En un
escrito anterior, nos referíamos a algo que todos hemos constatado, a través de
nuestra experiencia: los niños sanos tienen una energía y una actividad
impresionantes. No paran de moverse y de investigarlo todo. Por ello, debemos
estar muy atentos a lo que hacen ya que, a menos que estén físicamente
impedidos o que estén durmiendo, pueden hacer todo tipo de actividades
potencialmente peligrosas para ellos, para otros niños, para los adultos o para
los animales.
Muchos
padres no podrán contar con la colaboración de otros familiares o amigos,
durante las etapas en las que ellos no
dan abasto con sus hijos pequeños. Menos, todavía, si se encuentran con más de
un niño en casa.
Para ayudarlos
en esos momentos que pueden ser tan agotadores, se utilizan algunas formas de
control físico, de manera que los padres puedan ocuparse de otras cosas,
además de estar pendientes de lo que hacen sus hijitos: la cuna con
barandillas, el "parque", la “trona” o silla para comer, quitar de su
alcance algunos objetos que pueden romperse o resultar peligrosos y mantener
las puertas de los armarios cerradas, a prueba de niños.
Los
anteriores métodos pueden resultar eficaces durante un tiempo, para regular las
actividades asertivas infantiles. Pero, pronto, el bebé madura hasta
convertirse en un niño pequeño, que puede hablar y entender lo que le dicen los
adultos. Por lo tanto, al llegar a este punto, ya no resulta apropiado
restringir físicamente su comportamiento. El control, que los padres ejercen sobre sus hijos, pasa de ser físico a ser psicológico.
Tan
pronto como los niños aprenden a hablar, la palabra que brota de sus labios, de
manera más asertiva, es un "No" rotundo. La repiten cada vez que
pueden y ante cualquier cosa que se les diga o se les pida. Más de una vez
están dispuestos a privarse de una golosina, por el placer de decir
"No". Aunque esta obstinación puede incomodar a sus padres, no es más
que una forma de trasladar su asertividad
innata a la esfera verbal.
Tanto
los padres como las personas que pasan tiempo con niños pequeños, se encuentran ante la necesidad de intentar
moderar y encauzar el comportamiento del niño. Para que vaya siendo algo
más pausado, para que el niño distinga cuándo y dónde es lícito actuar con mayor
libertad o espontaneidad, para que comience a distinguir en qué momentos y
lugares es conveniente que su comportamiento sea más tranquilo y moderado.
Algunas
personas no conocen otra forma de actuar que no sea la de ejercer un control psicológico sobre
el comportamiento del niño. En cuanto puede comprender lo que sus
padres y cuidadores le dicen, al niño, se
le enseña a sentirse ansioso, ignorante y culpable. Sentimientos que son
variaciones, aprehendidas, de nuestra emoción básica de supervivencia: el miedo.
Una
vez que el niño ha llegado a sentirse ansioso, ignorante o culpable, hará un montón de cosas para evitar experimentar
esos sentimientos.
Provocar
sus emociones negativas es un medio sumamente eficaz de controlar su
asertividad infantil natural, la cual puede llegar a ser molesta e, incluso,
explosiva. El problema es que, la práctica de este tipo de control psicológico,
tiene muchos efectos negativos secundarios.
Al
recurrir al miedo para controlar el comportamiento del crío, los educadores no
se comportan de manera necesariamente insensible a los deseos de los niños. No
se trata de enseñanzas impartidas con la
intención de hacerles daño. Obedecen a la forma como ellos fueron educados, por
sus padres y por sus profesores, cuando atravesaban la etapa de su infancia. Hacen uso de este método de control
psicológico porque, a su vez, sus progenitores les enseñaron a ellos a sentirse
ansiosos, ignorantes y culpables.
Llevan
a término esta labor de adiestramiento emocional de una manera muy sencilla: suscitándoles
sentimientos de ansiedad, ignorancia y culpabilidad, en función del
comportamiento dispar que ellos han tenido con respecto al del resto de la
gente.
Algunos educadores pretenden eludir
su responsabilidad amparándose en el uso de normas externas sobre lo que
"deben" hacer los niños. Como si la orden no fuera suya, sino “algo
que Dios quiere”, “lo que deben hacer los niños buenos”, “¡qué van a pensar los
abuelos si ven tu habitación desordenada!”, “¡cómo se pondrá tu padre si ve
estos libros tirados por el suelo!”, etcétera. En otras ocasiones, aprovechan
para mostrarse como si fueran unas víctimas: “¡con todo el tiempo que me llevó
lavar y planchar tu ropa!” “¡con el sacrificio que tiene que hacer tu papá para
comprarte estos juguetes!”. Argumentación igualmente seguida por el propio
progenitor, cuando dice: “¡me mato todo el tiempo trabajando para que vayas al
mejor colegio! Utilizan conceptos emocionalmente cargados, tales como: “¡has
sido bueno!”, “¡eres un niño muy malo!”, “¡haz las cosas bien!”, “¡te has
portado mal!”, “¡eso no está bien hecho!”, para calificar al niño o el comportamiento del
mismo.
Hablando
claramente, es una forma de eludir una responsabilidad incómoda, culpando a
cualquier otro. No utilizan un lenguaje claro y directo. En lugar de eso,
utilizan la manipulación o el chantaje.
