidad.

Por favor, respetemos la vida de los demás; sus decisiones, sus inseguridades, sus miedos, sus problemas, sus conflictos, sus propios dolores o heridas. También, sus alegrías, sus sueños, su forma de amar, lo que les gusta, sus procesos de aprendizaje y cómo llegan a darse cuenta de las cosas.

Cada vida es diferente. Lo que a nosotros nos va bien, a otros ni les ayuda ni les sirve;  incluso,  podría hacer que sus problemas se agravasen. Cada uno debe encontrar su propio camino y tenemos que respetar el proceso de búsqueda de los demás. En el mejor de los casos, podríamos acompañarles mientras hacen sus propios descubrimientos, si nos lo permiten.

Sabemos lo difícil que es alcanzar la deseada meta del equilibrio emocional. Por ello, deberíamos fijarnos el objetivo de que, las personas que son dependientes de otras, que no creen en sí mismas, ni en su propia capacidad para afrontar las dificultades, aprendan a ser más autónomas.

Por un intento de “ayudar” a que esas personas salgan del agujero en el que se encuentran, se están produciendo últimamente verdaderos bombardeos de mensajes, pidiendo que tomen las riendas de su vida, que solucionen sus problemas y que pasen página. ¡Claro que eso sería lo deseable! Pero, no se consigue este objetivo mediante una orden simplemente voluntarista.

Cada uno, como mejor pueda, con ayudas o sin ellas, debe encontrar la forma de cerrar sus  heridas y de continuar con su andadura. Tendrá que aprender a vivir con sus propios monstruos, saber que ahí están; pero, no tenerles miedo porque ya no le harán daño. Me refiero a esos elementos del pasado que no pueden borrarse u olvidarse, puesto que fueron experiencias difíciles, incluso traumáticas.

Es una utopía pretender que alguien olvide los sufrimientos del pasado, si le duelen, todavía. Esas vivencias dejan cicatrices que sirven como un recordatorio de lo que sucedió, aunque deseamos que nunca vuelvan a ocurrir. Lo contrario, sería como esconder el polvo bajo la alfombra. El día menos pensado, aquello que, precipitadamente, se dio por superado, volverá a aparecer y traerá algo de caos porque se pensaba que todo estaba resuelto y aclarado. No procede preocuparse en exceso, pues se encontrará cómo resolver la situación y, de paso, servirá para aprender las lecciones que, de la misma, se deriven.

Algunos cuestionamientos, tales como la familia, la amistad, el amor, el trabajo, son cíclicos y vuelven a nuestro pensamiento en distintas etapas de nuestra existencia. Pareciera una espiral  que comienza con un diámetro pequeño y que crece en tamaño y en altura, a medida que da vueltas. Los grandes temas personales se vuelven a presentar para que aprendamos otras maneras de responder a ellos, después de haber adquirido nuevos conocimientos y haber vivido un largo número de experiencias. Pero, no tan sólo recibirán nuestra respuesta, sino que se incorporarán a la lista de conceptos que nuestra forma de ser toma en consideración.

Algunas personas creen que lo mejor es avanzar, cerrar ciclos y dejar atrás, cuanto antes, ciertos problemas. Eso sólo ocurrirá cuando ya hayamos obtenido lo que necesitamos. No podemos pasar página de algo que todavía no comprendemos, que se escapa de nuestras manos. Ese proceso no puede acelerarse, de lo contrario, las heridas quedarán curadas en falso y se reabrirán más tarde. La mente es muy sabia. Si un problema sigue afectándonos, es porque todavía no hemos aprehendido de él lo que era necesario. Es preciso descubrir otra forma de responder ante las dificultades, decir lo que somos incapaces de expresar y poner unos límites a quienes tienen tendencia a no respetarlos.

Les comentaré lo que sucede con los niños: cuando hay algo que les preocupa, preguntan por ello, lo dibujan y lo sacan en sus juegos, día tras día. Hasta que, en algún momento, ese tema deja de interesarles porque ya han descubierto el motivo de su malestar. A nosotros nos ocurre lo mismo. Cuando logramos comprender lo que nos ha sucedido y ha quedado encajado en nuestro rompecabezas, la zozobra que nos embargaba pierde esa fuerza que tenía antes y la experiencia empieza a formar parte del pasado.



