domingo, 11 de septiembre de 2016

Castigar, en nombre del amor y de la justicia





A primera hora de la mañana, mientras desayunaba, he estado viendo algunos pasajes de una película que me han parecido realmente duros. Reflejaban, con toda claridad, viejas pautas educativas, las cuales desearía que no se repitieran, hoy en día. No obstante, me consta que es un deseo que, por desgracia, no se cumple, ya que continúan teniendo lugar en demasiados hogares. No se repiten las secuencias con exactitud. Pero sí las formas y las consecuencias que se derivan de tales comportamientos. Espero poder explicarlo bien.

En una de las escenas, el padre reprendía a dos de sus hijos por haber llegado tarde a casa. Lo hacía severamente, con la gravedad reflejada en su rostro, en presencia de su esposa. Con la clara intención de hacerles sentir ansiosos y culpables, les responsabilizaba de no saber lo mal que lo habían pasado, esa noche, en aquella casa. Al no tener ni idea de dónde ellos estaban, les había entrado tal grado de preocupación, que no habían podido cenar.

“¿Cómo pueden pretender que su madre y yo hubiésemos podido sentarnos a cenar y a beber?” “¿Cómo afrontar la preocupación de saber si algo grave les había pasado, a ustedes?” -preguntaba, su progenitor, con gran solemnidad- “¡Por su culpa, todos nos acostaremos esta noche sin cenar!” (Muestran una mesa, para varios comensales, preparada para la cena) “¡Sepan que esto que han hecho tendrá graves consecuencias, como, a ustedes, les ha de constar!” “Mañana, cada uno de ustedes recibirá diez azotes de vara, en presencia de sus hermanos, para que les sirva de ejemplo. Luego, su madre les pondrá una cinta blanca, como hacía cuando eran pequeños, como símbolo de que han quedado purificados, después del castigo.”

Finalmente, quien se había erigido en implacable juez, les diría a los niños que esa noche sus padres iban a dormir mal, al pensar que debían llevar a cabo ese castigo. Que esos golpes  dolían mucho más, a los padres, que a sus hijos. Y que lo hacían por su bien.

No fui capaz de terminar de ver la película, en exceso dolorosa. Me hizo recordar muchas cosas. Algunos padres no pegan, pero sus actuaciones son tan brutales y humillantes, como las de la historia narrada. Pensaba en lo que me contaba una amiga, en estos días, acerca de los atroces malos tratos que su madre, y ella misma, recibían de su padre. Y en muchos otros testimonios que he leído o he escuchado. ¿Cómo es posible tratar, de esta manera, a otro ser humano? Mucho peor, pretendiendo justificar que se hace por el bien de los demás, o en el nombre del amor o de la amistad...

Me gustaría que, quienes así lo deseen, me contaran sus experiencias al respecto, en los comentarios o por privado. Por encima de todo, tenemos que desterrar semejante comportamiento con nuestros hijos, parejas o cualesquiera otras personas. Además de ilícito, no sirve de nada asustarlos de esa manera, hacerles sentir insignificantes, ignorantes, culpables o echarles encima una gran dosis de ansiedad y de miedo. Hablemos con ellos de forma equilibrada, cuando nosotros ya nos hayamos serenado... Erradiquemos esos castigos ejemplares o desproporcionados, como el de no salir con los amigos en una semana, no ir a esa fiesta de cumpleaños que tanta ilusión le hace, dejarles sin comer, humillarles en público...





Este escrito es como un ejemplo de lo que escribía en el artículo: “El control idóneo del comportamiento de los niños” http://undiaconilusion.blogspot.com.es/2016/09/el-control-idoneo-del-comportamiento-de.html




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martes, 6 de septiembre de 2016

El control idóneo del comportamiento de los niños



En un escrito anterior, nos referíamos a algo que todos hemos constatado, a través de nuestra experiencia: los niños sanos tienen una energía y una actividad impresionantes. No paran de moverse y de investigarlo todo. Por ello, debemos estar muy atentos a lo que hacen ya que, a menos que estén físicamente impedidos o que estén durmiendo, pueden hacer todo tipo de actividades potencialmente peligrosas para ellos, para otros niños, para los adultos o para los animales.

Muchos padres no podrán contar con la colaboración de otros familiares o amigos, durante las  etapas en las que ellos no dan abasto con sus hijos pequeños. Menos, todavía, si se encuentran con más de un niño en casa.

Para ayudarlos en esos momentos que pueden ser tan agotadores, se utilizan algunas formas de control físico, de manera que los padres puedan ocuparse de otras cosas, además de estar pendientes de lo que hacen sus hijitos: la cuna con barandillas, el "parque", la “trona” o silla para comer, quitar de su alcance algunos objetos que pueden romperse o resultar peligrosos y mantener las puertas de los armarios cerradas, a prueba de niños.

Los anteriores métodos pueden resultar eficaces durante un tiempo, para regular las actividades asertivas infantiles. Pero, pronto, el bebé madura hasta convertirse en un niño pequeño, que puede hablar y entender lo que le dicen los adultos. Por lo tanto, al llegar a este punto, ya no resulta apropiado restringir físicamente su comportamiento. El control, que los padres ejercen sobre sus hijos, pasa de ser físico a ser psicológico.

