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jueves, 23 de julio de 2020

“El buscador”, un cuento sobre el tiempo realmente vivido





Hace unos días, un amigo compartió una publicación que me llevó a acordarme de “El buscador”, cuento que leí en un libro de Jorge Bucay,Cuentos para pensar”. No sé si él es su autor, aunque suele atribuírsele en las diferentes publicaciones que encontramos en internet. Quise incluirlo en mi blog, transcribiéndolo tal como lo encontré. Deseo que les lleve a rememorar esos momentos vividos con especial intensidad, que forman parte de sus recuerdos felices.

 

El buscador

 
Hace dos años, cuando terminaba una charla para un grupo de parejas, conté, como suelo hacer, un cuento a manera de regalo de despedida. Para mi sorpresa, esta vez alguien del grupo pidió la palabra y se ofreció a regalarme una historia. Ese cuento que quiero tanto lo escribo ahora en memoria de mi amigo Jay Rabon.
 

Esta es la historia de un hombre al que yo definiría como un buscador…

Un buscador es alguien que busca; no necesariamente alguien que encuentra.

Tampoco es alguien que, necesariamente, sabe qué es lo que está buscando. Es simplemente alguien para quien su vida es una búsqueda.

Un día, el buscador sintió que debía ir hacia la ciudad de Kammir. Había aprendido a hacer caso riguroso de esas sensaciones que venían de un lugar desconocido de sí mismo.  Así que lo dejó todo y partió.

Después de dos días de marcha por los polvorientos caminos, divisó, a lo lejos, Kammir. Un poco antes de llegar al pueblo, le llamó mucho la atención una colina a la derecha del sendero. Estaba tapizada de un verde maravilloso y había un montón de árboles, pájaros y flores encantadores. La rodeaba por completo una especie de valla pequeña de madera lustrada.

Una portezuela de bronce lo invitaba a entrar.

De pronto, sintió que olvidaba el pueblo y sucumbió ante la tentación de descansar por un momento en aquel lugar.

El buscador traspasó el portal y empezó a caminar lentamente entre las piedras blancas que estaban distribuidas como al azar, entre los árboles.

Dejó que sus ojos se posaran como mariposas en cada detalle de aquel paraíso multicolor.

Sus ojos eran los de un buscador, y quizá por eso descubrió aquella inscripción sobre una de las piedras:

“Abedul Tare, vivió 8 años, 6 meses, 2 semanas y 3 días”

Se sobrecogió un poco al darse cuenta de que esa piedra no era simplemente una piedra: era una lápida.

Sintió pena al pensar que un niño de tan corta edad estaba enterrado en ese lugar.

Mirando a su alrededor, el hombre se dio cuenta de que la piedra de al lado, también tenía una inscripción, se acercó a leerla. Decía:

“Yamir  Kalib, vivió 5 años, 8 meses y 3 semanas”

El buscador se sintió terriblemente conmocionado.

Aquel hermoso lugar era un cementerio, y cada piedra una tumba.

Una por una, empezó a leer las lápidas.

Todas tenían inscripciones similares: un nombre y el tiempo de vida exacto del muerto.

Pero lo que lo conectó con el espanto fue comprobar que el que más tiempo había vivido sobrepasaba apenas los once años…

Embargado por un dolor terrible, se sentó y se puso a llorar.

El cuidador del cementerio pasaba por allí y se acercó.

Lo miró llorar durante un rato en silencio, y luego le preguntó si lloraba por algún familiar.

-No, por ningún familiar -dijo el buscador-. ¿Qué pasa en este pueblo? ¿Qué cosa tan terrible hay en esta ciudad? ¿Por qué hay tantos niños muertos enterrados en este lugar? ¿Cuál es la horrible maldición que pesa sobre esta gente, que les ha obligado a construir un cementerio de niños?

El anciano sonrió y dijo:

-Puede usted serenarse. No hay tal maldición. Lo que pasa es que aquí tenemos una vieja costumbre. Le contaré…:

“Cuando un joven cumple quince años, sus padres le regalan una libreta como esta que tengo aquí, para que se la cuelgue del cuello. Es tradición entre nosotros que, a partir de ese momento, cada vez que uno disfruta intensamente de algo, abre la libreta y anota en ella:

A la izquierda, qué fue lo disfrutado. 

A la derecha, cuánto tiempo duró ese gozo…

Conoció a su novia y se enamoró de ella. ¿Cuánto tiempo duró esa pasión enorme y el placer de conocerla? ¿Una semana? ¿Dos? ¿Tres semanas y media…?

Y después, la emoción del primer beso, el placer maravilloso del primer beso… ¿Cuánto duró? ¿El minuto y medio del beso? ¿Dos días? ¿Una semana?

¿Y el embarazo y el nacimiento del primer hijo…?

¿Y la boda de los amigos?

¿Y el viaje más deseado?

¿Y el encuentro con el hermano que vuelve de un país lejano? 

