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sábado, 29 de octubre de 2016

Como si, cada uno, viviera en su propio castillo



Desearía comenzar este escrito, haciendo referencia a una frase de Oliveros F. Otero, que reflejé en uno de los primeros artículos de este blog, titulado: ¿Qué es comunicar?

“Comunicar es poner lo propio en común”

Me sorprende constatar cómo podemos llegar a tener un conocimiento tan escaso de algunas personas a las que consideramos “cercanas” y, sin embargo, resultan estar a “años luz” del planeta en el que vivimos. Aunque gozan de una gran proximidad, prescinden de la facilidad de comunicación que tienen al alcance de la mano, la cual les llevaría a lograr una relación más estrecha con nosotros.

Oliveros F. Otero, nos decía que lo propio es todo aquello que sentimos, que pensamos, que queremos, que deseamos, todo lo que nos motiva, lo que nos duele, lo que nos hace reír y llorar; aquellas cosas que nos llegan a lo más íntimo, los recuerdos, las vivencias, nuestros planes…

Podríamos decir que no utilizan las técnicas sociales asertivas: información gratuita y revelación de nosotros mismos, que revisábamos en nuestra anterior publicación.

Tristemente, existen miles de seres que crecen y viven  “en solitario”, rodeados de otros tantos, que también viven su vida, como si estuvieran aislados, en las mazmorras de un castillo.

Llegan a creer que lo mejor que pueden hacer es permanecer apartados de los demás, como si vivieran recluidos en una fortaleza inexpugnable. Consideran que guardar para sí mismos la mayoría de sus pensamientos, de sus sentimientos, de sus inquietudes, de sus sueños y de sus deseos, es algo virtuoso.

¿Por qué sucede esto? ¿Lo aprendieron desde pequeños, de quienes recibieron ese tipo de consignas? ¿Les hicieron daño, cuando quisieron expresarse desde lo más íntimo de su ser? ¿Se protegen, aislándose de los demás?

No es de extrañar que, transcurridos los años, puedan llegar a sentir una gran soledad. Ese terrible sentimiento que les hace sentirse aislados, a pesar de que puedan tener gente cerca de ellos. Ese tremendo dolor que produce la soledad, cuando se apodera de nosotros.

Me cuesta pensar que estas personas puedan vivir así, a medias, siempre de cara a la galería. Que se conformen con tener unas relaciones “formales”, educadas, sin compartir la más mínima inquietud, o alegría, con los demás.

No se abren a otros, ni permiten que otros lo hagan con ellos. Siguiendo el ejemplo que han tenido, no invitan a compartir absolutamente nada de lo que les es propio. Guardan en su interior, aquello que consideran que es negativo y que no es bueno expresar: lo que les duele, lo que les preocupa, lo que ellos consideran que son errores. Lo que temen, lo que les molesta, lo que querrían cambiar de sí mismos pero no se han atrevido a hacerlo, porque no saben cómo llevarlo a la práctica.

Tampoco, mostrarán lo positivo suyo ni elogiarán a los demás, pensando que es importante ser modestos, humildes, sencillos. Que, a los demás, no les importa lo que tú quieras compartir con ellos: tus proyectos, tus sueños, tus logros, lo que te gusta, lo que te agrada, lo que deseas conseguir, lo que te gustaría recibir en tu trato con los demás, lo que te emociona y te hace vibrar.

Cabe mencionar que, jamás, permitirán compartir algunos contenidos específicos; al considerar que, si los dieran a conocer, los demás podrían pensar que son personas débiles. Les enseñaron que formaban parte de su más estricta privacidad y que  deberían evitar aludir a los mismos.

Cuando no se expresa lo propio y no se está abierto a escuchar al otro -con la finalidad de conocerse y tener una relación en igualdad que sea gratificante para ambas partes-, es como si cada uno viviera en su propio castillo, con el puente levadizo levantado o destruido.

Lo deseable sería salir del castillo y permitir que otros puedan acercarse a ellos. Será preciso quitarse las armaduras y las máscaras que han llevado durante tanto tiempo, creyendo que formaban parte de sí mismos ¡Convendrá mostrarse a cara descubierta!





Nota: Aunque no es un texto que se refiere expresamente a la asertividad, toda mejora en la comunicación entre dos personas tiene mucho que ver con la capacidad de expresarnos de forma asertiva. También con la escucha activa, el respeto, el saber preguntar y responder a lo que nuestro interlocutor quiere saber de nosotros, todo ello incluido en las técnicas asertivas sociales. 
El hecho de no comunicarnos o de hacerlo mal, de forma torpe o con agresividad, también pueden significar que existe una carencia de asertividad en cuanto a las relaciones sociales.




Bibliografía:
F. OTERO, Oliveros, “Relaciones Humanas en la Familia”.


¿Qué es comunicar?
Las técnicas sociales asertivas: información gratuita y revelación de nosotros mismos
Escritos sobre asertividad






domingo, 12 de junio de 2016

Huir de casa




Junto con los apuntes, a los cuales hice referencia en mi anterior artículo, también encontré unas anotaciones mías, comentando un trabajo de Oliveros F. Otero, titulado “Las fugas como paréntesis”.