Tan pronto como los niños aprenden a hablar, la palabra que brota de sus labios, de manera más asertiva, es un "No" rotundo. La repiten cada vez que pueden y ante cualquier cosa que se les diga o se les pida. Más de una vez están dispuestos a privarse de una golosina, por el placer de decir "No". Aunque esta obstinación puede incomodar a sus padres, no es más que una forma de trasladar su asertividad innata a la esfera verbal.

Tanto los padres como las personas que pasan tiempo con niños pequeños, se encuentran ante la necesidad de intentar moderar y encauzar el comportamiento del niño. Para que vaya siendo algo más pausado, para que el niño distinga cuándo y dónde es lícito actuar con mayor libertad o espontaneidad, para que comience a distinguir en qué momentos y lugares es conveniente que su comportamiento sea más tranquilo y moderado.

Algunas personas no conocen otra forma de actuar que no sea la de ejercer un control psicológico sobre el comportamiento del niño. En cuanto puede comprender lo que sus padres y cuidadores le dicen, al niño, se le enseña a sentirse ansioso, ignorante y culpable. Sentimientos que son variaciones, aprehendidas, de nuestra emoción básica de supervivencia:   el miedo.

Una vez que el niño ha llegado a sentirse ansioso, ignorante o culpable, hará un montón de cosas para evitar experimentar esos sentimientos.

Provocar sus emociones negativas es un medio sumamente eficaz de controlar su asertividad infantil natural, la cual puede llegar a ser molesta e, incluso, explosiva. El problema es que, la práctica de este tipo de control psicológico, tiene muchos efectos negativos secundarios.

Al recurrir al miedo para controlar el comportamiento del crío, los educadores no se comportan de manera necesariamente insensible a los deseos de los niños. No se trata de  enseñanzas impartidas con la intención de hacerles daño. Obedecen a la forma como ellos fueron educados, por sus padres y por sus profesores, cuando atravesaban la etapa de su infancia. Hacen uso de este método de control psicológico porque, a su vez, sus progenitores les enseñaron a ellos a sentirse ansiosos, ignorantes y culpables.

Llevan a término esta labor de adiestramiento emocional de una manera muy sencilla: suscitándoles sentimientos de ansiedad, ignorancia y culpabilidad, en función del comportamiento dispar que ellos han tenido con respecto al del resto de la gente.  

Algunos educadores pretenden eludir su responsabilidad amparándose en el uso de normas externas sobre lo que "deben" hacer los niños. Como si la orden no fuera suya, sino “algo que Dios quiere”, “lo que deben hacer los niños buenos”, “¡qué van a pensar los abuelos si ven tu habitación desordenada!”, “¡cómo se pondrá tu padre si ve estos libros tirados por el suelo!”, etcétera. En otras ocasiones, aprovechan para mostrarse como si fueran unas víctimas: “¡con todo el tiempo que me llevó lavar y planchar tu ropa!” “¡con el sacrificio que tiene que hacer tu papá para comprarte estos juguetes!”. Argumentación igualmente seguida por el propio progenitor, cuando dice: “¡me mato todo el tiempo trabajando para que vayas al mejor colegio! Utilizan conceptos emocionalmente cargados, tales como: “¡has sido bueno!”, “¡eres un niño muy malo!”, “¡haz las cosas bien!”, “¡te has portado mal!”, “¡eso no está bien hecho!”,  para calificar al niño o el comportamiento del mismo.

Hablando claramente, es una forma de eludir una responsabilidad incómoda, culpando a cualquier otro. No utilizan un lenguaje claro y directo. En lugar de eso, utilizan la manipulación o el chantaje.

Regular el comportamiento de un niño, con la fórmula "¡Te has portado bien!”, “¡Has sido un niño malo!”, es muy eficaz pero es una forma de manipulación, un control solapado, por debajo de la mesa; una actitud no asertiva. Lo recomendable es una interacción honrada, en la que se le expone de manera precisa, lo que se desea que haga. Siendo persistentes y claros, hasta que el niño cumpla con lo que le han solicitado.

Raramente, se escucha a los padres decir: "Gracias, me haces muy feliz cuando ordenas tu cuarto", o "ya sé que debe fastidiarte mucho tener que recoger tus juguetes, pero eso es exactamente lo que deseo que hagas". Con frases como esas, los padres enseñan a su hijo la importancia de lo que ellos ordenan. Eso le enseña que sólo ellos, y nadie más que ellos, controlan su comportamiento. Son quienes le dicen qué es lo que quieren que haga y qué es lo que no quieren que haga.

Actuando de esta manera, se evita que el niño se sienta ansioso, culpable o indigno de ser amado.

El Diccionario de la lengua española indica que “una persona asertiva expresa su opinión de manera firme”

Si los padres emplean aserciones simples como: "Quiero", "Deseo", "Me gusta", no hay en sus palabras implicaciones o amenazas tácitas de que los niños "buenos" son queridos por sus padres y los "malos" no. Ni siquiera es necesario que le guste lo que ellos quieren que haga. Basta que lo haga ¡Dichosa situación! ¡Poder refunfuñar contra mamá y papá para desahogarse y saber que, no por ello, dejan de amarle!

Cuando los padres asumen de manera asertiva que ellos, y nadie más que ellos, son la figura de autoridad que decide lo que su hijo puede o no puede hacer, le están enseñando al niño que ahora debe obedecerlos a ellos. Pero que, con el tiempo, él será su propio juez sobre lo que quiera hacer y que, en ocasiones, deberá ocuparse de cosas que no le gustan para conseguir lo que de verdad desea.

Veamos un ejemplo ilustrativo. Si una madre está cansada y desea dormir una pequeña siesta en el sofá de la sala de estar, podría decirle sencillamente a su hijo que se quede con su hermana pequeña, mientras ella descansa. En lugar de eso, da inicio a toda una serie de manipulaciones para conseguir su objetivo: Si el niño está jugando con su perro, Boby, la madre se dirigirá a él, para preguntarle: "¿Por qué siempre estás jugando con Boby?" Como el niño no sabe la respuesta, se siente ignorante y contesta, honestamente: "No lo sé". Por lo cual, su madre continúa preguntando: "¿Por qué no vas a jugar con tu hermana, a su habitación?" Como el niño no conoce ninguna "buena" razón para preferir jugar con su hermana, antes que con su perro, de nuevo asoma su ignorancia. Mientras el niño busca una razón, su madre le dice: "Nunca quieres jugar con tu hermana” “¡Con lo que le gusta a ella jugar contigo!" Sintiéndose ya profundamente culpable, el chiquillo guarda silencio, mientras su madre le asesta el golpe de gracia: "¡Si no quieres jugar con tu hermana, ella no te querrá, ni deseará jugar contigo!". Sintiéndose, ya no tan solo ignorante y culpable, sino también ansioso acerca de lo que su hermana puede pensar de su actitud, el chiquillo emprende la marcha, con “Boby” a sus talones, para ir a ocupar el lugar donde el deber le llama, al lado de su hermana.

Paradójicamente, toda la serie de maniobras o artimañas utilizadas por la madre para convencer al niño de que "debería" gustarle jugar con su hermana, resulta mucho más perjudicial para la iniciativa asertiva natural del niño, que si le revelara su vulgar y terrenal apetito de reposo y comodidad y le dijera: “Hazme el favor de no molestarme cuando quiero dormir” Aun cuando utilizara palabras duras para decirle que le dejara tranquila, que deseaba descansar, la madre le estaría mostrando que, a veces, la convivencia entre los seres humanos tiene dificultades y problemas. Que incluso las personas que le quieren y a las que él ama, alguna vez se enfadarán, estarán molestos, cansados, irritados, no tendrán paciencia con él.

La enseñanza manipulativa de emociones negativas se refuerza fuera del hogar. Los niños de más edad, que han recibido el mismo adiestramiento, emplean el control emocional manipulativo para conseguir, de los más pequeños, lo que quieren. En el colegio, algunos profesores emplean el control emocional manipulativo como medio eficacísimo para gobernar la clase con menos esfuerzo de su parte.

En algunos casos, cuando el chiquillo está adiestrado a dejarse controlar por medio de las emociones negativas aprehendidas y se encuentra eficazmente bloqueado e imposibilitado en cuanto a mostrarse asertivo, empieza a recurrir a la agresión pasiva, a la huida pasiva o la manipulación, en un intento de conseguir cierto control sobre su propio comportamiento.

Espero que haya sido capaz, en el presente artículo, de poner de manifiesto la enorme importancia de que, tanto los padres como los profesores, sean asertivos. Es fundamental que  se relacionen con los niños de forma clara, abierta, sincera. Sin manipulaciones o chantajes emocionales. No es lícito permitir que los niños se sientan ansiosos, ignorantes o culpables.










lunes, 29 de agosto de 2016

Para su protección y cuidado, el niño necesita de nosotros, los adultos

A la mayoría de los padres, les resulta prácticamente imposible estar todo el tiempo cerca de sus hijos. Necesitarán de otras personas, familiares, amigos, cuidadores o profesores, que les ayuden con la labor de cuidarlos y educarlos. ¡Por favor! Si necesitan recurrir a otros, conozcan lo mejor posible a esas personas que estarán tan cerca de sus niños. En casa, en la guardería, en el colegio… Que sean amorosos, que tengan paciencia, que los traten bien, que sean unas buenas personas, que tengan estilos educativos parecidos a los de ustedes... ¡Quiero pensar que la mayoría de las personas, que cuidan de nuestros hijos, son así!

Este escrito no pretende crear alarma. No es mi propósito que los padres se angustien por dejar a sus hijos al cuidado de otras personas, cuando así lo necesiten. Es un llamado a la prudencia, al sentido común y a que no se olviden de que tienen una gran responsabilidad, la cual no pueden eludir: la de velar por todo lo que se relacione con la vida de sus hijos. Por favor, tengan sumo cuidado en la elección de las personas que les ayudarán con el cuidado y educación de sus retoños.

Hagan un seguimiento de cómo se encuentran sus hijos, cuando están en compañía de ellos. Lo deseable es que los niños se encuentren a gusto y seguros, con sus cuidadores habituales u ocasionales; con aquellas personas con las que deban convivir durante horas.

Permanezcan atentos a cualquier señal o comentario de los niños, acerca de esas personas que les cuidan. Tanto a aquellos que sean positivos, como a los que puedan entenderse como queja o reclamación, por muy tímidas que las mismas sean. ¡Confíen en sus hijos! Si les dicen algo, ¡investiguen! ¡Averigüen la verdad! El niño recurre a sus padres para su protección ¡No cometan el gran error de confiar más en los adultos, que en los niños! Algunos cuidadores o formadores buscarán cómo justificar sus actuaciones para defenderse ante las acusaciones de los niños; quizás, mintiendo o culpándolos de haberse inventado un cuento. ¡Ojo! ¡Mucho cuidado! En ocasiones, los cuidadores pudieran hacer uso de amenazas para evitar que su indebido comportamiento con los niños llegue al conocimiento de los padres, de la familia, personas del colegio… Conozco el caso de unos niños que fueron francamente maltratados, obligados a callar bajo amenaza, incluyendo el mostrarles un cuchillo de cocina: “Si les cuentan algo a sus padres, los mato”. Uno de ellos, muy pequeño, que apenas estaba aprendiendo a hablar, dejó de hacerlo, durante muchos meses. Supongo que el miedo le indujo a sellar su boca para evitar decir lo que sucedía. Mientras los niños estaban sometidos al régimen del terror, ¡sus padres, sin enterarse de lo que pasaba en su casa!

Son muchos los críos que sufren las consecuencias del trato que les infringen otros. Gritos, castigos, amenazas, por no decir otras cosas peores.

No olvidemos que la responsabilidad del cuidado y formación de los hijos siempre es de sus progenitores, siendo ellos, quienes tienen la misión de ayudar a sus hijos cuando así lo requieran.

Si, cualquiera de nosotros, conoce de algún niño que lo está pasando mal, debido al comportamiento de otros, jamás pensemos que no es asunto nuestro. ¡Sí lo es! ¡Sí debemos ocuparnos de lo que sucede! ¡Hay niños que se encuentran indefensos ante las actuaciones de algunas personas adultas! Si tenemos conocimiento de ello y no hacemos nada, seremos cómplices de su sufrimiento. Si, sus padres, no cumplen adecuadamente con esa obligación de protegerles y cuidarles, ¡la sociedad debe hacerlo!



viernes, 26 de agosto de 2016

Aprendamos de la asertividad natural de los niños

    
   

La incipiente asertividad natural que observamos en el comportamiento de los bebés y de los niños, nos ayudará a comprender mejor algunos elementos importantes que forman parte del concepto que nos viene ocupando, la asertividad.

No pretendo decir que haya que imitar los comportamientos de los niños pequeños. ¡Ni más faltaba! La idea básica es la de que podamos desprendernos de ciertas actitudes y creencias limitantes, las cuales nos impiden encontrarnos a gusto con nosotros mismos y relacionarnos mejor con otras personas. Tendremos muchas más probabilidades de obtener lo que es importante para nosotros, si se lo expresamos a los demás, si les orientamos sobre lo que nos gusta y sobre aquello que nos molesta. Si establecemos unos límites razonables a lo que les permitimos y de lo que no estamos dispuestos a aceptar en nuestras relaciones personales.

En los adultos, a diferencia de lo que sucede en la primera infancia, la utilización de la asertividad será consciente y obedecerá a la intención de comunicarse de forma adecuada. Tendrá mucha más entidad y profundidad que la desplegada por los niños. Se utilizarán la comunicación verbal, los conocimientos y las experiencias previas, para relacionarse de forma asertiva con otras personas; sin callar sus necesidades, preferencias y las cosas que les afectan. Sin ser, tampoco, agresivos o manipuladores, evitando imponer  los propios puntos de vista.

Cuando se observa la forma de comportarse de los bebés y de los niños de muy corta edad, uno puede percatarse de que, a su manera, ellos expresan con toda claridad lo que quieren, lo que necesitan y lo que no les gusta. Además, poseen una característica muy importante, de la que adolecen, con frecuencia, los adultos: la persistencia. Son constantes en sus demandas e incluso pueden manifestar diferentes conductas, algunas de ellas muy creativas, llamativas o sofisticadas, para conseguir lo que consideran importante.

El niño pequeño protesta abiertamente cuando se le hace daño y cuando tiene algún problema, dolor o necesidad. Si le sucede algo que no le gusta, se lo hace saber inmediatamente a los demás, mediante gemidos, lloros y otras actuaciones más llamativas; a cualquier hora del día o de la noche, siendo muy persistente. Raramente deja de comunicar al mundo su disgusto, hasta que alguien hace algo por remediarlo.

Luego, cuando empiezan a gatear y a caminar, los niños hacen todo lo que se les pasa por la mente, de manera asertiva y persistente, en el momento en el que les apetece hacerlo. Como se dice en España, de forma elocuente y clara, ¡hacen todo lo que les da la gana y cuando les da la gana! Lo tocan todo, lo muerden, lo rompen, lo tiran… Exploran hasta el último rincón de la casa. Se meten en cualquier sitio, se suben a lugares peligrosos o se introducen en los sitios más insospechados. Saltan, se tiran desde cualquier mueble, van detrás de no importa qué animal o persona…

Estas conductas irán modificándose con los años, con la actuación y la colaboración de los padres y otros adultos. Se reducirán notablemente o podrán volverse más problemáticas o dañinas. Los resultados, en los niños, serán diferentes, dependiendo de la forma de ser del mismo, del tipo de educación que reciba y de las medidas utilizadas, por los adultos, para que aprendan a modificar o eliminar aquellos comportamientos que puedan resultar molestos o que sean potencialmente peligrosos.

El niño continuará siendo asertivo, adquiriendo cada día una mayor confianza en sí mismo y en la capacidad de solucionar los problemas que se le presenten o, como ocurre con demasiada frecuencia, irá perdiendo esa espontaneidad que le caracterizaba, adoptando aquellos comportamientos que son bien vistos socialmente y que no son problemáticos para los adultos que están encargados de cuidarle. Algunos, los que no se adapten, terminarán desarrollando lo que algunos consideran como problemas de conducta. También, podrán ser agresivos o manipuladores.

Algunos padres o cuidadores son personas amables y cercanas, que respetan la curiosidad infantil y su necesidad de explorar el mundo. Permiten que los niños vayan descubriéndose a sí mismos y a su mundo circundante, mientras adquieren conocimientos y destrezas, que les habrán de ayudar a desarrollar su inteligencia, así como lograr un mayor conocimiento y una mejor regulación de  sus emociones. Estos adultos comprenden cuáles son las necesidades de los infantes e incluso les acompañan durante el descubrimiento de todo lo que les asombra y llama su atención, repetitivamente. Quiero agregar algo a lo dicho, haciendo especial énfasis en ello: estos padres también ponen límites a algunas conductas de sus hijos, por medio del ejemplo, el diálogo y diciéndoles lo que ellos quieren que sus hijos no hagan. Por ejemplo, gritar, pegar, insultar a otros, tratar mal a las personas, animales o cosas; el desorden, ensuciar, realizar conductas peligrosas... Serán límites a las conductas no a la persona. Se harán desde el amor y el respeto. No harán que el niño crea que es "malo" o que se sienta rechazado, humillado, atemorizado, minusvalorado... No se le enseñará a sentirse culpable por lo que hace, de acuerdo a los criterios de los adultos sobre lo que es "bueno" o "malo", "el qué dirán"...

Se trata de guías atentos y cariñosos que se anticipan a los posibles riesgos y peligros. Toman precauciones para que, los niños a su cuidado, no sufran percances, no destrocen cosas, no puedan hacer daño a otros. Como resultado de esta forma de entender su papel en relación con el niño, éste seguirá desarrollando esa asertividad natural. Adquirirá una buena autoestima, seguridad en sí mismo, fortaleza para superar las dificultades que se le vayan presentando y tendrá la capacidad para establecer unas buenas relaciones con el resto del universo.

Otros adultos, por diversas razones, entre ellas el peso de las costumbres y la educación que recibieron, pondrán excesivos límites a las actuaciones de los niños, controlando todo lo que hacen. Asfixiando en ellos cualquier atisbo de espontaneidad. Impedirán que los críos hagan lo que, a ellos, les desagrada, lo que no está bien visto, lo que les molesta. El mundo se ve desde el punto de vista de los adultos, de sus necesidades, sus obligaciones y el tiempo que tienen disponible. Es como si desearan que el niño dejara de ser niño lo antes posible. Que no grite, que no llore, que no moleste, que no pida constantemente lo que desea; que el niño es el que debe entender que los adultos están cansados, molestos o enfadados y por eso debe portarse bien. A mi parecer, ¡es el mundo al revés! Somos los adultos quienes debemos rectificar nuestra forma de pensar y modificar nuestros horarios  para poder dedicar tiempo a los hijos, de forma que se conviertan en la prioridad más importante de nuestras vidas.

En lugar de escuchar a los niños y acompañarlos en su desarrollo, les imponen normas, les obligan a seguir "las buenas costumbres". Una cosa es guiarlos y enseñarles lo que es conveniente que aprendan; otra, muy diferente, es forzarles a hacer determinadas cosas porque ¡así es como hay que hacerlas! ¡Impongo y mando! ¡Así debe ser y punto! ¡Porque lo digo yo! En la mayoría de los casos, sin ningún tipo de reflexión previa por su parte, repiten en los hijos lo que a ellos les hicieron y les dijeron. Obran de esta forma, a pesar de que en muchos momentos de su vida, protestaron y criticaron la forma como fueron tratados y sometidos a disciplina, en su infancia. Normalmente, los padres que actúan así, no lo hacen con mala intención. Seamos benévolos, pensando que, muchos de ellos, desean lo mejor para sus hijos y creen que lo que hacen está bien o que no hay otra forma de educar a las criaturas. Pero, todo lo anteriormente dicho, contribuirá a que crezcan como niños inseguros, temerosos, dependientes y con poca confianza en sí mismos. Hará que procuren complacer a los adultos, adoptando el comportamiento que se espera de ellos, con tal de tener su atención y su afecto.

Algunos de ellos, se convertirán en niños pasivos, que no saben responder asertivamente. Otros, se rebelarán muy a menudo. Es posible que los que son rebeldes, sin llegar a ser agresivos, puedan conservar parte de su asertividad natural. Los que son agresivos, tampoco sabrán resolver sus problemas de forma asertiva.

Lamentablemente, todos esos niños se habrán olvidado de lo que es ser asertivos. Posiblemente, se habrán olvidado, incluso, de ser ellos mismos. Pero, en algún momento de su vida, será deseable que intenten rescatar la seguridad y espontaneidad que tuvieron cuando eran pequeños, por mucho esfuerzo que ello suponga.



Nota: Por algunos comentarios, veo que éste es un tema que no deja indiferentes a algunas personas. Quiero que piensen cómo puede influir en ustedes lo que digo sobre la incipiente asertividad infantil. Cómo podría ayudarles, a ustedes, tratar de actuar con la espontaneidad y la inocencia con la que van por el mundo esos seres pequeñitos. Que piensen cómo fueron educados y si, esa educación, les ha facilitado o dificultado la relación con otras personas. Si, en ocasiones, se sienten tristes, frustrados o enfadados porque no logran explicar las cosas como quisieran y conseguir lo que, para cada uno, es importante.

No es un escrito dedicado a la educación de los hijos, aunque hable de dos tipos diferentes de crianza o de relación y de sus posibles consecuencias en los niños... Tampoco es un tratado sobre asertividad; sólo pretende transmitir unas ideas, para que ustedes reflexionen al respecto... Por favor, no duden en transmitirme sus opiniones, sus dudas, las cosas que encuentran positivas o aquellas con las que no están de acuerdo. Procuraremos aclararlas.

Quiero agradecerles a todos y, muy especialmente a los impacientes, el que me vengan siguiendo en este camino que me he trazado para que sea más claro lo que es ser asertivo. Podía haber llegado rápidamente a las definiciones y a los consejos, pero siento que todo eso hubiera estado vacío, sin haber aclarado antes algunas cosas.


En este escrito, también quería explicar cuáles son las formas de control, utilizadas por algunas personas,  de esa incipiente y algo burda asertividad infantil y cómo se “instalan” en los niños algunas emociones negativas, como resultado de esas pautas educativas.  Todo sería más fácil si se les pidiera a los niños “quiero que recojas los juguetes”, por ejemplo, en lugar de decirles “los niños buenos tienen la habitación arreglada. Para no complicar este escrito ni alargarlo demasiado, esto quedará aplazado, hasta incluirlo en el siguiente artículo.



Bibliografía:

SMITH, Manuel J.: “CUANDO DIGO NO ME SIENTO CULPABLE”, Editado por Grijalbo, Barcelona.


Imagen encontrada en Internet, de 123R y en http://www.funli.org.il/wp-content/uploads/2013/04/



A continuación encontrarán los enlaces a los diferentes escritos sobre asertividad que pueden encontrar en el blog.














domingo, 21 de agosto de 2016

Conviene aprender a gestionar el enfado y el miedo, para que actúen a nuestro favor



Al leer mi último escrito sobre la asertividad, donde me refería a la lucha, la huida y la capacidad de comunicarse verbalmente con otros, supongo que muchos de ustedes pudieron pensar que, encontrar una solución a nuestros problemas mediante el diálogo, podría parecer fácil. Pero que, en realidad, no lo es. Sobre todo, al encontrarnos, una y otra vez, ante situaciones que parecen desbordarnos, que son complicadas de manejar, que no sabemos cómo deben ser adecuadamente afrontadas.

Somos conscientes de que, la capacidad verbal para hablar, dialogar y solucionar los problemas que surgen con otras personas, es la opción más recomendable para resolver los conflictos. Sin embargo, en ocasiones, no se puede evitar experimentar un gran enfado o tener ganas de huir de una situación. Lo importante es aprender a gestionar ese enfado y ese miedo, para que actúen a nuestro favor.

En la presente exposición, quiero referirme a dos emociones que sentimos como negativas y desagradables: la ira y el miedo. Las cuales, están relacionadas con las reacciones de lucha y de huida.

Una aclaración previa: todas las emociones son útiles, en su momento. Cumplen con la función de invitarnos a actuar. En nosotros está que aprendamos a responder adecuadamente a las mismas, haciendo que contribuyan a nuestro bienestar y a una mejor calidad de nuestras relaciones personales.

Si, ante algo que acontece, se siente ira, enfado o rabia, la tendencia natural será reaccionar de manera agresiva, utilizando la provocación o la agresión para superar los obstáculos que se encuentren en el camino. ¡Ojo! ¡He dicho que es lo natural! No que sea obligatorio hacerlo.

Hay personas que, aun sintiendo enfado o rabia ante algo que les sucede, no reaccionan con agresividad.

Algunas, no lo harán porque son miedosas y no confían en sí mismas. No se atreven a defenderse de los ataques que reciben. En lugar de dirigir esa energía de la emoción hacia el exterior, ellos revierten esa agresividad contra sí mismos. Se la guardan, se sienten frustrados, rumian para sus adentros, haciéndose mil reproches, en lugar de procurar solucionar sus problemas con los demás.   

Cuando se encuentran ante lo que consideran un comportamiento agresivo, brusco o excesivamente duro, por parte de otros, es muy probable que sientan miedo y ansiedad. También, cuando piensan que deben decir algo importante que les cuesta explicar. Cuanto antes, querrán escapar de la situación para dejar de sentir esas emociones. Esto suele darse en individuos que se han acostumbrado a callar, a no dar su opinión; que tienden a  aceptar lo que dicen los demás, evitando situaciones desagradables.

Otros, logran reponerse a esa emoción natural, buscando la forma de solucionar sus dificultades. Procuran no reaccionar en caliente y no agrandan el problema, dándole rienda suelta a la ira. Reflexionan sobre lo que ha sucedido, determinando cuál es su parte de responsabilidad en los hechos. Desde una postura más calmada, buscan el momento que sea oportuno para quienes se encuentren involucrados, procurando que haya una comunicación y un diálogo encaminado a negociar y a llegar a unos acuerdos que sean satisfactorios para todos.

La ira y el miedo son emociones muy fuertes. Llevan asociadas una buena cantidad de sensaciones físicas desagradables. Por ello, lo más usual es sentirse francamente cansados después de un gran enfado hacia alguien o hacia nosotros mismos. Igualmente, cuando se tiene mucho miedo, ante algo real o imaginario. Nos costará concentrarnos mentalmente para  recobrar nuestro equilibrio y nuestra tranquilidad.

Como si ese malestar que podemos sentir no fuera suficiente, nos encontraremos ante una dolorosa realidad: la dificultad de poder obtener lo que deseamos, mediante comportamientos de lucha o de huida. Si experimentamos mucha ira o miedo, sin saber cómo poder solucionar nuestros problemas, nos sentiremos frustrados. A menudo, acabaremos siendo presa de la tristeza o de la depresión.

Si estamos iracundos, asustados o afligidos, en modo alguno significa necesariamente que estemos enfermos. Si sentimos ira, temor o tristeza, se debe a que, psicológica y fisiológicamente, estamos hechos para sentir esas emociones.

La ira, el miedo y la depresión tienen un valor para la supervivencia, de la misma manera que lo tiene el dolor físico. Estas emociones llevan asociadas una serie de modificaciones fisiológicas y químicas, ordenadas por las partes primitivas de nuestro cerebro, con la finalidad de prepararnos para poder dar una determinada respuesta de comportamiento.

En el caso de la ira, los preparativos  están dirigidos hacia un ataque contra alguna persona o algún animal. Por eso, nos encontramos tan mal cuando no logramos descargar esa emoción, aunque sea parcialmente, o si no conseguimos solucionar nuestras diferencias mediante un acuerdo verbal. Si se siente esa ira con demasiada frecuencia,  sin gestionarla de forma adecuada, sufriremos las consecuencias en nuestro carácter y en nuestro organismo.

Cada vez que nos asalta el miedo experimentamos un cambio fisicoquímico ordenado por nuestro cerebro primitivo, que prepara automáticamente nuestro cuerpo para huir del peligro lo más deprisa posible. Por eso, el exceso de ansiedad o un ataque de pánico pueden ser tan invalidantes. El cuerpo se prepara para huir, pero al no ser  necesario salir corriendo, para salvar la vida, esa preparación psicofisiológica no sirve para nada. 

Cuando estamos tristes o deprimidos, experimentamos los efectos de los mensajes transmitidos por las zonas más primitivas de nuestro cerebro, encaminadas a reducir gran parte del funcionamiento normal de nuestra fisiología corporal. En realidad, por así decirlo, no nos "comportamos" en absoluto. Poco o nada es lo que hacemos, aparte de mantener nuestras funciones corporales indispensables. Generalmente, no tenemos ganas de trabajar, ni en casa ni en la oficina. Tampoco, desarrollar otras actividades, como ir al cine, aprender algo nuevo, resolver algún problema…

Si podemos entablar contacto asertivo con otras personas, logrando hablar de lo que nos pasa, de lo que deseamos, de lo que nos desagrada, tendremos la posibilidad de obtener, por lo menos, parte de lo que deseamos. Cuando nos acostumbramos a buscar el diálogo y la comunicación, es poco probable que surjan automáticamente la ira o el miedo.

Estos tres sentimientos de ira, miedo y tristeza son hereditarios. Están asociados con la supervivencia y pueden llegar a causar tan alto grado de malestar que algunos individuos se vean en la necesidad de pedir ayuda profesional.

Recurrirán a un psicoterapeuta porque están cansados de ver que se enojan y se muestran agresivos con los demás con excesiva frecuencia, produciendo esto mucho daño en sus relaciones afectivas y profesionales. Necesitarán asesoría quienes temen continuamente a los demás y los rehúyen, evitando la toma de decisiones importantes. Así mismo, aquellos que estén hartos de fracasar en su forma de gestionar sus emociones, sus conflictos; de sentirse tristes y deprimidos la mayor parte del tiempo.



Bibliografía:

SMITH, Manuel J.: “CUANDO DIGO NO ME SIENTO CULPABLE”, Editado por Grijalbo, Barcelona.








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viernes, 19 de agosto de 2016

“Kabomo”, el león




-Me encuentro profundamente abatida y triste, hijo -dijo, la leona, a Kabomo, cuando éste le pidió a su madre que se incorporara a la manada para tomar posesión del territorio conquistado-. Tu padre acaba de perecer en la batalla.

-Lamento mucho su muerte. Pero tú, mejor que yo, sabes que debemos acatar el inexorable destino que la naturaleza nos impone -respondió, quien se había erigido en líder del grupo vencedor.

-¿Qué piensas hacer, ahora, hijo?

-Cumplir con las obligaciones que me enseñasteis desde que era un cachorro, madre. He seleccionado a ocho hembras y tres jóvenes machos y seré el responsable de la manada.

-Lo cual quiere decir que piensas procrear nuevos descendientes -dedujo, “Dibala”, en un débil tono de voz.

-Tal como tú, y mi padre, hicisteis conmigo. La continuidad de nuestra especie es la primera obligación que debemos asumir, madre.

-Lo comprendo muy bien, hijo. Pero, ¿qué podré hacer yo, en medio de tantos jóvenes?

-Tú continuarás siendo lo que has sido hasta ahora: mi guía, mi protectora y mi más fiel soporte -respondió, “Kabomo”, con voz segura y firme-. Enseñarás a cazar a los jóvenes inexpertos para que podamos sobrevivir. Asegurar nuestra supervivencia, será la segunda obligación que, tú y yo, compartiremos.

-Agradezco que deposites en mí tu confianza, hijo -expresó, “Dibala”, con la voz entrecortada por la emoción.

-Siempre, has sido merecedora de mi confianza y de mi incondicional amor -dijo, “Kabomo”-. Así continuará siendo, hasta que llegue al fin de mis días -añadió, mirando a su madre, con una expresión de infinita ternura-. Ahora, procede ponernos en marcha y explorar el  territorio incorporado -terminó diciendo, levantando la cabeza y agitando sus grandes melenas al viento.

Habían quedado lejos aquellos días en los que, sus ascendientes, vivían confortablemente instalados en la extensa sabana que conformaba el valle del río Luangwa, uno de los más importantes afluentes del Zambeze, al este de Zambia. Entonces, el agua y los pastos eran abundantes, vivían y cazaban en grupo, amparados por la hierba alta. Sin el menor problema, cada dos semanas, las hembras que habían parido trasladaban a sus crías a una nueva guarida, apartada de donde se hallaba el resto de la manada.

Paradójicamente, el hombre, el animal racional más inteligente sobre el planeta Tierra, se había empecinado en constituirse en enemigo de la naturaleza. Incomprensiblemente, se había convertido en un destructor, talando bosques, arrasando cuanto encontraba a su paso con gigantescas y potentes máquinas que construían carreteras, desviaban el curso de los ríos o perforaban los montes en busca de preciosos metales. El hombre, se había revelado como un ser inconteniblemente avaricioso, que no dudaba en aniquilar cualquier obstáculo para extraer las grandes riquezas guardadas en el corazón del África negra, tales como petróleo, cobre, oro, estaño, cobalto, cromo… Grandes compañías multinacionales, en connivencia con quienes ostentaban el poder político, se habían adueñado del uranio, de los diamantes y del coltán, llamado el mineral de la muerte, el cual contenía un alto porcentaje de tantalita.

Pero, todo lo que antecede referido al hombre, no tuvo parangón alguno en cuanto se puso de manifiesto que se trataba de un ser asesino. Aparecieron unos pocos cazadores con el objetivo de matar animales autóctonos. No con el ánimo de obtener la carne para su subsistencia, sino con el objetivo de percibir dinero por la venta de sus despojos. Lejos de retractarse, sus criminales desmanes fueron en aumento. Se construyeron pistas de aterrizaje para los aviones, carreteras y hoteles para que pudiera acudir mucha gente. Matar a los animales por el simple placer de hacerlo, devino uno de los más costosos pasatiempos para personas adineradas, empresarios, banqueros, incluso para monarcas.

Para justificar sus tropelías, los hombres tuvieron la desfachatez de llamar “caza peligrosa” a esta práctica y se desarrolló un ingente negocio entorno a la misma. Los políticos, tuvieron el cinismo de decir que se erigían en protectores de la fauna, mientras cobraban enormes cantidades de dinero por otorgar permisos para abatir elefantes o leones. Surgieron firmas especializadas en la construcción artesanal de rifles de cerrojo con mira telescópica y madera de nogal turco. Así como los más cotizados grabadores que incorporaban incrustaciones de oro de veinticuatro quilates en sus armas asesinas. Al propio tiempo, florecieron las industrias fabricantes de cartuchería de gran calibre.

Kabomo nació en un territorio seco y caluroso, plagado de insectos y garrapatas. Su madre, “Dibala”,  se veía constantemente obligada a cambiar de lugar para proteger a sus cachorros, por el peligro que el olor de los mismos comportaba, al ser identificado por los depredadores. La pobre, permanecía, siempre, al acecho. La caza de cebras, búfalos, impalas o ciervos, era cada vez más escasa y dificultosa. Se veían obligados a viajar muchos kilómetros para obtener alguna presa. Aprendió que no era conveniente refugiarse en zonas frías o en las altas montañas, en donde la escasez de caza hacía muy difícil la subsistencia, que era preferible entablar batalla para invadir el territorio de otra manada, aunque fuese a costa de su propia vida. Era el ejemplo que acababa de darle su padre.

“Kabomo” era consciente de la responsabilidad que había asumido al convertirse en jefe de la manada. Lo primero que haría, tal como le había dicho a su madre, sería elegir a una de las hembras para aparejarse. La fecundaría tantas veces como hiciese falta, hasta quedar rendido, en la seguridad de que la pareja elegida le daría descendencia. Luego, se ocuparía de buscar la caza con la que alimentarse. Se vería obligado a matar. Pero, sería para su propia subsistencia y la de los suyos, a diferencia de lo que hacían los hombres. Lo haría, hasta que tuviera fuerzas para ello, hasta que llegara el día que alguien más joven y fuerte que él le usurpara el trono.