Imagen de 123RF: 22210983-ilustraci-n-de-los-dos-monstruos-felices-en-un-fondo-blanco  2




martes, 7 de febrero de 2017

Desde que eran niños, aprendieron a ser pasivos



Algunas personas están convencidas de que es poco, o nada, lo que ellas pueden hacer para solucionar la mayoría de los problemas que se les presentan. Creen que no son responsables de lo que les sucede y que dependen de otras personas para solucionar cualquier inconveniente.

No han aprendido a ser dueñas de sí mismas, buscando en su interior los recursos que sean necesarios para afrontar las dificultades. Piensan que ellas no pueden cambiar lo que les ocurre, que el cambio tendría que venir del exterior.

Consideran que no tienen la capacidad suficiente para llevar a cabo lo que sea necesario para lograr modificar aquello que les desagrada. Tampoco, se atreven a decir, a quien proceda, lo que les disgusta de su forma de actuar.

Creen que, por el hecho de expresar lo que sienten y lo que les está ocurriendo, no van a conseguir que sus problemas mejoren. Llegan a pensar, incluso, que la situación puede agravarse porque ellos no tienen la capacidad para actuar de otra forma, ante los problemas que se les plantean.

No entienden cómo es posible que otras personas no se hayan dado cuenta de que hay algo que les preocupa, de que no se sienten bien, de que están teniendo problemas.

Es indudable que, desde niños, han aprendido a ser así. A ser pasivos, aceptando lo que les ocurre; en lugar de ser activos, actuando para minimizar los riesgos y, en todo caso, solucionar los problemas que se les presenten. Se conforman con lo que reciben de su entorno, aceptando lo que les ocurre, sin presentar ningún tipo de resistencia.

Les han enseñado que deben obedecer a los padres y a otras figuras de autoridad. Los niños creen que esas personas saben por qué dicen lo que exponen y empiezan a desconfiar de su propio razonamiento. Llegan a considerar, erróneamente, que el criterio de los demás es más acertado que el suyo. Empiezan a aceptar lo que les ocurre como si fuera irremediable y como si ellos no pudiesen hacer nada para evitarlo.

Quienes están a su alrededor no se dan cuenta de cómo les afecta a esos niños su forma de actuar o de responder ante sus necesidades. Si no se encuentran adecuadamente atendidos, protegidos y comprendidos por quienes deberían quererlos y cuidarlos, aprenden a no expresar sus dudas, sus miedos, sus dificultades. Piensan que deben aceptar resignadamente lo que les pase, que la vida es así y que ellos no pueden hacer nada para cambiarlo.

Paradójicamente, esto puede suceder con padres muy estrictos, cuyo mensaje es que en casa son ellos los que deciden lo que hay que hacer y que son los que saben lo que es mejor para todos; con padres ausentes, que no se enteran de lo que les sucede a sus hijos, que no se dan cuenta cuando están preocupados o asustados, o con aquellos que sobreprotegen a sus hijos, solucionándoles los problemas, no permitiéndoles correr los riesgos propios de su edad, por lo que no estarán preparados para afrontar sus propias dificultades personales o sociales.

Estos niños no ven lo positivo que hay en ellos y creen que los demás deben estar en lo cierto cuando dicen que no sirven para estudiar, para cantar, bailar, pintar o hacer algún deporte. Que son torpes o que son tontos... No se conocen a sí mismos y aceptan lo que dicen los demás, como si fuera verdadero.

No saben que podrían aprender y desarrollar sus habilidades en aquellas actividades que practiquen con cierta asiduidad. Que nadie nace sabiendo, por lo que todos podemos aprender muchas cosas. Es posible no sobresalir en algunas áreas, pero se puede tener un buen desempeño, si se le dedica suficiente tiempo y voluntad. No saben que los logros dependen de sus propios esfuerzos y que se aprende tanto de los aciertos como de los fracasos.


Considerar que otras personas son las que deben guiar sus vidas, es un pensamiento que queda instaurado de forma tan profunda que, ni los niños, ni algunos adultos, son conscientes de las consecuencias que puedan acarrearles. Supone el mejor caldo de cultivo para el desarrollo de problemas posteriores.

No saben cómo responder ante ciertas conductas de otros niños, ni ante el acoso escolar o bullying, a veces respaldado o disculpado por otros compañeros y por parte, incluso, de algunos adultos.

Tendrán dificultades en sus relaciones de pareja, por no confiar en sí mismos, por tener una gran necesidad de afecto y por no establecer unos límites adecuados; admitiendo, en cambio, ciertos planteamientos y comportamientos inaceptables.

Serán proclives a aceptar contratos laborales injustos o condiciones negativas en sus lugares de trabajo.