¿Cuánto duró el disfrutar de estas situaciones? ¿Horas? ¿Días?

Así, vamos anotando en la libreta cada momento que disfrutamos. Cada momento.

 

Cuando alguien se muere,

es nuestra costumbre

abrir su libreta

y sumar el tiempo de lo disfrutado

para escribirlo sobre su tumba.

Porque ese es, para nosotros 

el único y verdadero tiempo vivido.

 

  

 

Bibliografía: “Cuentos para pensar”, de Jorge Bucay.

 

Imagen encontrada en internet: https://miportalespiritual.com.ar/wp-content/uploads/2013/09/al-llegar-la-noche.jpg




 

viernes, 16 de noviembre de 2018

El resurgir de los temores e inseguridades de la infancia





Recuerdo que, hace unos cuantos años, me conmovió mucho la lectura del libro “La muerte íntima”, de Marie de Hennezel. Me viene a la memoria en ocasiones y, en especial, cuando alguien se encuentra ante los momentos finales de la vida de un ser querido.

El libro al que me estoy refiriendo, recoge la experiencia profesional de la autora y los testimonios de quienes estaban internados en el que, muy a finales del siglo pasado,  fuera uno de los más exitosos centros pioneros en cuidados paliativos para enfermos terminales de cáncer y de sida, ubicado en París. Su autora, que es psicóloga, recibe de sus pacientes auténticas lecciones de fortaleza, vulnerabilidad y proximidad, las cuales, desea compartir con sus lectores.

Marie de Hennezel, dedicó muchos años de su carrera a acompañar a estas personas durante la última etapa de sus vidas, cuando se encontraban frente al duro e íntimo proceso de afrontar y asumir la muerte. Mientras iban recordando sus miedos, sus angustias, sus deseos no satisfechos y los amores no siempre correspondidos, de sus familiares y seres queridos, la doctora procuraba hacerles entrega de su incondicional apoyo, afecto y comprensión. Intentando atemperar viejos temores e inseguridades  que la inminencia de la muerte hace resurgir; lo cual, es comprensible cuando alguien se siente más desprotegido y vulnerable.

Hace unos días, al hilo de un debate que, mi marido y yo, manteníamos acerca del amor y los desvelos que las madres dedican a la infancia de sus hijos,  me comentó que le había parecido aterrador un ejemplo que Marie de Hannezel plasmaba en “La muerte íntima”. Al ver que yo lo recordaba vagamente, me pidió que releyera el capítulo en cuestión.

La autora se refiere a Christine, una mujer de apenas treinta años, que agonizaba a causa de un cáncer de útero generalizado. Christine se mostraba bastante serena, e, incluso, hacía gala de gran madurez en su modo de afrontar esta última fase de su vida. Una entereza que contrastaba marcadamente con los episodios de pánico, similares a los terrores nocturnos de la infancia. Padecía de ataques incontrolables e imprevisibles, en los que veía la habitación llena de serpientes que reptaban hacia su cama. Cuando ello ocurría, se levantaba de un salto, profiriendo alaridos.

A pesar de habérsele prescrito un tratamiento para este tipo de alucinaciones, los episodios persistían, si bien eran breves y remitían al cabo de unos momentos.

Una mañana, la autora vio a Christine furiosa en medio del vestíbulo, gritando a voz en cuello. El médico y una enfermera intentaban sujetarla para evitar que saliera huyendo. Al ver lo que sucedía, Marie se acercó para echar una mano. Christine gritaba que le perseguían las serpientes y suplicaba que la protegieran. Sin pensar muy bien lo que hacía, la levantó en vilo, cosa que no le costó ningún esfuerzo debido a su escaso peso, y la llevó a la salita contigua, donde se dejó caer en el sofá y, estrechándola, comenzó a mecerla suavemente mientras canturreaba el nombre de ella. La paciente se quedó sentada sobre las rodillas de la terapeuta, posiblemente recordando que, en su infancia, esta posición le inspiraba seguridad. A pesar de sentir los brazos de la psicóloga alrededor de su cuerpo y la protección que le otorgaban, frente al peligro invisible, siguió muy alterada durante un buen rato.

Finalmente, dejó de gritar; aunque, empezó a sollozar ruidosamente. Entonces, con una voz infantil entrecortada por el llanto, Christine le contó acerca de los terrores de su niñez. Su madre coleccionaba serpientes vivas que guardaba dentro de grandes tarros de cristal y que soltaba cuando quería castigar a su hija por no haberse portado bien. La psicóloga confiesa que casi no podía creer semejante crueldad, que le resultaba muy difícil admitir que una madre pudiese hacer algo así.

Marie se esforzaba por conseguir que la joven se diera cuenta de que, en el mundo, hay lugares en los que uno podía sentirse seguro. Por el momento, sus brazos le transmitían confianza y le hacían experimentar un sentimiento de seguridad.




Bibliografía:

“La muerte íntima”, de Marie de Hennezel. Publicado por Plaza & Janés.



Imagen encontrada en internet: