viernes, 16 de febrero de 2018

El astrónomo fiel



Desde que hubiese comenzado el nuevo curso en la Facultad de Derecho, María Manuela no tardó en darse cuenta de que, casi todos los días, se encontraba con el chico alto y delgado que tenía los ojos azules y cara de niño.

Apenas salía del portal de su casa, antes de cruzar la calle, le veía entre el grupo de personas, esperando de pie la llegada del autobús que había de llevarles a la Ciudad Universitaria. Había observado que él renunciaba a ser uno de los primeros de la cola y que jamás se subía al autobús, antes de que ella lo hubiere hecho. Una vez dentro, se situaba a una prudente distancia de donde ella se hubiese ubicado, sin perderla nunca de vista, llevando en la mano una vieja cartera de cuero con asa. Incluso estando de espaldas a él, María Manuela intuía las disimuladas y tímidas miradas que, de vez en cuando, el espigado observador le dirigía. Y, al llegar a su parada de destino, que era Paraninfo-Derecho, sabía que el personaje en cuestión bajaba del autobús, detrás de ella, se quedaba rezagado y desaparecía en alguna dirección, que no había logrado identificar, porque le daba corte darse la vuelta.

Una mañana, transcurridas algunas semanas sin que, entre ellos, hubiese llegado a cruzarse saludo alguno, extrañas circunstancias hicieron que el vehículo de transporte urbano se detuviera en la parada, llevando muy pocos pasajeros en su interior. Fue entonces, cuando el tipo en cuestión tuvo la valentía de ocupar el asiento contiguo al que se había sentado María Manuela y se atrevió a dirigirle la palabra.

-Por nada del mundo quisiera importunarte -comenzó diciendo, el enigmático individuo, con la voz temblorosa por la emoción-. Llevo viéndote hace muchos días y quisiera presentarme: me llamo Enrique y estoy cursando mi último año de carrera.

-¡Encantada! Yo estudio tercero de Derecho y mi nombre es María Manuela -correspondió, ella, intentando disimular la sorpresa que le había causado tan inesperada intervención- ¿Cuál es la carrera que estás a punto de terminar?

-Ciencias Físicas.

-¡Impresionante! -no pudo evitar exclamar, la bella universitaria- Lo mío, no son los números ¡Tiemblo de pánico, nada más pensar en lo que me hicieron sufrir las malditas Matemáticas!

-En realidad, la Física es el puente que habrá de servirme para estudiar Astronomía -puntualizó, Enrique- ¡Quiero ser un gran astrónomo!

-Peor me lo pones ¡Te pasarás la vida haciendo cálculos!

-Lo que me interesa, María Manuela, es la contemplación del Universo -dijo, quien estaba llamado a convertirse en un astrofísico- ¡Es de una belleza inimaginable!

-¿Qué entiendes tú por Universo?

-La totalidad del espacio y del tiempo, de todas las formas de energía y materia, impulsadas por las leyes y las constantes físicas que las gobiernan.

-Me temo que tendrás que explicármelo con un poco más de detenimiento.

-Lo haré con mucho gusto, si tú me dejas -aseguró, Enrique- ¡Es un tema apasionante! ¿Has oído hablar de la Nebulosa de Orión?

-Me suena de algo.

-Es una de las nebulosas más brillantes que existen. Está situada al Sur del Cinturón de Orión, a mil doscientos setenta, más menos setenta y seis años luz de la Tierra. Posee un diámetro aproximado de veinticuatro años luz y puede ser observada a simple vista, sobre el cielo nocturno.

-¿Lo ves? -interrumpió, María Manuela- Yo me pierdo, cuando se habla de años luz y se recurre a la teoría de la relatividad de Einstein.

-La Nebulosa de Orión es un ejemplo de incubadora estelar, donde el polvo cósmico forma estrellas, a medida que se van asociando, gracias a la atracción gravitatoria -continuó explicando, Enrique, con gran entusiasmo-. Los astrónomos han identificado un número aproximado de setecientas estrellas, en diferentes etapas de formación. Observadores del telescopio espacial Hubble han descubierto que la mayor concentración de discos planetarios se encuentra precisamente en la Nebulosa de Orión y han revelado que ciento cincuenta de estos discos están en una fase equivalente a las primeras etapas de formación del sistema solar.