Rechazarán algunas actividades por considerar que no están capacitados para realizarlas, cuando ni siquiera lo han intentado.


Sería recomendable que los padres y los educadores ayudaran a los niños a tomar consciencia de su propio potencial para desarrollar su vida, de acuerdo a sus propias necesidades y a lo que, para ellos, sea valioso. De esta forma, les darían un empujón y les demostrarían que confían en su capacidad para resolver sus propios problemas. También, para pedir ayuda cuando la puedan necesitar.

Llegará el día en el que se den cuenta de que deben romper esas cadenas infantiles que les impedían ser los responsables de sus propias vidas. Que nunca es tarde para desprenderse del papel pasivo que adoptaron en tiempos pasados y comenzar a recorrer su propio camino.




Imagen encontrada en Internet, de 123RF: 68277035-el-hombre-en-el-cohete-a-trav-s-de-las-nubes, modificada para este blog.




sábado, 7 de enero de 2017

El bambú japonés



Algunas plantas, como la hiedra o el helecho, pueden crecer y extenderse rápidamente. Ciertos árboles, como el pino o el roble, van creciendo con mayor lentitud, hasta conseguir ser altos y robustos. En cambio, el cultivo del bambú japonés, es muy diferente al de cualquier otra planta o árbol, no siendo recomendable para las personas que son impacientes y tienen prisa en obtener lo que desean.

Entre los seres humanos, nos encontramos con personas que anhelan un desarrollo fácil y rápido. Otras, que son conscientes de que deben esforzarse, día a día, y que deben vencer las dificultades para poder convertirse en individuos fuertes y resistentes. También, nos encontraremos con quienes irán creciendo de forma casi imperceptible para los demás e incluso para sí mismos; hasta que, un día, explosiona ante nuestros ojos toda su sorprendente capacidad. A partir de ese momento, su evolución se acelera enormemente.


EL BAMBÚ JAPONÉS

El agricultor siembra la semilla, la abona y se ocupa de regarla constantemente, aunque no sucede nada visible, a lo largo de los meses siguientes. De hecho, pareciera que no ocurriese nada con la semilla durante los primeros seis años, hasta el punto que un cultivador inexperto pudiera pensar que ha comprado semillas estériles.

De repente, durante el séptimo año, en sólo seis semanas, la planta de bambú crece... ¡más de 30 metros!

¿Tarda sólo seis semanas en crecer? ¡No! La verdad es que se ha tomado siete años para crecer y seis semanas para desarrollarse. Durante los seis primeros años, el bambú japonés crece hacia abajo, haciendo expandir sus raíces hasta lo más profundo de la tierra para sostener el crecimiento que vendrá después, durante el séptimo año.

Se está preparando para después ser capaz de alcanzar el mayor de los éxitos y ser la planta con el crecimiento más rápido que existe en todo el reino vegetal.

Dicen que, si te quedas quieto mirándolo, puedes verlo crecer. No es de extrañar, pues puede llegar a alcanzar los treinta y dos metros de altura, en un  mes. Eso significa que crece al ritmo de un metro, cada día; o, lo que es lo mismo, unos cinco centímetros por hora. ¡Es algo realmente impresionante!

Aun cuando lo cortes repetidas veces, volverá a crecer hasta los treinta y dos metros en un solo mes. Sus siete años de estar fortaleciendo sus raíces le dan la fuerza para ello; su vida reside en su raíz, y aunque cortes el tallo, este seguirá creciendo.


No todo depende de lo que nosotros hagamos

Si sembramos una semilla de bambú en nuestro jardín, podemos regarla durante meses o años pero no conseguiremos que brote ni el más pequeño tallo, hasta que sea el momento indicado. No sirve de nada pensar que es problema de la semilla, de la tierra, del clima, o de la forma como lo cuidamos…

Nosotros, también necesitaremos nuestro propio tiempo para desarrollarnos. Iremos haciendo lo posible por conseguir lo que deseamos; aunque, poco influiremos para que suceda todo como nosotros hubiésemos deseado. No podremos controlarlo. Haremos lo que esté en nuestras manos, pero no es posible acelerar algunos resultados.


Paciencia y perseverancia

El cultivo del bambú japonés requiere de grandes dosis de paciencia y perseverancia, por parte de quien lo siembra. Su lentísima maduración inicial nos enseña que el éxito, a largo plazo, surge como resultado del desarrollo interno, el cual requiere de tiempo, trabajo y esfuerzo. Es necesario perseverar, aprender, ir “echando raíces”, sabiendo de antemano que nos encontraremos, en muchas ocasiones, con periodos en los que pueda parecer que nada está sucediendo.


Aprender, poco a poco

El mundo en el que nos movemos nos llama constantemente a tener resultados rápidos y espectaculares. Muchos se olvidan que también es necesario ese tipo de crecimiento lento, en el que se va aprendiendo, poco a poco. En el que se van adquiriendo conocimientos y experiencia, aunque, todo es tan lento, que pareciera que nada estuviera sucediendo.

Seguro que muchos podremos reconocer periodos en nuestra vida en los que, aun esforzándonos denodadamente por conseguir algo, nos da la impresión de que no avanzamos. Luego, de repente, descubrimos que hemos hecho un nuevo progreso, que vamos consolidando aquello que hemos ido aprendiendo y viviendo. Que hemos adquirido nuevas habilidades y que hemos logrado dominar aquello que antes se nos resistía.
   
Quienes persistan en la consecución de sus metas y no se den por vencidos, de forma gradual e imperceptible, irán consolidando los hábitos y el temple necesario que habrá de permitirles sostener el éxito, cuando, éste, se materialice, finalmente.


Flexibilidad

Una característica importante del bambú japonés es que posee una gran flexibilidad para adaptarse a las adversidades que se le presenten. Soporta  la variación de las condiciones atmosféricas, las diferencias de temperatura, las inclemencias del tiempo y es resistente a los más fuertes vendavales. Siempre, ayudado por las sólidas raíces que le sostienen y por la naturaleza de su tallo.


Las prisas y el éxito fácil

En la vida cotidiana, muchas personas tratan de encontrar soluciones fáciles, triunfos inmediatos. Quieren el éxito rápido, hacerse ricos velozmente y sin mayor esfuerzo. Esperan triunfar de una forma rápida y fácil; no quieren dedicar tiempo a prepararse. Algunos, de hecho, consiguen tener triunfos. Parece que todo marcha bien en sus vidas y que todo seguirá siempre así.

El problema surge cuando vienen las adversidades. Ante la menor dificultad fracasan, ya sea en su vida profesional, social o emocional. No estaban preparados para los tiempos difíciles. Aunque parecían fuertes y capaces, les faltaba una mejor preparación, flexibilidad y la fortaleza de carácter para ser capaces de permanecer en pie o para volver a levantarse tras los fracasos. Es muy posible que culpen a otros de lo que les sucede, en lugar de examinarse a sí mismos y ver cuáles fueron los errores cometidos.





Agradecimientos:

La idea de hacer este escrito surgió a partir de una publicación en Facebook, compartida por Alberto López. En otras ocasiones, ya habían llamado mi atención otros artículos sobre el bambú japonés.

He estado revisando algunas publicaciones sobre el bambú japonés, las cuales contienen diferentes e interesantes enfoques, así como mensajes inspiradores. Desearía dar las gracias a todos aquellos que escribieron sobre este sugestivo tema.




Imagen encontrada en Internet, modificada para este escrito.
Forma parte del siguiente escrito:



lunes, 12 de septiembre de 2016

Ni la lucha ni la huida: la capacidad de diálogo debe ser la herramienta para lograr ser asertivos




Continuando con el tema de la asertividad, quiero retomar las ideas con las que terminaba mi anterior artículo.

Decíamos que era lógico pensar que se nos presentarían infinidad de problemas en nuestras relaciones con los demás y que era fundamental confiar en que seríamos capaces de solucionar eficazmente cuantas dificultades se nos presentaran en nuestro camino.

De acuerdo con la evolución natural, los seres humanos poseemos la capacidad de enfrentarnos a cualquier tipo de adversidad. Como especie, hemos sobrevivido gracias a estar dotados, fisiológica y psicológicamente, para superar toda clase de obstáculos. Los inconvenientes a los que se tuvieron que enfrentar nuestros antepasados primitivos, en entornos muy difíciles, contribuyeron a que fueran desarrollando una extraña potencialidad para resolver sus problemas, con eficacia.

En la mayoría de especies animales, particularmente en los vertebrados,  cuando surge un conflicto entre ellos, suele haber una reacción de lucha o de huida por parte de alguno de los que han establecido la contienda. Estas dos maneras de afrontamiento suelen ser reacciones casi automáticas y son de gran valor para su supervivencia.