Llevaba unos años colaborando con el admirado profesor de la Universidad de Navarra, en diferentes actividades relacionadas con la Orientación Familiar. En aquella ocasión, procuraba ayudarle en la tarea de revisar algunos de los escritos que se proponía recuperar, modificar y conservar. Me llamó poderosamente la atención un pasaje de uno de sus trabajos, del cual se me ocurrió transcribir un par de párrafos a un folio, que es, justamente, el que recuperé hace algunos días.

Al tenerlo nuevamente en mis manos y leerlo, recordé que agregué aquello que me iban sugiriendo las diferentes frases. Hoy, lo comparto con ustedes, con ciertos cambios y con algunas nuevas ideas que he querido añadir. Así mismo, debo señalar que mi escrito va por derroteros muy diferentes a los del autor.

Parece bastante extraño fugarse del hogar familiar en una época en la cual los hijos continúan viviendo en casa de sus padres, hasta más allá de cumplir los treinta años. Va en crecimiento el número de casos en los que, después de haber salido de la casa de sus progenitores, se ven obligados a regresar a ella, a causa de un divorcio, o por problemas económicos.

Sin embargo, existen otras clases de huidas que se ponen en práctica y que pueden pasar desapercibidas, sin necesidad de abandonar el domicilio familiar.

El escrito de Oliveros, como familiarmente llamábamos al profesor, comenzaba con las palabras de un hijo que se había fugado de la casa familiar. "Por favor, intentad verlo como un paréntesis" - suplicaba, el muchacho en cuestión.

Me gustaría comprender cómo podía sentirse ese joven, para necesitar tomarse un paréntesis en la convivencia con su propia familia. El escrito no nos proporciona pistas que nos puedan ayudar. Sólo se refiere a personas que llegan a sentirse aisladas.

¿Se aíslan ellas? ¿Por qué? ¿Se sienten dejadas de lado? ¿No son tenidas en cuenta? ¿Qué es lo que no se respeta de su forma de ser y de pensar? ¿Cómo se pretende que sean y se comporten?

En el artículo, se hacía referencia a quienes llegan a un aislamiento en el seno de la propia familia. “Esa incapacidad de comunicación, de convivencia, suele tener raíces de incomprensión o de prejuicio. Uno se calla porque los demás no saben escuchar o porque uno cree que aquello no va a ser aceptado. Quizá uno desearía un mayor clima familiar de aceptación, y también saber un poco más en qué consiste aceptar y ser aceptado”.

En algunas familias, existen verdaderos problemas de comunicación, que hacen que sea muy difícil tener una convivencia armónica. En ellas, podemos encontrar diversas formas de incomprensión y de prejuicio.

En cuanto a la incomprensión, uno calla porque cree que los demás no le comprenden, porque considera que no le conocen bien o porque ellos no saben escuchar lo que él pueda querer decirles. Probablemente, no entienden qué es lo que le sucede y, cuando ha hablado, ha sido criticado o le han quitado importancia a lo que haya trasladado.

A su vez, los padres y algunos otros miembros de su familia, pueden pensar que no escucha lo que ellos dicen; que no respeta los principios y valores comunes, ni la forma como ellos consideran que debe comportarse quien forma parte del núcleo familiar. Si su conducta es diferente a lo que ellos esperan, en lugar de esforzarse por entenderle y comprenderle, pretenden hacer que encaje en el ámbito familiar.

Podemos señalar diferentes prejuicios. Uno de ellos, es temer que aquello que no se atreve a decir, vaya a ser rechazado por los demás. También, puede pensar que su familia es incapaz de comprender a alguien que se sale del guión previamente establecido.

En cambio, por parte de quienes forman el clan familiar, se piensa que el problema existe solamente porque no se adapta a lo que se espera de él. Que es inconcebible su comportamiento, que debe entrar en razón.

No cometamos el error de pensar que el problema familiar es únicamente imputable a su persona; a que su forma de ser, de pensar, de sentir y de actuar, le hayan llevado  a tomar la decisión de escapar de una situación que no sabe cómo manejar y que no puede seguir soportando. Muy probablemente, la familia no haya sabido darle el apoyo y la comprensión que hubiera podido necesitar. De haberlo hecho, no se hubiese llegado a una situación de tal naturaleza.

Quienes huyen, de alguna manera, lo hacen porque se han encontrado aislados por quienes hubiesen debido otorgarles un trato cercano. No han encontrado otra forma de sobrevivir, psicológicamente, que la de alejarse temporalmente, de llevar a término algún tipo de evasión.

La fuga, por sí sola, no va a solucionar nada, pero puede proporcionar un tiempo para que la persona y su familia piensen, recapaciten, vean si pueden actuar de otra forma, si es posible llegar a una convivencia en la que se respeten las diferencias existentes entre ellos.