Regular
el comportamiento de un niño, con la fórmula "¡Te has portado bien!”, “¡Has
sido un niño malo!”, es muy eficaz pero es una forma de manipulación, un
control solapado, por debajo de la mesa; una
actitud no asertiva. Lo recomendable es una
interacción honrada, en la que se le expone de manera precisa, lo que se desea
que haga. Siendo persistentes y
claros, hasta que el niño cumpla con lo que le han solicitado.
Raramente,
se escucha a los padres decir: "Gracias, me haces muy feliz cuando ordenas
tu cuarto", o "ya sé que debe fastidiarte mucho tener que recoger tus
juguetes, pero eso es exactamente lo que deseo que hagas". Con frases como
esas, los padres enseñan a su hijo la importancia de lo que ellos ordenan. Eso
le enseña que sólo ellos, y nadie más que ellos, controlan su comportamiento.
Son quienes le dicen qué es lo que quieren que haga y qué es lo que no quieren
que haga.
Actuando
de esta manera, se evita que el niño se sienta ansioso, culpable o indigno de ser amado.
El
Diccionario de la lengua española indica que “una persona asertiva expresa su
opinión de manera firme”
Si
los padres emplean aserciones simples como: "Quiero",
"Deseo", "Me gusta", no hay en sus palabras implicaciones o
amenazas tácitas de que los niños "buenos" son queridos por sus
padres y los "malos" no. Ni siquiera es necesario que le guste lo que
ellos quieren que haga. Basta que lo haga ¡Dichosa situación! ¡Poder refunfuñar
contra mamá y papá para desahogarse y saber
que, no por ello, dejan de amarle!
Cuando
los padres asumen de manera asertiva que ellos, y nadie más que ellos, son la
figura de autoridad que decide lo que su hijo puede o no puede hacer, le están
enseñando al niño que ahora debe obedecerlos a ellos. Pero que, con el tiempo,
él será su propio juez sobre lo que quiera hacer y que, en ocasiones, deberá
ocuparse de cosas que no le gustan para conseguir lo que de verdad desea.
Veamos
un ejemplo ilustrativo. Si una madre está cansada y desea dormir una pequeña
siesta en el sofá de la sala de estar, podría decirle sencillamente a su hijo
que se quede con su hermana pequeña, mientras ella descansa. En lugar de eso,
da inicio a toda una serie de manipulaciones para conseguir su objetivo: Si el
niño está jugando con su perro, Boby, la madre se dirigirá a él, para
preguntarle: "¿Por qué siempre estás jugando con Boby?" Como el niño
no sabe la respuesta, se siente ignorante y contesta, honestamente:
"No lo sé". Por lo cual, su madre continúa preguntando: "¿Por
qué no vas a jugar con tu hermana, a su habitación?" Como el niño no
conoce ninguna "buena" razón para preferir jugar con su hermana,
antes que con su perro, de nuevo asoma su ignorancia. Mientras el niño busca
una razón, su madre le dice: "Nunca quieres jugar con tu hermana” “¡Con lo
que le gusta a ella jugar contigo!" Sintiéndose ya profundamente culpable,
el chiquillo guarda silencio, mientras su madre le asesta el golpe de gracia:
"¡Si no quieres jugar con tu hermana, ella no te querrá, ni deseará jugar
contigo!". Sintiéndose, ya no tan solo ignorante y culpable, sino también ansioso
acerca de lo que su hermana puede pensar de su actitud, el chiquillo emprende
la marcha, con “Boby” a sus talones, para ir a ocupar el lugar donde el deber
le llama, al lado de su hermana.
Paradójicamente,
toda la serie de maniobras o artimañas utilizadas por la madre para convencer
al niño de que "debería" gustarle jugar con su hermana, resulta mucho
más perjudicial para la iniciativa asertiva natural del niño, que si le
revelara su vulgar y terrenal apetito de reposo y comodidad y le dijera: “Hazme
el favor de no molestarme cuando quiero dormir” Aun cuando utilizara palabras
duras para decirle que le dejara tranquila, que deseaba descansar, la madre le
estaría mostrando que, a veces, la convivencia entre los seres humanos tiene
dificultades y problemas. Que incluso las personas que le quieren y a las que
él ama, alguna vez se enfadarán, estarán molestos, cansados, irritados, no
tendrán paciencia con él.
La
enseñanza manipulativa de emociones negativas se refuerza fuera del hogar. Los niños de más edad, que han recibido el
mismo adiestramiento, emplean el control emocional manipulativo para conseguir,
de los más pequeños, lo que quieren. En el colegio, algunos profesores emplean
el control emocional manipulativo como medio eficacísimo para gobernar la clase
con menos esfuerzo de su parte.
En
algunos casos, cuando el chiquillo está adiestrado a dejarse controlar por
medio de las emociones negativas aprehendidas y se encuentra eficazmente
bloqueado e imposibilitado en cuanto a mostrarse asertivo, empieza a recurrir a
la agresión pasiva, a la huida pasiva o la manipulación, en un intento de
conseguir cierto control sobre su propio comportamiento.
Espero
que haya sido capaz, en el presente artículo, de poner de manifiesto la enorme
importancia de que, tanto los padres como los profesores, sean asertivos. Es
fundamental que se relacionen con los
niños de forma clara, abierta, sincera. Sin manipulaciones o chantajes
emocionales. No es lícito permitir que los niños se sientan ansiosos,
ignorantes o culpables.