De igual forma, también en los seres humanos se produce la lucha y la huida. Forzados por las circunstancias, a veces, luchamos intrépidamente; en otras ocasiones, huimos despavoridos. A veces, actuamos libremente, guiados por nuestra propia decisión. Más a menudo, disimularemos nuestra reacción, utilizando formas disfrazadas de la lucha y la huida, las cuales analizaremos más adelante, en este escrito.

Aun teniendo la posibilidad de responder ante los problemas mediante la lucha o la huida, lo que nos distingue de las demás especies, es el hecho diferencial de poseer un cerebro humano: grande, nuevo, verbal y capaz de resolver problemas.

Nuestro cerebro nos permite comunicarnos y colaborar con otros cuando surge un conflicto o un problema. Esta capacidad de comunicación verbal y de resolución de problemas es lo que ha constituido la diferencia clave, para la supervivencia, de los seres humanos.

Aunque nuestros instintos pretendan conducirnos a la lucha, o a la huida, no estamos obligados a hacer ninguna de estas dos cosas. Muy por el contrario, debemos hacer uso y abuso de esa tercera opción, propia del ser humano, que es la de dialogar con los demás y resolver, de ese modo, lo que nos preocupa. Es el ejemplo más claro de lo que representa la comunicación asertiva.

Cuando tratamos de solucionar algún conflicto en nuestro mundo moderno, supuestamente “civilizado”, mediante la agresión o la huida, casi nunca lo hacemos abiertamente. Reaccionar de cualquiera de estas dos maneras no está muy bien visto.

Existen ciertas formas de actuar que tienen mucho de lucha o de huida. Me vienen a la cabeza, en cuanto a la lucha o la agresión, todo tipo de malos tratos físicos dirigidos hacia otras personas y hacia los animales. El maltrato o acoso psicológico, la discriminación de minorías, la burla, el desprecio, la utilización de motes o etiquetas... En cuanto a la huida, la pasividad de algunas personas, quedarse calladas ante los insultos o desprecios, no enfrentarse a los problemas que otros les plantean, llegar a cambiarse de casa o de lugar de residencia, para evitar a algunas personas.

Dentro de las enseñanzas que los niños reciben, algunas veces encontramos opciones contrapuestas: se les enseña que no deben luchar con otros niños, que no deben darles en las narices, golpearles, hacerles daño, insultarlos; también se les enseña que deben ser valientes y no huir de la gente que pueda darles miedo. Se les dice que deben expresar lo que les sucede, lo que sienten, pero no se les permite que lloren, que estén tristes o que se enfaden.

Si los niños reciben esos mensajes opuestos, se les adiestra a aceptar el conflicto pasivamente, mediante la agresión pasiva o la huida pasiva. Se encontrarán confundidos, no sabrán cómo expresar lo que les sucede y terminarán tragándose todo, sin saber cómo resolver los problemas que surgen en su relación con los demás. La agresión pasiva y la huida pasiva son utilizadas en cantidad de ocasiones. Muchas más de las que nos imaginamos.

La agresión pasiva

Cuando alguien hace o dice algo que desagrada manifiestamente a otra persona, raras veces ésta reaccionará abiertamente. Muchas, se limitarán a rechinar los dientes, en silencio, rumiando para sus adentros sobre las represalias que tomarán algún día. Se sentirán enfadadas y molestas. Algunas veces, podrán estar tan furiosas, que llegarán a echar fuego por la boca. Iniciarán un devastador diálogo interno, que la mayoría de las veces hará que aumente considerablemente su nivel de ansiedad y malestar. Los sentimientos de agresividad, no expresados, les harán mucho daño, tanto a nivel fisiológico como psicológico. Terminarán afectando su autoestima, a su capacidad de afirmarse y de resolver los problemas que se les presenten. Perjudicarán sus relaciones con otras personas, todo lo cual les pasará factura a nivel físico, en forma de una úlcera o cualquier enfermedad psicosomática.

El problema es que, de alguna forma, han aprendido, que no es conveniente responderles a esas personas; que no deben expresarles la agresividad que, su forma de proceder, ha suscitado en ellos. Piensan que, si reaccionan con brusquedad, eso les traerá consecuencias negativas. Posiblemente, porque ellos ya las han experimentado, anteriormente, o porque han visto cómo actuaban con otros.