-¿Del sistema solar? -preguntó, asombrada, María Manuela.

-¡Exactamente! Lo que prueba que la formación de sistemas es muy común en el Universo. Las estrellas se forman cuando el hidrógeno y otros elementos se acumulan en una región del espacio, en donde se contraen, debido a su propia gravedad, a una temperatura suficiente como para convertir la energía potencial gravitatoria en energía térmica.

Se vio obligado a abandonar su explicación porque llegaron a la parada de destino acostumbrada. No obstante, invitó a María Manuela a tomar un café en el bar de la Facultad, antes de que dieran comienzo las primeras clases. Ella aceptó, para no incurrir en una negativa que le hubiera parecido un acto de descortesía. Cuando se despidieron, habían acordado que podrían verse algún día y se habían intercambiado sus respectivos números de teléfono.

Enrique vivía a un par de manzanas de distancia de donde se encontraba la casa de la bella estudiante de Derecho, la cual, se había apoderado de su corazón. A última hora de la tarde del mismo día en el que se habían hablado por vez primera, él llamó a María Manuela. Le propuso encontrarse en la pequeña cafetería, decorada con paredes y techos de madera, que tenía un ambiente muy tranquilo y quedaba a mitad de camino entre sus respectivos domicilios.

Fue un encuentro que terminó causando un sentimiento de profunda decepción y amargura en Enrique, así como un inesperado dolor en María Manuela. Lejos de la que hubiese podido ser su intención, quien desde que era un niño tenía vocación de astrónomo, cometió un error garrafal.

-Como te comentaba esta mañana, se ha obtenido información determinante acerca de la formación de estrellas y planetas, a partir de nubes de polvo y gas en colisión -escuchaba, María Manuela, la explicación de su compañero con el grado de interés al que obligaba la más elemental cortesía-. Se afirma que un proyecto de estrella ha nacido, cuando comienza a emitir suficiente energía radioactiva. Tales estrellas radian la mitad de la energía que aporta el colapso gravitatorio. La otra mitad, se invierte en calentar su núcleo.

-Disculpa que te interrumpa, Enrique, ¿por qué me cuentas todo esto, si sabes que yo soy de Letras? -interrumpió, María Manuela, con su cálida y amable voz.

Por unos momentos, Enrique se quedó pensativo. Pero, empujado por una mágica inspiración que jamás supo de dónde le había llegado, la gravedad se apoderó de su rostro de niño y contestó:

-Porque te llevo viendo, desde el curso pasado, aun cuando tú no te hayas dado cuenta hasta hace unas pocas semanas. Y, quiero decirte que eres la mujer más bella que hay sobre la faz de la Tierra y que me he enamorado de ti. Lograrías que yo fuera el ser más feliz del Universo, si aceptaras ser mi esposa. ¡Serías la Estrella Polar que guiaría todos nuestros pasos, a lo largo de una feliz y longeva vida!

La sorpresa que se llevó María Manuela fue mayúscula, al escuchar semejantes palabras. Tuvo que hacer uso de su capacidad dialéctica, de su sensibilidad, y de toda su delicadeza, para explicar a su acompañante que no podía asumir el compromiso que le pedía y lo que, a su entender, una mujer debía sentir, antes de comprometer su amor a un hombre. Le ofreció, no obstante, convertirse en una fiel amiga, con el devenir del tiempo.

En los días que siguieron a tan inaudito y penoso encuentro, Enrique dejó de acudir a la parada del autobús y cambiar de medio de transporte. No obstante, unas semanas más tarde, el estudiante de Física llamó por teléfono a María Manuela y le pidió que acudiera a la cafetería, bajo el compromiso de no volver a insistir sobre la petición que le había formulado la última vez que se habían encontrado. Ella aceptó y, cuando se vieron, Enrique se limitó a decirle que aceptaba el ofrecimiento que ella le había hecho, en la esperanza de que él pudiera llegar a ser, igualmente, un buen amigo de ella. Fue lo que terminó sucediendo, como consecuencia de los muchos encuentros que tuvieron, durante el transcurso de aquel curso universitario.

En los primeros días del mes de junio, Enrique comunicó a María Manuela que había obtenido una beca para estudiar Astronomía en la Universidad de Montana, en la ciudad de Missoula, capital del condado del mismo nombre, perteneciente al Estado de Montana, en los Estados Unidos de América. Fiel al compromiso asumido, Enrique mantuvo regularmente informada a su amiga, mediante largas misivas en las cuales era incapaz de omitir información sobre el estudio de las Galaxias. En justa correspondencia, ella le hacía partícipe de cómo se desarrollaba su vida, sin hacerle ocultación alguna de su noviazgo, de su boda, al igual que de su posterior y lamentable divorcio.

Cuando hubieron transcurrido seis años después de su llegada a Missoula, Enrique recibió el título de Doctor en Astronomía con la calificación de “Cum Laude”, por sus novedosos trabajos sobre la Nebulosa de Orión. Al año siguiente, fue invitado por la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad de Chile a ingresar en el Cuerpo Académico del Departamento de Astronomía. Enrique aceptó el ofrecimiento, animado por las posibilidades que se le presentaban de trasladarse durante largos períodos de tiempo al Observatorio de La Silla y tener a su disposición el impresionante complejo formado por dieciocho telescopios, entre los cuales, el Telescopio de Nueva Tecnología.

La Silla está situada a seiscientos kilómetros al norte de Santiago de Chile, en la parte sur del Desierto de Atacama, a una altitud de dos mil cuatrocientos metros. Es una zona geográfica caracterizada por tener una de las noches más oscuras de la Tierra y uno de los lugares más adecuados para la Astronomía, al estar menos afectado por la contaminación lumínica. Tales condiciones son las más apropiadas para explorar el Universo. Sus observaciones sobre las distintas Galaxias, incluyendo la Vía Láctea, dieron como resultado el descubrimiento de un conjunto de nubes interestelares, al cual, Enrique quiso otorgarle el nombre de “Nebulosa de Manuela.”

Habían transcurrido más de once años y Enrique tan solo había estado en España en tres períodos navideños y en uno de los meses de sus vacaciones veraniegas. En cada una de estas ocasiones había visto a María Manuela y, a lo largo de su residencia en el extranjero, había mantenido regular correspondencia con su amiga del alma. Era lícito confesar que había tenido repetidos escarceos amorosos, cuya duración fue breve en el tiempo, los cuales, terminaron de la misma forma que empezaron. En cuanto a ella, María Manuela, se había convertido en socia de un bufete multinacional de Abogados. Después del fracaso en su matrimonio, ella había puesto a buen recaudo su corazón, evitando correr riesgos innecesarios, en sus relaciones con los hombres.

El excepcional renombre internacional adquirido por Enrique como astrónomo, hizo que la Agencia gubernamental de los Estados Unidos de América, responsable del programa espacial y de la investigación y exploración del espacio, reclamara la incorporación del astrónomo español a su cuartel general de Washington D.C. Esto sucedía en el mes de diciembre, que precedía a la entrada del nuevo siglo. Antes de que Enrique se viera obligado a dejar la Universidad de Chile, los componentes del Cuerpo Académico del Departamento de Astronomía le organizaron una cena de despedida que tendría lugar en la noche del jueves de la semana anterior al día de Navidad. A Enrique se le ocurrió llamar a su amiga, para pedirle que ella estuviere presente en tan señalada ocasión. María Manuela no lo dudó un solo instante y voló a Santiago de Chile, emocionada por acompañar a su amigo en aquella ceremonia de despedida.