Es necesario aceptar que los demás tengan una forma de pensar y de actuar diferente a la nuestra. Debemos buscar la manera de convivir adecuadamente, de crear un clima de aceptación, a pesar de las profundas diferencias que puedan existir ¡Qué necesario es sentir que nos escuchan, que nos comprenden, que nos prestan un apoyo positivo y que nos aceptan como somos! 





 Referencias bibliográficas:
F. OTERO, Oliveros, “Las fugas como paréntesis”, CP-30.  


Imagen de Fano, de una familia.





jueves, 25 de junio de 2015

¿Qué es comunicar?


Aunque existen diferentes definiciones sobre lo que es la comunicación, yo quiero referirme a una que me llamó, especialmente, la atención. La encontré en el libro “Relaciones Humanas en la Familia”, en donde Oliveros F. Otero, doctor en Ciencias de la Educación y especialista en temas de familia, profundiza en muchos aspectos de lo que es la comunicación.

“Comunicar es poner lo propio en común”

Cuando vi esta definición, entendí que, en la mayoría de nuestras relaciones, no existe una verdadera comunicación. De repente, descubrí que podemos haber estado rodeados de personas y no conocer casi nada de ellas; de la misma forma que, ellas, tampoco nos conocen a nosotros. Hemos estado viviendo nuestra vida, en solitario, como mejor hemos podido, y no nos hemos relacionado en profundidad.

La relación humana supone algo propio que comunicar en cada una de las personas que se relacionan”

Y cuando queremos comunicarnos conviene tener en cuenta:

🔹Si la otra persona quiere escucharnos.
🔹Si le interesa lo que le estamos diciendo.
🔹Si es un momento adecuado para que pueda darse la comunicación, por parte suya y por parte nuestra.
🔹Si lo que entiende de lo que nosotros decimos, es realmente lo que queríamos comunicar.

🔹🔹Porque es muy difícil compaginar el deseo, o la necesidad, que puede tener una persona de comunicarse con otra, con el respeto por la libertad y el estado anímico de aquella a la cual se dirige.

¿Qué es lo propio?

Lo propio es todo aquello que sentimos, que pensamos, que queremos, que deseamos, lo que nos motiva, lo que nos duele, lo que nos hace reír y llorar; aquellas cosas que nos llegan a lo más íntimo, los recuerdos, las vivencias, nuestros planes y muchas otras cosas...

No nos quedemos en las apariencias, en lo superficial, en lo insignificante, en los malos recuerdos…

En cuanto a los malos recuerdos, hagamos lo posible por solucionar la situación a la cual se refieren. Luego, procuremos dejarlos de lado, para no sacar todos los trapos sucios cuando estamos tristes, molestos o enfadados. No es conveniente seguir dándoles vueltas y vueltas, ya que esto sólo nos generará emociones negativas, y no nos ayudará a solucionar nada, sino a complicarlo todo aún más.

Algunas palabras pueden ser inoportunas, imprudentes, irritantes, frías, impositivas o hirientes. Debemos hacer un esfuerzo por tener un buen nivel de autocontrol, por ser dueños de nosotros mismos y no dejarnos llevar por nuestros pensamientos y emociones. 

Para saber cómo somos en nuestro interior, necesitamos de momentos de relación y de soledad. De comunicación y de silencio.

La comunicación con otros nos ayuda a conocernos, a descubrir nuevas facetas, a ver el mundo desde otras perspectivas, a crecer interiormente...

“Muchos problemas de relaciones humanas no se producirían si ambos interlocutores tuvieran un mayor dominio de sus palabras y supieran hablar cordialmente".

Respecto a lo primero, convendría recordar las palabras de 
Aristóteles: 

"El hombre es dueño de sus silencios y esclavo de sus palabras"

Tendremos el dominio sobre nuestras palabras 🔹cuando nos hayamos tomado el tiempo necesario para pensar en lo que queramos decir; con mayor razón, todavía, si aquello que hablemos, deseáramos ponerlo en práctica. 🔹Cuando escuchemos atentamente las palabras de nuestro interlocutor, para poder procesarlas en nuestro intelecto, de forma que podamos darles una interpretación adecuada y nos sea posible responder con ecuanimidad. 🔹Cuando no tengamos miedo al silencio, ni prisa por hablar. 🔹Cuando sepamos enlazar nuestros silencios con nuestras palabras. 🔹Cuando no queramos imponer nuestro criterio, sin tener en cuenta el punto de vista de los demás.

En ocasiones, será necesario decidir si es mejor hablar o callar. Si tenemos dudas, es mejor guardar silencio, hasta que nuestras dudas queden despejadas. Si estamos alterados, o nerviosos, o enfadados, es mejor aplazar nuestra respuesta, e incluso la conversación, hasta que recuperemos nuestra serenidad. Y, después, no renunciar a hablar sobre aquello que consideremos necesario e importante.

Por otra parte, hablar cordialmente es hablar con el corazón. Comunicarnos desde el respeto, haciendo un esfuerzo por comprender al otro y poniéndonos en su lugar. Entender que nuestras palabras deben ser pronunciadas desde el corazón. Decir, en fin, las cosas con amor, con afecto y con cariño.