Cuando alguien utiliza la agresión pasiva, no expresa abiertamente el malestar que le produce algo. Por ejemplo, obedece al jefe, pero de mala gana. Si le dice que prepare café, lo hará, a regañadientes. Estará enfadado, pero no se atreverá a hablar con su jefe de lo que le sucede ni se negará a hacer lo que le manda. Por lo tanto, hará el café muy fuerte o demasiado suave, siendo posible que lo derrame o que se queme al servirlo. Si le piden que se quede haciendo un trabajo urgente, después de su horario, cometerá un montón de errores, tardando el doble de tiempo. Si, en casa, la madre le exige a su hijo que arregle la habitación antes de salir a jugar con los amigos, éste, lo hará de mala gana,  protestando para sus adentros.

Cada vez que alguien utiliza la agresión pasiva, deberá arreglar los daños ocasionados, perder más tiempo del necesario, pasar un mal rato y sufrir el padecimiento de sentir una agresividad interna, sin descargar. Es quien sufre las consecuencias, no la otra persona. Cada vez que eso suceda, se sentirá frustrado. No solamente con los demás, sino consigo mismo, por no ser capaz de afrontar sus dificultades de otra forma más eficiente.

La agresión pasiva no soluciona los problemas. Haciendo uso de ella, no se consigue lo que se desea. Al contrario, las complicaciones van en aumento y el que utiliza la agresión pasiva, se encontrará cada vez peor.

Conviene evitar la utilización de la agresión pasiva. Procurar hablar de lo que les sucede, qué es lo que no les gusta o les parece injusto. Negociar, expresar una alternativa válida que no entre en conflicto con sus propios planes y que permita cumplir con sus responsabilidades. Incluso, en ocasiones, puede ser mejor discutir. No quedarse dentro, con todo el enfado. Luego, ya se podrá ir hablando del tema. Lo más difícil es decidirse a expresar lo que les preocupa o lo que les sucede. A partir de ahí, continuar hablando y solucionando los problemas que puedan surgir.

La huida pasiva

Hay quienes pretenden solucionar los problemas mediante la huida pasiva. Cuando se encuentran ante un problema con alguien, evitan afrontar lo que sucede e incluso rehuyen de aquella persona en lo posible. Imagínense un niño, que ha suspendido varias asignaturas y hace todo lo posible por no entregar, a sus padres, el boletín con las calificaciones. Cuando se ha perdido algo importante y se dilata el momento de informarle a la otra persona lo que ha sucedido. Estar sufriendo en silencio, durante varios días, inventando miles de excusas con tal de no asumir las consecuencias de lo sucedido.

La huida pasiva es utilizada en multitud de situaciones. En lugar de armarse de valor y hablar sobre lo que sucede, lo que se siente, lo que le inquieta, se pospone el enfrentarse a la situación que les preocupa. Esto sucede en las relaciones de pareja. En especial, cuando surgen conflictos importantes que hay que solucionar. A veces, retrasan todo lo posible el momento de llegar a casa. Buscan cualquier excusa para salir o tienen diferentes actividades que les mantengan ocupados, con tal de no compartir tiempo con su pareja. Evitando las discusiones, las malas caras, la falta de afecto y de detalles.

No es conveniente utilizar la huida pasiva, pues los problemas nunca se solucionarán de esta forma; cada día se agravaran más y podrán surgir otros nuevos. Al mismo tiempo, disminuirá su capacidad para solucionar los conflictos que se presenten. Se verán abrumados por todas esas situaciones, no resueltas, que les están demandando superar los miedos, tomar las riendas de su propia vida, con decisiones valientes y con la capacidad de sentarse a hablar de las dificultades que existen.

Conviene analizar cuáles son las situaciones que no se han afrontado, las decisiones que no se han tomado, qué actitud y comportamiento se ha tenido. Ver cómo la huida pasiva y la agresión pasiva no sirven para solucionar sus problemas. Hablar de la situación, exponiendo los sentimientos que la misma les produce, llegando a las decisiones y a los acuerdos que se consideren necesarios.

Aprender a solucionar los problemas de forma asertiva, en lugar de seguir huyendo o de hacer las cosas de mala manera. Hablar de lo que les disgusta. Darse cuenta de cómo la utilización de la agresión pasiva y la huida pasiva pueden ser las causantes de gran parte de sus conflictos. Utilizar eficientemente su capacidad para colaborar con otros cuando surge un conflicto o un problema. Hablar con los demás y resolver de ese modo lo que les preocupa.




Bibliografía:

SMITH, Manuel J.: “CUANDO DIGO NO ME SIENTO CULPABLE”, Editado por Grijalbo, Barcelona.






Imagen encontrada en Internet, publicada en el blog Crio asas de Lucas Alves. http://crioasas.blogspot.com.es. Modificada para el blog "Un día con ilusión".