Enrique no se atrevió a sugerir a la Abogada que se instalara en su apartamento de Vitacura. En su lugar, hizo reserva de una suite en un hotel de la Avenida Kennedy y de otras dos habitaciones dobles en Viña del Mar, porque habían decidido que María Manuela pasaría las primeras Navidades de su vida, disfrutando de un clima veraniego. Lo que tuviera que ocurrir, tan solo lo sabían las estrellas. ¡El astrónomo era incapaz de indagarlo en lugar alguno del Universo!










lunes, 12 de febrero de 2018

“Cosas que uno debería saber”, un texto de Manuela Zárate

    

   
Cada uno de nosotros podría hacer una lista de todo aquello que considera que uno debería saber, aunque eso nos lo plantearíamos con el paso del tiempo, cuando ya tuviésemos unos cuantos años vividos. Algunas de las cosas que hubiésemos relacionado probablemente coincidirían con las que los demás hubiesen, igualmente, identificado. En cambio, otras, serían diferentes. Puesto que, no todo lo que pensamos que debe formar parte de esos enunciados, es válido para otros.

Con los años, vamos descubriendo nuevas enseñanzas que no formaban parte de nuestro conocimiento habitual o le damos más importancia a ciertos asuntos que antes no eran de nuestro interés. Algunas de esas lecciones vitales pueden corresponder a ciertas carencias que hubiésemos tenido en las primeras etapas de nuestro desarrollo personal; ya sea por lo transmitido a nosotros por la familia, por los educadores, por nuestros compañeros o por la sociedad. También, puede suceder que nosotros no captáramos, en su momento, algunos de esos mensajes, por no estar receptivos o preparados para recibirlos.

Quiero compartir con ustedes el escrito “Cosas que uno debería saber”, publicado en el blog “Ayúdame Freud”, de Manuela Zárate, seudónimo de la escritora venezolana Clara Machado.

Estaremos de acuerdo con algunos de los planteamientos de la autora, pensaremos que otros no se aplicarán a nuestra vida o que nosotros los expresaríamos de otra manera. No sé si es posible que se transmitan estas premisas a alguien y si, de hacerlo, la otra persona va a estar preparada para comprenderlas. De todos modos, creo que es un listado útil para hacernos pensar sobre aquello que hubiésemos deseado conocer con anterioridad, aunque nunca es tarde para tenerlo en cuenta.



“Cosas que uno debería saber”, de Manuela Zárate

“Uno debería saber que no pasa nada si te moja la lluvia, que el sereno no enferma, y que lo único que pasa cuando duermes con el pelo mojado es que mojas la almohada. Uno debería saber que los fantasmas existen, en tu cabeza, y en la cabeza  de los que no te entienden, o de los que dicen que estás loco.

Uno debería saber que  el que vive por dinero, trabaja por dinero, piensa solo en dinero, termina por vivir una vida vacía, sin sentido y a veces ni se da cuenta que es por eso.

Uno debería saber lo que es tener una pasión. Una pasión más grande que cualquier amor que hayas sentido. Uno debería saber mirar dentro de sí y estar dispuesto a enfrentar el que no le guste lo que encuentra.

Uno debería saber lo que es un comienzo. Arrancar con una idea. Un sueño. Uno debería saber lo que es reconocer que las cosas no salieron bien. Uno debería saber que humildad significa saber perder. Uno debería saber que perder no es tan malo como la gente piensa. Uno debería saber administrar la derrota, y buscar el triunfo a través del fracaso.

Uno debería saber abrazar de distintas formas. Uno debería conocer diez mil y más tipos de besos.

Uno debería saber que las mejores noches dan paso a las mañanas más duras. Uno debería saber que a veces hace falta la fuerza de un imperio para pararse de la cama. Uno debería saber lo que es un dolor de espalda, de estómago y de cabeza. Uno debería saber que ninguno de esos dolores es comparable con el dolor de la consciencia.

Uno debería saber que los amigos traicionan y que las parejas se cansan, que los hijos abandonan, pero los enemigos también.

Uno debería saber que las batallas no siempre se pelean, a veces también se abandonan.

Uno debería saber que no tiene nueve vidas, como los felinos, pero tiene más de una muerte.

Uno debería saber que el chocolate cura, que a veces el cigarro da vida, y que otras el alcohol fortalece, que algunas medicinas matan. Que a veces nos aferramos a muchos remedios cuando en realidad no estamos tan enfermos.

Uno debe saber que el mal existe, pero no importa. Uno debe saber que el bien existe y que eso es lo único que importa.

Uno debe saber que es necesario estar solo. A veces. Saber estar solo. Que estar solo es algo que se aprende. Bailar solo. Ir al cine solo. Comer solo. Ver televisión solo. Dormir solo. Pensar solo. Hablar solo. Encerrarse en un mundo que es inalcanzable para el resto de la humanidad. Inventar un universo. Caminarlo cuando uno siente que el mundo se le queda pequeño y que nadie, nadie sabe lo que es probarse tus zapatos.

Uno debería saber el poder que tiene una palabra. Que las amistades más importantes nacen en quince minutos. Que las amistades que duran más de quince minutos no las debilita nada. Uno tiene que saber que a lo mejor toda una vida de amistad acaba cuando te das cuenta que ese amigo que creías tener era más producto de tu imaginación que de la realidad. Uno tiene que saber que a veces la realidad es desengaño.

Uno tiene que saber que el amor duele, que la lealtad es algo duro de mantener, que es fácil ser sincero hasta que la única forma de sobrevivir es decir una mentira. Uno tiene que saber que paga más ser honesto. Uno tiene que saber que los principios son el alimento fundamental del corazón. 

Uno tiene que saber que todo tiene un costo. Que todo en la vida es un compromiso. Que siempre va haber alguien que te pida algo a cambio.   

Uno tiene que saber que recorrer un camino trazado por uno mismo implica quebrar muchas lanzas, rupturas, adioses, desencuentros, momentos de duda, de soledad, y una lucha constante de devolverse, o desviarse, de caminar un camino trazado por otro, que en apariencia es más fácil, pero que sólo lleva a un terreno donde hay arrepentimiento.

Uno tiene que saber que siempre habrá alguien que critique, que diga que no, que trate de cerrarte la puerta que tú quieres abrir porque le da miedo ver que otros son libres.

Uno debería saber que la libertad es algo interno, que la vida es un juego constante entre voluntad y destino.

Uno debería saber que ninguna decisión es definitiva.

Uno debería saber que mientras más complejo el objetivo más vale la pena deshacerlo todo y volver a empezar.

Uno tiene que saber que puede lograr cualquier cosa que se proponga.

Uno tiene que saber que los que tienen suerte son los que están convencidos de que la tienen, y los que no se paran a oler las flores, sino que se sientan a trabajar duro a pintarlas, describirlas, y luego salen a buscarlas. Sin parar.

Uno debería escuchar su cuerpo. Uno debería saber escuchar su corazón. Uno debería saber que a veces es necesario que manden los sentimientos, pero que es lógico dejar que sea la razón la que tenga la última palabra.

Uno debería saber que lo que dicen los demás tal vez te importa, pero que al final no cuenta para nada. Uno tiene que saber que esa gente que uno llama los demás siempre termina por cambiar de opinión. 

Uno debería saber que la vida es de uno y de nadie más, que las decisiones son de uno y de nadie más. Uno debería saber que al final se nace solo, y se muere solo, así que dejar de hacer las cosas por lo que otros piensen u opinen genera penas más grandes que cualquier paso errado, o en falso. 

Uno debería saber que la mejor cura para una tristeza es que la cocina se llene de un olor que te recuerde la infancia, como el plátano frito o una torta que está subiendo en el horno.

Uno debería saber tantas cosas. Tantas cosas que a veces pareciera que una vida no basta.” 





Referencias:










martes, 30 de enero de 2018

En búsqueda del difícil camino hacia la aceptación de lo que nos ocurre





He estado, durante varios días, escribiendo notas sobre el tema de la aceptación. Cuando he pretendido darles forma en un artículo, me he encontrado con una de esas situaciones vitales que conviene asumir, a pesar de lo que pueda comportar. Ha sido como consecuencia de haber tenido que afrontar un hecho que, no por esperado, nos hace reflexionar sobre muchas cosas, despertando en nosotros una gran variedad de sentimientos y emociones.

Asimismo, nuestra mente nos trae múltiples recuerdos, obligándonos a revivirlos, a pensar sobre ellos, analizarlos con objetividad, y, al propio tiempo, con esa subjetividad que es inevitable, cuando se trata de experiencias personales y de relaciones afectivas.

Decidí escribir sobre la aceptación pues es fundamental para poder pasar página, tema al que me refería en mi anterior publicación. Para poder avanzar y no quedarnos atascados con ciertos asuntos y relaciones, es necesario desarrollar la capacidad de distinguir entre lo que es recomendable aceptar y aquello que es susceptible de ser cambiado. Aquí reside una de las claves de la aceptación. Para algunas personas, puede ser uno de los aprendizajes que más les cueste adquirir.

Tanto los acontecimientos menores que nos ocurren día a día, como aquellos de mayor envergadura, que suelen sucedernos de vez en cuando, son oportunidades que se nos brindan para poder ejercitar nuestra capacidad de aceptación, una de las formas que tenemos a nuestro alcance para la conquista de nuestra libertad.

Hay quienes consideran que la aceptación comporta la pasividad y creen que deben resignarse a lo que les sucede, sin hacer nada por intentar cambiar las circunstancias que les afectan. Es difícil de entender ya que, al propio tiempo, sienten en su interior un rechazo a muchos aspectos de su vida. No se rebelan externamente, pero, suelen pensar en lo que desearían que fuera diferente. Esta doble actitud hace que con frecuencia se vean afectados por ciertas situaciones y se vean impedidos de dar por zanjados algunos problemas.

Lo deseable es que cada uno vaya identificando aquello que debe aceptar, sin caer en el error de permanecer inmóvil ante los diferentes acontecimientos de la vida, por considerar que es lo que le ha tocado vivir y pensar que no tiene capacidad para asumir las riendas de su propia existencia. La creencia de que debe asumir su destino pacientemente, sin protesta alguna, sin ningún tipo de cuestionamiento, y, sin hacer algo por cambiarlo, se le habrá transmitido desde su más tierna infancia, a través de la   educación recibida, de los principios religiosos y de la cultura imperante en la sociedad en la que habita.

Una de las dificultades para hacerse cargo de la propia existencia es rechazar, de manera repetitiva, lo que ha ocurrido. A algunas personas les cuesta aceptar que su situación no se corresponde con lo que hubiesen deseado. Sienten la necesidad de comprender por qué las cosas han ocurrido así y no de otra manera. Se dan a sí mismos toda clase de explicaciones para tratar de comprender ciertas carencias en sus vidas. Buscan diferentes razones para explicar por qué se sienten mal, situando la responsabilidad de sus dificultades en los demás, en lugar de analizar si ellos podrían haber actuado de manera diferente. Se toman las actuaciones de otras personas como si fueran intencionalmente en contra suya, sintiéndose víctimas indefensas. Es una actitud de protesta, de queja, de inconformidad, que puede durar por mucho tiempo y que les quita gran parte de su energía.

La verdadera aceptación es un proceso activo, no sucede espontáneamente. Se acepta algo cuando se está preparado para hacerlo, no antes. Ocurre cuando alguien se da cuenta de que no puede cambiar lo que ha sucedido; incluso, ciertos hechos que ocurrieron cuando era pequeño, o antes de su nacimiento. Entiende que, por mucho que piense y le dé vueltas a lo que pasó, no sabrá todo lo que hay detrás de los comportamientos, de las decisiones tomadas y de la forma de ser de los demás. Terminará por admitir la realidad, aunque no sea de su agrado, sin empecinarse en que sea diferente o en comprender el porqué de las cosas.

Procede darse cuenta de que se tiene suficiente margen de maniobra para superar algunas frustraciones y renunciar a los deseos infantiles de vivir en un mundo mágico, sin dificultades. Encontrar las lecciones que se deben extraer de las diferentes experiencias vividas, así como tomar las decisiones que ayuden a centrarse en los propios objetivos. Alejarse de situaciones y personas que hacen más daño que los beneficios que aportan, y lograr encontrar los caminos necesarios para progresar en el crecimiento personal. Esto vendría a resolver esa necesidad de actuar para que las cosas sean de otra manera, lo cual es algo legítimo y necesario.





domingo, 7 de enero de 2018

Pasar página es liberador. Y nos da mucha paz.





Tal como sucede con otros aspectos de la vida, no se puede acelerar el tiempo que necesitamos para asimilar ciertas realidades o algunas situaciones. Pasar página lleva su propio tiempo, dependiendo de cómo es la persona, de cómo ha aprendido a gestionar las cosas que le ocurren en su vida, del grado de protagonismo que sienta que tiene sobre lo que le sucede.

Algunas personas tienen la facultad de poder transitar con facilidad por los diferentes acontecimientos de su existencia, sin quedar anclados en ellos o haciéndolo por un corto período de tiempo. Otras, parecen hallar cosas pendientes, que se quedan por ahí, como flotando a su alrededor. No es que no quieran superarlas, es que no han logrado encontrar la clave que les ayude a hacerlo.

Cada uno, desde pequeño, tiene su forma particular de vivir y de manejar todo aquello que le va sucediendo. Cuando alguien no logra tener una verdadera conexión con lo que es, se confunde con los mensajes contradictorios que le llegan desde el exterior, confiando más en lo que otros le dicen que en lo que pueda provenir de uno mismo. No adquiere una sana confianza en su propio criterio, lo que le lleva a crecer con el convencimiento de que otras personas son las que le deben guiar y mostrar el camino. Esto crea gran inseguridad y dependencia de otros individuos, con el agravante de que los demás nunca le podrán proporcionar lo que desearía, tal como lo necesitaría, debido a que su forma de ver el mundo es muy diferente a la suya. Por ello, no sirven las imposiciones, las sugerencias y las exigencias, ya que impedirán que el niño, el joven o el adulto, conecten con su verdadero ser.

Si no confía en sí mismo, no tomará las riendas de la propia existencia y eso llevara a una continua duda sobre el camino a seguir. Quien no ha aprendido a saberse protagonista de su vida, no sabe extraer las lecciones de la experiencia. Estará buscando que otros le expliquen muchas cosas que no comprende, lo cual es difícil que suceda ya que cada uno está intentando obtener respuesta a sus interrogantes y procurando resolver sus propios problemas.

Para poder dejar atrás ciertas dudas, dificultades e inquietudes, es necesario verse a sí mismo como el verdadero motor de su historia personal; saber que somos nosotros los que mejor nos conocemos y los que sabemos lo que nos viene bien, lo que aporta valor a nuestra vida, lo que nos reconforta y nos hace sentir paz. Conviene descubrir cuál es el tipo de amor y de relaciones que deseamos tener en nuestra vida; qué cosas nos ayudan a sentirnos felices y cuáles comportamientos de otras personas nos afectan de forma negativa. Cuando nos escuchemos, nos conozcamos y confiemos en nuestro particular criterio, veremos con claridad qué es lo que apreciamos que siga formando parte de nuestro camino, mientras que dejaremos de otorgar importancia a lo que ya no necesitamos o a lo que ya no aporta satisfacción alguna, a nuestra vida.

Cuando logremos esa íntima conexión con nuestro verdadero ser, de forma natural soltaremos aquellos temas o inquietudes que ocupaban buena parte de nuestras energías y pensamientos. Suele haber elementos facilitadores, tales como una conversación, la lectura de un escrito o algo que escuchamos; asimismo, ciertas fechas del calendario, como el fin de un año y el comienzo de uno nuevo. De todas formas, considero que el empujón final es algo casi fortuito y mágico. Me refiero a ese momento en el que ciertos temas dejan de ser centrales y se logra aligerar la mochila de esas piedras que ya no necesitamos cargar y que nos dificultaban poder avanzar.

Superar esos elementos que nos aferraban a parte de nuestro pasado, produce una energía liberadora y nos da mucha paz. A partir de entonces, empieza una nueva etapa, con otros objetivos, con nuevas prioridades.